31. Tu hermana es una puta
TU HERMANA ES UNA PUTA
Joey
Me olí que había problemas incluso antes de entrar por la puerta de casa después del trabajo. Lo notaba en el aire que tenía alrededor. Todo estaba mal y fuera de sitio.
También era terriblemente consciente de que ese día se cobraba el subsidio por los niños.
El primer martes de cada mes, por el hecho de tener hijos, nuestro padre recibía del Gobierno un dinero que le caía del cielo, y luego se bebía hasta el último céntimo que le habían entregado antes de darles una paliza de muerte a esos mismos niños.
A veces, pensaba que ese subsidio mensual era el motivo por el que seguía reproduciéndose tanto.
—¿Cómo va, familia? —dije en un tono que destilaba sarcasmo al entrar en la cocina.
En cuanto llegué, noté el olor a whisky que desprendía el viejo mientras se tambaleaba en medio de la habitación.
—Joey —saludó cauteloso.
—¿Los chicos están en la cama?
Asintió con la cabeza, sin despegar los ojos de mí, observándome como si yo fuera un depredador peligroso dispuesto a atacar en cualquier momento.
Y tenía toda la puta razón. Notaba las oleadas de miedo que desprendía mi hermana, que se protegía junto al fregadero presionándose la mano contra el cuello.
Shannon tenía la cara roja y los ojos inyectados en sangre.
Sabía que yo no era tonto. Estaba claro como el agua que había llegado justo a tiempo.
Tratando de no perder el norte, cogí una lata de Coca-Cola de la nevera. Era consciente de que debía ir con cuidado.
—¿Dónde está mamá? —pregunté dando un sorbo—. ¿Sigue en el trabajo?
—Tu madre está en el trabajo y esta de aquí ha vuelto a llegar tarde a casa —balbuceó papá fulminando a Shannon con la mirada—. Al parecer, ha perdido el autobús de los cojones.
—Lo sé —contesté con calma guiñándole un ojo a Shannon—. ¿Cómo va, Shan?
—Hola, Joe. —Nerviosa, tragó saliva e intentó sonreír—. Normal. Hambrienta. Iba a pillar algo de comer.
«Ibas a pillar, sin más».
Me acerqué a ella y, de broma, le choqué los nudillos contra la mejilla, pero solo para poder verle mejor las marcas del cuello. Ese cabronazo le había dejado los dedos impresos en la piel.
«Mierda».
—¿Aoife se ha quedado mucho rato cuando te ha traído a casa? —pregunté echándole un cable.
—Eh…, no. —Se le agrandaron los ojos en señal de gratitud y se apresuró a añadir—: Solo me ha dejado y se ha ido directamente a casa.
Tras hacerle un pequeño guiño de aprobación, cogí un paquete de galletas del armario y se lo di.
—Toma. ¿A que es esto lo que estabas buscando?
No era cierto. Ella nunca tocaría nada del estante superior en el que guardo mis mierdas, pero eso él no lo sabía.
—Esto no es una casa de acogida —gruñó mi padre.
—Esta comida es mía, viejo. —Me giré para mirarlo—. Se ha comprado con mi dinero. De mi trabajo.
—¡Esta es mi casa!
—Una casa que te dio el Gobierno —le espeté sin retroceder ni un solo milímetro ante el pedazo de mierda que tenía delante—. Por nosotros.
—No te hagas el listo conmigo, muchacho.
—Shannon, ¿por qué no te vas a la cama? —le dije, consciente de que ese cabrón estaba a punto de saltar e intentando alejarla de la línea de fuego.
Shannon se dirigió hacia la puerta, pero él se le puso delante y le bloqueó el paso.
—No he terminado de hablar con ella.
—Bueno, ella ha terminado de hablar contigo —dije con tono inexpresivo mientras lo empujaba con el hombro para sacarlo de en medio y le daba a mi hermana una vía de escape hacia la puerta de la cocina—. Así que apártate de su camino, viejo. Ahora.
Afortunadamente, Shannon aprovechó para salir huyendo antes de que él pudiera agarrarla por la coleta.
—Joder, ni se te ocurra —le advertí bloqueando la puerta cuando hizo ademán de ir tras ella—. No es tu puto saco de boxeo.
—¿Has visto esto? —Cogió un periódico y lo tiró hacia mí—. ¿Has visto qué escándalo, chaval?
Alisé la página y vi una foto de mi hermana con el mismísimo Señor Rugby.
—Joder… —musité sonriendo sin ganas al ver a mi hermanita bajo el brazo de la estrella emergente del rugby irlandés. Igual sí que se había hecho una idea equivocada.
—¿Te parece gracioso? —balbuceó mi padre arrancándome el periódico de las manos y rompiendo la página por la mitad—. ¿Tu hermana es una puta y tú no haces más que sonreír?
—Está claro que tenemos definiciones muy diferentes de la palabra «puta».
—Esa muñequita a la que te follas también lo es —me dijo—. Una putita rubia que va por mi casa enseñando las tetas, las piernas y hasta el agujero. Lo va pidiendo a gritos. Te lo digo yo, chaval, esa quiere que le echen un buen polvo…
Sus palabras se interrumpieron cuando le di un puñetazo en la cara.
—¡Mantén los putos ojos lejos de ella!
—¿Los ojos? —Echó la cabeza hacia atrás y se rio a carcajadas—. No son los ojos lo que le voy a acercar la próxima vez que la vea.
Y con eso fue suficiente para echar por tierra muchos meses de duro trabajo y autopreservación. Perdí los putos papeles en el acto; me abalancé sobre mi padre, dando y recibiendo puñetazos a la vez, y nos estrellamos contra la mesa de la cocina, tirando las sillas mientras nos peleábamos.
—¿Era virgen antes de que se la metieras, chaval? —preguntó para seguir atormentándome—. ¿Te la manchó de sangre? ¿Pero qué estoy diciendo? —se rio con crueldad—. No tienes nada entre las piernas que puedas meterle.
—Te voy a matar —rugí forcejeando contra la fornida mano que me había echado al cuello mientras me golpeaba la cara con el puño—.
Si se te ocurre ponerle una mano encima…
—Conseguí zafarme de él y lo empujé con todas mis fuerzas, impulsándonos a los dos hacia delante hasta que sus piernas cedieron y nos caímos al suelo—.
Si vuelves a mirar a mi novia… —bramé con los puños en alto—.
Si respiras demasiado cerca de ella, ¡tendrán que sacarte de esta puta casa en una bolsa para cadáveres!
—¡Joey! —oí la voz de mi madre y, al levantar la vista, me la encontré parada en la puerta de la cocina, aferrada a su redondo vientre y mirándome como si yo fuera el monstruo de la historia—. Suelta a tu padre.
El cabronazo que tenía debajo fue listo y dejó caer las manos a los lados, fingiendo ser inocente mientras gemía de dolor.
—¡Me va a matar, Marie!
—¡Suelta a tu padre! —repitió mamá endureciendo el tono mientras entraba tambaleándose en la cocina—. Y sal de mi vista antes de que diga algo que los dos tengamos que lamentar.
Indignado, le solté la camisa y me puse en pie. Con los nudillos manchados de sangre, señalé a mi madre con el dedo y sentencié:
—Eres tonta si no ves que eres la siguiente.
Me fui de la cocina y subí los escalones de dos en dos.
Cogí un buen trozo de papel higiénico del baño antes de entrar en mi cuarto hecho una furia dando un portazo detrás de mí.
Después de quitarme hasta los calzoncillos, porque ese hombre había tocado mi ropa, me senté al borde de la cama.
Apoyé los codos sobre los muslos, me desplomé hacia delante y presioné el papel contra mi boca.
Si en ese momento hubiera podido arrancarme la piel de los huesos, lo hubiese hecho. No quería que acercara sus manos a mi cuerpo. Joder, no podía soportarlo.
—¿Joe? —La puerta de mi habitación se abrió y vi a mi hermana de pie en el umbral—. ¿Estás bien?
—Estoy genial, Shan —contesté limpiándome la sangre de la boca—. Deberías irte a la cama.
—Estás sangrando.
«No me digas».
—Es solo un labio partido. —Impaciente, y bastante harto ya de toda esa gente, farfullé—: Vete a tu cuarto.
No se movió.
Se quedó en el puerta hasta que cedí y di unas palmaditas sobre el colchón a mi lado, ofreciéndole lo que necesitaba.
—Lo siento —dijo con voz ahogada corriendo hacia mí—. Lo siento mucho —siguió sollozando mientras me rodeaba los hombros con sus bracitos, poniendo más peso sobre mí del que podía soportar.
Parecía que mi vida era un bucle infinito de repeticiones, con reposiciones de la misma escena, el mismo dolor, día tras día, año tras año, hasta que me rompió. Aun así, me esforcé en consolar a mi hermanita y asegurarle que no había sido culpa suya, lo cual era cierto.
Esa noche no era culpa de Shannon.
Ninguna de las otras noches de nuestro pasado lo habían sido.
Todas eran culpa de ellos.
Todas.
Tras calmarla unos cuantos cientos de veces, perdí toda esperanza de tener algo de tiempo para mí mismo. Los temblores que la atravesaban me indicaban que no se iba a ir de mi cuarto.
«Me cago en mi vida».
Le cedí la cama y me quedé con el suelo, donde me instalé para pasar la noche mientras el tema de conversación (igual que la atención de mi hermana) cambiaba de nuestro padre a un chico hacia el que ella se empeñaba en fingir indiferencia.
Johnny Kavanagh.
Cuando me dijo que él era el responsable del golpe que había recibido aquel primer día, sentí que algo se relajaba en mi interior.
Porque por fin tenía la confirmación de que lo que le había ocurrido no había sido más que un accidente.
Ese tío era casi mecánico en su rigidez; sus modales eran impecables.
La Academia había hecho de él un perfecto caballero.
De ninguna manera iba a arriesgar un futuro tan brillante como el suyo por un comportamiento infantil.
Olía sus trolas a la legua cada vez que negaba sus evidentísimos sentimientos, y sonreía mientras la escuchaba divagar sobre el chico que probablemente era su primer amor.
Como uno de esos hermanos mayores gilipollas que nunca había querido ser, me descubrí a mí mismo advirtiéndola, pero no porque no quisiera que encontrara a alguien.
Claro que quería.
Lo que no quería era que se hiciera ilusiones con un tío que tenía un futuro tan imponente como el de Johnny Kavanagh. No me cabía la menor duda de que en unos meses ella solo lo podría ver por la tele y, a riesgo de ser un gilipollas protector, no me apetecía que le hicieran daño a mi hermana.