Rey de la gula (Pecados 6) 30. Dos rayitas rosas
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30. Dos rayitas rosas

DOS RAYITAS ROSAS

Aoife

Cuando llegué a casa del trabajo el martes por la noche, mi madre estaba sentada en su cama, doblando calcetines, y lo único que quería era hacerme una bola en su regazo y romper a llorar.

Con el estómago revuelto, merodeaba por la puerta de la habitación tratando inútilmente de encontrar las palabras que expresaran lo aterrorizada que me sentía en ese momento.

—¿Vuelves para el siguiente asalto? —preguntó mi madre desviando un segundo la mirada hacia mí en referencia a la monumental bronca que habíamos tenido esa misma tarde porque había entrado en mi cuarto sin avisar—. ¿O por fin estás preparada para decirme qué te pasa?

«Mamá, tengo miedo».

«Mamá, tengo un problema».

«Mamá, necesito un abrazo».

—¿Qué te preocupa, Aoife? —me presionó con los ojos llenos de preocupación—. Llevas diez minutos parada en la puerta; es evidente que estás intentando armarte de valor para decirme algo. Desembucha.

—Yo… —No me salían las palabras, así que sacudí la cabeza y lo volví a intentar—. Yo…

De nuevo, no pude hablar.

—Lo siento —logré musitar finalmente con voz contenida. Tenía las mejillas ruborizadas, me ardía la piel y el palito de plástico que llevaba en el bolsillo del abrigo me había provocado un paro cardiaco—. Por haberme puesto como una fiera antes.

—Tú no eres así, mi amor.

—Ya lo sé.

—¿Es por Joey? —preguntó dejando a un lado un par de calcetines y centrando en mí toda su atención—. ¿Volvéis a tener problemas? Porque yo pensaba que ya os habíais arreglado.

—Así es —contesté lanzando un profundo suspiro—. Estamos bien.

Mamá frunció el ceño.

—Entonces ¿a qué viene esa cara tan triste?

—Es que… Yo… —Sacudiendo la cabeza, me aclaré la garganta y murmuré—: Estoy cansada. Muy cansada, mamá.

—¿Seguro que es solo eso? —No parecía convencida—. Porque ya sabes que puedes contarme lo que quieras.

—Seguro.

Obligándome a sonreír, asentí con la cabeza y me fui derecha a mi cuarto.

Cerré la puerta detrás de mí, me dirigí hacia la cama y me metí debajo de las sábanas, completamente vestida, con zapatos y todo.

Con el edredón por encima de la cabeza, saqué lentamente el test de embarazo del bolsillo de mi abrigo. Había tardado veinticuatro horas en reunir el valor para usarlo.

Las dos flamantes rayitas rosas del cuadro indicador no se habían desvanecido ni un ápice desde que esa noche habían aparecido por primera vez en el baño del trabajo.

Y ahí estaba.

Mirándome directamente a la cara.

Mi vida se había acabado.