39. El cumpleaños #3
—¿No es decisión tuya? —Pareció indignado al oírlo—. ¿Qué cojones se supone que significa eso?
—Exactamente lo que he dicho —contesté—. Significa que no es decisión mía. Pero te puedo asegurar que nunca le he puesto la mano encima a mi hermana. Ni a ninguna otra mujer para el caso.
—Quiero saber qué está pasando, Lynch. Si la están acosando o algo así, entonces puedo ayudar. Puedo arreglarlo si me lo cuentas.
—¿Tú puedes arreglarlo?
—¿Por ella? —Asintió con vehemencia—. Ya lo creo.
—Te gusta. —Incliné la cabeza hacia un lado, estudiándolo—. Tal vez incluso más que eso.
No lo negó.
Bien.
«Otro punto para él».
—Quiero saber qué está pasando —concluyó—. Necesito saberlo.
A lo mejor su colega tenía razón y este chaval se quedaba con mi hermana. Sus palabras sin duda demostraban cierto nivel de permanencia.
—Mira, me encantaría contártelo —respondí—. No tendría ningún puto problema en desembuchar. No tengo nada que esconder.
Mientras pronunciaba las palabras, me di cuenta de que eran mi verdad, porque algo había sucedido en mi interior, algo raro de cojones, y me estaba hartando de mentir.
De ocultar cosas.
De cubrirme constantemente las espaldas y cubrírselas a mis hermanos y a mi hermana.
Eso no era vida, ya no quería vivir así.
Nunca había querido vivir así.
—Pero ella no querría que te lo contara —intenté explicarle—. Shannon se moriría si creyera que alguien se ha enterado de sus asuntos. Después de toda la mierda que le pasó en el instituto de Ballylaggin, quiere hacer borrón y cuenta nueva en Tommen. Y yo también quiero eso para ella.
—Entonces sí que la están acosando —dijo Kav con dificultad, no acertando lo más mínimo y revolviéndosele todo por dentro solo con pensarlo—. Alguien de Tommen. —Negó con la cabeza, perdido—. O de su antiguo instituto.
Suspiré con fuerza.
—Mira, Kavanagh, si quieres saber qué pasa dentro de esa cabecita suya, entonces gánatelo.
—¿Que me lo gane? —Me fulminó con la mirada—. ¿Que me gane el qué?
Sabía muy bien a lo que me refería. Si quería entrar en la vida de Shannon, tan desesperado como parecía que estaba, tendría que ganarse el pase de Shannon.
Yo no podía dárselo. Aunque una parte extraña de mí lo deseaba con fuerza.
Porque, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de protegerme y llevaba años sin conseguir proteger a mis hermanos, estaba empezando a aceptar la posibilidad de que no estaba haciendo por ellos lo correcto.
«Que callarme no era lo adecuado».
A lo mejor había recibido demasiados golpes en la cabeza a manos de nuestro padre, o a lo mejor Molloy se me estaba metiendo demasiado dentro de mi mente, pero mantener la boca cerrada estaba empezando a parecerme que protegía menos a mis hermanos y les permitía más a mis padres.
Sin embargo, el recuerdo de los maltratos a Darren continuaba aprisionándome, manteniendo el miedo vivo lo suficiente para mantener a raya mi lengua.
—Eres un tío listo —fue lo único que dije—. Seguro que lo averiguas.
Kav volvió a negar con la cabeza.
—No…
Me empezó a sonar alto el móvil en el bolsillo y el chaval se calló. Cogí el teléfono enseguida solo para que se me cayera el alma a los pies al ver el nombre que aparecía en la pantalla.
«Mi padre».
La furia se apoderó de mí y levanté una mano para avisar a Kavanagh de que mantuviera la puta boca cerrada mientras pulsaba el botón para contestar y me llevaba el teléfono a la oreja.
—Joey, soy yo.
—¿Qué cojones quieres? —pregunté con desdén totalmente asqueado por que pensara que podía llamarme.
El sonido de su voz me ponía de punta hasta el último pelo del cuerpo. No me importaba que sonara sobrio. Todo lo que tenía que ver con ese hombre, borracho o no, hacía que se me pusiera la carne de gallina.
Por poco me caí del taburete cuando le oí decir:
—Te llamo para avisarte de que voy a casa con…
—No, te dijeron que… —lo interrumpí caminando de un lado a otro de la cocina, tratando de contenerme mientras se me iba la olla. «Te dijeron que no volvieras a casa, joder»—. No hay vuelta atrás.
—Lo que pasó la otra noche fue un error —le oí decir—. No pretendía hacer daño a tu madre. Fue en caliente, ya sabes lo que es eso.
¿Que no pretendía hacerle daño a mi madre?
¿Que ya sabía lo que era eso? ¿Y qué pasaba con Shannon?
¿Pretendía hacerle daño cuando le dio un puñetazo en la cara?
Pues claro que sí, joder. Creer que no tenía intención de hacer algo que llevaba repitiendo a lo largo de nuestras vidas sin parar era la definición de locura.
—Me importa una mierda lo arrepentido que estés.
—¿Te callas y me escuchas un segundo…?
—¡No!
La última vez que me había sentado a escuchar cómo intentaba absolverse de sus pecados había sido hacía más de ocho años, poco después de presenciar cómo violaba de forma brutal a mi madre contra la misma mesa en la que nos obligaba a comer todos los días desde aquello.
Había cogido un hurley en mi patético intento de protegerla, y la pelea que hubo a continuación había sido tan terrible que los vecinos habían llamado a la policía.
Como consecuencia, vinieron los trabajadores sociales y me vi obligado por la misma mujer a la que había intentado proteger a sentarme en esa misma mesa de la cocina que todavía estaba en nuestra casa y escuchar a su agresor soltar una historia convincente de cómo el anillo que llevaba su esposa en el dedo le daba a él el control sobre su mente y su cuerpo.
Inmediatamente dije que todo aquello era una gilipollez y entonces me detallaron paso a paso lo que le pasaba a un niño cuando estaba al cuidado de mi padre.
A Darren, al ser el hijo diligente y concienzudo, y al soportar el sufrimiento, le ahorraron la advertencia. Lo mismo les ocurrió a Shannon y los pequeños.
Pero a mí no.
No a la oveja negra de la familia.
El lastre.
El jodido.
Perdí mi infancia aquel día.
No es que hubiera tenido una, pero, si me quedaba algo de inocencia entonces, todas mis esperanzas y sueños de la niñez desaparecieron al instante.
Marcado mental y físicamente hasta el punto de no poder imaginarme confiando en otro ser humano.
Aterrorizado por los serios detalles de lo que me ocurriría si no mantenía el pico cerrado o, peor, lo que les pasaría a Shannon y a Tadhg, cedí ante la presión y mentí como el bellaco que me habían enseñado a ser.
La parte jodida fue que no veía lo que estaba empezando a ver ahora, que estaba intentando proteger a esos críos de los violadores viviendo con uno. Porque eso era lo que era él, un puto violador.
Lo que hizo.
El dolor que causó.
Las vidas que arruinó.
No, nunca jamás volvería a escuchar una excusa de ese hombre.
—Tu madre está en el hospital —dijo mi padre, haciéndome regresar al presente y provocándome una ola de pánico—. Sangró la otra noche. Mucho.
Agarré el teléfono con tanta fuerza que la piel alrededor de los nudillos parecía que iba a romperse.
—¿Que está dónde?
—¿Estás sordo, Joey? He dicho que está en el hospital —gritó—. Desprendimiento de placenta, por lo visto.
«¡Dios santo!». Creí que iba a desmayarme cuando me llevé la mano a la frente.
—¿Cuándo pasó eso?
—El viernes por la noche —respondió, confirmando mis mayores temores—. Me llamaron del hospital para que estuviera con ella.
Se me cayó el alma a los pies. La llamé «puta» cuando se estaba desangrando en el hospital.
—Entró sangrando, pero, cuando fueron a examinarla, rompió aguas —añadió, sonando humano de verdad por una vez en su vida—.
Estaba muy mal por el sangrado, así que se la llevaron al quirófano para arreglarlo.
Según el especialista, le puede pasar a las mujeres mayores que han tenido muchos hijos, y a tu madre le hicieron la cesárea con Tadhg.
—¿Y el bebé? —me oí preguntar.
—¿Tú qué crees, imbécil? —soltó—. Está muerto, joder. Esa cosa no era más grande que mi mano.
«Dios santo».
—¿Esa cosa? —dije con dificultad, notando cómo me temblaban las piernas—. ¿Esa cosa?
—¿Cómo quieres que lo llame…, tu hermano? —inquirió.
Así que era un chico.
El bebé iba a ser mi hermano.
Dios.
—Se ha ido, joder, y ya está —soltó mi padre—. No tiene sentido calentarse por algo que no se puede cambiar.
No sabía qué decirle, pero que llamara al bebé «esa cosa» me ponía enfermo.
—Tu madre está mal —continuó diciendo—. Le quieren dar el alta, pero no se va a ir del hospital. —Exhaló, frustrado, antes de añadir—: No va a dejar aquí esa cosa.
«Deja de llamarlo “esa cosa”», quería gritar, pero como estaba acompañado me contuve.
—¿Qué coño quieres que diga?
—Bueno, lo primero es lo primero, deshazte de ese tono de voz afligido —soltó—. ¿Por qué ibas a estar triste? No es que te emocionara precisamente la idea.
—¿Por qué iba a estar triste? —Sacudí la cabeza por el asco que me daba. ¿Hablaba en serio?
—No querías que tuviera otro hijo y ahora ya no existe —dijo en tono acusador—. Te va de perlas, chico, así que podrías mostrar un poco de sinceridad.
Sí, no quería que tuvieran otro hijo, pero eso no significaba que desease que mi madre perdiera su bebé.
No quería que muriera mi hermano.
Jamás querría algo así.
Sin embargo, no pude evitar decir más adelante las palabras «Es un alivio, joder, eso es lo que es», y era verdad, pero no por los motivos que él pensaba.