37. Mi hermana necesita un amigo #2
—Porque no quiero —gruñí perdiendo los nervios—.
Porque no me acuerdo, joder. Igual se te ha olvidado, pero me he pasado la mayor parte de la secundaria fuera de mis cabales.
Así que no puedo darte un número, Molloy, y tampoco puedo darte nombres porque no me acuerdo, hostia.
—Dejé escapar un hondo suspiro antes de añadir—: Lo siento, ¿vale?
Ya sé que oír esto debe de ser horrible, porque, si yo estuviera en tu lugar y fueras tú quien me dijera estas cosas, me quedaría destrozado. —Sacudí la cabeza—. Pero es la verdad.
—Tenías razón, Joe. —Estremeciéndose, lanzó una trémula exhalación y se agarró el vientre; parecía enferma—. No puede salir nada bueno de una conversación como esta.
—Eres la única —me oí decirle pese a que era consciente de que no había manera humana de reparar el daño que le había ocasionado esa noche—. Desde que estamos juntos. Desde el día en que pusiste tus labios sobre los míos. Eres la única, Aoife.
—Sí, pero has estado fuera de tus cabales durante la mayor parte de nuestra relación. —Vi cómo le resbalaba una lágrima por la mejilla—. Y, si no eres capaz de recordar a las chicas con las que has estado antes de mí, ¿cómo puedes estar seguro…?
—Porque lo estoy. Porque lo sé. —Me acerqué a ella y le cogí la mano entre las mías, estremeciéndome al sentir los temblores que la atravesaban—. Porque estoy seguro de lo que siento por ti.
—Y yo estoy segura de lo que siento por ti —dijo con voz ahogada—. Pero me he pasado casi toda la vida viendo cómo mi madre perdonaba a mi padre por sus innumerables aventuras. —Negó con la cabeza al decir—: No voy a ser ese tipo de persona. No pienso convertirme en ella. Lo tengo clarísimo.
—¿Y crees que yo te haría eso? —pregunté—. ¿Crees que arriesgaría nuestro futuro por un polvo rápido?
—No —reconoció compungida—. Es solo que…
—Escúchame. —Inclinándome hacia ella, le metí el pelo detrás de la oreja y dije—: Ni yo soy Tony, ni tú eres Trish, ¿vale?
Nunca te haría eso —prometí mientras ahuecaba una mano sobre su mejilla y reprimía el impulso de sacudirla hasta sacarle ese repentino ataque de miedo irracional y vulnerabilidad del cuerpo—. ¿Me oyes? Jamás te engañaría.
Alzó una mano para cubrir la mía mientras buscaba en mis ojos una seguridad que nunca antes había necesitado de mí.
—Porque ¿ves esta cara? —Me acerqué y apoyé la frente sobre la suya, rozándole la nariz con la mía—.
Tu cara es la única que veo desde que tenía doce años.
Porque por muy fuera de mis cabales que haya estado estos años, por muy alejada de la realidad que haya estado mi mente, nunca he perdido de vista esta cara.
Temblando, lanzó una exhalación temblorosa y cogió mi rostro entre sus manos.
—¿De verdad?
—La única cara —confirmé asintiendo ligeramente con la cabeza—. La única chica.
—Futuro —susurró agitada colocando sus labios sobre los míos—. Has dicho «futuro», Joe.
—No —murmuré contra sus labios—. He dicho «nuestro futuro».
Se echó hacia atrás para mirarme.
—¿Quieres que lo tengamos?
La miré con atención.
—¿Tú no?
—¿Conmigo?
—¿Con quién si no, Molloy?
Parecía realmente perpleja.
—Pero tú nunca hablas sobre el futuro.
Se encogió de hombros.
—Nunca pensé que fuera a tener uno.
—¿Y ahora sí lo piensas?
—Pareces sorprendida.
—Porque lo estoy. —Sus ojos buscaron los míos mientras seguía sosteniendo mi rostro entre sus manos—. ¿Quieres un futuro conmigo, Joe?
—Sé que no quiero uno sin ti, Molloy —contesté inclinándome para rozar mis labios con los suyos—. Y eso reduce bastante las opciones, ¿no?
—Diría que sí —murmuró recorriéndome los pómulos con los dedos—. ¿Y sabes cómo podría ser ese futuro?
—Bueno, no incluirá ninguna mansión en el campo.
—Eso me da igual —susurró con ojos anhelantes—. Dímelo, Joe.
—Supongo que más bien pasará porque ambos acabemos el instituto —sugerí elevando los hombros—. Tú harás ese curso de peluquería en el St. John’s y yo me meteré de aprendiz en el taller de tu padre.
—Ajá. —Los ojos le centelleaban de la emoción—. Sigue.
«Puede que la noche aún pudiera salvarse a pesar de todo».
—Y luego intentaremos ahorrar para un piso —afirmé encantado con su repentino entusiasmo y siguiéndole el rollo para hacerla feliz—. Que acabaré pagando yo porque tú te gastarás todo lo que ganes en ropa y maquillaje, igual que ahora, vaya.
—¿En serio? —chilló dejando atrás el mal humor mientras se revolvía en el asiento del copiloto—. ¿Nos ves viviendo juntos?
—No te emociones demasiado —le advertí—. Con un sueldo de aprendiz, tendremos que ir a un piso mierdoso de una sola habitación al fondo de la urbanización Elk, con las tuberías agrietadas y una plaga de ratones.
—Pfff. —Movió la mano en el aire como si esos detalles no tuvieran la menor importancia—. Para eso se inventaron los fontaneros y las trampas para ratones. —Me sonrió—. ¿Qué más hay en nuestro futuro?
—¿Además del sexo salvaje que tendremos en nuestro piso mierdoso?
—Sexo salvaje constante —aceptó con gesto de aprobación—. Sobre todas y cada una de las superficies.
—Se acabarán enseguida, porque será muy pequeño.
—Y estará infestado de ratones.
—Y lleno de humedades.
—Y será insoportable. —Sonrió—. Sigue.
—Después de un tiempo, nos haremos con uno de dos habitaciones.
—¿De dos habitaciones?
—Sí —me reí entre dientes—. Con sitio para que mi hermana y mis hermanos puedan esconderse. Si no, acabarán marcados emocionalmente de todo lo que vamos a follar tú y yo.
—Vale —se rio—. Así que vamos a adoptar a tus hermanos, ¿no?
—¿Qué quieres que te diga? —bromeé dibujando media sonrisa—. Es el rollo ese de que compras uno y te llevas cuatro.
—También podríamos echar a tus padres para siempre y quedarnos la casa —dijo cachondeándose—. Nos ahorraríamos una fortuna gracias al alquiler subvencionado por el ayuntamiento.
—No me tientes —gimoteé sonriendo de mala gana—. Y ahora que hemos establecido que un futuro junto a mí implica vivir en un piso en Ballylaggin y ser padres a los dieciocho…
Abrió los ojos de par en par.
—¿Padres?
—Sí. —Asentí con la cabeza—. Me compras a mí y te llevas cuatro críos gratis, ¿recuerdas?
—Tus hermanos.
—¿Quién si no?
—Claro —se rio—. Muy bueno.
—Entonces ¿hay algo que te eche para atrás? —pregunté metiéndole un mechón de pelo detrás de la oreja—. ¿Algún cambio que quieras hacer respecto a nuestros planes de futuro, o lo tenemos claro?
—No hay nada que me eche para atrás —respondió enterrando su cara en mi cuello mientras me abrazaba con fuerza—. Quiero un futuro contigo.