Rey de la gula (Pecados 6) 41. He venido para llevarte a casa
26%

41. He venido para llevarte a casa

HE VENIDO PARA LLEVARTE A CASA

Joey

—Gracias a Dios que has venido —me recibió mi padre en el pasillo del hospital.

Mientras salvaba el espacio entre nosotros, sujetaba con una mano una carpeta repleta de papeles, y con la otra, una bolsa de plástico que supuse que contenía la ropa de mi madre.

—No puedo con ella, Joey, hijo. No puedo. —Me puso la mano en el hombro con un movimiento que supuse que era una muestra de alivio ante mi presencia, pero que hizo que me quisiera arrancar la piel de los huesos—. Sé que está disgustada, pero es que tanto llorar no le hace nada bien.

—Sí, bueno, pues te jodes —le solté, quitándome de encima su mano de forma brusca—, porque fuiste tú el que la dejó preñada. Es responsabilidad tuya, papá. Está en esta situación por ti, así que pórtate como un hombre y cuida de ella.

—No te me pongas contestón, chico —me advirtió con un tono amenazador y me lanzó una mirada que decía «Lo pagarás por hablarme así», pero la verdad es que no me importaba—. Es muy fácil criticar cuando no sabes lo que he estado soportando aquí.

—No me importa lo que te haya pasado —espeté y lo seguí de mala gana por el pasillo hasta detenernos frente a una puerta cerrada—. ¿Está ahí?

Asintió con la cabeza.

—Te lo dejo a ti. Tengo que ocuparme de un par de cosas.

Lo que significaba que le estaba esperando un taburete en el bar.

—Vale. —Levanté la barbilla, reacio a pedirle al cabrón que no me dejara allí para limpiar su estropicio—. Haz lo que quieras.

Y luego se marchó, y me quedé solo, con la vista clavada en la puerta cerrada.

Un millón de emociones distintas se despertaron dentro de mí mientras me esforzaba para templar los nervios y que no se me fuera la olla. No quería estar allí. No quería presenciar lo que sabía que iba a ver en cuanto abriera la puerta que tenía delante y entrara en la habitación.

En el trastorno mental de mi madre.

«Contrólate, gilipollas».

Con la capucha puesta y las manos temblando, me obligué a llamar antes de entrar.

Lo primero que vieron mis ojos fue una cortina azul clara que tapaba la cama, mientras el sonido grave de un lamento casi salvaje me atacó de inmediato los oídos. Era el sonido de una mujer con el corazón roto.

—¿Mamá?

El llanto cesó un breve instante y oí que cogía varias veces aire antes de decir con voz entrecortada:

—¿Joey?

—Sí —asentí, temblando—. Soy yo, mamá.

—Joey —gritó con voz ronca—. ¿Mi Joey?

—Sí, mamá —respondí y me aclaré la garganta—. ¿Puedo retirar la cortina para verte?

Al cabo de unos momentos, mi madre corrió la cortina y me recibió con el rostro surcado de lágrimas mientras se bajaba de la cama y se derrumbaba en mis brazos.

—¡Joey!

—Chisss, no pasa nada —traté de tranquilizarla, cogiéndola antes de que se cayera al suelo—. Estoy aquí.

—Se ha muerto —dijo gimiendo, agarrándose a mi sudadera con los dedos mientras se aferraba a mí con el cuerpo sin fuerzas, sacudido por la pena—. El bebé ha muerto y se lo han llevado. Se lo han llevado, Joey. Me lo han quitado.

—Ya lo sé, mamá —conseguí decir mientras la ayudaba a volver a la cama.

—Era tan pequeño —continuó llorando, negándose a soltar mi sudadera mientras yo me quedaba impotente delante de ella, con las manos a los costados para que cogiera de mí lo que necesitaba en ese momento—. Veintiuna semanas —siguió gimiendo—. Era tan diminuto.

No podía decirle que sabía cómo se sentía ni que entendía su dolor, así que simplemente me quedé allí, sintiéndome inútil.

—Ya no está —dijo entre lágrimas—. Tu padre dejó que se lo llevaran.

—¿Que se lo llevaran adónde? —me obligué a preguntar.

—Lejos —se quejó, llorando en mi pecho—. Lo enterrarán en el jardín del recuerdo del ángel en el hospital.

—¿Es lo que quieres?

—No lo sé —sollozó—. Tu padre dijo que era lo mejor.

No tenía nada que decir.

Dejó escapar un suspiro tembloroso antes de susurrar:

—Shannon. Los chicos. ¿Están bien?

—Están genial —me apresuré en tranquilizarla—. Están todos genial, mamá.

—Y tú estás aquí —dijo con debilidad, todavía aferrada a mí—. ¿Cómo es que estás aquí?

—Papá me llamó —respondí, apartando sus manos poco a poco de mi sudadera para sentarme a su lado en la cama—. Me pidió que viniera a verte.

—¿Ah, sí?

Asentí despacio.

—Sí.

—¿Dónde está ahora tu padre?

En el pub, lo más probable.

—Tenía que marcharse. —Inhalé profundamente antes de añadir—: Papá me dijo que los médicos te habían dado el alta, mamá. He venido a llevarte a casa.

—No, no, no. —Se le abrieron mucho los ojos por el miedo—. No puedo irme. ¡Ni siquiera tiene nombre! Tan solo el bebé Lynch. Así lo llamaban.

—Mamá —suspiré, intentando sin éxito dar con las palabras adecuadas. Apenas podía hablar—. No puedes quedarte aquí —dije—. Los chicos te necesitan en casa.

—No quiero —protestó, dejando caer la cabeza en sus manos, y me recordó a una niña atrapada en el cuerpo de una mujer—. Por favor, no me obligues.

—No voy a obligarte a nada —la tranquilicé mientras miraba el pastillero en la bandeja que contenía lo que supe al instante que era una puta fabulosa combinación de Valium y diamorfina—.

¿Esto es para ti? —pregunté, cogiendo el dispensador de plástico con las manos temblorosas—. ¿Tienes que tomártelas, mamá?

Asintió con debilidad.

—Pero me dan mucho sueño.

—Para eso son. —Eché las pastillas en una de sus manos y luego le puse el vasito de poliestireno lleno de agua en la otra—. Trágatelas y te relajarán.

—Joey, no…

—Tómatelas tú o me las tomo yo —la interrumpí—. Y entonces ambos estaremos jodidos.

Se sorbió la nariz y me miró con los ojos llenos de dolor antes de llevarse las pastillas a la boca y tragárselas con un sorbo de agua.

Una mezcla de devastación y alivio me inundó, y me incliné hacia delante.

—Buena chica.

—Quiero verlo por última vez —susurró, echándose sobre mi cuerpo—. Antes de irnos.

—Vale —contesté, y a regañadientes deslicé un brazo alrededor de sus frágiles hombros—. Estoy seguro de que una de las comadronas podrá llevarte a que lo veas.

—¿Te quedarás conmigo cuando lo traigan?

Me puse tenso.

—Por favor, Joey. —Se sorbió la nariz—. No me dejes sola.

—Vale —suspiré, resignado—. Me quedaré contigo, mamá.