36. Revelaciones y chicos que juegan a rugby
REVELACIONES Y CHICOS QUE JUEGAN A RUGBY
Aoife
La noche siguiente, ninguno de los progenitores de Joey había vuelto a casa.
Como Joey se había quedado completamente solo con la enorme responsabilidad que le habían echado sobre los hombros sin ningún tipo de miramiento, yo había estado intentando ayudarlo mientras él se encargaba de nuevo de criar a sus hermanos con una pericia que sería la envidia de cualquier adulto.
Los llevaba de un lado a otro a sus actividades extraescolares, cocinaba para ellos y limpiaba lo que ensuciaban, luego tocaba bañarlos y acostarlos… Verlo hacer todo eso resultaba agotador.
«No me extraña que prefiera meterse entre el tráfico antes que tener un hijo —pensé—. Si ya tiene cuatro».
Cuando Joey por fin se sentó, pasadas las once, con aspecto cansado y ya casi al límite, lo último que quise hacer fue darle el empujoncito final.
Sentado a la mesa de la cocina, apoyó la cabeza entre las manos y suspiró profundamente.
—Vaya una cita de mierda, ¿eh, Molloy?
—Bueno, no sé. —Me acerqué adonde estaba sentado, dejé dos tazas de café sobre la mesa y lo abracé por detrás—. Tampoco ha sido para tanto —respondí dándole un beso a un lado del cuello—. A ver, la compañía es brutal.
Soltó un gruñido y alzó una mano para apretar la mía.
—Bueno. —Me senté junto a él, cogí mi taza y soplé por encima del borde antes de dar un sorbo—. ¿Cuál es el plan?
—No hay ningún plan —reconoció con total sinceridad cogiendo su taza—. No tengo ni idea de lo que estoy haciendo ni de cuánto tiempo tendré que hacerlo.
Pensé un buen rato en lo que había dicho antes de contestar:
—Creo que posiblemente seas el ser humano más increíble que haya conocido nunca.
Movió la cabeza hacia los lados y soltó una risita.
—Anda, que te pires.
—Nunca he dicho nada más convencida en toda mi vida —insistí—.
Quién eres, lo que haces, las hostias que has recibido, los golpes que sigues encajando, lo mucho que quieres a esos críos, lo que te sacrificas para que ellos no tengan que hacerlo…
—Moví la cabeza a uno y otro lado—. Es alucinante, Joe. Tu generosidad es asombrosa.
—No digas esas mierdas, Molloy —murmuró sorbiendo el café.
—¿Por qué? —lo presioné—. ¿Te da miedo que alguien me oiga y también descubra lo maravilloso que eres?
—Estoy muy lejos de ser maravilloso —repuso con tono tranquilo y las cejas arrugadas—. En serio. No me pongas en un pedestal. No estoy hecho para eso. Lo único que haré será defraudarte.
—Pues yo diría que se te da muy bien hacer lo contrario —sugerí—. Estoy muy orgullosa de ti, Joe.
—No lo estés, Molloy —me espetó—. De verdad que no. Porque no soy mejor que antes. No estoy curado. —Dejó escapar un trémulo suspiro—. Yo solo…
—Lo estás intentando, ¿no?
—Exacto. —Hundiendo los hombros, asintió lentamente con la cabeza—. Lo estoy intentando.
—Para mí eso es suficiente —le dije con la voz embargada por la emoción—. Tú eres suficiente.
—Tengo que contarte una cosa —afirmó entonces lanzando otro suspiro de frustración—. Hoy ha pasado algo importante en las instalaciones de la asociación de hurling.
—Hola, chicos.
En ese preciso momento, Shannon entró en la cocina y, aliviados, los dos dejamos de mirarnos.
—¿Cómo tienes la cara, Shan? —preguntó Joey siguiendo el rastro de sus moratones con la mirada—. Madre mía…
Me quedé mirando su ojo morado e hice una mueca de dolor del asco que sentía.
—Estoy bien, Joe —contestó dedicándole una sonrisa cansada—. Parece más de lo que es.
—Joder, Shan, lo siento tanto… —Avergonzado, dejó caer la cabeza hacia abajo—. Debería haber estado aquí.
—No es culpa tuya —dijo ella adelantándose a mí—. Nada de lo que pasó anoche lo es. Tienes derecho a tener una vida, Joey.
Y era cierto, pero eso no le facilitaba las cosas.
—¿Has conseguido que Shane se durmiera? —pregunté en tono amable.
—Por fin —respondió Shannon—. Tadhg y Ollie están fuera de combate. Pero Sean… Uf, está fatal por mi madre. Ha estado llorando a moco tendido durante horas. Hasta que ha acabado durmiéndose.
—Malditos cabrones —gruñó Joey temblando de nuevo a causa de la tensión.
—Joe —susurré—. No digas eso.
—¿Decir qué, nena? —repuso—. ¿La verdad? Porque eso es lo que son. Un puñado de cabrones, joder.
—Sigue siendo tu madre —dije, aunque sentía lo mismo que él.
Pero sabía que sus palabras, independientemente de lo sinceras que fueran, después iban a perseguirlo, porque su madre ejercía un poder sobre él que yo nunca llegaría entender.
—Y es peor que él —soltó pasándose una mano por el pelo—. Por dejar a esos críos aquí solos. Podría coger el teléfono y hablar con ellos, pero no, como siempre, huye y esconde la cabeza debajo del ala.
Sí, sin duda ella era peor que él, pero Joey no pensaba así realmente. Estaba inquieto y asustado, y se sentía acorralado. Reaccionaba al trauma usando las palabras como si fueran balas. Es lo que hacía siempre. Pero esas balas eran perdigones que también se astillaban y llegaban hasta él.
—Veamos cuánto tenemos —dijo vaciándose los bolsillos sobre la mesa de la cocina—.
No vuelvo a cobrar hasta la próxima semana.
Lo que nos deja exactamente con… —la voz se le iba quebrando a medida que contaba el dinero y apilaba las solitarias monedas— ochenta y siete euros con treinta céntimos para los próximos seis días.
—Eso es bueno, ¿verdad?
—Debería bastar.
—Sabes que ayudaría si pudiera —murmuró Shannon con gesto de culpa—. Pero papá no me dejará buscar trabajo…
—Para. Ni se te ocurra asumir la culpa de esto, Shan —le advirtió Joey con una mano alzada. Luego, guiñándole un ojo, añadió—: Revisa la nevera por mí. —Cuando lo hizo y nos mostró que estaba completamente vacía, vi que mi novio cerraba los puños y volvía a gruñir—: Malditos cabrones.
—Los armarios están igual —dijo Shannon con calma—. Mamá suele hacer la compra los sábados.
—Suele —repitió Joey con desprecio pasándose las manos por el pelo mientras se desplomaba sobre la mesa mirando los montoncitos de monedas.
—Ella no se iría así, Joe —señaló Shannon con tranquilidad mordiéndose el labio—. Jamás nos dejaría sin comida.
—Pues lo ha hecho —replicó Joey con tono acalorado y lleno de resentimiento—. Y estamos de maravilla, Shan. Nos las arreglaremos.
—¿Sí?
—Sí.
—Vale —contestó su hermana con cara disgustada y aire escéptico.
—Llamaré a Mark por la mañana —propuso Joey—. Tiene que hacer una galería en la ciudad la próxima semana. Le preguntaré si necesita a alguien.
—De ninguna manera, Joey. —Mark era uno de los clientes del taller de papá. Cada vez que iba a que le arreglara algo, intentaba que Joey trabajara en la construcción para él. Volvía loco a mi padre—. No puedes faltar a clase. Son los exámenes de acceso a la universidad.
—No —contestó él con tono duro y firme—. No puedo dejar que los niños pasen hambre, y quién sabe cuándo volverá esa perra.
—Joe, yo puedo ayudarte con…
—No voy a aceptar tu dinero, Aoife —espetó con aspecto de estar mortalmente ofendido tan solo de pensarlo—. Así que, por favor, no te ofrezcas.
—Joey. —Moví la cabeza hacia los lados, confusa—. Quiero ayudarte.
—Y yo te quiero por eso, pero no aceptaré limosnas de mi novia.
Su expresión dejaba claro que para él el tema se acababa ahí.
—¿Sabes dónde está? —pregunté entonces—. Me refiero a tu madre.
—Supongo que ha ido a buscarlo —respondió Shannon, encogida y confusa.
—Chicos, no os enfadéis conmigo por esto —dije escogiendo las palabras con cuidado, totalmente consciente de que podía despertar a la bestia—, pero ¿no deberíais llamar a las autoridades?
Joey me fulminó con la mirada.
Shannon abrió la boca horrorizada.
—Él no puede seguir haciéndote esto —intenté explicarle disgustada y aborreciendo la mirada de sus ojos, que me acusaban de traición—. Y vosotros estáis aquí solos cuidando a tres niños pequeños. —Negué con la cabeza—. No es lo correcto ni justo para ninguno de los dos.
—No, no es lo correcto ni justo para nosotros, pero Shannon y yo ya hemos pasado por eso antes y ni de coña vamos a volver a hacerlo, hostia ya —dijo Joey dejándome atónita.
¿Volver a hacerlo?
¿El qué?
—¡Joey! —soltó Shannon horrorizada por oírlo hablar con tanta libertad conmigo delante.
—Míranos, Shan —prosiguió con tono hastiado—. Hasta ella ve lo jodidos que estamos.
—¿Qué quieres decir? —pregunté centrándome por completo en mi novio—. ¿Volver a hacerlo? ¿A qué te refieres, Joe?
—Cuando éramos pequeños, antes de que nacieran los niños, cuando solo estábamos Darren, Shannon y yo, nos pusieron a los tres bajo tutela durante seis meses —reveló haciendo que me explotara la cabeza.
—Por Dios… No me lo habías contado.
—No es algo de lo que vaya hablando, nena.
Además, solo tenía seis años por entonces —musitó pasándose una mano por el pelo—.
Shan solo tenía tres años. Mi madre nos puso bajo tutela voluntariamente; dijo que estaba demasiado enferma para cuidarnos en ese momento.
—Su tono destilaba repugnancia mientras hablaba—.
Nos dejó allí y se piró tan pancha. Shannon y yo tuvimos suerte.
Nos acogió a los dos juntos una buena familia.
Darren tenía once años por entonces y no tuvo tanta suerte.
—Joe, por favor, no lo hagas —oí que le decía su hermana, rogándole que me dejara fuera de su mundo.
—Lo enviaron a un hogar de acogida donde le pasaron cosas —prosiguió Joey dándome su versión—. Cosas que no deberían pasarle a un niño.
—Estás diciendo que…
Asintió con la cabeza.
Automáticamente, me tapé la boca con la mano, un acto reflejo tras oír algo tan incomprensible.
—Oh…
—No —me indicó alzando una temblorosa mano—. No me pasó a mí.
—Lo sé —gimoteé cogiéndole la mano—. Yo solo… Es horrible.
—De todos modos, cuando la salud de mi madre mejoró, fue al juzgado y logró recuperarnos —relató ignorando mi compasión—.
Todo lo que pasó en el hogar de acogida salió a la luz allí, y, como nos había entregado voluntariamente debido a supuestos problemas de salud, recuperó la custodia de alguna manera.
—Dios mío…
Joey se encogió de hombros.