26. Siempre tengo cuidado
SIEMPRE TENGO CUIDADO
Aoife
—Tenemos que hablar —anunció Casey el lunes por la mañana plantada en medio del desértico vestuario de chicas del instituto mientras me fulminaba con la mirada.
Teníamos una clase doble de Educación física y yo, como siempre la última en salir, estaba sentada en el banco de madera intentando atarme los cordones de las botas de fútbol para alcanzar al resto de la clase.
Entretanto, Casey ya se había puesto toda la ropa de entrenamiento, que incluía una camiseta, unos pantalones cortos blancos de la asociación de hurling, calcetines y botas. Llevaba su hurley en una mano y su casco rosa (quién me iba a decir que lo vendían en ese color) en la otra.
—He intentado no meter las narices —añadió poniendo los brazos en jarras—. De verdad. Supuse que me lo dirías cuando estuvieras lista, pero es que ya empieza a ser muy evidente.
—Voy un poco perdida, Case —reconocí ajustándome los calcetines de fútbol antes de coger mi casco de hurling, un elemento indispensable en el armario de cualquier persona irlandesa en edad escolar.
—Oye. —Se sentó a mi lado en el banco y dejó el hurley y el casco en el suelo antes de cogerme la mano y darle un reconfortante apretón—. Sabes que te quiero, ¿verdad? —Me brindó una de esas sonrisas de apoyo—. Y no hay nada en el mundo que no me puedas contar.
—Obviamente.
—Bien. —Me volvió a apretar la mano—. Entonces, si necesitaras contar algo para desahogarte, me lo dirías, ¿no?
—¿De qué va todo esto, Case? —pregunté con el ceño fruncido por el desconcierto.
—Dímelo tú.
Me la quedé mirando sin comprender.
—No tengo ni idea.
—Venga, Aoife —insistió escudriñándome con lo que intuyo pretendía ser una mirada elocuente, pero que tan solo la hacía parecer psicótica—. No pasa nada. Soy tu mejor amiga. No voy a darte la espalda cuando más lo necesitas.
—¿Darme la espalda sobre qué? —dije riéndome en total confusión, pero a la vez entretenida.
—¿Lo sabe tu madre? —inquirió dejando escapar un suspiro—.
Supongo que Joe sí que lo sabe; lo doy por hecho.
¡Ay, Dios! ¿Lo sabe Katie? Porque entiendo que lo sepan Joey y tu madre, pero te juro que, si se lo has dicho a Katie Wilmot antes que a mí, me voy a pillar un rebote importante.
Me da igual que viva en la puerta de al lado.
Soy yo la que ha estado contigo desde el inicio de los tiempos, tía.
—Case, voy a necesitar que me expliques de qué leches me estás hablando, porque te aseguro que no te sigo, cariño.
Casey se me quedó mirando fijamente durante un buen rato antes de abrir como platos sus ojos azules y levantar las cejas.
—Claro que no lo saben —musitó llevándose una mano a la frente como si de repente tuviera migraña—. Porque tú tampoco lo sabes.
—¿Saber el qué?
—Aoife. —Mi mejor amiga se encogió de hombros con impotencia antes de decir—: Creo que podrías estar en estado de buena esperanza.
Cautivada por la comicidad de la expresión, me eché a reír a carcajadas.
—Aoife, te lo digo en serio.
—Ya lo sé —confirmé todavía entre risas—. Por eso me río.
—Aoife.
—Por Dios, no, Case. No estoy embarazada —afirmé sofocada mientras intentaba ponerme seria—. ¿Qué te ha hecho pensar eso?
—¿Cuándo tuviste la última regla?
La miré boquiabierta.
—¿Qué?
—La última regla —reiteró en tono serio—. ¿Cuándo te vino exactamente?
—Debe de estar al caer —contesté.
—No. —Hizo un gesto de negación con la cabeza—. No te toca.
—Creo que sé cuándo me tiene que venir la regla —repuse, ya a la defensiva, puesto que la gracia de la conversación se desvanecía por momentos.
—Eso te crees tú —farfulló presionándose las sienes con los dedos—. A ver, vamos sincronizadas desde primero. La tercera semana del mes. Como relojes.
—¿Y?
—Pues que o llevas dos semanas de retraso respecto a la del mes pasado o se te ha adelantado dos semanas este mes.
—Yo… No, eso no puede ser. —Moviendo la cabeza hacia los lados, metí la mano en mi mochila y cogí el móvil—.
Me tiene que venir el… —Pulsando frenéticamente los botones de mi nuevo y reluciente Nokia 3510i, el regalo de Navidad del amigo invisible que me había hecho la abuela Healy, busqué entre las notas del calendario mientras el pánico me subía por el pecho a toda velocidad—.
No tengo ningún retraso… ¡Gracias a Dios!
—Al encontrar lo que buscaba, exhalé un agónico suspiro, le pasé el teléfono a Casey y destensé el cuerpo con gesto de alivio—. ¿Lo ves?
—¿Qué me estás enseñando?
—Sabía que no tenía ningún retraso —dije señalando la nota que había guardado—. Hace un par de meses se me alteró el ciclo y me vino antes de tiempo, pero estoy bien, mira. La última me bajó el día 14.
—Sí, Aoife, de diciembre.
—¿Qué? —Sacudí la cabeza—. No, no, fue en enero.
—No, cariño —me corrigió dando toquecitos con una de sus largas uñas sobre la pantalla de mi móvil—. Fue en diciembre.
—No puede ser…
—Dime que el mes pasado te vino la regla… —me suplicó con un punto de ansiedad en la voz parecido al sentimiento que iba tomando forma en mi interior—. Aoife, por favor. Dime que…
—Sí, me vino —la interrumpí recuperando mi teléfono y comprobando como una loca todas las notas de calendario y los mensajes salientes que encontraba… sin conseguir nada—. Claro que me vino. La tuve a finales de enero… Solo que…
—¿Solo que qué?
—Bueno, fue rara —solté notando cómo me subía el nivel de ansiedad—. Tuve superpoca y solo me duró uno o dos días. Manché un poquito y luego desapareció.
—¡Virgen santa! —gritó Casey dándose un toque con la mano en la frente—. Eso puede haber sido el sangrado de implantación.
—¿¿Qué coño es eso?? —exigí saber con los ojos llenos de terror—. ¿Implantación de qué?
—¡Del puto nadador más fuerte de Joey! —me espetó Casey—. En serio, sé de lo que hablo. Es como una regla mínima en la que se mancha y te puede hacer creer que estás menstruando. A mi prima Lisa le pasó. ¿Te acuerdas de Lisa? ¿La de los gemelos?
—Sí, joder, sé quién es Lisa —gimoteé—. Pero eso no me va a pasar a mí.
—Tenías muchas cosas en la cabeza durante las Navidades. —Mi mejor amiga me miró con preocupación—. Ya sabes, con Joey desatado y todo eso. A lo mejor se te olvidó tomar una pastilla o algo así…
—¡Casey, no estoy preñada! —chillé sintiendo cómo un torrente de sangre se me subía a la cabeza a velocidad de vértigo.
El calor desbordaba mi cuerpo, inundándome las mejillas y haciéndome sentir la necesidad de salir corriendo a todo trapo para alejarme de esa conversación tanto como fuera posible—.
No lo estoy, ¿vale? No puedo estarlo. Y nunca se me olvida tomar la píldora. Nunca.
—Ya lo sé. —Se apresuró a decir extendiendo el brazo para poner su mano sobre la mía—.
Te creo. —Soltó una pesada exhalación antes de continuar—.
Lo único que digo es que Joey y tú estabais pasando por un montón de mierdas al empezar el año, y tu cabeza no estaba muy fina. Se te pudo haber olvidado.
—No —espeté rechazando cualquier otra idea—. No se me olvidó nada. Tengo cuidado, Case.
—¿Estabas tomando antibióticos? —sugirió entonces—. Porque algunos pueden interferir con la píldora y hacer que sea menos eficaz. Así es como mi madre me tuvo a mí.
—No —dije con un hilo de voz, sintiéndome débil—. Nada de eso.
—¿Estuviste enferma? ¿Tuviste algún virus?
—¡Casey!
—Porque se te ha ido la regla, llevas dos meses comiendo como una lima y no hay duda de que te han crecido las tetas… —Se le fue apagando la voz y me agarró el bajo de la camiseta—. Y, no te ofendas, cariño, pero parece que has ganado un kilito en la zona del bajo vientre.
—¡Déjame en paz! —grité levantando una mano—. Para ya, ¿vale?
—Intento apoyarte, Aoife —se defendió.
—¡Pues no lo hagas! —chillé—. He hecho todo lo que tenía que hacer, Casey. He seguido las normas. Esperé al tío adecuado. Me tomé mi tiempo. No olvidé la puta píldora. Se supone que esto no debería pasarme. En serio, todo esto es un tremendo error.
—Es posible —señaló con una mueca—. Pero quizá deberías plantearte pedir cita con el médico, porque, lo creas o no, Aoife, esto se parece mucho a…
—Chisss… No lo digas. Solo reza conmigo.
—¿A quién?
—A san Antonio —sollocé poniéndome de rodillas y juntando las manos—. ¿No es el santo al que se le reza cuando falta algo?
—Aoife, no creo que san Antonio pueda ayudarte a encontrar la regla que te falta.
—Nunca se sabe.
—El señor Ryan me envía para deciros que saquéis vuestros culos al campo ahora mismo —interrumpió Danielle entrando al vestuario—. Si no, os irá reservando un asiento en la sala de castigo para la hora de comer.
—Ya vamos —murmuró Casey, que no hizo ademán de moverse, con los ojos aún pegados a los míos.
—Ha dicho que ahora mismo.
—Ya vamos —espeté levantándome de golpe y corriendo hacia la puerta para dejar el tema todo lo atrás que pudiera.
—¡Aoife! —gritó Casey detrás de mí—. Espera.
No esperé.
Tampoco le contesté.
No podía.
El miedo me tenía paralizada.