Rey de la gula (Pecados 6) 39. El cumpleaños #4
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39. El cumpleaños #4

El bebé se ahorraría el dolor de cruzar el umbral del infierno que era nuestra casa.

El bebé nunca sentiría las bofetadas de nuestro padre ni el dolor por la falta de emoción de nuestra madre.

Habría un hermano menos al que proteger, del que preocuparse, al que alimentar, al que cuidar, y mentiría si fingiera lo contrario.

Aunque había estado resentido por el embarazo, eso no significaba que no lo habría querido igual que quería a los demás. Mi corazón se habría expandido y habría extendido los brazos un poco más para que él cupiera entre ellos.

—Necesito que vengas aquí y hagas entrar en razón a tu madre —continuó mi padre—. Ya sabes cómo es, cómo se le va la cabeza bajo presión. Siempre has podido traerla de vuelta cuando se pone así.

—Vale —contesté con un tono tenso.

—Estamos en el St. Finbarr’s, en la ciudad —añadió—. Sabes dónde está, ¿no?

—Sí, voy para allá.

—Genial —dijo con un suspiro de alivio—, porque no sé qué hacer con ella. No deja de llorar y mecerse, y es que cuando se pone así no se me ocurre qué mierda hacer con ella.

—He dicho que ya voy para allá, ¿no? —espeté, reprimiendo las ganas de gritar cuando me encontré con que Kavanagh estaba observándome como un halcón—. Voy para allá.

—¿Cuándo llegarás? —insistió mi padre—. ¿Cuándo estarás aquí? Porque no estoy de coña, chico, estoy a punto de perder la paciencia. Quiero irme a casa, afeitarme y darme una ducha. No puedo estar aquí sentado viendo cómo le llora a una caja.

—Voy de camino.

—Buen chico —dijo con tono aprobador—. Date prisa…

Ofuscado, colgué el teléfono y me lo metí otra vez en el bolsillo antes de mirar a Kavanagh.

—Tengo que marcharme.

—¿Marcharte? —preguntó—. ¿Adónde?

—Tengo que ir a un sitio —mascullé, vacilando del todo.

—Espera, joder —me dijo, bloqueando la puerta—. Tu hermana está arriba duchándose.

—Sí. —Negué con la cabeza y exhalé con dolor—. Voy a necesitar que te encargues de ella por mí.

—¿Que me encargue de ella? —Se me quedó mirando como si hubiera perdido la chaveta—. ¿Quieres que me encargue de tu hermana?

—Eso es lo que he dicho, ¿no?

—No estás contando nada —dijo Kav entre dientes, furioso—. Ese es el problema. ¡No me estás contando una mierda!

—Ya te lo he dicho —gruñí, perdiendo ya la calma—. ¡Pregúntaselo a Shannon!

—Entonces ¿qué? —Los ojos se le salieron de las órbitas—. ¿La vas a dejar aquí?

Era mejor que la alternativa.

—¿Durante cuánto tiempo?

—No lo sé.

—¿No lo sabes?

—Sí, no lo sé, joder —espeté hasta los cojones de aquella mierda—. ¿Te molesta?

—No me molesta que esté aquí —se apresuró a decir Kav—. Lo que me molesta es que la dejes en mi casa y que yo no tenga ni puñetera idea de qué decirle.

—Muy bien. —Perdí la calma y solté—: Dile a mi hermana que ha llamado nuestro padre. Dile que nuestra madre tuvo un aborto el viernes por la noche y él se la lleva del hospital a casa ahora.

Kav tuvo la delicadeza de encogerse de miedo.

—Mierda.

—No tienes ni puta idea —solté, enfadado, y lo empujé al pasar para marcharme con paso airado por el pasillo y abrir la puerta principal—. Ni puñetera idea.

—¿Quieres que la lleve directamente a casa? —me preguntó, siguiéndome. El cabreo se le había pasado y lo sustituía una incómoda compasión. Que le dieran. No quería su compasión. Tampoco la necesitaba—. ¿O la llevo al hospital para ver a vuestra madre…?

—¡Quiero que te encargues de ella, joder! —grité, dándome la vuelta hacia él—. ¿Puedes hacerlo, Johnny Kavanagh? —Agarré la puerta con fuerza mientras lo miraba de frente—. ¿Puedes cuidar de mi hermana por mí? ¿O me he equivocado contigo?

—Sí —asintió con rigidez—, sí puedo.

—Bien —asentí yo también con rigidez. Metí la mano en el bolsillo para coger el teléfono y se lo pasé—. Te llamaré cuando pueda organizar la recogida. Tú… Tú quédate con ella hasta que te llame, ¿vale?

Sin mediar más palabra, cogió el teléfono y añadió su número a mis contactos.

Asentí tenso y volví a meterme el móvil en el bolsillo antes de decir:

—Gussie, me voy, por si quieres que te lleve a la ciudad a por tu coche.

—¿Todo bien? —preguntó, asomando la cabeza por la puerta del salón.

Como estaba demasiado jodido para pensar con claridad, me di la vuelta y me marché, sintiendo que mis pies no me pertenecían. No sé cómo conseguí caminar por la gravilla y dejarme caer en el asiento del conductor del coche de Molloy.

—Soy Gibsie.

Me giré para verlo subirse al asiento del copiloto a mi lado.

—¿Qué?

—Que me llamo Gibsie —aclaró mientras se ponía el cinturón de seguridad y se sacaba una caja de tabaco del bolsillo—. No Gussie.

—Ah, sí, Gibsie. —Puse en marcha el coche y salí por el camino de la entrada, aceptando el cigarrillo que había encendido y me estaba pasando—. Gracias.

—De nada, chaval —respondió, encendiendo un cigarrillo para él—. Parecía que necesitabas uno. —Se encogió de hombros y añadió—: Me temo que es solo nicotina.

—Ya va bien.

—Por ahora —bromeó con tono alegre.

—Sí —solté mientras el impulso carnal de desesperación y necesidad asomaba su horrible cabeza ante la idea—. Por ahora.