Rey de la gula (Pecados 6) 33. Estoy muy asustada
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33. Estoy muy asustada

ESTOY MUY ASUSTADA

Joey

—¿Seguro que no tienes hambre? —le pregunté a Molloy el viernes por la noche mientras tomábamos asiento en la fila central del cine.

Ella negó con la cabeza.

—¿Sed?

Otra negación.

Llevaba semanas dando la brasa con ir a ver Boogeyman . Por fin había conseguido librar una noche en el trabajo para acompañarla, y ella no podía parecer más desdichada.

No hablaba.

No comía.

No sonreía.

La chica que tenía sentada al lado no era la misma que había salido de mi cama la semana anterior, y empezaba a estar realmente preocupado.

—He oído un rumor esta tarde —decidí intentar, consciente de que Molloy no era capaz de resistirse a un buen cotilleo—. Según Mack, ese tal Johnny Kavanagh del Tommen le ha dado una paliza de siete pares de cojones al amiguito de Ciara Maloney esta tarde en el Biddies.

No me respondió, así que seguí parloteando con la esperanza de provocarle algún tipo de reacción.

—Al parecer, Ciara y Hannah se estaban metiendo con Shan, como de costumbre, y nuestro Kavanagh se puso como loco.

Hasta tiró al suelo una mesa llena de bebidas.

Le dio una buena tunda a ese tal Murphy —añadí metiéndome un puñado de palomitas en la boca—.

Creo que hay algo entre Shannon y Kavanagh.

Ella nunca lo va a admitir, eso está claro, pero no soy lerdo.

A ver, primero la lleva del colegio a casa, luego al pub, ¿y ahora defiende su honor en público y arregla asuntos pendientes con unas zorras que la han acosado durante años?

A mí me parece que son algo más que amigos, la verdad.

Tan solo recibí un tibio «oh» después de tomarme tantas molestias.

Sin tener ni puta idea de qué hacer o decir a continuación, tamborileé con los dedos en el reposabrazos y decidí concentrarme en la pantalla que tenía delante. Aunque no me resultaba fácil. Y es que podía sentir en el cuerpo la ansiedad que emanaba de mi novia.

—¿Joe? —susurró al fin Molloy tras más o menos una hora de película—. Tengo que decirte una cosa.

—¿Sí? —Me giré para mirarla, aliviado de que por fin hablara conmigo—. Dime.

—Estoy… —Sus verdes ojos, abiertos de par en par, destilaban pánico—. Estoy…

—¿Estás qué, Molloy?

—Estoy asustada. —Lanzó un tembloroso suspiro y, moviendo la cabeza hacia los lados, me agarró el brazo y se lo pasó por los hombros mientras se apoyaba en mi costado—. Estoy muy asustada.

—Solo es una peli —susurré apretándola con el brazo—. No es la vida real. No tengas miedo.

—Ya lo sé. —Temblando, enterró su rostro en mi pecho y me agarró la parte de delante de la sudadera con la mano—. Aun así… sigo asustada.

Confundido, bajé la vista para ver cómo se aferraba a mí y me sentí todavía más inquieto. Su forma de actuar no tenía sentido. No me gustaba nada lo que estaba ocurriendo, porque esa era la misma chica a la que le encantaban las películas sangrientas y de terror.

—¿Quieres que nos vayamos?

Negó con la cabeza.

—Puedo llevarte a casa.

Otra negación.

—Es evidente que no estás bien.

—No quiero ir a casa.

—Entonces ¿qué quieres de mí, Molloy? —pregunté con impotencia—. ¿Qué puedo hacer?

—Puedes quedarte —dijo muy bajito, y luego la atravesó un escalofrío—. Quiero que te quedes conmigo, Joe.

—Vale —respondí soltando un suspiro de frustración—. No me voy a ir a ninguna parte.

Más tarde, durante el trayecto en coche desde el cine de Mahon Point, vi por el rabillo del ojo cómo Molloy miraba por la ventanilla del copiloto, claramente perdida en sus pensamientos, mientras en la emisora de radio local sonaba «Eve, the Apple of My Eye», de Bell X1.

—Te llevo a casa —le dije rompiendo el silencio—. Y luego iré a mi casa andando desde la tuya.

Ella desvió la mirada hacia mí.

—¿No te quedas a dormir?

—Esta noche no.

—¿Por qué?

—Porque, para que me ignoren, mejor me voy a mi casa —repuse apretando el volante con fuerza.

—No es eso, Joe —masculló—. De verdad.

—Entonces ¿qué es, Molloy? —exigí saber con rudeza—. ¿Eh? ¿Qué te pasa?

—Nada —suspiró volviendo a su pose de mirar por la ventanilla e ignorarme—. Te quiero, Joe.

—Ya, y yo te quiero a ti —reconocí frustrado, cabreado y nervioso, todo a la vez—. Pero no entiendo qué pasa. Contigo. Entre nosotros. No me gusta, joder.

—No te vayas a casa esta noche —me pidió tras una larga pausa en silencio—. Por favor.

—No voy a quedarme en tu casa.

Se giró para mirarme.

—¿Por qué?

Moví la cabeza hacia los lados.

—Ya te lo he dicho.

—¿Y puedo quedarme yo en la tuya?

—Molloy. —Dejé ir un suspiro agónico—. Basta.

—Por favor. —Se reclinó sobre el salpicadero y me puso la mano en el muslo, sobre los vaqueros—.

Sé que no soy la de siempre, ¿vale? Lo sé.

Es solo que… —Soltó un gruñido de dolor, sacudió la cabeza y levantó una mano para secarse lo que supuse que era una lágrima de la mejilla—.

Ufff, ¿por qué coño tengo que ser una chica?

—¿Estás llorando?

—No.

—¿Molloy?

—Estoy siendo imbécil.

Puse el intermitente y esperé a que el tráfico se interrumpiera para desviarme al arcén y encender las luces de emergencia. Apagué el motor y me giré hacia ella.

—Vale, tienes que empezar a hablar conmigo.

—Estoy bien, de verdad —gimoteó arrastrándose las lágrimas hacia la izquierda, la derecha y el centro mientras le resbalaban por las mejillas—.

No sé por qué me he puesto a llorar —dijo medio riéndose y medio sollozando mientras las lágrimas le seguían cayendo por sus largas pestañas—.

¿Ves? —Secándose los ojos con el dorso de las manos, me sonrió desde su asiento y afirmó—: Estoy perfectamente.

—No, joder, no es verdad. —Empujé mi asiento hacia atrás todo lo que pude, me desabroché el cinturón y me acerqué a ella para desabrocharle el suyo y cogerla entre mis brazos—. Ven aquí.

—Estoy bien —dijo llorando a moco tendido mientras sollozaba descontroladamente y enterraba la cara en mi cuello—. Esto es ridículo.

—No estarás preñada, ¿no? —bromeé envolviéndola entre mis brazos.

—¿Te imaginas? —respondió ella aún llorando.

—Joder, no —espeté riéndome entre dientes—. Creo que antes abro la puerta y me tumbo entre el tráfico.

—Entonces menos mal que no lo estoy —repuso riéndose casi como una maniaca antes de romperse en otra tanda de sollozos—. Deben de ser las hormonas de la regla o algo así.