28. Haciendo cálculos
HACIENDO CÁLCULOS
Aoife
—¿Te acuerdas de esa fiesta en una casa a la que fuimos en Año Nuevo?
—le susurré a mi mejor amiga al oído haciendo corrillo durante el almuerzo, con las cabezas inclinadas sobre la mesa y la comida intacta—.
¿La que organizaron los chicos del Tommen antes de que acabaran las vacaciones de Navidad?
—Sintiendo que la frenética bestia peluda del pánico me atacaba por dentro, añadí—: Esa noche bebí un montonazo y estuve hasta el día siguiente echando la pota. Es lo único que se me ocurre.
—¿Y Joey? —preguntó acercándose a mí—. ¿Estuviste con él esa noche?
—Sí. —Ruborizada, dejé ir un suspiro—. Tuvimos un sexo de reconciliación espectacular y el resto del fin de semana volvimos a estar juntos bastantes veces.
—¿Se puso condón?
Negué con la cabeza.
—Mierda. —Casey soltó una exhalación—. Eso no está bien, Aoife.
—Pero no me olvidé de la píldora —traté de defenderme—. Me la tomé a la misma hora los dos días.
—En este caso da igual.
—No digas eso, Case —dije muy bajito cogiéndole la mano—. Por favor, no digas eso.
—Lo siento —susurró apretándome la mano—. No quiero hacerte sentir mal, pero tampoco puedo mentirte. —Me miró con preocupación—. La cosa no pinta bien, cariño.
—Ay, Dios… —Con la respiración agitada y mordiéndome el labio, pregunté—: ¿El vómito? ¿Crees que es eso lo que habría podido pasar?
Por la mueca que hizo, estaba claro que pensaba que sí.
—No puedo estar embarazada. —Los ojos se me llenaron de lágrimas y sacudí la cabeza, totalmente sorprendida—. No puede ser.
—Todo saldrá bien.
—¿Cómo? —pregunté sofocada notando que se me estrechaba la tráquea—. ¿Cómo puede salir bien esto?
—Pues va a ser así —me aseguró con una expresión tan cargada de incertidumbre como la mía—. Iremos a la farmacia después del instituto y conseguiremos un test, así al menos lo sabrás con seguridad.
—No quiero saberlo.
—Pero tienes que saberlo, Aoife.
—No. —Dejé caer la cabeza entre las manos y cerré fuerte los ojos mientras las lágrimas me humedecían las pestañas—. No.
—Tranquilízate —me dijo poniéndome una mano sobre la espalda—. Saldremos de esta.
—Case —gimoteé respirando con dificultad—. Mañana es 1 de marzo. Si lo que tuve el mes pasado no fue la regla, entonces…
—¿Mañana haría nueve semanas? —suspiró profundamente y me frotó la espalda haciendo suaves movimientos circulares—. Sí, Aoife, ya había hecho los cálculos.
—Esto no puede estar pasando —sollocé al borde de la náusea mientras me presionaba los ojos con la parte inferior de las manos—. No está pasando…
—¿Qué pasa, Molloy? —preguntó una voz dolorosamente familiar; luego, el cuerpo se me tensó cuando Joey se sentó en la mesa frente a mí—. ¿Se les habían acabado los Rolo en el quiosco?
Obligándome a apaciguar los nervios y mirarlo a la cara, me recliné en la silla y sonreí sin mucha convicción.
—¿Cómo lo sabes?
Me tiró un paquetito en el regazo y me guiñó un ojo.
El corazón me dio un vuelco al ver lo que era.
—Joe. —Parecía que tenía serrín en la garganta—. Qué bonito…
Él puso los ojos en blanco por mi excesivamente dramática reacción a su ternura y se centró en sus amigos, que se estaban uniendo a nosotras en la mesa.
—Qué va, joder —soltó Alec riéndose de algo que había dicho Podge—. Ahora mismo no tiene ni la más remota posibilidad de jugar en juveniles.
—Te lo digo yo, tío, tiene un pie dentro para la gira de verano —insistió Podge zampándose un sándwich mientras discutían sobre un jugador de rugby—. Incluso puede que vaya con la selección absoluta.
—Ni de coña —sostuvo Alec tirando una bolsa de patatas sobre la mesa—. Es más joven que nosotros. —Girándose hacia Joey, preguntó—. ¿Tú qué crees?
—Ya sabes lo que pienso de Kavanagh —dijo mi novio encogiéndose de hombros—. Se va a forrar.
—Gracias —contestó Podge antes de volverse hacia Alec con expresión engreída—. No tengo nada más que añadir.
Casey extendió el brazo, me apretó la mano para tranquilizarme y articuló las palabras «Todo irá bien» con los labios.
No pude devolverle su reconfortante sonrisa. Apenas podía respirar. Mientras miraba alternativamente a mi mejor amiga y a mi novio, sentía que las paredes del comedor se estrechaban a mi alrededor.
«Esto no está pasando».
«No puede estar pasando».
Pero ahí me encontraba, asomándome a lo innombrable y al borde del colapso mental.
—Hey. —La voz de Joey me sacó de mis frenéticos pensamientos y sentí que me cogía la barbilla con los dedos y me giraba la cara hacia él—. ¿Estás bien, reina?
—Sí. —Con un suspiro entrecortado, apoyé la mejilla en su mano, presa del pánico y de la calidez de su tacto en mi piel—. Todo va bien, semental.
Sus verdes ojos, cristalinos y concentrados, rebosaban de un afecto no disimulado.
Su forma de mirarme estaba a años luz de cómo me miraba antes. Era evidente que confiaba en mí. Ya no intentaba ocultar sus sentimientos, y ver todo eso reflejado en sus ojos no hacía más que acrecentar el nudo que se me había formado en el estómago.
Se volvió hacia sus amigos; charlaba y se reía, pero mantuvo la mano en mi mejilla mientras me seguía el contorno de mi mandíbula con el pulgar. Agradecí mucho su contacto.
Acercándome más, apoyé la otra mejilla sobre el lateral de su cuerpo y cerré bien los ojos, inhalando su aroma y sintiéndome reconfortada por su inconmensurable fortaleza.
«En ese momento, al menos».
Porque sabía que en cuanto se lo contara a Joey, en cuanto le comunicara su mayor miedo, todo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo saldría volando por los aires.
Su confianza.
Su comunicación.
Su sobriedad.
«No».
Apreté aún más fuerte los ojos y reprimí la necesidad de llorar.
«No podía dejar que eso ocurriera».