42. Sácame de esta casa #2
—No, lo que tengo que hacer es irme a casa —insistí, interrumpiéndolo, y la piel se me puso de gallina por el malestar y la vergüenza—. Es lo único que te pido. Llévame a mi casa, joder.
—Aoife, por favor.
—¡Esto no es decisión tuya! —grité, tirándome del pelo por la frustración—.
No lo decides tú, Joey. Sino yo. Es mi elección, mi decisión, y escojo no entrar ahí, ¿vale?
Escojo olvidarlo. Es lo que elijo, joder.
Lo único que quiero es irme a casa. No quiero que nadie lo sepa, ¿vale?
¡Solo quiero irme a casa, eliminarlo de mi cabeza y olvidar que he puesto alguna vez el pie en esa casa!
Joey se me quedó mirando durante mucho rato antes de soltar la manija de la puerta.
—¡Joder! —gruñó al final, golpeando el volante con la mano, y luego se inclinó hacia delante, rodeando el volante con los brazos y hundiendo la cara en ellos—. ¡Joder!
—¿Dónde estabas? —me oí preguntar, delirante de dolor y enfado—.
¡Tenía que ir a trabajar! Se suponía que no era yo la que debía estar ahí, sino tú…
—Dejé de echarle la culpa de pronto, porque sabía que hablaba dolida, sin pensar en la realidad de la situación, y solté un grito—.
Se suponía que tenía que estar trabajando.
—Las lágrimas me nublaron la vista y enseguida me eché el pelo hacia atrás, porque no quería que me tocara el cuello—. Se suponía que no debía estar ahí.
—Lo sé —contestó y pareció que estaba físicamente muriéndose por dentro mientras se golpeaba varias veces la frente contra el volante—. ¡Joder, lo sé! Es que… Surgió algo, ¿vale? Y me olvidé de llamar…
—¿Surgió algo? —Levanté la voz sin dar crédito—. Ah, entonces no pasa nada, ¿no? ¡Si surgió algo!
—Lo siento, ¿vale? —Un sollozo de consternación seguido de un rugido angustioso salieron de su pecho y se echó hacia atrás para mirarme—. Déjame entrar ahí. —Las lágrimas bajaban libremente por sus mejillas mientras me imploraba con los ojos que diera mi brazo a torcer—. Déjame hacer esto por ti.
—No. —Negué con la cabeza, refutando su súplica, y me enjugué con brusquedad las lágrimas—. Llévame a casa, Joe. Por favor.
—No sé qué hacer, Aoife —dijo con un hilo de voz y el pecho agitado—. Te escucho, de verdad que sí, pero no es lo correcto.
—Si te importo ni que sea un poco, llévame a casa —le advertí, levantando un dedo tembloroso—. Lo digo en serio. Si no mueves este coche, voy a bajarme para marcharme andando.
Cuando no hizo nada por respetar mis deseos, abrí mi puerta y fui a quitarme el cinturón de seguridad.
—¡Vale, vale! —Joey enseguida giró la llave en el contacto y el viejo motor rugió al encenderse—. Iremos a tu casa.
Me sorbí la nariz, cerré la puerta y mantuve los ojos llenos de lágrimas clavados en la carretera que teníamos delante.
Joey suspiró con fuerza y se alejó de la comisaría de policía para llevarme directa a casa sin más desvíos.
—Dejé a Shannon en casa de Johnny Kavanagh —dijo al final cuando se detuvo frente a mi casa y se pellizcó el puente de la nariz antes de añadir—: Tengo que ir a por ella. No, eh… No puedo dejarla allí. Si se enteran de que está con él…
—Vale. —Me quité el cinturón de seguridad, abrí la puerta y me bajé—. Puedes llevarte el coche.
Cerré la puerta del vehículo y crucé corriendo la calle para abrir la puerta del jardín, desesperada por meterme en la seguridad de mi hogar.
—Podrías acompañarme —me dijo mientras salía del coche y cruzaba la calle deprisa para alcanzarme—. No serán más que…
—No, me voy a casa —repetí, entrando y cerrando la puerta del jardín para dejarlo fuera.
—Te traeré el coche justo después.
—No pasa nada, no lo necesito.
—Vale. Vendré justo después —se ofreció, abriendo la puerta para seguirme.
—No. —Negué con la cabeza—. No tienes que hacerlo.
—Aoife. —Me agarró de la mano. El dolor en su voz era demasiado—. Por favor, no hagas esto.
—Ahora mismo necesito estar sola, Joe —conseguí decir, intentando sin éxito soltarme—. No puedo estar con…
—Sé lo que quieres decir, pero no lo digas, no… Por favor, guárdatelo —suplicó, implorándome con los ojos que le oyera—. No lo digas en voz alta. Esta noche no, ¿vale? Es que… esta noche no. Porque, si lo dices en voz alta, será cierto, y no puede ser cierto, Molloy, ¿vale? No puedo perderte.
Aparté la mirada y luego volví a mirarlo. Estaba rígido y me observaba con los ojos llenos de miedo. Intenté pronunciar las palabras que le habrían hecho sentirse mejor, pero no pude. No podía consolarlo en aquellos instantes. Estaba demasiado destrozada.
—Necesito tiempo —susurré al final—. Algo de espacio para aclararme.
—Lo siento muchísimo.
—Ya lo sé, Joe —dije, sintiéndome fatal—. Lo sé, ¿vale? Es que… —Me sorbí la nariz y me encogí de hombros, impotente—. Ahora mismo necesito no estar contigo, ¿vale?
—Aoife.
—Porque, cada vez que te miro, lo único que veo es…
—A él —terminó la frase y me soltó de inmediato—. Lo pillo. —Asintió con rigidez, retrocedió hacia la puerta y me miró más destrozado de lo que lo había visto jamás—. Te entiendo, Molloy.
Y entonces se dio la vuelta y se alejó.
Incapaz de quedarme viendo cómo se marchaba, entré corriendo a mi casa. Cerré la puerta de golpe, se me escapó un gran sollozo desgarrador y me derrumbé en el suelo.
—¿Aoife? —Mi madre asomó la cabeza por la puerta del salón y enseguida apareció a mi lado, de rodillas, con los brazos rodeándome el cuerpo—. ¿Se lo has dicho?
Con la respiración atascada en la garganta, salió otro sollozo de dolor y negué con la cabeza.
—No he po-podido.
—Está bien, cariño —me tranquilizó mi madre, envolviéndome en sus brazos como hacía cuando era pequeña—. Todo saldrá bien. Ya lo arreglaremos.