Rey de la gula (Pecados 6) 27. No me hagas favores, gilipollas
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27. No me hagas favores, gilipollas

NO ME HAGAS FAVORES, GILIPOLLAS

Joey

Estábamos haciendo los equipos en Educación física cuando Molloy por fin decidió honrar al resto de la clase con su presencia.

Preciosa con su casco y su larga coleta balanceándose al compás de sus movimientos, entró rápidamente al campo, con el hurley en la mano y Casey persiguiéndola.

—Aoife —dijo el cabrón de Ricey, eligiendo a mi novia para su equipo.

Ignorándolo por completo, Molloy se dirigió directamente hacia mi equipo, lo que levantó algunas risas y vítores a costa de su exnovio, además de la mirada asesina de Danielle, que se había vuelto a reunir con su equipo.

—Vale —aceptó con un bufido—. Casey, tú vas con nosotros.

—No —replicó Casey siguiendo el mismo camino que Molloy—. Voy con ellos.

—Entonces los equipos no son justos —se quejó Ricey fulminándonos con la mirada—. Así no se puede, joder.

—Aoife, al equipo de Joey —ordenó el señor Ryan—. Casey, al de Paul.

—Pero…

—No hay peros que valgan —bramó nuestro profesor—. Mueve el culo, Lordan. Venga.

—Ten cuidado —le advirtió Casey a Molloy antes de unirse a regañadientes a nuestros contrincantes.

Cuando todo el mundo tenía asignada su posición en el equipo, el profesor hizo sonar el silbato y la clase salió en fila al campo.

—¿Estás bien, Molloy? —pregunté chocando mi hombro contra el suyo mientras se unía a mí en el centro del campo, con una expresión totalmente distinta a la de la sonriente chica junto a la que me había despertado esa mañana.

—Sí, estoy bien, Joe —respondió de una manera que hacía pensar justo lo contrario mientras miraba al vacío, distraída.

—¿Seguro?

—Seguro. —Moviendo la cabeza hacia los lados, se colocó en su posición, flanqueándome mientras yo me ubicaba al frente para el duelo de hurleys—. Todo en orden.

—No te preocupes, Lynchy —se burló Ricey situándose junto a Molloy—. Me portaré bien con nuestra chica.

Sus comentarios le hicieron ganarse un golpetazo de hurley en la espinilla, cortesía de «nuestra chica».

—No me haga favores, gilipollas.

Sí, estaba claro que no necesitaba mi protección.

Mi chica se las apañaba muy bien en el campo.

Molloy tenía todas las cualidades y el temperamento necesario para convertirse en una hurler de primera. Con un hurley en la mano y esa pétrea expresión en el rostro, estaba más claro que el agua que Ricey estaba jodido.

—Aoife, deja de cargar el hombro contra mí.

—Paul, deja de ser un mierda.

—Sigue así y te patearé el culo.

—Inténtalo y te meto el hurley por el agujero del tuyo.

Ahogando una carcajada, volví a centrarme en Alec, el jugador a quien marcaba, y esperé a que el señor Ryan pitara el inicio del partido.

—Trátame bien —farfulló mi amigo cargando contra mí para ponerse en posición de superioridad física—. Tengo una resaca del copón, Lynchy.

—No te preocupes, Al.

El cuanto sonó el silbato y se lanzó la sliotar, me puse en marcha.

—He dicho que me trates bien —protestó Alec perdiendo el hurley al chocarlo contra el mío mientras yo aseguraba la posesión de la sliotar para nuestro equipo desmarcándome y echándome a correr—. ¡Chulo!

Media hora después, nuestro equipo iba ganando el partido y se había adelantado claramente en el marcador, lo que obligó al señor Ryan a tomar la decisión de hacer cambios en las posiciones.

—Joey, cámbiate por Alec.

—¡Vaya mierda! —exclamó Podge tirando el hurley al suelo—. Es nuestro mejor jugador, y ese puto holgazán de ahí apenas se mueve.

—¡Oye! Ya te he dicho que anoche no me sentaron bien las pintas —jadeó Al.

—Por eso —soltó Ryan—. Vamos a equilibrar un poco el partido.

—Me ofende, señor —dijo Alec sin resuello—. Tengo el agujero del culo como un anillo de cebolla volcánico. Tiene suerte de que haya podido ponerme el equipo.

—Paul, cubre a Alec —indicó nuestro profesor—. Joey, tú cubre a Aoife.

—¿Lo pone a cubrir a una chica? —soltó Podge indignado—. Por el amor de Dios, ¿cómo va a ser eso justo?

—No seas machista.

—No estoy siendo machista.

—Sí que lo estás siendo. El cambio es justo porque esa chica es su chica.

—¡Ah! —Los ojos de Podge se iluminaron—. Señor, retiro lo dicho. Es usted un genio.

—Ni se te ocurra ponérselo fácil a Aoife —me advirtió Ricey cuando pasaba corriendo por mi lado para colocarse junto a Alec.

—Que te follen —le respondí corriendo hacia donde se encontraba mi novia—. Molloy.

—Joey —me saludó—. Bonitos movimientos.

—Bonitas piernas.

—Si quieres volver a tenerlas envueltas a tu cintura, échate para atrás.

—Eso es chantaje —bromeé evitando por los pelos un hábil golpe de su hurley sobre mis espinillas.

—Hummm —susurró empujándome con el hombro—. Prefiero cuando jugamos con tu otro palito.

—Lynchy, ¡ojo!

Paul golpeó la sliotar en mi dirección y yo levanté la mano para cazarla al vuelo, pero no pude cumplir con mi objetivo porque Molloy me agarró por mi puta zona más precaria.

—Esa bola es mía, Joey Lynch —me advirtió apretándome los huevos lo suficiente como para hacerme saber que era capaz de más—. Y estas otras también.

—Joder —dije con voz ahogada levantando las manos en señal de rendición mientras mi némesis de pelo rubio se hacía con la pelota y pasaba zumbando a mi lado, riéndose con maldad.

Molloy logró recorrer unos quince metros por el campo antes de que un hombro chocara bruscamente con ella y la apartara de la pelota.

Dejándola aplastada sobre la hierba como a una tortita, Ricey recogió la sliotar y me la pasó. Si esa vez no atrapé la bola no fue porque estuviera distraído. Fue porque estaba demasiado ocupado quitándome el casco mientras avanzaba hacia ellos por el campo.

—Estoy genial —le decía Molloy a Casey, que parecía muy agobiada con lo ocurrido—. He dicho que estoy bien, Case. —Se agarró a la mano de su amiga, se puso en pie tambaleándose y se ajustó el casco, que se le había quedado torcido—. Tranquila, ¿vale? Estoy bien.

—¿A ti qué cojones te pasa? —rugí mientras me acercaba a ellos, cada vez más furioso—. ¡La has tumbado!

—¡Ha sido juego limpio! —exclamó Ricey retrocediendo unos pasos—. Además ¿de qué te quejas? —Sonrió con mezquindad—. Tú y yo estamos en el mismo equipo, ¿recuerdas?

—¡Déjalo, Joe! —gritó Molloy—. Estoy bien.

—No, no, no —intervino el señor Ryan acercándose rápidamente para bloquearme—. Joey, ya sabes lo que dijo el señor Nyhan. Es tu última oportunidad, hijo. No más peleas o te expulsará para siempre.

—Me importa una mierda —bramé empujando las manos que me sujetaban—. Lo ha visto. Ha visto lo que le ha hecho a Aoife.

—Tres meses. —El señor Ryan, que, me gustara o no, era mi profesor favorito, me imploró con la mirada que le escuchara—. Solo tienes que aguantar eso, Joe.

Entendía que su motivación para intentar mantenerme en el instituto estaba mucho más relacionada con el siguiente campeonato de hurling en el que íbamos a competir que con cualquier otra cosa.

Sin embargo, aparte de la señora Adams, él era el único profesor que había mostrado interés por mí en los seis años que llevaba en el Ballylaggin.

Me había defendido en muchas ocasiones en todo ese tiempo, y por eso lo respetaba.

—Has llegado muy lejos —continuó persuadiéndome mientras me sacaba lentamente del campo caminando de espaldas y me alejaba de posibles problemas—. Te ha ido muy bien desde Navidad. Estás a nada de acabar. No lo eches todo por la borda peleándote por una chica.

—No es una chica cualquiera —le dije con el cuerpo ardiendo de frustración y pasándome una mano por el pelo mientras él miraba hacia atrás por encima de su hombro hacia el lugar en el que Molloy se sacudía las briznas de hierba—. Como dijiste antes, es mi chica.

—Lo sé.

—Tú no sabes una mierda.

—Escúchame, Joey. Soy profesor. Los rumores y cotilleos que corren por los pasillos no me pasan desapercibidos —explicó con tono persuasivo—.

Lo sé todo sobre los continuos problemas que tienes con Rice.

Así que piensa en lo bien que le vendría a él que te expulsaran del instituto.

Le iría de perlas tenerte fuera del equipo y lejos de su camino.

Lo miré con severidad.

—¿Qué quiere decir?

—Que no le des el gusto a ese mierdecilla —respondió—. Está jugando contigo. No tiene nada que hacer contra ti en ningún sentido, así que está apretando el único botón que sabe con certeza que te hará liarla.

—Aoife.

—Aoife —confirmó con un suspiro cómplice—. No le des la razón, chaval. No le des esa satisfacción.