Rey de la gula (Pecados 6) 45. Las once #2
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45. Las once #2

Tenía la cabeza hecha un lío en esos momentos, y, por Dios, no la culpaba, pero yo no era el tipo de tío que la gente creía que era. Yo no era mi padre. Jamás tomaría nada que no me ofrecieran desde el fondo del corazón.

—Lo digo en serio —insistí—. No me folles si luego te vas a arrepentir.

—¿No me deseas? —preguntó, bajando la mano a la parte inferior de mi sudadera para quitármela por la cabeza con la camiseta de manga corta.

—Ya sabes que sí —respondí mientras mi polla se tensaba contra ella—, pero no quiero hacerlo si no estás en condiciones.

Recorriendo mi labio inferior con la punta de su lengua, se acercó aún más y me lamió la mía.

—Lo que quiero… —me empujó en los hombros para que cayera de espaldas y se deshizo enseguida de la toalla, a horcajadas sobre mis caderas— es que me hagas olvidar. —Recorrió con los dedos el tatuaje en mi pecho y se inclinó para pasar la lengua por la tinta—. ¿Puedes hacerme ese favor, Joe?

Se arrodilló y tiró de la cinturilla de mis pantalones de chándal. Levanté las caderas y le dejé que me los bajara sin delicadeza ninguna junto con los calzoncillos.

—¿Mmm? —En cuanto quedó libre, mi polla llamó la atención, esforzándose visiblemente por llegar a ella—. ¿Puedes ayudarme a bloquearlo como lo bloqueas todo?

Estaba diciendo todo lo adecuado, haciendo los movimientos adecuados, pero había algo en sus ojos que no estaba bien, la voz sonaba forzada, y el moratón que tenía en el cuello me decía que no debía hacer aquello.

—No creo que esto sea buena idea… —Mis palabras se transformaron en un gruñido de dolor-placer cuando me agarró con la mano el miembro y lo apretó con fuerza—. Joder.

—Te gusta, ¿eh? —susurró y con la mano libre me cogió las pelotas, mientras tiraba de mi rabo a un ritmo furioso—. Te gusta cuando te toco así.

—Sí —conseguí decir y me llevé las manos a la cabeza mientras combatía las ganas de correrme allí mismo.

—¿Te gustan mis tetas, Joe? —Me soltó para acercarse más y me sujetó el miembro entre sus pechos desnudos—. ¿Te quieres correr en mis tetas, Joe?

«Dios santo».

—Aoife, para un poco —intenté razonar, mientras mis putas caderas traidoras se movían hacia ella—. Esta noche te ha pasado una mierda muy fuerte. No tienes que hacer esto…

Me rodeó la polla con los labios y sacó la lengua para pasarla por el capullo antes de metérsela dentro hasta que le tocó el fondo de la garganta y le entró una arcada.

—Joder —dije gimiendo, cerrando los párpados cuando la chupó más fuerte, se atragantó aún más y la siguió apretando, haciéndome sentir demasiado.

—Mmm —susurró mientras agarraba la base del miembro y tiraba—. Mmm.

—Aoife.

Con las caderas rebelándose contra mi voluntad, intenté tocarle con la mano la mejilla, pero me la cogió para apretarla contra su cuello.

—No. —Negué con la cabeza e intenté soltarme, pero mantuvo allí mi mano, tratando de hacer que apretara—. Aoife, para.

—Mmm.

—Aoife, he dicho que pares —ordené, retirando la mano, asustado, enfadado y excitado, todo en un respiro—. ¿Qué coño estás haciendo?

—Ya te lo he dicho —susurró cuando por fin se retiró para tomar aire, dejándome la polla reluciente por la saliva—. Quiero que me conviertas en ti.

—Creo que deberíamos parar un momento —dije inquieto mientras se sentaba a horcajadas sobre mis caderas y colocaba la punta de mi rabo contra los pliegues húmedos de su coño—. Aoife, por favor, nena, es que…

—Esto es lo que quiero —dijo, metiéndose mi polla—. A ti dentro de mí. —Se le escapó un sollozo de dolor—. Solo a ti. —Una lágrima le surcó la mejilla—. Solo a ti.

«Joder».

—Ven. —Me incorporé y la llevé hacia mi pecho, todavía con la polla totalmente dentro de ella—. Estoy aquí.

—Quiero que desaparezca —dijo llorando, aferrándose a mi pecho mientras me envolvía con los brazos y las piernas—. Que no esté.

No sabía cómo hacer eso por ella.

Si pudiera haber retrocedido en el tiempo y cambiar algo de mi vida, la habría dejado en su casa. Habría cambiado todo, lo habría perdido todo, por intentar que no hubiera vivido aquello, para borrar a aquel cabrón de su cabeza.

—No la saques —me rogó cuando me moví para hacerlo.

—Aoife…

—No, no, no. —Temblando mucho, dijo—: Quédate dentro de mí.

—Vale, pero te estás helando, así que déjame levantarme del suelo…

—No. —Negó con la cabeza—. Quédate dentro de mí.

«Dios santo».

De algún modo, no sé cómo coño lo hice, conseguí ponerme de pie y llevarme su cuerpo conmigo para trasladarnos a la cama.

—Tranquila —intenté calmarla, sentándome en el borde de la cama, con su cuerpo todavía envolviendo el mío, todavía unido al mío—. Te tengo, Molloy.

Con movimientos lentos y rígidos, moví nuestros cuerpos hasta estar en la mitad de la cama, yo de espaldas y ella encima.

—Te quiero, Joe.

—Lo sé. —Exhalando entrecortadamente, cogí el edredón y le envolví los hombros temblorosos—. Yo también te quiero.

—Pero a él lo odio.

—Lo sé. —Se me oprimió el pecho hasta el punto de no poder respirar—. Yo también.

—Joe —dijo, frotándome el cuello con la mejilla húmeda—. Sigues empalmado. Noto tus palpitaciones dentro de mí.

—Sí —murmuré, logrando no sé cómo mantener las caderas a raya sin flexionarlas—. Tengo el corazón destrozado, pero la polla está encantada.

Pareció reflexionar sobre eso un instante y luego empezó a mecer las caderas en un dulce movimiento circular. Se me escapó un gemido de dolor y a ella se le entrecortó la respiración.

Al cabo de un momento, repitió el movimiento.

Y lo hizo otra vez.

Y otra vez.

No dejaba de girar las caderas contra las mías en un movimiento que tensaba cada músculo de mi cuerpo.

—¿Qué estás haciendo?

—No lo sé —admitió, meciendo su cuerpo contra el mío.

Estaba muy mojada, podía sentir cómo entraba cada vez más dentro de ella con cada contoneo de sus caderas.

—Aoife.

—Mmm.

—Aoife.

—¿Mmm?

—Me voy a correr —le advertí, apretando las manos en sus caderas mientras las pelotas se me tensaban anticipándolo—. Aoife, tienes que parar o me voy a correr dentro de ti, y no creo que ahora mismo quieras eso…

Tapándome la boca con la mano, se inclinó hacia atrás, arqueando la espalda mientras se mecía y gemía encima de mí, sacudiendo las caderas de forma salvaje e imprudente y buscando esa familiar ola de calor, la misma que yo intentaba detener como un desesperado.

—Me voy a correr —gritó, con el coño apretándose contra mi polla hasta el punto de dolerme, mientras me agarraba las manos y las estrujaba contra sus tetas—. Joe, me corro, me…

—¡Joder! —dije entre dientes, perdiendo el control a la vez que la ola de calor que amenazaba con consumirme se desbordó.

Me ardían las pantorrillas, los músculos de mis muslos estaban en tensión, y le agarré las caderas para bajarla hacia mí mientras empujaba con las caderas sin cesar.

Sentí cómo se corría en mi polla, apretándose contra mí, absorbiéndome cada vez más, tanto que no pude soportar la sensación.

Con un gemido gutural, sacudí y retorcí las caderas al correrme dentro de ella.

—Dios —dijo, y luego toda su expresión se desplomó—. Ay, Dios.

Con la cara contraída por el dolor, se echó el pelo por encima del hombro y se levantó de mi regazo. Sabía que había cometido un error porque se alejó de mí lo máximo que le permitía la cama y emitió un sollozo.

—¿Qué coño me pasa?

—Nada. —Respirando con dificultad, me volví hacia ella, pero estaba de espaldas a mí—. No te pasa nada, Molloy. Tranquila.

—¡Tu padre ha intentado follarme! —gritó, agarrando una almohada y llevándosela al pecho—. Y luego te dejo que me folles tú.

Jodido por su cambio de humor y confundido por demasiadas emociones que no sabía cómo gestionar, me incorporé y le acaricié el hombro.

—No —dijo, retirándome la mano—. Necesito espacio.

«Ya estamos otra vez».

Negué con la cabeza, me abracé las rodillas y me quedé mirando fijamente su espalda.

—¿En serio?

Vi cómo asentía despacio.

—Necesito estar sola ahora mismo.

—Hace dos minutos, me has dicho que necesitabas mi polla dentro de ti —solté, pasándome una mano por el pelo, frustrado—.

Me dices que me vaya y luego que me quede.

Me dices que me quieres a tu lado y luego que no.

Intento marcharme y me detienes. Me quieres follar y luego no, y además insistes otra vez hasta que lo hacemos y entonces, cuando ya lo hemos hecho, decides que no quieres estar conmigo.

Dios santo. Aclárate de una puñetera vez, Molloy, porque no puedo más.

—Lo siento, ¿vale? —contestó—. Supongo que no me enfrento a los traumas tan bien como tú. Siento no ser un robot sin corazón ni poder activar y desactivar sentimientos. No a todo el mundo se le da de la hostia dejar a un lado las emociones como a ti.

—¿Te parece que he dejado a un lado mis emociones? —pregunté con un tono cargado de lo que me acusaba no tener—. Porque, tal como yo lo veo, estoy siendo transparente de la hostia con mis emociones, Molloy. Tú eres la que va de caliente a frío como un puto grifo.

—Y ahora te pones a gritarme.

—No te estoy gritando, joder —vociferé—. ¡Estoy intentando estar aquí por ti!

—Bueno, pues te dije que necesitaba espacio.

—Madre mía, Aoife, ya no sé si voy o vengo contigo. —Me llevé las manos al pelo—. Si tienes que decirme algo, hazlo de una vez.

Silencio.

—Estás enfadada conmigo.

Más silencio.

—Me echas la culpa.

No respondió y en su lugar decidió taparse los oídos con las manos.

—Dilo —le pedí, impotente y frustrado mientras se me agitaba el pecho—. Lo que sea que tengas que decirme, dímelo, Molloy.