Rey de la gula (Pecados 6) 40. El Pequeño Alfa
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40. El Pequeño Alfa

EL PEQUEÑO ALFA

Aoife

Sorprendentemente, pasar tiempo con los pequeños Lynch me ayudó a limpiar las telarañas de ansiedad que tenía en la cabeza.

El mayor de los tres parecía la viva imagen de mi novio tiempo atrás. El mediano resultó ser un duro rival en las conversaciones. ¿Y el bebé de la familia? Dios, Sean era tan mono que parecía ridículo.

Estaba demasiado ocupada respondiendo al torrente interminable de preguntas que salían del imaginativo cerebro de Ollie mientras no dejaba de darle abrazos al adorable niño de tres años que se chupaba los dedos de la mano, y no tenía tiempo para pensar ni para darles vueltas a mis problemas.

Las oleadas de actitud de macho alfa de puro preadolescente por parte de Tadhg era impresionante y, si no fuera por el hecho de que tenía matrícula de honor en tratar a cabroncetes con malas pulgas como él, me habría agobiado la hostia.

Sin embargo, el Pequeño Alfa demostró ser realmente el doble de su hermano al sucumbir al final —y por supuesto a regañadientes— a mi irresistible encanto e ingenio. Tampoco hizo daño que le pasara una sliotar.

Para cuando llegamos a su casa un poco antes de la una, estaba segura de que, tras la guerra que había estallado, me había ganado tres pequeños aliados. Lo único que había aguado la fiesta ese día era que Joey y Shannon aún no hubieran vuelto.

No tenía saldo en el móvil para contactar con Joey, y, aunque a Tadhg y Ollie no les habría pasado nada al quedarse sin compañía de un adulto un momento, jamás podría haberlos dejado que se las apañaran solos con un niño de tres años y tener la conciencia tranquila.

Así que terminé esperando hasta la una y media antes de llamar a la puerta del vecino para usar su teléfono fijo y contactar con el trabajo para avisar de que estaba enferma y no podría empezar mi turno a las dos de la tarde, ya que el fijo de Joey solo recibía llamadas.

También usé el teléfono de Fran para intentar localizar a Joey en su móvil, pero me salió directamente el buzón de voz.

Al principio, no me preocupó demasiado, pero, después de buscar música para los críos en su habitación —porque el gilipollas de su padre se había llevado el televisor— y al darme cuenta de que no estaban los pantalones de chándal con aquella bolsa de pastillas, enseguida me cambió el humor.

Estaba claro que Joe se los había puesto por la mañana antes de marcharse de casa, lo que significaba que, estuviera donde estuviese en esos momentos, iba por ahí con una bomba de relojería en el bolsillo.

—Bailo bien, ¿eh? —preguntó Ollie, apartándome de mis pensamientos mientras bailoteábamos por la cocina al ritmo de «The Ballad of Chasey Lain» de Bloodhound Gang, cortesía de la colección de música ridículamente explícita de su hermano mayor.

Sí, era una canguro excelente.

—Muy bien, Ols.

Me reí al ver que el niño ponía posturitas como si nadie lo estuviera mirando. Por suerte, Sean y él parecían ignorar alegremente el significado de la canción, demasiado ocupados girando y dando vueltas por la cocina como para darle importancia.

Mientras tanto, el Pequeño Alfa se tronchaba de la risa encima de la mesa de la cocina, bebía de la Coca-Cola de su hermano y estuvo a punto de ahogarse varias veces durante el transcurso de la canción.

—Espera, yo tengo una canción. ¡Tengo una! —declaró Ollie cuando terminó aquel tema y salió corriendo hacia la sala de estar para volver al cabo de un momento con un disco—. Es la música de mamá —explicó orgulloso, cambiando el disco en el pequeño estéreo de la cocina—. Me encanta.

Al cabo de un instante, «The Pill» de Loretta Lynn sonaba por los altavoces.

—Ay, venga ya —gruñó Tadhg, dándose con la mano en la frente—. ¿En serio, Ols?

—Ajá. —Cantando la canción palabra por palabra, Ollie bailaba por la cocina cogiendo las manitas de Sean—. Mamá nos canta esta canción.

—¿Ah, sí?

—Sí —respondió Tadhg, negando con la cabeza—. A la mayoría de los niños, cuando son pequeños, les cantan canciones infantiles. —Negó con la cabeza y señaló el estéreo—. Nosotros tenemos esto.

—Uf, mierda.

—Joe le regaló el álbum para el Día de la Madre hace unos años. —Sonrió antes de añadir—: Creo que intentaba decirle algo con esa canción.

Solté una carcajada, aunque era totalmente inapropiado, por no mencionar que también podía ser un poco hipócrita.

Con una sonrisa lobuna, Tadhg saltó de la mesa y se acercó al estéreo para cambiar el disco. Después de unos minutos pasando canciones, dejó «Girl All the Bad Guys Want» de Bowling for Soup.

Me guiñó el ojo a lo descarado y dijo:

—Esta es para ti, rubia.

«Uf, mierda».

Contuve la risa.

El Pequeño Alfa sabía montárselo.