35. Responsabilidades de papi
RESPONSABILIDADES DE PAPI
Joey
Una vez más, estaba con la mierda hasta el cuello sin ningún progenitor que me mostrara el camino.
Mi padre se había ido, mi madre había desaparecido, a mi hermana la habían molido a palos, a mis hermanos los habían abandonado y mi novia estaba poseída por algún tipo de demonio cabrón llamado «síndrome premenstrual».
Y ahí estaba yo, en medio de esa carnicería, tratando de seguir limpio y mantener la cabeza fría.
«Im-po-si-ble, joder».
Shannon se había quedado en casa con Sean y se suponía que yo debía estar en la ciudad, en uno de mis entrenamientos de las ligas menores, pero en vez de eso me encontraba en el pabellón de la asociación de hurling de Ballylaggin, con la atención repartida entre los partidos de las categorías base de mis hermanos.
Volver al patrón de toda la vida que me había llevado por el camino del que Molloy me había sacado en Navidades no era una opción, así que, en lugar de ahogar el ruido automedicándome, me conformé con fumarme un canuto.
Sentado sobre la hierba de la pendiente, lejos de todos los padres y seguidores que abarrotaban el recinto de la asociación, me lie un porro mientras esperaba que los chicos terminaran de competir en sus torneos de hurling base correspondientes.
Con los brazos laxos alrededor de las rodillas y la capucha subida para ocultar mi rostro, di una profunda calada y retuve el humo el tiempo suficiente como para sentir la quemazón en los pulmones y la neblina en la mente, antes de expulsar el aire poco a poco.
A Ollie no le interesaba mucho el hurling.
Tuvo dificultades para entender el concepto del juego del mismo modo que Shannon solía tenerlas con el camogie antes de dejarlo.
Tadhg, en cambio, parecía tener el gen que nos había transmitido nuestro padre a espuertas.
Para él, el hurling era algo innato y, al verlo jugar, sabías que estabas contemplando algo especial.
A alguien especial.
Tenía la sensación de que, dándole el tiempo y el espacio adecuados para perfeccionar su técnica, y siempre que nuestro padre no le arrebatara la alegría de jugar, como había hecho conmigo, Tadhg podría llegar a ser el mejor de todos nosotros.
Ols lo intentaba, pero la verdad es que el crío no tenía ni la coordinación mano-ojo, ni la destreza, ni la actitud despiadada que iban de la mano de ese deporte y, en cambio, sí encajaban conmigo.
Me importaba una mierda si alguno de mis hermanos jugaba o no.
Para mí era un juego, simplemente, pero para nuestro padre el desarrollo de nuestra habilidad para jugar al hurling era un rito de paso inevitable que no nos podíamos saltar.
Desde los cuatro años, a todos nos ponían un hurley entre las manos, nos enviaban a ese campo y nos entregaban a los entrenadores de las ligas menores, con el permiso total de nuestro padre para doblegarnos, rompernos y convertirnos en los mejores jugadores posibles.
Era nuestro bautismo de fuego personal.
Listo pero no insolente, seguro de sí mismo pero carente de arrogancia, valiente sin llegar a ser audaz, Darren siempre había encajado en el papel de niño perfecto.
Todas esas características, junto con su talante moderado y su naturaleza intuitiva, fueron los principales motivos por los que siempre fue el hijo preferido de nuestra madre y, hasta que supo de su orientación sexual, también de nuestro padre.
Pero lo más importante de todo era que, pese a que Darren había sido un hurler habilidoso y competente, nunca fue excepcional.
Nunca había eclipsado a nuestro padre y, por eso, el viejo nunca se sintió amenazado por él.
Y es que, a ojos de nuestro padre, cuanto mejor hurler eras, mejor hijo también, a menos que fueses mejor que él.
Entonces suponías una amenaza para su legado, y eso lo detestaba más que el hecho de que no fueras capaz de darle bien a la bola.
Quería que recordáramos que él había sido uno de los grandes, y no al revés.
Si bien yo nunca había sido el hijo del que nuestra madre pudiera sentirse orgullosa, puesto que no tenía la labia de mi hermano mayor, había logrado encajar en el estereotipo necesario para ser aceptado y alabado por nuestro padre.
Hasta la tierna edad de los once años, cuando cometí el imperdonable error de ser descubierto por los seleccionadores del condado, algo que mi padre no había conseguido hasta los trece y Darren hasta los catorce.
Cuanto más jugaba, él más me odiaba, y, cuanto más me odiaba, más me esforzaba por jugar bien tan solo para cabrearlo. Era un interminable ciclo vicioso de toxicidad que al final me hizo odiar el juego casi tanto como lo odiaba a él.
Me enseñó todo lo que sabía para luego mostrarse resentido conmigo por ponerlo en práctica, mientras que yo detestaba que me hubiera inculcado un don que nunca sería mío.
Durante el resto de mi vida, fuera o no mejor que él, ese hombre se llevaría el mérito de todos mis logros.
Pero yo seguía jugando, porque, la verdad, tampoco es que tuviera muchas otras habilidades.
—Hacía tiempo que no te veía —dijo una voz familiar mientras una alargada figura se sentaba junto a mí sobre la hierba—. ¿Cómo va todo, chaval?
Me tensé de inmediato, sujeté el canuto entre los labios y me giré para mirarlo.
—¿Qué haces aquí?
—Responsabilidades de papi. —Shane inclinó la cabeza hacia donde se jugaba el partido infantil—. ¿Ves a ese chavalín de ahí? ¿El grandullón que lleva la pelota?
—Sí.
—Su madre es una churri que tuve hace tiempo —me contó extendiendo la mano—. Ha reaparecido hace poco, con una adicción y las manos vacías. Parece que es mío, o al menos eso dice ella.
Inhalé otra calada, le pasé el porro y exhalé un turbio suspiro.
—¿Cómo que «eso dice ella»?
—Para ese tipo de mujeres —se detuvo un momento para dar una calada antes de continuar—, decir que ese chaval es mío tiene tanto mérito como caerse en un montón de ortigas y ser capaz de señalar la que te ha picado.
Hice una mueca de disgusto.
—Como dar palos de ciego.
—Pero en plan puta loca violenta —convino con una risilla dejando ir el humo.
—Joder, no veas… —murmuré sin saber bien qué decir.
—¿Y dónde has estado, tronco? —preguntó dando otra calada—. Llevo tiempo sin verte por aquí.
—Manteniéndome ocupado —repuse molesto por cómo su aparición se había cargado la dulce paz que había estado disfrutando.
Ahora volvía a estar intranquilo.
Intranquilo y pensando demasiado.
Sin duda, el viejo dicho «ojos que no ven, corazón que no siente» daba bastante en el clavo, porque, con el tiempo, cuanta más distancia lograba poner respecto a mi vida anterior, más fácil me resultaba mantenerme alejado.
Pero en ese momento tenía a mi vieja vida sentada junto a mí, y me di cuenta de lo rápido que pueden resurgir los viejos anhelos.
—¿Te lo sigues montando con la tía aquella que servía copas?
—Es camarera.
—Eso —se corrigió lanzando al aire otra nube de humo—. El otro día vi a tu viejo en la ciudad.
—Me importa una mierda.
—Follándose a una tía que sirve copas al lado del Dinniman.
Me puse rígido.
—Se parecía un huevo a esa camarera tuya.
Me giré para mirarlo.
—¿Adónde quieres llegar, Shane?
—A ningún sitio —contestó levantando la mano—. Solo intento hacer una buena obra con un amigo.
—No era ella.
Se encogió de hombros.
—Podría estar equivocado.
—Lo estás.
—Aun así… —musitó—. Ya sabes cómo son esas tías que sirven copas…
—Camarera. Es camarera, y no pienso seguir escuchándote—. Me levanté y me giré para mirarlo—. Ya te he dicho que la dejes al margen.
Subió los hombros con indiferencia.
—Solo intento proteger a un amigo.
—Yo no soy tu amigo, Shane —le dije—. Solo soy el imbécil que te dio la mitad de su sueldo desde que tuvo edad para ganárselo.
—Siéntate, Lynchy.
—No, no me interesa.
—Siéntate, me cago en la puta —me advirtió con tono grave y amenazante—. Ahora mismo, chaval. No he acabado contigo.
Hubiera deseado por encima de todo seguir teniendo la dicha de ignorar lo que ese hombre era capaz de hacer, pero no era el caso, así que volví a sentarme a regañadientes, sabiendo que no había ningún nivel al que no estuviera dispuesto a rebajarse para conseguir lo que quería.
Mis hermanos pequeños estaban a tiro de piedra de él. No me podía permitir ninguna temeridad. Porque, si como amigo ya era peligroso, convertirlo en mi enemigo sería infinitamente peor.
—Quieres que deje a tu churri al margen —dijo con calma chocando su hombro contra el mío—. Antes no te había hecho caso, pero ahora sí.
Con el cuerpo en tensión, asentí rígidamente con la cabeza.
—Queda fuera de la ecuación —ofreció—. ¿Qué te parece?
—¿Qué quieres decir?
—Que la saco de mi mente —respondió despreocupado—. O sea, que me olvido de ella por completo. Dónde vive. Su aspecto. Dónde trabaja. El taller de su padre. Todo. Borrado.
«Mentira».
El hecho de que estuviera diciendo todo aquello significaba que lo estaba usando contra mí. Me hacía saber, en términos inequívocos, que podía ir tras mi novia y que lo haría si yo no jugaba según sus reglas.
El único problema era que yo no sabía a qué juego estaba jugando.
—¿Qué quieres?
—Nada.
«Más mentiras».
Arqueé una ceja.
—Vale —concedió con una risilla—. Quiero que vengas a verme otra vez.
En otras palabras, que retome donde lo dejé.
—No. —Luchando por contener mis emociones, sacudí la cabeza—. He dejado esa mierda.
—¿En serio? —preguntó con tono persuasivo—. ¿O es tu churri la que quiere eso?
Hundí los hombros y dejé caer la cabeza hacia delante, tratando desesperadamente de mantener la calma y no cagarla. Me las había apañado para perderme en un laberinto del que era casi imposible salir. Cada vez que intentaba escapar, me veía arrastrado a otro camino sin salida.
—Ya he resuelto ese problema de suministros que tenía. —Metió la mano en el bolsillo, sacó una bolsita y me la puso en las manos—. Aquí tienes lo de siempre.
—Shane. —Con el pecho agitado, miré la bolsa de oxi que tenía entre las manos—. No puedo.
—Hacemos una cosa —propuso poniéndose en pie—. A esta invito yo. Si no vuelvo a saber de ti, no te guardaré rencor.
Se marchó antes de que pudiera decir nada más, dejándome solo con mi autocontrol colgando de un hilo.