44. ¡Estoy bien!
¡ESTOY BIEN!
Aoife
—¿Aoife? —Mi padre estaba en la puerta de mi habitación, con los ojos llenos de preocupación—. ¿Estás bien, cariño?
—Sí —contesté, dando vueltas por mi habitación como una loca mientras intentaba sin éxito procesar las últimas horas de mi vida—. ¿Por qué no iba a estarlo?
—No parece que estés bien.
«Eso es porque no lo estoy».
—¿Qué quieres, que me someta a un puto detector de mentiras? —espeté, pasándome las manos por el pelo, solo para estremecerme con violencia por la sensación—. He dicho que estoy bien.
—Es que oigo desde la sala de estar el jaleo que estás montando aquí arriba yendo de un lado para otro y no me entero de la película que me he puesto.
—¿Y qué quieres que haga? —dije, alzando las manos—. ¿Cortarme las piernas y arrastrarme?
—Por Dios —masculló mi padre, frotándose la mandíbula—. Está bien. Voy a salir con tu madre a tomar una cerveza. Puedes quedarte ahí dando pisotones hasta hartarte.
En cuanto cerró la puerta de mi habitación, me recorrió el cuerpo entero un escalofrío y sacudí las manos, desesperada por quitarme de encima aquella horrible ansiedad.
Me desnudé, recogí el montón de ropa del suelo y, sin vacilar, la tiré por la ventana.
No era suficiente.
Notaba su aliento caliente en mi cuello.
Me daba asco.
Me ponía la carne de gallina.
Las lágrimas brotaron de mis ojos cuando me eché las manos a la espalda para desabrocharme el sujetador, dejándolo caer por los hombros antes de bajarme las bragas por las piernas para quitármelas.
Cogí la bata del interior de la puerta del armario, me la puse y eché a correr al cuarto de baño, decidida a eliminar de mi piel la sensación de aquel hombre.