Rey de la gula (Pecados 6) 38. Quédate conmigo
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38. Quédate conmigo

QUÉDATE CONMIGO

Aoife

Joey había dicho lo correcto, había hecho lo que debía, así que me encontraba de nuevo atrapada en su colchón, con su enorme cuerpo encima del mío.

Con la ropa tirada por el suelo de su cuarto y nuestros labios embargados de un delirante frenesí, se movía entre mis muslos enterrándose muy dentro de mi cuerpo, llenándome hasta el punto del dolor y destrozando cualquier esperanza que yo pudiera albergar de sobrevivir a una vida sin él.

Su familia se hacía añicos a su alrededor y, en lugar de apoyarlo yo a él, era él quien me apoyaba a mí.

Yo sentía que de verdad estaba perdiendo la cabeza con cada uno de mis desequilibrios hormonales, pero me aferré a sus hombros, clavándole las yemas de los dedos en la piel, mientras él marcaba un ritmo con las caderas que coincidía exactamente con el glorioso ardor que crecía en mí.

Se puso de rodillas, me cogió las caderas y comenzó a moverse más rápido, con embestidas intensas y febriles.

Incluso entonces, mientras mi cuerpo disfrutaba de las sensaciones maravillosas que él me provocaba, yo solo tenía ganas de romper a llorar, consumida por mis emociones y mi miedo al futuro.

Tan solo quería que me abrazara y no me soltara nunca, porque la inestabilidad de mi vida, que en esos momentos se balanceaba precariamente cerca del borde del precipicio que era la maternidad, me tenía aterrorizada.

—¿Estás bien, reina? —Sus palabras fueron un jadeo sin aliento previo al momento en que estrelló su pecho con fuerza sobre el mío y enganchó mi muslo alrededor de su cadera para conseguir un ángulo más profundo—. ¿Sigues conmigo?

—Sí. —Asintiendo vigorosamente, tiré de su cara hacia abajo y lo besé con intensidad—. Sigo contigo, semental.

—Te quiero.

Volvió a poner sus labios sobre los míos, con la lengua dentro de mi boca, mientras nuestros cuerpos se fundían.

—Te quiero —gemí entre beso y beso con el cuerpo ardiendo de placer y el corazón atenazado por el miedo.

Me quería en ese momento, pero ¿me querría mañana, al día siguiente o al siguiente, una vez que la verdad saliera a la luz? Cuando se diera cuenta de que le había arrebatado su futuro? ¿El que me había descrito antes?

Ya nunca viviríamos todo eso.

Tanto si trataba de ocultarlo como si no, sería imposible disimular su rencor. Toda su vida había sido una larga secuencia en la que le había tocado asumir grandes responsabilidades, y los métodos anticonceptivos eran una de las pocas cosas de las que yo me podía encargar por él.

Fue una responsabilidad que me eché con gusto a las espaldas, fortalecida por el nivel de confianza que le había supuesto renunciar a ese control. Fui yo quien se opuso a que usáramos condón la primera vez, demasiado absorta en mis sentimientos como para pensar en las consecuencias.

Él sugirió que usáramos los dos métodos la segunda vez…

y la tercera, la cuarta, la quinta y la sexta.

Cada vez que salía el tema, yo le aseguraba con total ingenuidad que estábamos protegidos.

El patrón en el que habíamos caído desde entonces se cimentaba en su capacidad de confiar en mi capacidad de protegernos justo de eso a lo que nos enfrentábamos en la actualidad.

—Deja de pensar —gruñó Joey con dulzura frotando su nariz contra la mía mientras me daba otro beso y me devolvía al presente. A él—. No te vayas —me exigió clavándome sus ojos verdes—. Quédate conmigo.

—Estoy aquí —susurré—. Contigo, Joe.

Con los ojos abiertos de par en par y totalmente centrados en los suyos, aparqué mis miedos al fondo de mi mente y dejé que mi cuerpo pensara por mí mientras me ahogaba en lo que sentía por él.

Unas horas más tarde, mucho después de que se quedara dormido a mi lado, me escabullí por debajo de su brazo y, sin hacer ruido, cogí su sudadera con capucha y sus pantalones de chándal grises del rincón de su cuarto, me los puse y bajé las escaleras sigilosamente, con el teléfono en la mano.

Eran las tres y media de la madrugada y en su casa reinaba un silencio poco habitual. Entré a hurtadillas en la cocina y marqué un número de teléfono que me sabía de memoria, consciente de que, pese a la hora que era, mi llamada no iba a ser rechazada.

—¿Hola? —La soñolienta voz de mi madre se oyó al otro lado de la línea—. Aoife, cariño, ¿estás bien?

—Hola, mamá. —Cerré la puerta de la cocina detrás de mí, dejé ir un vibrante suspiro y me recliné contra ella—. No, no estoy bien.

Su tono se llenó de preocupación cuando preguntó:

—¿Dónde estás?

—En casa de Joey.

—¿Te encuentras bien? —quiso saber—. ¿Os habéis peleado?

—No. —Negué con la cabeza—. No es eso.

—Vale. —El alivio inundó su voz—. Son las tres y media de la mañana, cielo.

—Lo sé, mamá. —Me mordisqueé las uñas con ansiedad—. Yo solo… —Solté una angustiada exhalación—. Necesitaba oír tu voz.

Hubo un largo silencio y escuché el roce de la ropa de cama, seguido por unos pasos prudentes.

—Vale, estoy sola en la cocina —dijo unos instantes después—. Tu padre está arriba durmiendo. Podemos hablar.

Temblando de la cabeza a los pies, dejé ir un suspiro entrecortado.

—No sé por dónde empezar.

—Empieza por el principio.

—Tengo un problema, mamá. —Lancé un sollozo y dejé que mi cabeza cayera hacia delante—. Y estoy muy asustada.

—Vale…

Moví la cabeza a un lado y a otro, incapaz de pronunciar las palabras.

—Aoife —suspiró profundamente al otro lado de la línea, y oí cómo la tetera burbujeaba de fondo—. ¿Qué tipo de problema?

—De los que tienen que ver con retrasos —declaré sofocada dejándome caer al suelo, mareada a causa de la ansiedad y el miedo—. Tengo un retraso, mamá.

—¿Un retraso?

Asentí débilmente con la cabeza.

—Un retraso.

—¿De cuánto? —preguntó de forma serena—. ¿Unos días? ¿Una semana?

Temblando, me pasé un brazo por las rodillas y espeté:

—Casi trece.

—¿Trece días?

—Semanas.

—Por Dios. —Oí a mi madre coger aire de repente, y eso me provocó una oleada de pánico que me atravesó como un cohete—. Aoife.

—No lo sabía, ¿vale? —Cerré con fuerza los ojos mientras sollozaba por teléfono—.

No me di cuenta. Tuve la última regla el 14 de diciembre, y luego pasó todo aquello entre Joey y yo, y…

perdí la cuenta, mamá. Volví a tener la regla a finales de enero.

Pero no fue una regla normal. Solo manché un poco, pero lo achaqué a las hormonas, aunque Casey dijo que vomitar puede afectar a la píldora…

El caso es que eso no fue una regla de verdad, sino una cosa que se llama «sangrado de implantación».

En Año Nuevo estuve enferma, mamá. Cuando Joe y yo estuvimos juntos.

Estuve mal durante un par de días… Lo siento, mamá.

¡Lo siento mucho! Por favor, no me odies.

—No te odio, mi amor, nunca podría odiarte —se apresuró a tranquilizarme mientras el ruido de una silla arrastrada sobre las baldosas llegaba a mis oídos—. Solo necesito sentarme y pensar un momento.

—Vale —respondí sorbiéndome los mocos y asintiendo al tuntún con la cabeza mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas—. Tómate tu tiempo.

—¿Te has hecho un test de embarazo?

—Me he hecho cuatro.

—¿Y?

Rompí a sollozar.

—Los cuatro positivos.

—Ay, Aoife, cariño…

—Ya…

Impotente, me encogí de hombros.

—¿Se lo has dicho a Joey?

Dije que no con la cabeza.

—Aoife, ¿lo sabe Joey?

—Todavía no —contesté con un hilo de voz y el pecho agitado—. Y no se lo digas a papá tampoco, ¿vale? Ni a Kev, ni a la abuela. Todavía no. Hasta que hable con Joe.

—¿Y cuándo tienes pensado hacerlo?

—No lo sé. —Sentí cómo se me hundían los hombros—. Ya lo he intentado alguna vez, pero estoy muy asustada.

—Aoife, Joey debe cargar con esto igual que tú. Ya sé que tienes miedo, pero el chico tiene derecho a saberlo.

—Ya lo sé, mamá, ¿vale? —espeté respirando con dificultad—. Ya lo sé. ¡Dios! Llevo tiempo intentando decírselo…

—Es buen chico —me reconfortó de inmediato—. De verdad, Aoife. Es uno de los pocos que hay buenos, si es que no se lo has dicho por eso.

—¿Por qué estás tan segura?

—Porque tu padre y yo lo conocemos desde que tenía doce años —respondió—. Joey puede ser un poco bruto, pero nunca ha rehuido el trabajo duro ni la responsabilidad. No está en su naturaleza.

—Ya, mamá, pero esto es diferente —gimoteé parpadeando para no llorar—. Es un bebé.

—No te va a dar la espalda —me prometió—. Créeme. Soy tu madre. Mi labor en el mundo es preocuparme por ti, y, cuando me dijiste que tenías un retraso, se me pasaron millones de miedos e inquietudes por la cabeza. Pero en ningún momento dudé de la buena voluntad de ese chico para seguir a tu lado.

—Puede que tengas razón —afirmé con voz ahogada apoyando la cabeza sobre las rodillas—. Pero… necesito algo más de tiempo antes de decírselo.

Mamá se quedó callada un buen rato, sin duda dándole vueltas a mi revelación, hasta que por fin volvió a hablar.

—Mira, hoy es domingo. No hay mucho que podamos hacer. Llamaré al médico de cabecera mañana a primera hora. Te conseguiré cita lo antes posible, y a partir de ahí ya veremos.

—No, no, mamá, no puedo —sollocé con voz ronca—. No estoy preparada.

—Tendrás que estarlo —anunció en ese tono de voz tan práctico que ponen las madres y no admite discusión—.

Tienes que hacerte un análisis de sangre y una ecografía de datación.

Habrá que reunirse con un asesor y elaborar el plan hospitalario.

—Mamá volvió a suspirar con tristeza—. Porque, estés o no preparada, el bebé que está creciendo en tu vientre no va a esperar a nadie.

—Mamá.

—Habla con Joey —insistió—. Habla con él, Aoife. Te lo prometo, te vas a sentir mejor.

—¿Te he decepcionado? —me atreví a preguntar.

Contuve la respiración por miedo a su respuesta.

—No me has decepcionado, mi vida. Más bien estoy decepcionada por ti —repuso amablemente—.

Tienes dieciocho años, un futuro brillante ante ti y ahora…

eso va a cambiar, claro. Tendrás que crecer demasiado rápido, y no soporto que te tengas que enfrentar a eso, pero tu padre y yo estaremos contigo en todo momento.

—Papá. ¿De verdad? —Me estremecí—. Se va a subir por las paredes, mamá.

—Deja que yo me encargue de tu padre —contestó—. No te preocupes ni por él ni por Kev. Eres nuestra hija y con nosotros siempre tendrás un hogar. —Hizo una breve pausa antes de añadir—: Y tienes mi apoyo incondicional.

—Lo siento mucho, mamá.

—Yo también, Aoife —repuso con pesar—. Yo también lo siento mucho, mi amor.

Finalicé la llamada y me dispuse a deslizar el teléfono en el bolsillo del pantalón de Joey, pero me detuve al rozar una bolsita de plástico con los dedos.

En tensión, me saqué la bolsita del bolsillo y me quedé mirando las pastillas que tenía en la mano. Mis ojos tardaron un rato en comprender lo que estaban viendo; a mi cabeza le costó un poco más ser consciente de la magnitud de lo que había ocurrido.

Temblando, abrí la bolsa lentamente y volqué el contenido en la palma de mi mano, al tiempo que contaba hasta unas treinta pastillitas de diferentes formas y tamaños. La mayoría llevaban grabados unos números diminutos: 512, D5, 325, M30, K9.

Superada por el miedo, volví a meterlas todas en la bolsa y la cerré antes de ponerla de nuevo en el bolsillo.

Me subí las mangas de la sudadera hasta los codos y dejé caer la espalda contra la puerta de la cocina, respirando de forma cada vez más agitada hasta que estuve a punto de tener un ataque de pánico.

«No».

«No».

«No, Dios, ¡por favor, no!».

Me puse en pie tambaleándome, abrí la puerta y subí rápidamente a su habitación, con el corazón desbocado mientras luchaba por evitar que el miedo se apoderara de mí.

Cuando vi a Joey despatarrado boca arriba sobre la cama con el brazo cubriéndole la cara, aún dormido, dejé escapar un trémulo suspiro y cerré la puerta de su cuarto tras de mí sin hacer ruido.

Con dedos temblorosos, cogí la parte de abajo de la sudadera y me la pasé a toda prisa por la cabeza antes de quitarme también los pantalones de chándal. Desesperada por alejarlos de mi cuerpo, los lancé hacia el mismo rincón donde los había encontrado y luego me hundí en el borde del colchón.

Me entrelacé los dedos entre el pelo, apoyé los codos sobre los muslos y me permití caer hacia delante, obligándome a respirar lenta y profundamente para controlar mis emociones.

«No significa nada».

«Está claro que no la ha tocado».

«Está limpio».

«Sigue intentándolo».

«No te asustes».

«No se separa de ti».

«Si hubiera vuelto a consumir, lo sabrías».

«Hay una explicación lógica para esto».

«Tiene que haberla…».

Gimiendo en sueños, Joey se puso de lado y me buscó.

—Molloy.

Temblando, dejé que me tomara entre sus brazos y me diera un beso en la sien.

—¿Mmm?

—No te vayas corriendo —murmuró mientras dormía y me rodeaba con el brazo para abrazarme por detrás—. Quédate, nena.

—Me quedaré, Joe —susurré aferrada a su antebrazo con todas mis fuerzas—. Si tú quieres.