29. Cambios de humor y señor rugby
CAMBIOS DE HUMOR Y SEÑOR RUGBY
Joey
Esa semana estaba siendo de lo más rara: algunas de las mujeres que me rodeaban se comportaban de un modo extrañísimo.
Molloy, que no se había quedado sin nada que decir ni un solo día en su vida, apenas me había dedicado unas frases desde el día anterior, y su partenaire , que también había sido bendecida con el don de la palabra, había hablado aún menos.
Cuando el instituto acababa, le faltaba tiempo para alejarse de mí, y se iba farfullando cualquier parida sobre una cita con su peluquera antes de evaporarse en su coche con su amiga al lado.
Yo no era idiota.
Estaba claro que la había cagado en algún momento entre la mañana del día anterior, al dejarla en la puerta del vestuario para la clase de Educación física, y ese mismo día, pero me estaba costando saber en qué exactamente.
Había conseguido contenerme en Educación física y no hacer que me expulsaran.
Joder, hasta me había escabullido de la clase de Construcción para pillarle un paquete de Rolo en el quiosco.
Es cierto que a la hora del almuerzo me había ido con los chicos detrás del cobertizo, como hacía siempre, pero me había fumado un cigarro, no el porro perfectamente liado de Rambo Regan, por tentador que hubiera sido.
En definitiva, me parecía que los dos primeros días de instituto de la semana habían sido productivos.
«Ni siquiera me habían castigado».
Sin embargo, la forma en la que Molloy había salido disparada en dirección contraria a la mía en cuanto había sonado el timbre el día anterior, igual que había hecho ese mismo día, y los dos mensajes de texto a los que no me había contestado eran una señal inequívoca de que en algún momento yo la había cagado a lo grande.
—No sé qué decirte, Trish —dijo Tony entrando a la oficina con el móvil pegado a la oreja—. Hablaré con ella cuando llegue a casa. Sí, vale. Adiós, adiós…
Cortó la llamada y soltó un gruñido de cansancio.
—¿Todo bien, Tony?
—No lo sé, Joey, la verdad es que no lo sé —refunfuñó metiéndose de nuevo el teléfono en el bolsillo—. Hoy parece que le hayan echado algo al agua.
—¿Por qué lo dices? —pregunté girando la cabeza hacia atrás para mirarlo mientras añadía azúcar en dos tazas de café.
—Mi mujer —contestó con el ceño fruncido cogiendo la taza que yo le tendía—.
Es la cuarta vez que me llama hoy para quejarse.
Cuando no es el perro cagándose en el parterre, es un grifo que gotea, los calcetines que he dejado tirados en el suelo de la habitación o esa jovencita nuestra dando portazos y poniéndose contestona.
—¿Aoife?
Tony asintió con la cabeza y le dio otro sorbo al café.
—Al parecer, está en pie de guerra desde ayer.
Lo sabía. Joder, sabía que estaba de mal humor.
—¿Los martes no tiene turno de tarde en el pub?
Dijo que sí con la cabeza.
—Según Trish, por poco no arranca la puerta de las bisagras cuando se ha ido a trabajar.
—¿En serio?
—Joey, déjame darte un consejo —apuntó—. No te acerques a mi casa esta tarde. Me parece que las dos mujeres que viven allí están que se suben por las paredes.
—Madre mía… —murmuré frotándome el mentón.
—Buen chico —afirmó apretándome el hombro en señal de aprobación—. Es mejor poner tierra de por medio cuando una de mis chicas está a punto de estallar.
Me invadió la inquietud, seguida por una oleada de preocupación. Molloy me lo contaba todo.
Ella no funcionaba así. Cuando tenía un problema, yo era el primero en saberlo, sobre todo porque el problema solía ser yo.
—Voy a la parte de atrás a fumarme un cigarro —le dije a su padre cogiendo el teléfono de la encimera antes de dirigirme hacia la puerta.
—No lo hagas, hijo.
—¿El qué?
—Ponerte en el ojo del huracán llamando a mi pequeña —señaló detrás de mí con una risita—. Según me han contado, te engullirá por completo sin pensárselo dos veces.
Madre de Dios.
Aun así, como me va la marcha, salí a la parte de atrás, me encendí un cigarrillo y marqué su número, obviando la docena de mensajes que me había enviado Shannon.
Mi hermana podía esperar. Esta vez iba a darle prioridad a mi novia. Cuando oí los tonos, pero la llamada acabó en el buzón de voz, mi preocupación fue en aumento. Volví a marcar, me puse el teléfono en la oreja y le di una profunda calada al cigarro.
Me contestó después de cinco tonos.
—¿Hola?
—Soy yo.
—Sí, ya lo sé. —Hablaba con voz entrecortada—. He visto tu número.
—¿Qué te pasa? —le pregunté sin rodeos—. Estás cabreada. —No tenía sentido irse por las ramas—. Dime por qué.
—Nada. —Lanzó un suspiró al otro lado de la línea—. Todo va bien.
—No me trates como si fuera gilipollas. —Di otra calada, exhalé una nube de humo y dije—: Sé que pasa algo, Molloy.
—Joe.
—Dímelo.
—No pasa nada.
—Mentirosa.
Tras una larga pausa, a mis oídos llegó un sonido de cubiertos antes de volver a oír su voz al otro lado del teléfono.
—Oye, tengo que irme. Estoy en el trabajo.
—¿A qué hora acabas?
—A las diez y media —dijo con un hilo de voz.
—Te acompaño a casa.
—Tengo el coche.
—Vale. Iré caminando hasta el pub y te llevaré a casa en coche.
—Tú acabas a las nueve.
—Esperaré.
—Joe, necesito una noche para mí —dijo con tono fatigado—. Yo… Mira, simplemente la necesito, ¿vale?
—¿Estás enfadada conmigo? —pregunté aborreciendo la sensación de impotencia que me comía por dentro—.
¿He hecho algo que te ha molestado? —Ahogué un gruñido antes de preguntar—: ¿Te has mosqueado porque no hice nada cuando Ricey te tumbó ayer en Educación física?
Porque es lo que yo hubiera querido, Molloy.
Estaba más que preparado para darle una buena paliza por haberte puesto las manos encima.
—¿Estás de coña? No, estoy muy orgullosa de ti por no haber reaccionado mal.
Fue solo un empujón sin importancia, y te juro que no has hecho nada, ¿vale?
—aseguró para tranquilizarme—. Te quiero, Joe.
No estoy enfadada contigo, te lo prometo.
Es solo que estoy lidiando con algo y necesito la noche para mí.
—Te quiero —me oí admitir en tono grave—. ¿Me oyes? Te quiero, Molloy.
—Ya lo sé, Joe —repuso con una voz rebosante de emoción—. Te veo mañana en el instituto, ¿vale?
—Sí. —Bajé la cabeza—. Vale.
—Adiós, semental.
—Adiós, reina.
—Así se empieza —se burló Tony uniéndose a mí en la parte de atrás—. Sigue consintiendo así a esa hijita mía y verás el problemón en el que te metes, muchacho.
«Ya me he metido en un problema».
—Bueno, la verdad es que quiero una vida tranquila, Tony —respondí encogiendo los hombros mientras le daba otra calada al cigarro y revisaba el móvil. Conté al menos veinticinco mensajes de Shannon que decían: «Llámame»—. ¿Qué coño pasa ahora?
—¿Algo va mal?
—Mi hermana —le expliqué marcando su número mientras otro tipo de pánico se apoderaba de mí—. Me va a reventar el teléfono a mensajes.
—¿Se encuentra bien?
—¡Shannon! —dije cuando por fin contestó—. ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo en el instituto?
El nudo que tenía en la boca del estómago dejaba claro que sí. La presión arterial me subía a un ritmo vertiginoso y tuve que tomarme un segundo para poder volver a hablar.
—Si uno de esos putos pijos te ha hecho algo, se me…
—Estoy bien. Estoy bien. Tranquilízate. He perdido el autobús y el próximo no pasa hasta las diez menos cuarto de la noche —me explicó al otro lado de la línea con una voz extrañamente calmada para alguien que me había reventado el móvil a mensajes.
¿Le habían hecho daño?
Parecía que no.
¿Estaba mintiendo?
Era casi imposible saberlo.
—Ya está oscuro y no quiero ir andando por si… —Hizo una pausa, y entonces oí unos crujidos antes de que volviera a hablar—. ¿Estás con Aoife? ¿Podéis venir a recogerme? Me he quedado tiradísima, Joe. No te lo pediría si no estuviera desesperada.
—Trabajo hasta las nueve —me oí decir presionándome el palmar inferior contra la frente—. Y Aoife trabaja hasta las diez y media los martes. —Tampoco es que le fuera a pedir a la chica que me acababa de decir que necesitaba espacio que fuera a recoger a mi hermana—. ¿Has probado con mamá?
—Trabaja en el turno de tarde. Y no voy a llamar a papá.
—¡No! Por Dios, no lo llames —convine moviendo la cabeza hacia los lados—. Mira, cuelga y dame unos minutos. Llamaré a algunos de los muchachos, a ver si alguien puede ir a recogerte. —Seguro que Podge o Alec la llevan a casa por mí—. Te llamo en unos minutos.
—No, no lo hagas —se apresuró a decir—. El centro permanece abierto hasta tarde. Puedo esperar aquí hasta que llegue el autobús… No, no, no pasa nada.
Fruncí el entrecejo.
—¿Qué?
—No tienes que hacerlo —señaló hablando con otra persona.
—¿Hacer el qué? —Me picó la curiosidad y luego miré a Tony, que ni siquiera se molestaba en fingir que no estaba escuchando la conversación. De hecho, se había acercado un poco—. ¿Shan? ¿Qué es lo que está pasando? ¿Con quién estás hablando?
—Oh… Eh… Solo un chico del instituto.
—¿Un chico? —Las cejas de Tony subieron a la vez que las mías—. ¿Qué chico?
—Solo un chico que conozco —repuso toda tímida y esas mierdas—. De verdad, no pasa nada. No tienes que llevarme a casa.
— ¿Llevarla a casa? —dijo Tony moviendo los labios en silencio mientras señalaba el teléfono—. Pero si es una cría .
— Lo sé —contesté de igual forma antes de volver a centrarme en mi hermana—. Espera, ¿quién te lleva a casa, Shannon? ¿Por qué estás hablando con tíos lo bastante mayores como para llevarte a casa?
— Dile que tiene quince años —le leí en los labios a Tony mientras levantaba los pulgares.
—¡Tienes quince años! —me oí decir sintiéndome un puto hipócrita.
Si ese hombre supiera la mitad de las cosas que yo hubiera querido hacerle a su hija cuando tenía quince años, se cagaría en todo.
—Sé la edad que tengo, Joey —me espetó Shannon, y yo arqueé una ceja al oír la extraña chispa de fuego que reflejaba su voz—. Mira, relájate. Esperaré aquí hasta que llegue el autobús.
Sí, por los cojones.
No me había caído de un guindo.
«Y, si se parece algo a ti, no va a sentarse precisamente en el asiento de delante».
Mierda.
—Que se ponga al teléfono —le ordené encogiéndome de hombros.
—¿Qué? —preguntó Shannon—. ¿Quién?
—El chaval que es solo un chico al que conoces y que tiene coche.
—¿Por qué?
—Porque quiero hablar con él.
—¿Por qué quieres hablar con él?
Le eché a Tony una mirada de complicidad y dije:
—Porque quiero hablar con el cabrón que se ofrece a llevar a mi hermanita a casa en su coche, por eso.
Tony asintió con la cabeza en señal de aprobación.
—Hola, soy Johnny —soltó una voz masculina con un marcado acento de Dublín al otro lado del teléfono unos instantes después.
— ¡No es ningún chico! —articuló Tony con los labios en tono acusador, todavía boquiabierto ante el teléfono—. ¡Joder, esa voz es de hombre!
— Lo sé —le respondí—. Calla y déjame pensar.
Tony acató mis palabras alzando los brazos.
—Johnny —acerté a decir fríamente esforzándome por usar mi voz más amenazante—. He oído que conoces a mi hermana.
—Sí, conozco a tu hermana —contestó con una educación exquisita.
—¿Y eres solo Johnny del Tommen o tienes apellido?
—Kavanagh.
—¿El jugador de rugby? —preguntamos Tony y yo al unísono.
—Sí, soy yo.
— Me cago en la puta —musitó mi jefe moviendo los labios con los ojos muy abiertos por la emoción—. ¿El tío de la Academia?
Si ese cabrón importante había encontrado un hueco en su apretada agenda para llevarla a casa es que mi hermanita había hecho algo más que ir saludando con la mano por el Tommen. Y eso podría provocar un puto tsunami.
—Vi tu último partido con los cadetes —me oí decir—. Estuviste impresionante.
—Gracias. Fue un gran partido en todos los sentidos —contestó hablando otra vez con esa puta finura.
—En mayo harás la gira de los juveniles con la selección irlandesa, ¿no?
—Probablemente.
— Pídele algunas entradas —dijo Tony moviendo los labios de forma exagerada mientras me daba un codazo.
— No puedo hacer eso —le respondí lanzándole una mirada asesina.
— Hazlo.
— No.
— Pídeselas.
— Que no.
— Hazlo por tu jefe.
— No.
— Vale. Entonces hazlo por tu futuro suegro.
Me quedé boquiabierto.
Él me sonrió.
—Eh… ¿Podrías conseguirme algunas entradas? —Cerré los ojos en cuanto esas palabras salieron de mi boca, sintiéndome gilipollas por habérselo pedido—. El padre de mi novia es muy fan.
—Claro, veré qué puedo hacer —respondió como si fuera algo que le preguntaran a diario—. Pero solo partidos en casa, y las entradas no salen a la venta hasta mayo. Aunque no debería haber ningún problema.
— ¿Qué ha dicho?
Asentí con la cabeza.
— ¡Toma ya! —Sonriéndome, Tony levantó ambos pulgares—. Siempre he sabido que merecías la pena.
Poniendo los ojos en blanco, volví a centrarme en la llamada telefónica.
—Eres consciente de que tiene quince años, ¿no? —dije con tono serio—. Mi hermana, Shannon. Solo tiene quince años. Así que espero que no te hayas hecho una idea equivocada porque es una buena chica.
—Soy muy consciente de ello —fue su gélida respuesta y, por primera vez, oí cómo se resquebrajaba esa puta cortesía exterior. Y no, yo no… Somos…, eh…
—¿Amigos? —propuse en tono jocoso.
—Sí —contestó con voz nerviosa—. Somos amigos.
Sonreí de satisfacción.
—¿Solo amigos?
—Obviamente.
—¿Qué tipo de licencia tienes?
—Tengo el carnet.
—¿Tu coche es seguro?
—Sí.
—¿Qué edad has dicho que tenías?
—Diecisiete.
—Así que eres mucho mayor que ella.
—Lo sé —respondió antes de añadir—: Lo pillo.
—Eso espero, porque hay mucha diferencia entre una chica de quince años como ella y un tío de diecisiete de tu posición.
—Sí —soltó sin echarse atrás ni rescindir la oferta—. Sé la diferencia.
—Vale, Señor Rugby, pues toda tuya —dije encogiéndome de hombros—. No la vayas a matar en ese coche que tienes, ¿me oyes?
«Y, por lo que más quieras, no le hagas daño».
—No lo haré —lo oí decir antes de cortar la llamada.
—Joder, Tony, muchas gracias —señalé deslizándome el teléfono en el bolsillo—. El chaval se ofrece a llevar a mi hermana a casa y yo acabo gorroneándole entradas para un partido.
Mi jefe se echó a reír.
—Bueno, ya sabes que, si al final nos trae las entradas, te dejaré venir conmigo.