Rey de la gula (Pecados 6) 39. El cumpleaños #2
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39. El cumpleaños #2

—Ni de coña. —Le lancé una mirada asesina—.

Tú eres un puto pijo loco con una personalidad que, sinceramente, me saca de quicio.

—Apagué el fuego y cogí los dos platos llenos de comida para llevarlos a la isla de la cocina—.

Y yo soy un gilipollas con mal genio que no tiene la paciencia ni el carácter para tener a una persona como tú en su vida.

—Bueno, me parece que te equivocas —respondió Gibsie pasándome un tenedor, y se sentó en el taburete a mi lado—. Creo que nos querríamos mucho.

Me lo quedé mirando boquiabierto.

—Eres un puto friki.

—Oye, relájate —se rio—. Me refiero como hermanos.

—Ya tengo cuatro —dije con sequedad—, no necesito más.

—¿Lo ves? —se rio otra vez, partiendo una loncha de beicon por la mitad para metérsela en la boca—. Ya estás abriéndote a mí y hablándome de tu familia. Estamos creando un vínculo.

—No estamos creando nada —repliqué, clavando el tenedor en mi huevo frito—. Jamás tendremos un vínculo.

Por suerte, Kav regresó entonces a la cocina y, mira por dónde, acompañado de mi hermana.

—¡Anda, la pequeña Shannon! ¿Te ha convencido Johnny de que entraras, o ha sido el olor de mis increíbles dotes culinarias lo que te ha cautivado? —bromeó Gibsie.

—Está lloviendo —masculló Shannon, demasiado cerca de un tío que ella consideraba solo un amigo.

Mientras charlaba con el raro, observé cómo Kavanagh se preocupaba por mi hermana, y tuve que admitir que era la primera persona que veía que la hacía sonreír de verdad.

Hacían una pareja ridícula. Ella apenas le llegaba al esternón. Estaban en mundos diferentes y eran polos opuestos, pero la forma en que se miraban me aseguró que no les importaban una mierda esos pequeños detalles.

Sí, se olía la tensión sexual desde donde yo estaba. Era casi tan horrible como el olor a perro mojado que desprendía ella. Por lo visto, fuera se le habían echado encima los perros del chico y la habían tirado al suelo.

Decidí joderles un poco más y le pregunté al Amante si podía prestarle ropa para que se cambiara, y me partí el culo al ver a un chaval que le daba una paliza a hombres adultos cada semana ponerse rojo como un tomate.

—Johnny, puede ducharse aquí, ¿no? —preguntó Gibsie, al que le hacía la misma gracia lo que estaba sucediendo delante de nosotros.

—¿Qué? —chilló Shannon, ojiplática y colorada.

—Eh… Sí, supongo —contestó Kav, aclarándose la garganta varias veces antes de añadir—: Si ella quiere.

—Buena idea —dije y añadí—: Quítate ese pestazo a perro mojado antes de meternos en el coche para volver a casa.

—No apesto.

—Sí —dijimos al unísono.

—Idos a tomar por culo los dos y dejadla en paz —vino al rescate el Amante y dijo—: No huele mal en absoluto.

—Tú no lo hueles porque eres inmune —respondió Gibsie—. Deja que el chucho duerma en su cama todas las noches.

Johnny entrecerró los ojos, enfadado.

—Como vuelvas a llamar chucho otra vez a mi perro, te comes esa sartén.

Gibsie levantó las manos y se rio.

—Mis más sinceras disculpas, chaval. No pretendía insultar a tu precioso perrillo.

—Lo siento mucho —dijo Shannon con dificultad, mirando a Kav como si el chico acabara de bajar de la luna—. No tengo que ducharme en tu casa…

—Uy, sí que tienes que ducharte, joder —la interrumpí, ganándome una sonrisita de ánimo por parte de Gibsie—. Lo digo en serio, así no te vas a subir al coche de Aoife. En ese estado, podrían hasta seguirnos el rastro.

—Para ya, coño —masculló Kav, cogiendo a mi hermana de la mano antes de desaparecer ambos por el pasillo.

—Ah, eso ha estado genial. —Gibsie suspiró satisfecho—. Probablemente esté ahí arriba cagado de miedo porque esto no era parte de su plan.

Una sonrisa reticente me separó los labios y negué con la cabeza, concentrado en limpiar mi plato.

—Bueno, ¿y qué historia tenéis tú y la hermana de tu colega?

—¿Quién? —preguntó—. ¿Claire?

Asentí.

—Es mi prometida —dijo directamente, sin un ápice de vergüenza.

—¿Qué coño?

—Es verdad —insistió con los ojos muy abiertos y llenos de sinceridad—. Estamos prometidos.

—¿Desde cuándo?

—Desde que ella tenía cuatro años y yo seis, y le juré que me casaría con ella.

—En otras palabras, ¿vendiste tu vida por una promesa de la infancia?

—¿Qué quieres que te diga? —Se encogió de hombros antes de añadir—: Soy un hombre de palabra.

Lo miré con curiosidad.

—Explícate.

—Hugh y yo fuimos a primero en St. Paul’s, un colegio masculino, y a Claire la mandaron a un colegio mixto en la otra punta de la ciudad.

—El Colegio Sagrado Corazón —completé la frase mientras asentía con la cabeza—. El mismo al que fuimos Shannon y yo.

—Lo recuerdo como si fuera ayer —dijo, sonriendo con cariño al hacer memoria—.

Era el primer día de Claire en primaria y había llegado a casa hecha un mar de lágrimas.

Yo estaba fuera, chutando una pelota con Hughie, cuando ella bajó del autobús escolar al final de la calle y lo único que vi fue una montaña de rizos rubios mientras corría hacia nosotros.

—¿Por qué lloraba?

—Al parecer, un imbécil de primaria mayor que ella le dijo que tenía que ser su novia. —Gibsie echó la cabeza hacia atrás y se rio—. Y, cuando respondió que no quería ser su novia, el niño le tiró del pelo y le dijo a toda la clase que se comía los mocos.

—Qué enano capullo.

Me reí.

—Estaba enfadadísima, chaval. —Gibsie sonrió—. Te lo juro, en tu vida has visto a nadie tan destrozado.

—¿Y qué hizo su hermano?

—Hughie le dijo que lo mandara a tomar por culo.

—Supongo que eso no fue lo que hiciste.

Gibsie, con los ojos brillando de picardía, abrió la boca para contestarme cuando Kav irrumpió en la cocina con cara de furia.

—Tengo una pregunta, Joey el hurler.

La evidente puta condescendencia en su tono de voz me sacó de mis casillas al instante.

—Adelante, Señor Rugby.

—Dame un minuto, Gibs —espetó Kav, y, sin mediar más palabra, el atontado de su amigo salió de la cocina, cerrando la puerta tras de sí—. Bueno. —Kav cruzó los brazos sobre el pecho y me fulminó con la mirada—. ¿Quién coño está poniéndole la mano encima a tu hermana?

«Ostras, mierda».

Nadie había tenido nunca los cojones de hacer una pregunta tan directa.

Nadie había hecho esa pregunta porque no querían implicarse y, aunque lo hubieran preguntado, no querían saber la verdad.

Así había sido desde que tenía memoria. Con los profesores, los entrenadores, los vecinos…

Joder, ni siquiera la policía quería saberlo.

La única persona en nuestras vidas que se había tomado un tiempo para indagar, para ir más allá, había sido Molloy.

Hasta ahora.

—Sí, ya me has oído —insistió Kav, nada dispuesto a dejarlo pasar como yo solía hacer—. Me la encontré el viernes a cuatro patas en el colegio, echando el hígado —continuó diciendo—. Le está pasando algo y quiero saber qué es.

—¿Por qué?

—Porque quiero solucionarlo.

—¿Por qué?

—¡Porque nadie debería ponerle la puñetera mano encima! —soltó, perdiendo su refinada compostura—. ¡Joder!

—¿Qué te ha contado?

—Que se cayó sobre los Legos. —Levantó las manos por la frustración—. Putos Legos.

—Si Shannon dice que eso fue lo que pasó, entonces eso fue lo que pasó.

—¡N-no! —rugió, perdiendo su temple por completo mientras levantaba una mano y luchaba por controlar su genio, lo que me resultaba muy familiar—. No me vengas con esa mierda. Esta no es la primera vez que la veo con marcas. ¿Qué le está pasando?

Me recosté en el taburete y estudié al chaval que se había metido en la vida de mi hermana, y potencialmente en la vida de nosotros cuatro. Estaba delante de mí, pidiéndome que le diera respuestas que no podía darle.

El tono de impotencia en su voz me tocó la fibra sensible.

Porque conocía ese tono.

Conocía esa desesperación.

Yo la sentía a diario.

—¿Quién está haciendo daño a tu hermana? —repitió, cuando la desesperación y la frustración se mezclaron en su interior.

Al cabrón le importaba.

Le importaba muchísimo.

—¿Son esas idiotas de tu instituto? —insistió—. ¿Fueron ellas? ¿Esas chicas? —La voz se le quebró y respiró hondo antes de preguntar—: ¿Se está haciendo daño a sí misma? —Los ojos se le endurecieron como el acero cuando me soltó—: ¿Le estás pegando tú?

En ese momento solo pude arquear una ceja. Los tenía bien puestos para decirme eso a la cara, y la única razón por la que no me tiré a degüello ante aquella horrible acusación fue porque el tío llevaba escrito en la cara lo que sentía por mi hermana.

—Chaval, será mejor que empieces a hablar porque, seas su hermano o no, te voy a dar de hostias.

Que lo intentara.

Johnny Kavanagh puede que me sacara ventaja en el físico, pero me daba la impresión de que un tipo tan estable y equilibrado como él, al haber nacido en un hogar como ese, no había tenido que luchar para sobrevivir como a mí me había tocado hacer.

Se había criado como un puto príncipe, con un sinfín de retratos y fotografías de él adornando las paredes de la casa de su familia, mientras que yo había nacido en el infierno y me había criado en la calle.

Para sobrevivir me había hecho falta un instinto asesino y eso significaba que daba igual mi desventaja en una pelea.

La única manera de que me echara atrás o me largase era si el corazón dejaba de latirme.

Así que, si tenía pensado enfrentarse a mí, tendría que prepararse para matarme porque nunca dejaría de volver a levantarme.

Ni delante de mi padre.

Ni delante de él.

Ni delante de cualquier otro cabrón de este planeta.

El hecho de que la preocupación auténtica por mi hermana hubiera provocado su actitud amenazante me mantenía la cabeza de una forma jamás vista en mí. Aun así, algo en mi interior me ordenaba hacerlo.

No era mi enemigo.

Al menos hoy no.

—Tendrás que hablar con Shannon —dije finalmente—. Yo no puedo darte las respuestas que quieres.

—Sí que puedes —replicó Kav, implorándome con los ojos que hablara—. ¡Abre la boca y suéltalo!

—No. —Negué con la cabeza—. Ni puedo hacerlo ni lo haré. Si ella confía lo suficiente en ti, te lo contará. Si no lo hace, pues no lo hará. Sea como sea, no es decisión mía.