Rey de la gula (Pecados 6) 37. Mi hermana necesita un amigo
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37. Mi hermana necesita un amigo

MI HERMANA NECESITA UN AMIGO

Joey

Manipulado para que condujera durante kilómetros por lugares remotos ante la insinuación de que después iba a mojar el churro, me adentré a través de una impresionante puerta de hierro fundido de tres metros por un camino rural privado de kilómetro y medio que desembocaba en una casa de película.

De verdad, en cualquier otra circunstancia, me habrían disparado en el acto por colarme en una propiedad así.

Casi me esperaba ver a algún tipo de guardia salir de entre los arbustos con una escopeta.

Tuve que armarme de valor cuando aparqué delante de lo que solo podría describir como una puta mansión señorial.

¿Aquí es donde vivía Kavanagh?

Miré a Molloy, que contemplaba la casa ojiplática de forma similar a la mía.

—Y yo que pensaba que la casa de su amigo era un palacio —masculló con la cara presionada contra la ventana—. Madre mía, Joe.

—Ya ves, Molloy.

Esta gente poseía acres de tierra y terrenos que se extendían por todas partes.

«Virgen santa».

Tras ayudar a Kav a dejar a Gibsie en el sofá de un salón que podría haber sido una sala de baile antes de renovarlo, me detuve en la puerta principal, incapaz de largarme hasta que abordara el asunto que tanto me incomodaba.

—Oye. —Frotándome la parte posterior del cuello, me giré para mirarlo—. Sobre Shannon…

Kav pareció enderezarse allí parado en la entrada de su impresionante casoplón e inclinó la barbilla para indicarme que siguiera adelante con la conversación.

—¿Qué pasa con Shannon?

No se echó atrás ni se puso en plan tímido. Tan solo se preparó para lo que le iba a decir.

—Es frágil —me oí decirle—. Vulnerable.

—Sí. Ya me he dado cuenta.

—Lo que intento decir es que te agradezco que cuides de mi hermana. Ha tenido unos años difíciles y el Tommen parece hacerle bien.

Asintió bruscamente con la cabeza.

—Así es.

Me molestaba sentirme impresionado por él, así que lo miré con severidad para ver si vacilaba o daba un paso en falso. Clavó sus ojos azules en los míos, determinado a no ceder ni un ápice.

«Mierda…».

El cabrón iba a permanecer firme.

No quería entrometerme en lo que fuera que mi hermana tuviera con ese tío, pero necesitaba decirle que tampoco iba a quedarme de brazos cruzados viendo cómo la puteaba, así que le dije:

—Supongo que espero que continúes pendiente de ella en el instituto, ya sabes, asegurándote de que nadie la molesta.

Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Sin problema.

—Parece estar adaptándose al Tommen y siempre me dice que la gente es amable con ella, pero yo voy al instituto público Ballylaggin, así que no tengo forma de saber si está bien o no.

—Moví la cabeza hacia los lados y suspiré—.

Y ella nunca le cuenta a nadie lo que le pasa por esa cabeza suya hasta que es demasiado tarde.

—¿Demasiado tarde?

—Piques entre tías. —Odiaba sentir que me estaba desnudando tanto ante ese chico, pero esa era mi única baza.

Él iba al instituto con mi hermana. Tenía la capacidad de hacer lo que yo no podía.

Era él quien se encargaba de mantener a raya a las matonas.

Él tenía el control de la situación—. Mi hermana ha tenido una diana en la espalda desde que llevaba pañales.

—Joder… —Entonces una emoción cruda y desatada se reflejó en sus ojos y en su voz, y me di cuenta de que no era ni mucho menos el robot que estaba programado para ser—. Qué chungo.

—Los críos son crueles —señalé dándole una oportunidad perfecta para que me contara el altercado que él y Shannon habían tenido en el Biddies.

—Sí que lo son —fue todo lo que contestó.

No presumió.

No hubo concurso de meadas.

No dio explicaciones.

Tan solo un estoico silencio.

«Mierda…».

—¿No me lo vas a contar?

Silencio.

—El novio de Ciara Maloney… —dije dándole una pista y apretando los labios al ver que no tenía intención de responder—. Un tío del Tommen le dio de hostias ayer en la ciudad.

—¡Ah! —Se encogió de hombros de manera evasiva—. ¡No me digas!

Sonreí.

—Pues sí.

—Bueno, espero que lo dejara fino —soltó por fin cruzando los brazos sobre el pecho—. He oído que su novia es un cabrona.

—Yo he oído que él no tuvo un buen día —repuse sin aspavientos—. La nariz rota y varios puntos.

—Qué horror.

El tono de Kav destilaba desdén y sus ojos no mostraban ninguna empatía… Tampoco arrepentimiento.

—Bueno, solo quería que supieras que te agradezco que mi hermana tenga a alguien que la cuide cuando yo no puedo hacerlo.

—Sin problema.

—Un amigo —puntualicé lentamente mientras observaba su reacción—. Mi hermana necesita un amigo, Kavanagh. No necesita hacerse ilusiones con un chico que se irá en verano.

«Ni que le rompan el corazón».

—No voy a hacerle daño, Joey.

La sinceridad de su voz y la vulnerabilidad de su mirada me indicaban que el corazón de mi hermana no era el único que estaba en la cuerda floja; al suyo le pasaba lo mismo.

El pobre cabroncete se había dejado llevar por ese sentimiento tan antiguo.

Y hacia mi hermana, precisamente.

«Imagínate».

—Creo que tenías razón —dije cuando volví a acomodarme en el asiento del conductor.

—Me suele pasar —musitó Molloy mientras revisaba la pila de cajas de CD que tenía entre las manos—. Pero dame el gusto de todos modos.

—Ese cabroncete grandullón… —Me abroché el cinturón de seguridad, arranqué el coche y me giré hacia ella—. Sí, estoy bastante seguro de que se tira a mi hermana.

—¡No me digas! —Echó la cabeza hacia atrás y se partió de risa —. ¡Esa es mi Shannon!

—Tiene quince años.

—Venga ya. —Me puso los ojos en blanco—. Como si tú pudieras tirar la primera piedra.

—Exacto —espeté mientras conducía hacia la carretera por la autopista de tres carriles—. Todos sabemos el puto desastre que fueron los quince para mí. Shannon debería aprender de mis errores, no seguir mis pasos.

—Mañana cumple dieciséis —me recordó.

—Peor aún —regruñí—. Mis dieciséis también fueron pésimos.

—¡Oye! —Molloy cruzó los brazos sobre el pecho y lanzó un bufido—. Me ofende que digas eso.

—¿Por qué?

—Porque durante esos dos años yo ya estaba en tu vida.

—Sí, pero no me acosté contigo hasta los diecisiete —le recordé guiñándole un ojo—. Los diecisiete fueron un año mucho más productivo para mí.

—No, no te acostaste conmigo hasta los diecisiete —acordó cambiando el tono de repente— porque, si no recuerdo mal, estabas demasiado ocupado metiéndole el rabo a casi todas las chicas de Ballylaggin y al menos a un cincuenta por ciento de nuestro círculo de amistades del insti.

—Tiene gracia porque, si no recuerdo mal, fuiste tú la que tuviste una relación de cuatro años con uno de mis compañeros de equipo.

—Tres años y medio —me corrigió con un gruñido—. Y eso no tiene nada que ver.

—¿Cómo que no?

—Porque yo no me acosté con Paul. Yo solo he estado contigo.

—Ya, y yo nunca he querido a ninguna de las chicas con las que he estado, porque solo te he querido a ti.

—Vale, entonces ¿yo me quedo con tu corazón, mientras que tú te quedas con mi corazón y mi virginidad?

—Más o menos.

—No es justo.

—Mala suerte.

Por fin se decidió por un disco, uno de sus antiguos CD grabados con una etiqueta en la que se leía «JL 4:00 h 1999» en negro, y lo introdujo en el equipo de música.

Unos segundos después, «Joey», de Concrete Blonde, sonaba por los altavoces.

—Apaga eso —le advertí—. Lo digo en serio.

—No, me gusta, y no cambies de tema —argumentó—. Hablábamos sobre cómo te camelaste a la mitad de las chicas del instituto.

—¿Cómo hemos pasado de comentar la vida sexual de Johnny Kavanagh a pelearnos por nuestras respectivas vidas sexuales anteriores?

—Tu vida sexual anterior, Joe —corrigió acaloradamente—. Toda mi vida sexual, pasada, presente y futura, empieza y acaba contigo.

—Y mi vida sexual, presente y futura, empieza y acaba contigo.

—Pero no la pasada.

—No sé qué decirte, Molloy.

—¿Y si me dices la verdad?

—¿La verdad sobre cómo tus cambios de humor son de otro puto planeta? —le solté con la mandíbula en tensión—. Madre mía, ¿qué te pasa últimamente?

—Fue con Danielle Long, ¿verdad? —insistió ignorando mi acertada pregunta—. Ya sé que te acostaste con ella. Varias veces. Pero fue con la que perdiste la virginidad, ¿no?

—¿Por qué coño estamos hablando de esto?

—Porque quiero saberlo.

—¿Qué importancia tiene? —gruñí a sabiendas de que cualquier cosa que dijera o dejara de decir podría y sería utilizada en mi contra en el tribunal de justicia de Aoife Molloy.

Era una conversación peligrosa que había conseguido evitar hábilmente hasta ese momento y que no tenía forma alguna de ganar—. Lo pasado pasado está.

—Sí, ya lo sé.

—Pues déjalo ya.

—Vale. De acuerdo.

—Venga, pues eso.

—Vale.

—Muy bien —repuse asintiendo—. Me alegro de haberlo arreglado.

Hizo un gesto de desdén.

—Sigues siendo un putón, pero bueno.

—¿En serio, Aoife? —Con la paciencia agotada, desvié la atención del parabrisas hacia ella—. ¿Vas a estar resentida conmigo por algo que no puedo cambiar?

—No —contestó con insolencia elevando la nariz—. Solo digo lo que hay.

—Tienes toda la razón, tengo un pasado —concedí ya mosqueado—. Y no te incluye. Sí, es verdad, me acosté con otras chicas. Tomé algunas decisiones cuestionables. No soy ningún ángel. Nunca he pretendido serlo.

—¿Pero fue con ella? —preguntó mordiéndose el labio justo cuando llegamos a la urbanización Elk—. ¿Con Danielle? ¿Fue ella la primera?

No quería contestar esas preguntas.

—Dímelo, Joe.

—No puede salir nada bueno de esta conversación.

—Por favor.

—Sí, ella fue la primera —admití a regañadientes mientras entraba en mi calle y aparcaba fuera de mi casa—. Era joven e imbécil, y yo estaba desesperado por recibir un poco de afecto. —Apagué el motor y me giré en el asiento para mirarla—. No significó nada y ni siquiera me acuerdo.

—Entonces, ella te tuvo primero.

—Aoife. —Solté un suspiro de cansancio—. No puedo cambiar mi pasado.

—¿Con quién más? —preguntó—. ¿Con cuántas?

—No. —Negué con la cabeza—. No voy a hacer esto.

—¿Por qué?