25. Excursiones a por comida y conversaciones sobre el futuro
EXCURSIONES A POR COMIDA Y CONVERSACIONES SObrE EL FUTURO
Joey
Era domingo por la noche, Molloy, desnuda, dormía profundamente en mi cama con la cabeza apoyada sobre mi pecho y una pierna acomodada sobre mis muslos, y yo solo podía pensar: «Nunca llego lo suficientemente dentro de ella».
Era una sensación extraña, sobre todo porque no había pasado mucho tiempo fuera de su cuerpo desde la noche anterior, pero así me sentía.
Ella había puesto uno de sus CD de mezclas al azar para que sonara de fondo y, mientras escuchaba «Iris», de los Goo Goo Dolls, me di cuenta de que estaba pensando en algo a lo que nunca le había prestado demasiada atención.
El futuro.
Con un brazo detrás de la cabeza y el otro sobre su nalga, me quedé mirando fijamente al techo de mi cuarto, sumido en mis pensamientos.
Faltaban poco más de tres meses para los exámenes de acceso a la universidad.
Después, tendríamos que mantener una conversación en la que pondríamos las cartas sobre la mesa y decidiríamos si nuestros planes coincidían.
¿Encajarían sus planes de futuro con los míos?
Si no era el caso, ¿conseguiríamos que lo nuestro funcionara?
¿Querría ella que así fuera?
¿Y yo?
Había querido estar con ella desde que tenía doce años y, ahora que por fin era mía, no había tardado en darme cuenta de que nunca dejaría de quererla.
Solía sentirme como un insecto atrapado en la inexorable telaraña de mentiras que mis padres habían tejido alrededor de mi vida, pero ahora sabía que esa telaraña nunca había estado a la altura de la que Molloy había tejido alrededor de mi corazón.
También era dolorosamente consciente de que a principios de verano iba a nacer otro bebé.
«Otra Shannon».
«Otro Tadhg».
«Otro Ollie».
«Otro Sean».
Y, por mucho que me despreciara a mí mismo por ello, en el fondo sabía que no iba a ser capaz de volver a hacerlo. No podía criar a otro de sus hijos. Quería una vida propia. Más aún, quería una vida con la chica que dormía en mi cama.
Ella hacía bromas sobre anillos, bodas y bebés, pero yo no sabía si hablaba en serio…
ni si yo era capaz de darle algo así. No quería casarme ni tener hijos, pero me mataba pensar que podía acabar haciendo todas esas cosas con alguien que no era yo.
Pensar que dentro de unos años podría llevar el anillo de otro hombre en el dedo, o, peor aún, el hijo de otro hombre en el vientre, me quemaba por dentro.
En mi interior, sabía que todo se reducía a qué era aquello a lo que me parecía imposible renunciar. ¿Era capaz de casarme y tener hijos si en eso consistía su futuro? Tan solo sabía que no podía vivir sin ella. Eso no era una opción.
«Dios, esa chica me tenía bien pillado».
Cuando acabó la canción y se puso a sonar «Fade Into You», de Mazzy Star, noté cómo se agitaba contra mi pecho.
—Mmm… Me encanta esta canción. —Acurrucándose contra mí, me pasó un brazo por el abdomen y besó mi piel desnuda—. Te quiero.
Preguntándome cómo coño había conseguido, primero, estar con esa chica y, segundo, mantenerla a mi lado, incliné la cabeza para estudiarla.
Desnuda como el día en que nació y emanando ondas de satisfacción de su aura, Molloy no hizo ademán de cubrirse.
Cómoda con su cuerpo y con mis sentimientos hacia ella, arqueó la espalda como un gatito estirándose y dejó escapar un bostezo sexy y quejumbroso.
Su rubio cabello estaba diseminado sobre nuestros cuerpos, y yo me enrosqué un mechón en el dedo de forma distraída mientras reflexionaba sobre cuál iba a ser mi siguiente movimiento. Pero ella se me adelantó al declarar:
—Me ruge el estómago.
—¿Es esa tu manera de decirme que levante el culo de la cama y vaya a la tienda a comprarte algo?
—Pues sí —concedió acariciándome el pecho con la mejilla—. ¿Sabes qué me fliparía, Joe?
—¿Qué te fliparía, Molloy?
—Un polo Loop the Loop y una bolsa de patatas con sal y vinagre.
Cogí el teléfono y desbloqueé la pantalla.
—Son las diez y media.
—El Centra de Main Street está abierto hasta las once.
—¿Y no hay nada en la cocina con lo que te pueda tentar?
—¿Hay polos Loop the Loop y patatas de bolsa con sal y vinagre en la cocina?
Suspiré con resignación.
—Vale, deja que me levante.
—Eres el mejor. —Sonriendo victoriosa, se hizo un ovillo y suspiró de felicidad—. Puedes llevarte mi coche.
—Tenía claro que me lo iba a llevar —repuse poniéndome la ropa y cogiendo las llaves—. ¿Quiere algo más la reina?
—No, creo que eso es todo, mi noble corcel —me soltó sin más.
—Molloy, no soy un caballo.
—En la vida real, puede que no, pero, metafóricamente hablando, en la cama eres todo un semental.
—Que te den.
—Cuando quieras, semental. —Subió las cejas—. ¿Lo has pillado?
—Sí, me parto de risa. —Moví la cabeza hacia los lados y me metí la cartera en el bolsillo—. Cierra la puerta cuando salga. Vuelvo en media hora.
—Lo haré. Ah, y pregúntale a Shan si quiere algo —gritó mientras cerraba la puerta a mi espalda.
Llamé a la puerta que estaba junto a la mía.
—Entra —dijo mi hermana, y al empujar la puerta me la encontré sentada en la cama con las piernas cruzadas y los libros de texto frente a ella—. ¿Qué pasa, Joe?
—Voy a la tienda, ¿quieres algo?
—¿Ah, sí? —Me dedicó una sonrisilla—. ¿Dónde está Aoife?
—En mi cuarto.
Se puso el lápiz detrás de la oreja y hojeó las páginas de su libro.
—¿Se queda a dormir?
—Sí —contesté impaciente—. ¿Quieres algo de la tienda o no? Va a cerrar pronto.
—¿Por qué vas tan tarde a la tienda? —Me observó con curiosidad—. ¿Qué es eso tan importante que necesitas?
Tras decidir que sería más divertido vacilarle un poco que admitir que mi novia me había enviado a por comida, sonreí con picardía y dije:
—¿De verdad quieres que te lo diga?
—No —gimoteó profundamente asqueada por lo que le había dicho—. Lárgate.
Riéndome, cerré la puerta detrás de mí.
—Buenas noches, Shan.
—¡Ten cuidado! —me gritó mientras me iba—. Soy muy joven para ser tía.
—No te preocupes por eso —gruñí reprimiendo un escalofrío.
—¡Tampones! —La puerta de mi habitación se abrió hacia dentro y Molloy sacó la cabeza—. Tráeme también una caja de tampones, ¿vale, Joe? Estoy muy hinchada y me va a venir la regla en cualquier momento. No he traído ninguno en la bolsa y tu madre no tiene en el baño.
—¿Crees que Shannon…?
—No, ya se lo he preguntado alguna vez. Todavía no la tiene.
—Vale. —Adiós a mis planes para la semana siguiente—. ¿Quieres los palitos o las compresas?
—¿Palitos?
Encogí los hombros.
—Ya me entiendes. La caja azul de palitos. ¿Necesitas esos o las gasas que llevan pega por detrás?
—Lo que encuentres, Joe —respondió con una carcajada—. Eres el mejor.
Un tonto enamorado, eso es lo que era.
Joder, el viejo no iba mal encaminado: me tenía comiendo de su mano.