36. Revelaciones y chicos que juegan a rugby #2
—Darren nunca volvió a ser el mismo, y tampoco nuestro padre.
—Arrugando el entrecejo, se rascó la barbilla antes de añadir—: En realidad, no era tan mal tipo antes de eso.
Pero, después de que todo lo que le pasó a Darren saliera a la luz, el viejo perdió la puta cabeza.
No pudo superarlo y se dio a la bebida. Se le metió en la mollera la ridícula idea de mierda de que lo que le había pasado a Darren lo había cambiado de alguna manera.
—Joey movió a un lado y a otro la cabeza—.
Joder, si nos hubiera prestado un poco de atención mientras crecíamos, se habría dado cuenta de que no era así.
La cabeza me daba vueltas.
Sin parar.
Ahora todo tenía sentido.
Madre de Dios.
—No sé qué decir —confesé.
—Lo que pasa en esta casa no es lo correcto —dijo Joey aclarándose la garganta y tamborileando con los dedos sobre la mesa—, pero es mejor que lo que sucede en algunas de esas casas.
Ni de coña voy a dejar que pongan a mi hermana y mis hermanos bajo tutela.
Es que ni de puta broma. Al menos cuando están aquí, están todos en el mismo lugar y puedo mantenerlos algo seguros.
Después de todo, ese miedo irracional que le provocaba la idea de que las autoridades descubrieran la verdad no lo era tanto. Porque a los niños Lynch los había abandonado tanto el Estado como sus padres de la peor de las maneras.
—¿Tenéis a alguien a quien llamar? —me oí preguntar—. ¿Un pariente o algún familiar amigo de la familia?
—La tata tiene ochenta y un años —expuso Shannon—. Está demasiado mayor y débil para…
—Shannon y yo nos tenemos el uno al otro. —Joey la interrumpió; su tono era brusco—. Eso es todo.
—Ya no —afirmé apretándole la mano—. Me tienes a mí. —Miré a su hermanita y sonreí con tristeza—. Todos vosotros.
Se quedaron callados un buen rato hasta que Joey me cogió la mano.
—Joder —murmuró dándome un beso en los nudillos—, cómo te quiero.
Era la primera vez que Joey admitía abiertamente sus sentimientos delante de otra persona, y la solemnidad de sus palabras me llegó a lo más profundo del corazón.
—Bueno. —Me puse en pie para no desplomarme y ponerme a llorar de tristeza por ellos, di una palmada y sonreí alegremente—. Me muero de hambre y sé que vosotros también. Por lo tanto, os voy a pillar algo de comer, y yo invito.
—Aoife —comenzó a decir Joey—, te he dicho que…
—Que yo invito —dije interrumpiéndolo y lanzándole una mirada de advertencia. Podía pelearse conmigo por todo lo demás, pero por esto no—. Bueno, ¿vienes conmigo?
—Claro que voy —murmuró poniéndose en pie—. No vas a conducir sola por la ciudad en plena noche.
—Bueno, al menos vuelves a comer —apuntó Joey media hora después, ya sentados en una de las mesas vacías del restaurante de comida rápida y devorando una bolsa de patatas de tamaño gigante—. Me tenías un poco preocupado.
—Créeme, Joe, teniendo en cuenta la cantidad de mierda que hay en tu vida ahora mismo, mi apetito es el menor de tus problemas —le aseguré mojando una patata en mayonesa antes de metérmela en la boca.
—Kev tiene razón —musitó observándome con gesto curioso—. Esta nueva afición tuya a la mayonesa es rara de cojones, nena.
Sonrojada, aparté los ojos de los suyos, incapaz de profundizar en los orígenes de mis recién descubiertos antojos y, además, sin ninguna intención de hacerlo. Ya hablaríamos de eso otro día.
«Un día en el que la vida de tu novio no se esté desmoronando a su alrededor».
—¿No tendríamos que volver? —pregunté cambiando de tema—. ¿Con los niños?
Se encogió de hombros.
—Seguramente.
—¿Qué? —dije mirándolo con recelo al ver que seguía observándome sin hacer ademán de irse—. ¿Tengo algo en la cara?
Movió la cabeza lentamente.
—Solo estoy pensando.
«Ay, mierda».
—¿El qué?
—Lo diferente que estás.
«Mierda otra vez».
—¿En qué sentido?
—No sé —murmuró inclinando la cabeza hacia un lado y estudiándome con ojos afilados como cuchillas—. Pero así es.
—¿Y eso es malo? —pregunté con una risilla nerviosa.
—Nada relacionado con tu aspecto puede nunca ser malo, Molloy —contestó pensativo—. Es solo que estás como brillante.
Tragué saliva.
—¿Brillante?
—Sí. —Asintió con la cabeza—. Como si resplandecieras.
«Debe de ser tu bebé».
—Debe de ser mi aureola —bromeé mientras me levantaba a toda prisa y cogía todos los envoltorios de comida vacíos. Me dirigí a la papelera, tiré nuestra basura y me limpié las manos frotándolas entre ellas—. Brilla más que la tuya, ¿te acuerdas?
—Estás muy bien —me aseguró acercándome hacia él para apretarme el culo antes de conducirme hasta la puerta—. Muy sexy.
—Joe. —No hubiera podido reprimir el escalofrío ilícito que me atravesó ni aunque lo hubiera intentado—. No hagas eso.
—¿El qué? —ronroneó empujándome contra la pared que había fuera—. ¿Decirle a mi novia que es la hostia de sexy? —Atrapándome con sus caderas, me envolvió la cara con sus manos y me besó con fuerza—. Me vuelves loco —gruñó contra mis labios—. Pones mi mundo del revés, reina.
—Lo mismo digo, semental —dije sin aliento cediéndole todo el poder mientras le rodeaba el cuello con los brazos y lo atraía hacia mí.
—¿Qué te parece si esta noche nos despelotamos? —dijo contra mis labios.
—Joe, yo… —Respiré de forma entrecortada—. Yo…
—Me da igual lo que vayas a decir —me interrumpió—, necesito entrar en ti desesperadamente, Molloy.
—¡No sé quién coño eres! —retumbó una voz cercana. Ambos nos giramos a la vez y vimos a un tío gigante de la hostia desplomado contra el cristal del restaurante de comida rápida y hablando por teléfono mientras se zampaba una cantidad anómala de hamburguesas—. ¡No conozco a ningún Rey del Clítoris!
—¡Mierda! —exclamó Joey dando un paso hacia atrás—. ¡Es él!
—¿Quién?
—El tío al que Shannon le ha echado el ojo.
—¿El que dijiste que le había partido la cara al novio de Ciara Maloney?
—El mismo.
—Vaya, no veas con Shannon —espeté al ver a ese chico tan ridículamente atractivo haciendo un intento ridículamente poco atrayente de tragarse una hamburguesa de cuarto de libra en dos bocados—. Tiene un polvazo, ¿no?
Joey resopló con desdén.
—No te preocupes —bromeé dándole unas palmaditas en el pecho—. No me atraen los cachas con pinta de tomar esteroides.
—¿Ah, no?
—No. —Sonriéndole, agregué—: Prefiero a los malotes delgados que esnifan cocaína.
Se le dibujó media sonrisa.
—Muy graciosa.
—Vamos a saludarlo.
—¿Qué? —Joey me miró con la boca abierta como si me hubieran salido tres cabezas—. ¿Por qué íbamos a hacer eso?
—Porque podría ser tu futuro cuñado.
Se le frunció el ceño.
—Y una polla.
—Venga —me reí mientras le cogía la mano—. Vive un poco, pero siendo majo… Ni se te ocurra asustarlo para que se aleje de tu hermana.
—Podría encontrar a alguien mejor.
—También podría encontrar a alguien mucho peor —repuse entre carcajadas—. Venga, Joe. Ve a decirle hola.
Me miró espantado.
—¿Por qué yo?
Hice un gesto de indiferencia.
—Porque es tu hermana, no la mía.
—¿Y?
—Y nada, ¡calla y hazlo de una vez!
—¿Por qué las mujeres que hay en mi vida no dejan de darme órdenes? —murmuró Joey caminando detrás de mí—. ¿Johnny Kavanagh?
—Nada de fotos esta noche, chicos —contestó el chico con los hombros hundidos—. Johnny está en tiempo muerto.
Joey me echó una mirada que decía: «Menudo capullo».
Yo lo animé a volver a intentarlo asintiendo con la cabeza.
—Hablé contigo por teléfono la semana pasada —señaló Joey mirándome con ojos punzantes—. Conoces a mi hermana, Shannon. La llevaste a casa.
El chico se centró rápidamente en cuanto oyó el nombre de Shannon, y observé cómo se disipaba la neblina que cubría sus ojos azul metálico.
—Tú eres el hurler… —Johnny enderezó los hombros, robustos como un armario empotrado—. ¡Joey! —Sonriendo con satisfacción, añadió—: Joey el hurler y Shannon como el río.
Joey me miró como diciendo: «¿Qué cojones dice?».
Mi respuesta fue partirme de risa.
—¿Como el río? —sonreí—. Madre mía, pero ¿cuánto has bebido?
—Todo el cauce, por lo que parece —apuntó Joey secamente chocando su hombro contra el mío—. ¿No crees que deberías irte a casa, tío? Pareces ir bastante pedo.
—Lo haría si pudiera —balbuceó Johnny con aspecto confuso —. No hay taxis.
Cuando abrí la boca para hablar, Joey negó con la cabeza y me echó una mirada que decía: «No lo hagas».
—Yo creo que podemos llevarte, ¿verdad, cariño? —dije igualmente mientras me recreaba en la cara de «vete a la mierda» que había puesto Joey—. Hemos aparcado al final de la calle.
—Estaría genial —contestó Johnny arrastrando las palabras, pero con los ojos llenos de alivio—. Gracias.
—Sí, claro —concedió Joey, inexpresivo—. No hay problema.
Se me escapó una risita.
Joey me lanzó una mirada asesina.
Yo le sonreí.
«Esto va a ser divertido».
—Soy Aoife Molloy, por cierto —me presenté mientras me entretenía observando cómo ese tiarrón gigante se esforzaba inútilmente por caminar en línea recta hacia el coche.
Di la vuelta alrededor del vehículo, abrí la puerta de un tirón y, antes de subir, dije riéndome entre dientes—: La novia de Joey el hurler.
—Encantado de conocerte —respondió Johnny con unos modales exquisitos pese a que apenas podía mantenerse en pie.
—Tres puertas —explicó Joey indicándole con gestos a nuestro pasajero que iba a tener que maniobrar sobre el asiento delantero para acceder a la parte de atrás—. Vas a tener que abrirte paso hasta el asiento de atrás.
—No pasa nada, tío —respondió Johnny con mucha educación.
Y entonces fui testigo de cómo el chico más enorme que había visto jamás intentaba, a duras penas, llegar hasta el asiento trasero de mi pobre Opel Corsa.
Joey puso los ojos en blanco y lo metió de un empujón en la parte posterior gruñendo con impaciencia:
—¡Por el amor de Dios!
—Joder… —murmuró Johnny una vez dentro, ocupando todo el asiento tan solo con la espalda.
Joey se colocó en el asiento del conductor y lo reclinó al máximo hacia atrás, provocando un resoplido del chicarrón que nos acompañaba.
—¿Estás bien?
—Todo bien —afirmó Johnny con voz ahogada, claramente hecho polvo—. Gracias de nuevo por llevarme.