43. Amarga decepción
AMARGA DECEPCIÓN
Joey
Pensaba que la peor imagen que vería ese día iba a ser mi madre acunando a su bebé prematuro, poco desarrollado, seguido del grito, del lamento y las súplicas que le había generado el dejarlo en el hospital.
Había tardado horas en convencerla de que se lo quedaran allí.
Creía que eso iba a ser lo peor. Lo peor que podía suceder.
Me equivocaba.
Entrar en la cocina esa noche y ver a mi padre con las manos encima de mi novia —ella echada en la mesa como un puto perro, con las bragas en los tobillos, y él con los vaqueros desabrochados— fue mucho peor.
Muchísimo peor.
Temblando violentamente en el asiento del copiloto, Molloy se había negado en rotundo a mirarme mientras se abrazaba y movía las rodillas, nerviosa.
«Aléjame de esta gentuza, Joey».
No hacía falta ser un genio para saber que me incluía a mí en ese sentimiento. No soportaba mirarme y no la culpaba lo más mínimo por ello.
Dios santo.
Al final había pasado. Mi vida de mierda al final la había destrozado. ¡Qué expresión tenía en los ojos! Joder, me había mirado como si yo también fuera el enemigo.
«Se suponía que tenía que estar en el trabajo…».
«Se suponía que tenía que estar allí…».
«¿Dónde estabas?».
Me echaba la culpa. No lo había dicho con esas palabras, pero sabía que me echaba la culpa.
Era culpa mía.
Estaba solo hasta que llegó Molloy. Entró en mi vida y de repente tenía pareja, una amiga, una auténtica igual que estaba dispuesta a arder en llamas conmigo.
Y mi padre me había arrebatado todo eso.
Me la había arrebatado a ella.
Todavía la olía en mi sudadera, en el coche, a mi alrededor, y aquel olor era demasiado para mí en ese instante. ¿Qué cojones estaba haciendo al creer que podía tener una relación sana y normal cuando mi vida era el polo opuesto?
Sintiéndome totalmente muerto por dentro, telefoneé a Kavanagh, muy a su pesar, y le dije que iba de camino a recoger a mi hermana. Cuando abrió la puerta principal al cabo de unos minutos, parecía estar a punto de darme de hostias, pero Shannon apareció enseguida y, si tenía esa idea, se disipó.
—¿Joe?
—Es hora de irse, Shan.
—¿Sí?
—Sí. Mamá necesita que le eches una mano con los niños.
Vi cómo una resignada tristeza aparecía en sus ojos.
—Vale.
—Puede quedarse —intervino Kavanagh y luego se giró hacia mi hermana—. Puedes quedarte.
—No, tenemos que marcharnos —espeté, demasiado agotado para meterme en otra discusión mientras llevaba a mi hermana al coche—. Gracias por tu ayuda, Kavanagh.
—Gracias, Johnny —dijo Shannon, mirando por encima de su hombro mientras se alejaba—. Por todo.
—Shannon, no tienes que…
—Vamos, Sha —solté, interrumpiéndolo—. Tenemos que llegar a casa.
No quería hacerlo. No quería llevarla de vuelta a aquel infierno, pero no me quedaba otra opción y, lo supiera él o no, le estaba haciendo a Kav un enorme puto favor al irme con mi hermana.
Los estaba protegiendo a ambos. Porque, si nuestros padres se enteraban de que estaba allí, llegarían un montón de problemas a su puerta. Dejarla allí abriría la caja de Pandora y no me apetecía tener que encargarme yo de las consecuencias.
No podía hacerlo.
Esa noche no.
Ya no.
Todo mi puto mundo se derrumbaba a mi alrededor y no era capaz de luchar por otra persona más tal y como tenía la cabeza. Habían sucedido demasiadas cosas en las últimas cuarenta y ocho horas para comprenderlo o tan siquiera pensar razonablemente.
Mi madre había dado a luz antes de tiempo y el bebé había muerto. Mi padre había intentado violar a mi novia. Y ahora mi novia no soportaba verme.
Quería espacio, y no la culpaba por ello. Era la causa directa de su dolor, el vínculo que la ponía en peligro. Estaba claro que era por mí.
Inquieto e imprudente, se me pasaron ideas por la cabeza, y noté el cambio, el lapsus antes de que ocurriera, y me odiaba a mí mismo por eso.
Aun así, sabía exactamente adónde iba a ir en cuanto dejara a mi hermana en casa.
Aunque lo aceptaba y estaba en paz con ello, seguía despreciándome por algo así.
—¿Fue eso lo que pasó? —preguntó Shannon, sacándome de mis pensamientos mientras trataba de mantener los ojos en la carretera y concentrarme en la conversación que intentaba mantener con mi hermana—. ¿Ha estado todo el fin de semana en el hospital y no lo sabíamos?
Asentí con la cabeza.
—Ay, Joey. —Se tapó la boca con la mano—. Estaba sola.
—Estaba con él —solté, agarrando con fuerza el volante—. Él estaba con ella y ahora lo tenemos en casa.
—¿Qué vamos a hacer, Joe?
—No lo sé. —Negué con la cabeza—. Ya no sé qué hacer, Shannon.
—No pasa nada —se apresuró en tranquilizarme y me frotó el hombro—. No tienes que saberlo. Solo tienes dieciocho años.
Sí, tenía dieciocho años, pero eso era lo único en lo que tenía razón mi hermana. Porque sí que pasaba algo. Siempre había pasado algo y la situación no iba a arreglarse. Claro que tenía que saber qué hacer. En el fondo, siempre había sabido qué hacer.
Era cuestión de superar el miedo que me entumecía el cerebro y que me había acallado. Y el ver lo que le había hecho a Molloy esa noche había sido mi límite.
Nunca jamás iba a volver a cubrirlos.
Nunca más, joder.
—No puedo estar ahí, Shan —admití, sin querer entrar en detalles de lo que había ocurrido esa noche, acordándome de los deseos de Molloy—. No puedo vivir más así.
—Lo sé —contestó, pero era una respuesta genérica que no significaba una mierda.
Poniéndome rígido por la tensión, abrí la boca y pronuncié las palabras que sabía que provocarían el caos, pero necesitaba decirlas de todas formas.
—Creo que deberíamos considerar lo que dijo Aoife.
—¿Qué es lo que dijo Aoife? —preguntó enseguida, girándose para mirarme, aunque sabía exactamente a lo que me refería.
—Que informáramos de esto —declaré de todos modos y luego me preparé para la bomba que estaba seguro de que estallaría.
—Debes de estar de coña.
No podía contestarle. Apenas podía mirarla a los ojos. Lo que revelaban aquellos ojos azules, lo que ardía en ellos, era demasiado.
—No voy a ir a un centro de protección de menores —gritó Shannon—. A ti no te pasará nada, ya has cumplido los dieciocho. Te irás a vivir tu vida, a tu bola. ¡A mí me llevarán al centro!
—Shannon —intenté apaciguarla, necesitaba que me escuchara.
Sabía que tenía miedo, igual que yo, pero aquello tenía que parar. No podíamos seguir viviendo así. Si no se hacía algo, alguien iba a morir en esa casa. Sería él o yo.
—Aoife estuvo hablándome ayer por la noche de mi futuro, y tenía mucho sentido…
—Tu futuro —soltó, como si fuera lo más asqueroso que podría haberle dicho.
—No, no solo mi futuro… No me he expresado bien. —Se me cayeron los hombros de la vergüenza—. No es solo por mí, Shannon. Es por todos nosotros.
—No puedo creerme que pienses en hacernos eso después de lo que le pasó a Darren —gritó, negando con la cabeza—. ¿Cómo puedes pensar en hacernos algo así, Joey?
Se me llenaron los ojos de lágrimas, nunca me había sentido tan perdido y desesperado.
Mi madre me tenía miedo.
Shannon sentía que la había traicionado.
Molloy no podía ni verme.
Las únicas tres mujeres a las que había querido en mi vida y las estaba decepcionando a diestro y siniestro. Por lo visto, ya no sabía hacer lo correcto.
«No dejas de cagarla, chaval».
—¡Si quieres irte, pues vete! —gritó Shannon en tono acusador—. ¡Márchate y déjanos! ¡Pírate con Aoife y tened una vida maravillosa juntos! Yo protegeré a los niños…
—¡No puedes protegerte ni a ti misma! —repliqué, perdiendo la calma mientras el dolor salía de mi cuerpo en palabras—. Soy yo el que te protege, Shannon. ¡Yo! ¡Soy el que intenta suavizar los golpes, pero no paran!
—Entonces a lo mejor papá y tú tenéis suerte y la próxima vez acaba conmigo —sollozó, dejando caer la cabeza en sus manos—. Te ahorraría preocupaciones, y a él, energía.
—No digas eso, Shannon, joder —espeté, encogiéndome por el impacto de sus palabras y la idea de que sucediera. No podía haberme hecho más daño si me hubiera apuñalado el corazón.
—¿Por qué no? —Al coger aire, se agarró la garganta cuando la inundó el pánico—. Es la verdad.
—Shannon, respira. —Le froté la espalda—. Toma aire.
Se inclinó en el asiento, se agarró las huesudas rodillas y se esforzó por recuperar la respiración.
—Buena chica. —Aparqué el coche junto a la acera frente a nuestra casa, pero dejé el motor en marcha—. Así, despacio.
Se quedó en el coche hasta que se le estabilizó la respiración y, cuanto más rato estaba allí, más me pesaba la conciencia.
—¿Shannon?
Silencio.
—¿Me estás escuchando?
Asintió una vez, pero mantuvo los ojos al frente.
—Si vuelve a tocarte, Shannon, quiero que cojas el cuchillo más afilado que encuentres y se lo claves en el corazón.
Al final, se giró para mirarme, con los ojos llenos de desánimo.
—No vas a regresar, ¿verdad?
—No puedo —respondí, queriendo que entendiera que mi cordura pendía de un hilo—. Si vuelvo a entrar a esa casa, los mataré a los dos.
La expresión de su cara me aseguraba que no lo entendía.
La expresión de su cara me aseguraba que le había roto el corazón.
Mi hermana, con una amarga decepción respecto a mí, se desabrochó el cinturón de seguridad y salió del coche.
—Adiós, Joey —fue lo único que dijo antes de cerrar la puerta de golpe y marcharse.