36. Revelaciones y chicos que juegan a rugby #3
—No hay problema. —Joey se inclinó hacia mí y pronunció en silencio las palabras «Te voy a matar» antes de darme un piquito en los labios—. ¿Adónde vamos?
—A unos seis kilómetros y medio al otro lado del Tommen College —masculló Johnny—. Sal por la carretera principal a la ciudad. Te avisaré del desvío cuando lleguemos.
Joey se acababa de incorporar a la carretera cuando tuvo que frenar en seco porque un enorme cabronazo rubio se había tirado contra el capó de mi coche.
—¿Qué coño…? —dijimos los dos al unísono mirando boquiabiertos al perturbado que abrazaba mi coche como si fuera Superman.
—¡Bájate del coche, gilipollas! —rugió Joey abriendo la ventanilla.
—¡Estás secuestrando a mi centro! ¡Devuélvemelo! —gritó el chico dando la vuelta por el lateral del coche para asomar la cabeza por la ventanilla del conductor—. Hey, capi. ¿Cómo va eso? —dijo sonriendo hacia el asiento de atrás, donde estaba Johnny—. Te he estado buscando por todas partes.
Joey y yo nos miramos en cuanto reconocimos a ese puto loco. Era ni más ni menos que Gibsie Gibberson, o como se llamara, de la fiesta del Tommen.
—¿Y este payaso es…? —preguntó mi novio, pese a saberlo perfectamente.
Me echó una mirada para indicarme que le siguiera el rollo.
—Es mi flanker —repuso Johnny con un gruñido mientras se inclinaba entre los asientos y espetaba—: ¡Gibs! ¡¿Qué cojones estás haciendo, tío?! ¿No se suponía que te habías ido a casa con Hughie?
Joey y yo volvimos a cruzar miradas. Supe que estábamos pensando lo mismo cuando los dos articulamos a la vez la palabra «champán» con los labios.
«Ay, mierda».
—¡La Gardaí lo ha parado por el seguro y el impuesto de circulación! —declaró Gibsie claramente borracho mientras se tambaleaba y se mecía sobre sus pies.
—¿Y? —refunfuñó Johnny—. Hughie tiene los papeles en regla.
—¡Me miró, Johnny…! ¡Me puso su enorme linterna de mierda en toda la cara! —balbuceó Gibsie con los ojos como platos—. He entrado en pánico y he saltado del coche. Llevo corriendo por la ciudad desde entonces. ¡He intentado llamarte, pero no parabas de colgar!
—¿Tú eres el Rey del Clítoris?
—Ah, sí. Me había olvidado de eso.
—¿Y cómo aparece Hughie?
—Pelo Púbico Pelirrojo.
—Es rubio.
—Pero su novia no.
—Por Dios, Gibs…
—¿Qué quieres que haga con él? —preguntó Joey con un tono cansado que contrastaba con lo mucho que yo me estaba divirtiendo con sus payasadas.
—Probablemente debería llevármelo a casa —musitó Johnny frotándose el mentón—. O a un centro de custodia hospitalaria.
—Nos metes en unas mierdas… —me dijo Joey por lo bajini antes de abrir la puerta y salir del coche para mover su asiento hacia delante.
Sin la elegancia y la consideración que había mostrado su amigo al enfrentarse al reducido tamaño de mi coche, Gibsie se tiró hacia el asiento de atrás y se despatarró sobre el regazo de su amigo.
—¡Joder!
—Mierda, tío ¿te he dado en el rabo? Te llevaré hielo para las pelotas cuando lleguemos a casa.
—Quítate. De. Encima.
—La Virgen, este es el agujero más prieto en el que he estado desde hace meses…
—Espero que no haya ninguno más —murmuró Joey acomodándose en el asiento del conductor y arrancando—. El coche va sobrecargado por detrás.
—Lo siento —contestó Johnny claramente avergonzado.
—Es culpa suya, el muy gordaco —declaró Gibsie justo antes de volver a centrarse en su colega y preguntar—: Oye, ¿tienes bien el rabo, tío? Lo siento mucho. Espero no haberte aplastado las pelotas.
—Vete a la mierda, Gerard.
—Estaba siendo sincero, Jonathan. Solo por eso, puedes ir tú solito a por el puto hielo esta noche… ¡Un momento! ¡Traidor! ¡Has ido a la hamburguesería!
—Sí, he ido, y estaba la hostia de bueno, y no me arrepiento.
—¿Qué te has pedido?
—Unas cuantas hamburguesas con queso y unas patatas al curri.
—¿A qué sabían?
—Mejor que el sexo.
Joey resopló y dijo en voz baja:
—Si prefiere una hamburguesa a follar, está claro que no tiene ni idea de sexo.
—Compórtate —lo regañé dándole un manotazo en el hombro.
—Yo no te cambiaría ni por todos los bistecs de Irlanda.
Sonreí.
—Con halagos se llega a todas partes.
Joey me guiñó un ojo y se centró en la carretera.
—¡Se supone que debemos estar a dieta! —exclamó Gibsie en tono acusador captando de nuevo mi atención con su cháchara—. ¿Me has comprado algo?
—Sí, una hamburguesa.
—Gracias, Johnny.
—Pero luego me ha dado hambre, así que me la he comido.
—¡Eres un monstruo!
—Sois muy raros —me reí, moviendo la cabeza hacia los lados mientras me giraba hacia mi novio—. ¿A que sí, Joey?
—Un poco sí —musitó negando con la cabeza y haciendo saber que las gracietas de su futuro cuñado le impresionaban más bien poco.
—Hey. —Gibsie se asomó entre los asientos para mirarnos—. ¿Quiénes cojones sois vosotros? —preguntó pese a que su expresión dejaba claro que lo sabía perfectamente.
—¡Ni una palabra sobre la hierba! —susurró rogándome con los ojos que guardara silencio—. ¡Él es el capitán al que intenté drogar! ¡Me matará!
—La hermana de mi novio es amiga de Johnny —ofrecí echándole un cable.
—¿Hermana? —Ahora Gibsie parecía realmente confuso—. ¿Qué hermana?
—Shannon —intervino Johnny.
Los ojos de Gibsie se abrieron como platos.
—¿Shannon? —Mirando boquiabierto hacia el cogote de Joey, susurró—: Joder, ¿es su hermana? ¡Mi capi está obsesionado con ella!
Asentí con una risita.
—Sí, Shannon —espetó Johnny mosqueado.
—Ay, mierda —murmuró Gibsie antes de volver a girarse hacia su amigo.
Se enfrascaron en un conversación con un doble sentido más que evidente, con la que solo se estaban engañando a sí mismos en ese coche.
—Ufff, sí. —Me acerqué a Joey y le susurré al oído—: No hay duda de que ese gorila quiere estar dentro de tu hermana.
—Madre de Dios, ¿intentas que estampe el coche? —soltó Joey estremeciéndose—. ¡No me digas esas cosas tan horribles, nena!
—Pero es verdad —musité—. Igual hasta ya lo han hecho.
—Molloy.
—Ella es tan diminuta y él tan grande…
—¡Aoife!