45. Las once
LAS ONCE
Joey
De vuelta a casa de Molloy, luché una batalla interna dentro de mi cuerpo, donde dos partes de mi mente se peleaban por dominarme. Por un lado, estaba el demonio que vivía justo debajo de la superficie, esa horrible puta voz que controlaba los impulsos, las ganas y las reacciones que yo tenía.
Era el que me aseguraba que la vida se me había ido a la mierda, sin posibilidad de recurrir, y, si el único alivio que encontraba era en los narcóticos, pues que así fuera. Porque ya había hecho suficiente, luchado suficiente, ya me había esforzado suficiente por todos los demás.
Había pagado lo mío, había tragado bastante mierda como para ganarme mi rito de iniciación. No le hacía daño a nadie, la verdad es que no, y, si esta vez tenía cuidado, podría controlar mis impulsos en vez de que mis impulsos me controlaran a mí.
Por otro lado, sola y cada vez menos atractiva, estaba mi conciencia. Agobiándome con recuerdos e imágenes del pasado, me animaba a retroceder y a pensar en lo que estaba haciendo.
«No saldrá nada bueno de esto —decía mi conciencia—. Volverás a romperle el corazón. ¿Recuerdas la última vez? ¿Recuerdas su cara?».
«Tu padre ya la ha destrozado y tú fuiste quien la dejó en sus manos —susurraba el demonio—.
¿Quieres quedarte con la imagen de él abriéndole las piernas como si fuera una puta yegua para criar, o quieres olvidarte de todo lo malo que has visto, sentido y experimentado?
Porque tu conciencia no hará eso. Ya sabes lo que sí funciona.
Puedes hacer que desaparezca todo. No tienes por qué sufrir así».
—Quiero olvidar —dije, con el pecho agitado, mientras aparcaba frente a la casa de Molloy y apagaba el motor—. Necesito olvidar.
Cerré su coche, entré en su jardín y me acerqué a la puerta principal para dejarle las llaves en el buzón. Me di la vuelta para marcharme, pero me paré, incapaz de lograr que los pies cooperasen.
«No lo hagas. —Mi inoportuna conciencia levantó la cabeza—. Solo tienes que seguir intentándolo. Una hora más, ¿recuerdas? Puedes hacerlo».
Exhalando, frustrado, di dos pasos hacia la puerta, antes de mascullar una serie de maldiciones y desviarme en dirección al cobertizo de su jardín.
«Mala idea».
«Mala idea».
«Mala idea».
Subí al tejado del cobertizo y pegué un salto por el lateral de la casa para agarrarme a la cornisa con una familiaridad que debería haberme preocupado.
Usando toda la fuerza de la parte superior de mi cuerpo, e ignorando cómo me ardían los nudillos destrozados, me impulsé enseguida al alféizar de Molloy y me colé por su ventana abierta.
La habitación estaba vacía cuando entré, así que me acerqué a su cama y me senté con la necesidad de quedarme en ese cuarto y alejarme de los problemas. Aquella habitación y la chica a la que le pertenecía se habían convertido en mi tabla de salvación. Mi lugar seguro.
Pasaron varios minutos antes de que la puerta del dormitorio por fin se abriera y ella apareciera, envuelta en una toalla blanca y esponjosa.
En cuanto posó los ojos sobre mí, vi el miedo pasajero, el instante de horror, porque era como había dicho: le recordaba a él.
—Sé que quieres espacio. —Me levanté despacio, alcé las palmas de las manos y retrocedí hacia la ventana, dándole el máximo espacio posible para tranquilizarla—. Te entiendo.
Tenía las mejillas coloradas, los ojos inyectados en sangre e hinchados de tanto llorar, y la bonita nariz chata estaba roja de sonarse. Agarró con fuerza la parte delantera de la toalla y se acercó a la cama para sentarse, sin apartar la vista de mí.
Ahora ya no había miedo, lo había sustituido la habitual familiaridad cariñosa que veía en sus ojos cuando me miraba, pero el hecho de que hubiera existido ese miedo antes me preocupaba más de lo que podría explicar jamás.
—¿Pero? —susurró, cruzando una de sus largas piernas sobre la otra.
Me encogí de hombros con impotencia.
—¿Cómo no iba a volver?
—Joe —se le quebró la voz y agachó la cabeza mientras los hombros se le agitaban con violencia al romper a llorar—. Estaba aterrorizada.
—Lo siento —me disculpé, salvando el espacio entre nosotros—. Lo siento. Lo siento. Lo siento muchísimo, nena.
Me puse de rodillas a su lado, llevé las manos a sus caderas y retrocedí horrorizado cuando se encogió al tocarla.
«Al tocarla yo».
—Dios, lo siento —repetí, hecho polvo por todo—. Dime lo que tengo que hacer. Dime cómo arreglar esto y lo haré.
Me apoyé sobre mis talones para darle espacio, pero ella se acercó y me agarró del brazo.
Lo interpreté como una luz verde para acercarme y le puse las manos en las caderas.
Esta vez no se encogió.
—Jamás debería haberte dejado allí —dije con voz ronca—. No te protegí y lo siento muchísimo por eso.
—Se supone que no tienes que protegerme así —repuso—. Se supone que no deberías preocuparte por lo que pasó. Se supone que los padres no hacen las cosas que hace tu padre, Joe.
Yo lo sabía.
Pues claro que lo sabía, joder.
—No soy él —dije porque necesitaba que me oyera, que me creyera—. No soy él, Aoife, te lo juro. —Le cogí la cara con las manos y acerqué su cabeza a la mía antes de susurrar—: No me parezco en nada a ese hombre.
—Sé que no te pareces en nada a él —reconoció llorando, inclinándose y apoyando su frente en la mía—. Pero yo no me parezco en nada a ti, Joe.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no puedo esconder algo así bajo la mesa como haces tú.
—No te estoy pidiendo eso —me apresuré a decir—. No. Yo mismo te acompañaré a comisaría, Aoife. No voy a cubrirle más, te lo juro, y no te pediré nunca que tú lo hagas.
—No me refiero a eso —susurró—. Iba en serio cuando dije que no quería denunciarlo. —Se sorbió la nariz y añadió—: En realidad no hizo nada. Bueno, aparte de bajarme las bragas y tirarme del pelo…
—¡Solo porque yo llegué a tiempo! No le quites importancia. No dejes que ese gilipollas se vaya de rositas por lo que te hizo —gruñí, temblando de rabia mientras mi mente me atormentaba con imágenes de lo que había visto al entrar—. Hizo lo suficiente, Aoife. Mirar en tu dirección ya fue pasarse.
—Pero es que no me refiero a eso.
—Entonces ¿qué? —Me encogí de hombros, perdido—. ¿A qué te refieres?
—¿Cómo vives? ¿Con quién vives? Creía que lo sabía.
Creía que lo entendía, pero no es así, Joe.
No tenía ni idea —admitió con voz ronca—.
Yo no vengo de un hogar como el tuyo. Jamás he pasado por tener un miedo como ese.
Se sorbió la nariz y me agarró la cara con sus manos antes de exhalar un sollozo—.
Esta noche, sentí una clase de miedo que no quiero volver a sentir.
—No sé qué decir. —No podía cambiar de dónde venía o cómo me había transformado en quien era—. ¿Qué quieres que diga?
—Yo solo… —Negó con la cabeza y soltó de nuevo el aire de forma entrecortada antes de decir—: Ahora veo muchas señales de alerta en nuestra relación. Unas señales que nunca había visto antes de esta noche, pero que no puedo quitarme de la cabeza desde entonces.
Me quedé mirándola sin putas palabras, incapaz de entender lo que fuera que estaba intentando decirme.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que tu vida me da miedo y que tal vez tenías razón cuando me dijiste que era una mala idea estar juntos.
Sus palabras fueron como una bofetada en la cara y retrocedí, sintiéndome como si me hubiera cortado y me estuviera desangrando a sus pies.
—¿Lo dices en serio?
—¿No? ¿Quizá? —Se sorbió la nariz y se encogió de hombros—. Ya no sé ni lo que quiero decir.
—Vale. —Helado hasta los huesos, me la quedé mirando un buen rato antes de negar con la cabeza—. Está bien, debería marcharme.
—¿Qué? ¡No, no, no te vayas! —Echada sobre mi regazo, me envolvió con los brazos y hundió la cara en mi cuello—. ¡No me dejes!
—No sé qué quieres de mí —admití con voz ronca mientras una ola tras otra de destrucción rompían contra mí, ahogándome—. No sé qué hago aquí, Aoife, porque me estás diciendo con tus palabras que me vaya y con tus acciones que me quede.
—Lo sé —dijo llorando, negando con la cabeza mientras me abrazaba el cuello y me rodeaba la cintura con las piernas—. Lo sé, lo sé. Lo siento, ¿vale?
—¿Estás rompiendo conmigo? —me obligué a preguntar—. ¿Es lo que intentas decirme?
—No sé qué estoy haciendo ni cómo me siento ahora mismo.
—Agarrándome la sudadera por delante, emitió el sonido más desgarrador que había oído en mi puta vida—.
Pero sé que duele y no quiero sentirlo. —Tenía los labios en mi cuello cuando soltó—: Este sentimiento me está matando.
Me siento como si me estuviera muriendo, y no quiero.
Bueno, no era para nada un consuelo y sus palabras hacían que la tensión en mi tráquea empeorara significativamente.
—¿Qué necesitas de mí? —le pregunté. Estaba poco menos que suplicándole que me mostrara cómo hacer aquello bien—. Dime qué quieres que haga, qué necesitas, di lo que sea y lo haré.
Con los ojos llenos de lágrimas, se me quedó mirando un buen rato antes de exhalar de forma entrecortada y llevar sus labios a los míos. Me quedé helado, con las manos todavía en sus mejillas, inseguro y con un miedo de la hostia a hacer algo mal.
—Bésame —dijo contra mis labios—. Muéstrame cómo olvidarlo.
«Madre mía».
Temblando, hice justo lo que me pidió. La besé con todo lo que tenía dentro, nuestras lenguas, dientes y labios chocaron en un beso frenético que no se parecía en nada a como solíamos besarnos.
Me di cuenta de que era un beso de desesperación.
Era una cuestión de necesidad, de necesidad de tener su boca en la mía tanto como ella necesitaba la mía en la suya.
Ni la técnica ni la suavidad importaban en esos instantes porque la necesidad de consolar al otro era demasiado fuerte como para pensar en nada que no fuera tocar, sentir, besar, ser…
Cuando llevó una mano entre nuestros cuerpos y soltó la toalla, sentí que los hombros se me encogían de la tensión.
—No quiero hacerlo si tú no quieres —advertí, porque necesitaba que estuviera muy segura de lo que estaba pidiéndome.