39. El cumpleaños
EL CUMPLEAÑOS
Joey
A la mañana siguiente, cuando me desperté poco después de las diez, estaba en una cama vacía y en una casa sin niños. La nota encima de la mesilla de noche, con la letra familiar de Molloy, me dijo todo lo que necesitaba saber.
Hey, semental:
Si te preguntas por qué estoy escribiéndote esto en vez de mandarte un mensaje al móvil es porque me he quedado sin saldo.
Ah, y si te preguntas por qué la casa huele a lejía y he guardado todo tu dinero para esta semana en unos sobres muy monos es porque llevo despierta desde las cuatro de la mañana. Espero que no te importe.
Bueno, Sean se despertó y fue a tu habitación a eso de las seis, pero, como parecías tan agotado y es la primera vez que te veo descansar bien de verdad por la noche, decidí llevármelo a él y a los chicos para dejarte dormir más rato.
Hemos ido a comprar unas cuantas cosas. Ya lo hemos sacado de las bolsas y guardado en los armarios.
Ahora nos vamos al campo de la asociación de hurling. Tadhg quiere enseñarme sus «técnicas locas» y Ollie quiere ir luego a los columpios.
Volveremos a la una del mediodía, antes de que empiece mi turno y me vaya a trabajar.
No te olvides de entregarle a Shan sus regalos de cumpleaños. Y dale un gran achuchón de mi parte por esos dieciséis.
Sé que estás muy ocupado, pero ¿te puedes pasar por mi casa cuando los niños estén ya en la cama esta noche? Tengo que hablar contigo de algo urgente.
Te quiero,
Aoife. X
P. D.: No te rindas, Joe.
La casa estaba inmaculada, la nevera repleta, los armarios llenos, y se me revolvió el estómago.
Fuera o no con buena intención, mi novia no tenía por qué cuidar de mi familia y poner la comida en la mesa.
Tenía que encargarme yo y no necesitaba que se ocupara de mi mierda.
Sobre todo, porque me costaba mucho entender por qué la tía quería hacerlo.
Cualquier otra habría salido corriendo en cuanto hubiera notado la carga de mi exceso de equipaje.
Pero Molloy no.
No, ella se había metido en mi mierda con bolsas de la compra y soluciones para organizar el presupuesto semanal.
Luego les había puesto el abrigo y el gorro a tres cuartas partes de dicho equipaje y se los había llevado a los putos columpios.
Me había dejado tanto su coche como veinte pavos de su monedero para llevar a Shannon a desayunar por ahí el día de su cumpleaños.
No entendía sus actos y menos aún las razones de dichos actos.
A Shannon, por otro lado, no le sorprendió lo más mínimo el comportamiento raro que te cagas de mi novia.
Al contrario, parecía que disfrutaba de mi incomodidad, encontraba divertidísimo que en cierto modo estuviera bajo el puto control de una chica con más pelotas que yo.
Y lo hacía pinchándome y atormentándome con anillos de boda y el «juntos para siempre», dejando bien claro que era muy fan de mi novia.
Su sonrisa de satisfacción desapareció cuando Gibsie nos llamó por teléfono y nos hizo volver a la casa del Amante para devolverle el móvil que se había dejado en el asiento trasero la noche anterior.
Sí, el humor de Shannon había cambiado drásticamente para cuando aparqué junto a aquel casoplón, y ahora me tocaba a mí disfrutar de su incomodidad. Se negaba en rotundo a bajar del coche, así que no intenté más convencerla de lo contrario y la dejé en paz.
Entré en el vestíbulo de la casa y seguí el sonido de unas voces por un impresionante pasillo hasta encontrarme al final a los dos chavales en la cocina, con poca ropa encima y mucha resaca.
—Deberíais tener un guía en la puerta principal —dije al entrar en la cocina de Kav, con el móvil en la mano—. Esta casa es como un museo.
—Pues sí —asintió Gibsie, saludándome con la mano de buen rollo, apoyado en una cocina superlujosa—. Bienvenido a la mansión.
La casa estaba bien. Si hubiera vendido entradas para visitar aquel sitio, la peña de donde soy habría ido en tropel.
—Gracias por venir. —Kav se levantó y se acercó a mí, que estaba junto a la puerta—. Agradezco que te hayas tomado la molestia de conducir hasta aquí —dijo más educado que nunca mientras se guardaba el móvil en el bolsillo.
Me encogí de hombros.
—Ya, bueno, me prometieron que habría comida.
Al verlo a la luz del día, admití a regañadientes que mi tamaño era mucho menos atractivo.
Con mi metro ochenta no estaba mal de altura, pero ese cabrón era enorme. Estaba claro que lo que fuera que le hubiera dado de comer su madre para crecer era un menú muy distinto al que yo había tomado.
—Y el Rey del Clítoris fue muy persuasivo —dije arrastrando las palabras, porque me hacía gracia el nombre con el que Gibsie aparecía en su teléfono.
—¿Cómo está mi comida, chef?
—Más caliente que una puta en un burdel, señor —respondió Gibsie por encima de su hombro, pillándola al vuelo—. ¿Un huevo?
—Chaval. —Negué con la cabeza, fijándome en su careto (y en los azulejos salpicados de grasa a su alrededor) mientras intentaba freír unas lonchas de beicon en una sartén—. ¿Tienes edad suficiente para usar la cocina sin tu mami?
—Lo dudo —contestó con sinceridad—. Es la primera vez que lo hago.
Otra salpicadura de grasa saltó a su cara, lo que le hizo gritar como un perro herido.
—Dame esa cosa antes de que te hagas daño —le ordené, cogiéndole la espátula—. Putos niñatos de colegio privado. —Limpié las salpicaduras con un trapo de cocina que había ahí al lado, me lo eché al hombro y procuré rescatar la carne en la sartén—. Siempre os lo hacen todo.
—Mierda, Kav, me equivoqué. —Gibsie se rio, asomándose por encima de mi hombro como un crío esperando que le cortaran su trozo de pastel—. Este mamón es el padre.
—Dame unos platos —le dije, mosqueado por lo cerca que estaba, literalmente echándome el aliento— y un poco de espacio vital.
—Voy —se rio de buen rollo.
«Qué cabrón más raro».
—Hazme un favor —dije, mirando por encima del hombro a Kavanagh—. Ve a echarle un ojo a mi hermana, anda.
Se puso alerta enseguida y la resaca se le pasó de repente.
—¿A Shannon?
—Sí. —Asintiendo, cogí el plato que Gibsie estaba pasándome y empecé a apilar en él las lonchas de beicon—. Está fuera, en el coche.
—¿Por qué la has dejado en el coche? —preguntó—. Hace un frío horrible.
—Porque no quería entrar —respondí tranquilo—. Puedes intentar convencerla para que entre si quieres, pero no da su brazo a torcer.
No me contestó.
Porque estaba demasiado ocupado yendo hacia la puerta.
Sonreí.
—Chaval. —Gibsie se rio mientras me empujaba el hombro con el suyo—. Creo que mi mejor amigo está un poco obsesionado con tu hermana.
—¿Qué te he dicho del espacio vital? —solté, y luego esperé a que retrocediera un buen paso antes de cascar un huevo para echarlo a la sartén—. Pero sí, creo que mi hermana también está un poco obsesionada con tu mejor amigo.
—Ay, caray —dijo pensativo con ojos de pillo—. ¿No es divertido el amor juvenil?
—Hum —fue lo único que respondí.
—Ya, bueno, una advertencia, Joey el hurler —se rio—. Si la cosa se pone seria entre ellos, y me da la sensación de que ya es así, entonces el mundo de tu tímida hermanita está a punto de girar sobre su eje.
No me gustaba cómo sonaba eso.
Ni una puta pizca.
—Explícate.
—Kav no monta las olas a menos que esté seguro de la marea.
—Vale, ahora dímelo en cristiano.
—De acuerdo. —Gibsie sonrió—. Está claro que Kav quiere estar con tu hermana y que tu hermana quiere estar con Kav, pero puede que haya algo más que tan solo querer estar el uno con el otro. ¿Quién sabe? Sea como sea, tiene serias intenciones.
—¿Serias intenciones?
—Sí, serias —confirmó Gibsie—. Todo lo de Kav es serio, estable y elegido desde su nacimiento.
Su futuro está grabado en piedra y sus planes están cimentados delante de él y no van a moverse ni un centímetro.
Así que, si va a hacer espacio para ella, si está siquiera considerando ponerla en medio de esos planes, entonces no es un accidente.
Es tan espontáneo como un cepillo y un recogedor, chaval.
Y, si decide meterse en eso con tu hermana, seguro que ya habrá hecho una tesis de los pros y los contras de dar ese paso.
Es muy cuidadoso, chaval, y estable, y cuando toma una decisión es a propósito y tiene permanencia en su cabeza.
Mientras escuchaba lo que me estaba diciendo, tuve la sensación de que, a su manera de mierda, Gibsie estaba tratando de transmitirme que podía confiar en que su amigo no iba a hacer daño a mi hermana y que no le pasaría nada malo a Shannon al estar con Johnny.
—Y ese es el mismo tío con el que ibas a fumarte un porro —bromeé con tono risueño—. ¿Ese chaval gigante, serio, predecible y nada espontáneo es el que Biggs y tú creíais que podríais relajar?
—He dicho que Kav se lo piensa todo mucho. —Gibsie se rio, alzando las manos—. Pero yo soy espontáneo, joder.
—Tú lo que eres es raro —dije y después tuve que quitármelo otra vez de encima con la espátula—. Apártate, chaval.
—¿Por qué?
—No me gusta una mierda que me echen el aliento en el cuello.
—No te estaba echando el aliento en el cuello —respondió—, sino admirando tus habilidades culinarias.
—Bueno, pues admíralas desde lejos —dije—. A un metro a ser posible.
—Vale —gruñó—. ¿Vuelves a Ballylaggin después de comer?
—Vivo allí —contesté de manera inexpresiva—. Así que ese es el plan.
—¿Me llevas?
—¿Adónde?
—Al Biddies. Dejé allí el coche anoche.
—Vale, genial.
—Eres un buen tío —respondió, otra vez rondándome—, y ese beicon huele de puta madre. —Se inclinó sobre mi hombro para olisquear la sartén—. Dios, me muero de hambre.
—Lo estás volviendo a hacer —protesté y me lo quité de encima con brusquedad—. No me toques, joder. No pienso repetírtelo.
—¿Qué? —soltó a la defensiva—. No puedo evitar ser cariñoso.
—Bueno, pues yo no lo soy.
—¿No eres qué?
—Cariñoso.
—Ah, no lo sabía —se rio de nuevo—. Lleva un tiempo conocerse y creía que podíamos ser buenos amigos.