Rey de la gula (Pecados 6) 32. Tienes que decírselo
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32. Tienes que decírselo

TIENES QUE DECÍRSELO

Aoife

—Ha pasado más de una semana —exclamó Casey deslizándose sobre el taburete que había junto al mío en nuestra mesa de trabajo de Biología el viernes.

Habíamos llegado pronto a clase y, salvo por unos cuantos rezagados que se encontraban en el extremo opuesto del laboratorio, por suerte estábamos solas—. Tienes que decírselo, Aoife.

Con los ojos fijos en mi estuche, ni siquiera intentaba detener el temblor de mis manos. No habían dejado de moverse desde que el mundo se derrumbó a mi alrededor.

—Lo sé.

—Y tienes que ir al médico.

—Lo sé.

—Puedo pedir hora y acompañarte.

Negué con la cabeza.

—No.

Ella suspiró profundamente.

—Aoife.

—No estoy preparada, ¿vale? —El temblor en las manos se acrecentó hasta impedirme abrir la cremallera del estuche—. De verdad.

—Sabes que tienes opciones, ¿no? —dijo en voz baja acercándose para abrirme el estuche—. Mierda de país. Pero siempre puedes ir a Inglaterra. Podemos coger un barco a Liverpool por la mañana, si es lo que quieres. Si quieres dejar esto atrás, podrías hacerlo.

—Ya lo sé —susurré mordiéndome el labio.

—Entonces ¿lo has pensado?

—Claro que lo he pensado. —Parpadeando para evitar que se me cayeran las lágrimas, asentí lentamente—. Es lo mejor para los dos. No soy idiota, Case. Sé que es lo mejor a largo plazo, pero ya es demasiado tarde.

—No es verdad —subrayó enseguida—. Si nos vamos mañana…

—No, no, lo digo por mí. —Con una vibrante exhalación, dejé caer la cabeza sobre las manos y enterré un sollozo—. Lo he estado pensando y no puedo hacerlo, Case. Simplemente no puedo, ¿vale?

—Vale —concedió con tono tranquilizador—. Vale, Aoife.

Tras una lenta exhalación, me concentré en respirar de forma regular, profunda y pausada, y en no sucumbir al pánico que me arañaba la garganta.

—Entonces ¿vas a pasar por esto? —dijo con voz suave—. ¿De verdad tendrás un hijo de Joey Lynch?

Las palabras me fallaron y cerré con fuerza los ojos, logrando a duras penas asentir con la cabeza.

—¿Y a quedártelo? —preguntó con cautela—. ¿Te lo vas a quedar?

—Sí —gimoteé mientras me llevaba la mano al vientre y, a medio camino, me lo pensaba mejor y decidía agarrarme al escritorio—. Supongo que sí.

—Pues aquí me tienes —respondió enganchando su brazo al mío mientras el laboratorio empezaba a llenarse de alumnos—. Te cubriré las espaldas. Siempre.

—Se supone que esta noche vamos al cine —le conté con tono tembloroso y los ojos clavados en la parte delantera de la sala—. Hace un rato me ha enviado un mensaje para confirmarlo.

—Entonces después igual podéis charlar —sugirió con voz esperanzadora.

—No va a poder soportarlo, Case —murmuré castañeando los dientes a causa de los nervios—. Volverá a ir por el mal camino.

—Eso no lo sabes.

—Sí que lo sé. —Agitando las rodillas con ansiedad, parpadeé de nuevo para evitar otra tanda de lágrimas—. Lo destruirá. Hasta ahora le ha ido bien. Mejor de lo que me había imaginado. Pero ¿esto? Esto lo va a hundir.

—Bueno, no lo retrases demasiado —murmuró—. Porque se te empieza a notar.

Esas palabras hicieron que todo lo que tenía dentro del estómago quisiera salir.

Salté del taburete y me fui corriendo de clase, sin detenerme hasta encontrarme de rodillas en el baño de chicas con la cabeza dentro de la taza y mi vida hecha añicos a mi alrededor.