42. Sácame de esta casa
SÁCAME DE ESTA CASA
Aoife
Era poco después de las ocho cuando Ollie se las apañó de algún modo para convencer a Sean de que subiera las escaleras y terminara quedándose dormido a su lado en la cama de Joey.
Abajo, en la cocina, fregué los platos de la cena mientras Tadhg jugaba una partida al Snake en mi móvil en su habitación.
En general, estaba bastante orgullosa de lo bien que me las había apañado ese día, pero eso no me quitaba la ansiedad que no dejaba de aumentar en mi pecho porque Joey no se había puesto en contacto conmigo. No había vuelto a casa y tampoco me había llamado ni enviado un mensaje.
Le había pasado algo —estaba segura—, pero, aparte de mandar a por él a un equipo de búsqueda, lo que no era posible porque estaba claro que no tenía los medios para ello, no había nada más que pudiera hacer salvo sentarme a esperar a que regresara.
De espaldas a la puerta de la cocina y con los brazos hasta los codos de burbujas jabonosas, meneaba las caderas al ritmo de «Linger» de Cranberries mientras sonaba en la radio. Dando golpecitos con el pie al son de la música, tarareaba la canción.
Al cabo de unos instantes, cuando el sonido de la puerta principal abriéndose y luego cerrándose me inundó los oídos, me relajé aliviada.
—Ya era hora, tíos —dije por encima del hombro, dejando el plato en el escurridor y sacudiéndome el agua de las manos—.
Creía que estabais muertos o algo así. —Fui a darme la vuelta, pero me topé con su enorme cuerpo, que me empotró contra el fregadero—.
Por Dios, Joe —me reí, de espaldas a él—. ¿Me has echado mucho de menos?
Después noté su boca caliente en el cuello, pero algo no estaba bien. Su afilada lengua húmeda recorriéndome el lateral del cuello no estaba bien.
«Mal, mal, mal», me aseguraba mi cuerpo.
Fue en ese momento cuando alcancé a ver el reflejo en la ventana encima del fregadero y se me heló la sangre.
—¡Ay, por Dios! —grité—. ¡Quítate de encima, joder, Teddy!
Me retorcí, pero me envolvió con sus fornidos brazos y el pecho, inmovilizándome contra el fregadero. El miedo se apoderó de mí rápidamente.
—Suéltame —intenté de nuevo, manteniendo el tono tan duro y fuerte como pude, cuando lo único que quería era chillar y llorar—. Ya, gilipollas.
—Quería probarte desde la primera vez que te vi —dijo el padre de Joey arrastrando las palabras con un sofocante olor a whisky en el aliento—. Mira qué cuerpo tienes. —Noté cómo se le ponía dura contra mí y me entraron ganas de vomitar—. Mi muchacho no sabe apreciarlo.
Llevó la mano a mi pecho y entonces se me fue la olla.
—He dicho que me quites las manos de encima —gruñí, intentando sin éxito liberarme de él—. Te juro por Dios que como estés pensando en…
Me dejó sin palabras cuando me agarró de la garganta con la mano y apretó. Paralizada por el miedo, arrastré los pies por las baldosas cuando me arrastró a la mesa de la cocina.
—Esto es lo que va a pasar, putita —masculló, golpeando el lateral de mi cara contra la mesa—.
Vas a cerrar el pico y a recibir lo que voy a darte.
—Llevó la mano a la cintura de mis pantalones de chándal y me los bajó por las caderas bruscamente—.
Pavoneándote por mi casa, como si fueras un puto regalo divino.
—Que te… jodan —dije con dificultad. Con la mejilla contra la mesa, le clavé las uñas en la mano, intentando hacerle el máximo daño posible mientras apretaba las piernas, desesperada por protegerme en aquella indefensa posición—. ¡No me toques!
—Siempre he querido tocarte el pelo —dijo arrastrando las palabras, soltándome el cuello solo para enroscar con violencia mi pelo en su puño hasta que la nuca me ardió de dolor—. Suave como la seda. Mmm, qué bonito.
—Por favor. —Se me revolvió el estómago y me entraron arcadas del asco—. ¡Suéltame!
Movió la mano hacia mis bragas y retiró con brusquedad la tela, mientras continuaba tirándome del pelo.
—Abre las piernas.
—¡Muérete!
Con un brazo rodeándome la cintura, me obligó a echarme hacia atrás.
—¡Abre las putas piernas, zorra!
—¡No…, no! —conseguí decir, asqueada por el tacto de sus manos en mi cuerpo mientras me separaba las rodillas para obligarme a abrir las piernas, dejándome vulnerable y expuesta a él—. ¡No-no lo hagas!
Noté la tela áspera de sus vaqueros contra mi piel desnuda y luego el sonido de una cremallera abriéndose me inundó los oídos.
—No —grité, sacudiéndome para liberarme—. No me toques…
Oí que se cerraba la puerta principal de golpe, seguido de una voz familiar diciendo «¡Quítale las putas manos de encima!» y me derrumbé contra la mesa.
No pasó ni un segundo y dejó de agarrarme. Me caí al suelo, temblando violentamente mientras me subía con dificultad la ropa interior y los pantalones de chándal. Entre lágrimas, vi a Joey pelearse con su padre, chocando contra la encimera de la cocina mientras se arrancaban la piel literalmente.
Gritaban, pero no oía ni una sola palabra. El pitido en mis oídos era ensordecedor y yo temblaba sin control al sentirme violada.
—Aoife. —La señora Lynch se sorbió la nariz, con los ojos muy abiertos por el horror mientras corría hacia mí—. ¿Estás bien?
No, no estaba bien.
¿Cómo coño iba a estar bien?
Su marido había estado a punto de violarme.
—¡No me toques! —grité cuando me colocó una mano en el hombro. Me puse de pie como pude y me alejé lo máximo posible físicamente de aquellas personas—. ¡Apartaos todos de mí, joder!
Por desgracia para mí, la salida de aquel infierno se encontraba al otro lado de la cocina y, aunque estaba desesperada por marcharme, no podía hacer que se movieran mis piernas, porque avanzar significaba pasar por su lado.
—Molloy. —Ese era Joey. Estaba delante de mí con las manos en mis mejillas y unos ojos verdes frenéticos, y yo no iba a consentirlo—. Aoife, nena…
—No me toques —conseguí decir, apartando la cara de sus manos—, tan solo sácame de aquí.
—Aoife. —Volvió a acercarse a mí y por encima de su hombro vi a su padre retorciéndose y gimiendo en el suelo—. Por favor, no… Lo siento muchísimo.
—¡He dicho que me saques de aquí, Joey! —grité, pasándome las manos por el pelo mientras apartaba los ojos de aquel hombre y me obligaba a mirar a su hijo—. ¡Me quiero marchar ya!
La vista se me fue otra vez hacia el monstruo, que ahora se había incorporado, mientras su mujer le ponía un trapo húmedo en la mejilla.
¿La tía iba en serio?
¿Es que no había visto lo que acababa de intentar hacerme?
—Aléjame de esta gentuza, Joey —solté, fulminando con la mirada a mi novio—. Ya.
Con un suspiro tembloroso, Joey asintió y me rodeó los hombros con el brazo, tapándome la visión de su padre mientras me sacaba de la casa.
En cuanto estuve fuera, me aparté de él y corrí hacia mi coche, tomando bocanadas de aire frío nocturno mientras intentaba encontrarle sentido a la mierda que acababa de pasar.
—Aoife.
—¡No! —dije, apartándome de él—. No hables. Tú… Tú llévame a casa.
Estaba aturdida.
Tenía la mente en blanco.
El cuerpo, tenso.
Joey abrió la puerta del copiloto y me derrumbé en el asiento, respirando con dificultad, rápido, mientras me temblaba todo.
Él subió al asiento del conductor y me miró con los ojos angustiados.
—Molloy, lo sien…
—No. —Intenté sin éxito ponerme el cinturón de seguridad, me rendí y contuve las ganas de gritar, apretándome las sienes con los dedos—. Tú conduce.
Sin pronunciar palabra, Joey me colocó el cinturón de seguridad antes de poner el coche en marcha. Con las manos rígidas en el volante, inclinó la cabeza e inspiró varias veces antes de devolver su atención a la carretera que tenía delante y arrancar.
Me mordí el puño para evitar gritar, me retiré el pelo de detrás de la oreja y entonces me estremecí al recordar el tacto de la mano de su padre agarrándomelo con fuerza.
Intenté esforzarme por calmarme, pero no lo logré.
Sentía que el cuerpo entero me zumbaba con una energía extraña y ansiosa, y no estaba segura de si era el miedo, el enfado o pura adrenalina lo que provocaba aquel malestar.
Fuera como fuese, por lo visto no podía controlar mis extremidades. Tenían vida propia.
Cuando Joey giró a la izquierda al final de la carretera, en vez de a la derecha como era habitual para ir a mi urbanización, me entró el pánico.
Al aparcar en la comisaría de Ballylaggin al cabo de unos minutos, el pánico que estaba sintiendo enseguida se convirtió en un ataque de ansiedad en toda regla.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté.
Apagó el motor y se quedó con la vista clavada en el parabrisas, con las manos agarrando con fuerza el volante.
—¿Qué estás haciendo? —repetí cuando no respondió. El corazón me iba a toda velocidad en el pecho—. ¿Joey? —Abrí mucho los ojos por el pánico—. Llévame a casa.
—No puedo llevarte a casa, Molloy —dijo finalmente con una voz apenas audible. Sin apartar la vista del edificio frente al que estaba aparcado, negó despacio con la cabeza—. Tengo que hacerlo bien.
—¿Qué quieres decir? —pregunté con voz quebrada—. No voy a entrar ahí, Joey. No voy a entrar, ¿vale? Solo quiero irme a casa y ducharme.
—Tenemos que entrar —contestó, quitándose el cinturón de seguridad y llevando la mano a la manija de la puerta del coche—. No va a quedar impune después de ponerte las manos encima.
—¡No! —Alargué la mano para agarrar su puerta y cerrarla de golpe—. No. No quiero eso. Solo quiero irme a casa, ¿vale? A mi casa. Y ya está.
—Molloy. —Joey exhaló un gruñido de dolor y se giró para mirarme.
Había dolor en sus ojos, estaba absolutamente destrozado.
Parecía reflejar exactamente cómo me sentía—.
Intentó violar… —Se le quebró la voz y negó con la cabeza antes de apartar enseguida la mirada.
Inspiró, lleno de dolor y golpeó con una mano el volante—. Intentó violarte.
—No voy a entrar ahí —le advertí con los ojos llenos de lágrimas—. No voy a entrar.
—Tienes que contarles lo que te ha…