Rey de la gula (Pecados 6) 24. Siempre seré tuya
13%

24. Siempre seré tuya

SIEMPRE SERÉ TUYA

Aoife

La madre de Joey me ponía en pie de guerra, lo que me frustraba a varios niveles porque me habían educado para mostrar compasión por los menos afortunados.

Y lo cierto es que Marie Lynch merecía que se apiadaran de ella.

El problema era que, con la forma en la que trataba a su segundo hijo y su repugnante manera de favorecer a Shannon y a los chicos más pequeños, poco a poco había logrado desintegrar hasta la más mínima pizca de compasión que yo pudiera haber llegado a sentir por esa mujer.

Estaba enamorada de su hijo.

Joey era, en mi sesgada opinión, lo mejor que había salido del retorcido matrimonio entre Teddy y Marie Lynch, y el hecho de que su propia madre no fuera capaz de ver más allá de su brusco comportamiento me ponía furiosa.

Sin duda podía ser temerario e impulsivo, terco y de trato difícil, pero también era altruista y considerado, decidido y entregado. Su lealtad rayaba en la exageración y, aunque hacía todo lo posible por ocultárselo al mundo…, por Dios, tenía un corazón del tamaño de la luna.

El mayor error de mi novio, y ahí incluía también su adicción a las drogas, porque para mí ambas cosas estaban estrechamente relacionadas, fue ofrecerle fidelidad y amor incondicional a una mujer que nunca llegaría a merecerlos.

No me cabía la menor duda de que, a la mínima de cambio, Joey no tendría ningún reparo en echar a su padre a los leones (tanto física como metafóricamente) y luego pasárselo en grande meando sobre su tumba.

Teddy Lynch era escoria, un cabrón despreciable sin un solo hueso redimible en su cuerpo, pero no era el progenitor del que Joey no podía alejarse.

Marie era la única con acceso a ese privilegiado pedestal y, en vez de hacer lo que debía con respecto a Joey (a todos sus hijos), se empeñaba en mantenerlo encadenado a esa casa.

Teddy era la casa en la que estaban atrapados, y Marie era la llave que se negaba a girar en la cerradura para liberarlos.

Porque, a pesar de sus defectos, Joey Lynch tenía los principios de un buen hombre.

Su código moral jamás le dejaría abandonar a sus hermanos, y su lealtad nunca iba a permitirle abandonarla a ella.

Así que, en cuanto a la compasión que podía sentir por Marie Lynch, yo era el desierto del Sáhara. Ni una gota.

Sacudí la cabeza para despejar la mente, esbocé una radiante sonrisa y seguí a Joey hasta la cocina, impresionada por el esfuerzo que sabía que había tenido que hacer para dejarme entrar.

El ambiente que se respiraba en esa casa era siempre maligno y carente de alegría.

Cada vez que cruzaba el umbral, el peso de la ansiedad se instalaba sobre mis hombros, pero para mí era importante que Joey supiera que lo aceptaba en todas sus facetas.

No tenía nada de lo que avergonzarse, y nunca hizo falta que me ocultara nada.

Su familia estaba sentada alrededor de la mesa de la cocina cuando entré, y la frialdad que sus padres solían mostrar hacia mí me pareció especialmente ártica esa noche.

—¡Hola, Aoife! —canturrearon a la vez Tadhg y Ollie, mientras Shannon me brindaba un tímido saludo con la mano antes de agachar la cabeza y fijar los ojos sobre la mesa.

El pobrecito de Sean no dijo nada, pero, por el tamaño de sus ojos, era evidente que estaba bastante confundido. «Y asustado».

—Hola, chicos —respondí obligándome a sonreír y a controlar mis sentimientos mientras mantenía la espalda pegada a la nevera y los ojos clavados a la mesa—. Hola, Shan.

—H-hola —susurró ella con un carraspeo ocultando la cara detrás de una montaña de pelo castaño.

—Aoife —me saludó Marie asintiendo ligeramente con la cabeza y luego mirando con ansiedad a Joey antes de centrar los ojos en su marido, que presidía la mesa y se comía mi cuerpo con los ojos sin ningún disimulo.

El abrigo me llegaba casi hasta los pies, pero para ese hombre era como si fuese desnuda—. No sabía que ibas a venir esta tarde.

—La he invitado —intervino Joey de inmediato pasándome el pulgar sobre los nudillos antes de soltarme la mano y dirigirse hacia el horno—. Se va a quedar a dormir.

—Hubiera estado bien avisar de que íbamos a tener visita —dijo su madre con voz queda.

—Yo también pago esta casa —fue la gélida respuesta de mi novio.

—Tu padre y yo esperábamos que esta noche fuera familiar.

Si intentaba hacerme sentir lo suficientemente incómoda como para decir que me marchaba, no iba a funcionar. No pensaba irme a ningún sitio sin su hijo.

—Suena genial —contesté brindándole una sonrisa de lo más falsa—. Nosotros tenemos una cita.

—Una cita —dijo su padre en tono de burla—. Y eres tú el que cocina para ella. —Movió la cabeza hacia los lados en señal de repulsa—. Esta te tiene comiendo de su mano, ¿eh, chaval?

—Tú la mano prefieres levantarla, claro. —Sacó una bandeja de lasaña del horno con un paño de cocina y enseguida se puso a colocar la comida en los platos—. Y, sobre lo de que Aoife se quede a dormir, no sabía que tenía que pediros ningún puto permiso.

—No seas contestón, chaval —avisó su padre sin apartar su retorcida mirada de mis piernas—. Esto no es una casa de putas.

—¿Ah, no? —contestó Joey con un tono que destilaba sarcasmo mientras me entregaba un plato de comida y un tenedor.

Pasó una mano a mi alrededor, cogió un par de latas de Coca-Cola de la nevera y se metió una en cada uno de los bolsillos del chándal—.

Joder, pues quién lo diría, teniendo en cuenta los embarazos no deseados que salen de aquí.

—¡Joey! —soltó su madre, muerta de vergüenza, mientras yo me mordía el labio para evitar que la sonrisa se me extendiera por toda la cara.

Por dentro, mi corazón lo animaba: «Venga, cariño, díselo bien alto a estos cabrones».

Tadhg cometió el error de reírse, lo que le valió que su padre le rugiera: «Me cago en la puta, chaval, no empieces» mientras estampaba el puño contra la mesa de la cocina y ejercía su poder.

Contemplé cómo cinco cabezas caían como fichas de dominó en señal de sumisión.

«O de miedo».

Menos la mía.

Menos la de mi Lynch.

Como un lobo solitario alejado de la manada familiar, Joey se negó a doblegarse o acobardarse ante el macho alfa.

—No empieces a venirte demasiado arriba, chaval —advirtió Teddy mirando con ferocidad a mi novio—. No me cuesta nada volver a ponerte en tu sitio.

—¿Quieres pelea, viejo? —Dejando el plato a un lado, Joey le hizo un gesto para animarlo a que empezara—. Venga, inténtalo. Aquí me tienes, joder.

—¡Joey! —volvió a intervenir Marie, esta vez con tono de reprimenda—. Para de provocar.

—No gastes saliva, Marie —soltó Teddy con los ojos aún clavados en su hijo, pero sin moverse de la mesa—. Ese mierdecilla no lo merece.

—Ya me lo imaginaba —repuso acaloradamente. Negando con la cabeza, volvió a centrar su atención en mí—. Venga, Aoife. —Señaló la puerta—. Vamos a dejarlos con su noche familiar.

Sabía que Joey iba a explotar en cuanto estuviéramos solos, así que no me sorprendió que nada más cerrar la puerta a nuestra espalda le diera dos patadas, lanzara un bramido de dolor y luego volviera a patearla otras cuatro veces antes de tirar su plato y las Coca-Colas sobre la cómoda y pasarse las manos por el pelo.

Tras maltratar la puerta de su cuarto, la misma contra la que me follaba habitualmente, la abrió de golpe y salió con gesto airado para volver unos minutos después con mi bolsa de viaje, un bote de mayonesa y una sed revitalizada por aporrear la puerta.

Le sonreí cuando me tendió la mayonesa, me acerqué a su cama y me hundí en ella, dejándolo a su bola para que procesara lo ocurrido mientras yo me dedicaba a devorar cada bocado de comida de mi plato.

Cuando ya le dolían los nudillos, respiraba con dificultad y se le había pasado la rabia, se desplomó junto a mí sobre la cama con su plato en el regazo y mirada alicaída.

Como no hizo ademán de comer, clavé mi tenedor en un trozo de su lasaña y se lo acerqué a la boca.

Se me quedó mirando un buen rato hasta que por fin aceptó el ofrecimiento y dio un bocado.

Volví a hacer lo mismo unas siete u ocho veces, dándole de comer cuando no lo hacía por él mismo, hasta que movió la cabeza hacia los lados y hundió los hombros en señal de derrota.

Dejé los platos sobre el poyete de la ventana que había junto a su cama, me acerqué hasta que nuestros hombros se tocaron y apoyé la mejilla sobre él.

Un buen rato después, soltó un suspiro de resignación y apoyó la cabeza sobre la mía.

—Normalmente ahora es cuando salgo y se me va la pinza.

Tomé su mano entre las mías, entrelacé nuestros dedos y le di un apretón para reconfortarlo.

—Lo sé.

—No sé cuánto más voy a poder aguantar —admitió en voz baja, con la cabeza gacha y la mirada fija en nuestras manos—. Cuánto más va a presionarme ese hombre hasta que explote y lo mande todo a la mierda.

—Te queda otra noche —le dije dándole un beso en el hombro—. Puedes aguantar una noche más.

—¿Tú crees?

—Puedes hacerlo, Joey Lynch.

Le cogí la barbilla entre los dedos y lo obligué a mirarme.

La mirada solitaria que reflejaban sus ojos casi me destroza, pero me mantuve fuerte para que pudiera absorber de mí el consuelo, la fortaleza y cualquier otra cosa que necesitara. Porque bien sabía Dios que el cabrón de ahí abajo no iba a dárselos nunca.

—Puedes hacerlo —repetí implorándole con los ojos que me escuchara y creyera en sí mismo—. Y yo estaré aquí contigo.

—¿Sí?

Asentí con la cabeza.

—Sí.

Entonces puso sus labios sobre los míos, me abrió el abrigo con las manos y apartó la tela de mi cuerpo en busca del contacto físico que tanto necesitaba en ese momento para tener algo a lo que aferrarse.

Con la respiración entrecortada, tiró el abrigo al suelo de su cuarto y se quitó la camiseta a toda prisa, sacándosela por la cabeza con un movimiento veloz.

Expectante y temblando de la emoción, me tumbé en su cama para darle acceso ilimitado a mi cuerpo.

Cuando se abalanzó sobre mí, empujándome contra el colchón, sentí que me sumergía en lo más profundo de su mundo al tiempo que me ahogaba en mi amor por él, que a su vez se ahogaba en el afecto físico que le habían negado toda la vida.

—Ponte boca arriba.

—¿Hum?

—No me he arreglado tanto para que me tapen las sábanas. —Le di un empujoncito en el pecho—. Quiero que me veas.

Obedeciendo sin hacer ninguna objeción, nos dio la vuelta hasta quedarse debajo, conmigo a horcajadas. Le sonreí con malicia y le recorrí el vientre con mis uñas recién pintadas.

—Hola, semental.

Curvó los dedos sobre mi cintura.

—Hola, reina.

—¿Quieres que te cuente un secreto?

Se rio.

—No sé, Molloy, ¿quiero?

—Creo que sí.

—Vale. —Asintió con la cabeza—. Dime.

Doblando el dedo índice, le dije:

—Te tienes que acercar.

Se apoyó sobre los codos.

—Cuéntame.

—Más cerca.

—¿Cuánto quieres que me acerque?

—Así está perfecto —dije con aprobación envolviéndole los brazos alrededor del cuello cuando se sentó y rozó su pecho contra el mío—. Primero, dame un beso.

—Por Dios, Molloy, dímelo ya…

—Ah-ah-ah. Quiero un beso.

—Eres lo peor —farfulló deslizando las manos para agarrarme el culo mientras se inclinaba y me plantaba un narcotizante beso en los labios.

—Mmm… —Me aparté antes de perderme en su boca, le limpié el pintalabios que le había dejado en los morros con el pulgar y sonreí—. Tengo una aberturita.

—Una aberturita.

—Ajá.

—¿Ese es tu gran secreto?

Sonriendo, asentí.

—¿Quieres verla?

Joey me miró fijamente durante un buen rato y luego dejó escapar un suspiro y se encogió de hombros.

—Sí, a la mierda. Quiero verla.

—Está aquí abajo. —Le cogí la mano, la puse entre mis muslos y me reí cuando me rozó ahí con los dedos—. ¿La notas?

—Eso no es una aberturita, Molloy —musitó Joey echándome hacia atrás para ver mejor—. Ahí no hay nada.

—Lo sé. —Aplaudiendo emocionada, me puse de rodillas y se lo enseñé—. Bragas sin entrepierna, Joe. ¿No te parece un invento de lo más útil?

—¿Sabes? A veces no sé si me utilizas como conejillo de Indias para probar todas las mierdas que se te pasan por la cabeza o si soy tu cómplice —reconoció investigando a fondo mi conjunto de ropa interior—. En cualquier caso, me apunto.

Encantada de haber conseguido que dejara atrás su mal humor, aproveché la oportunidad y fui a por todas.

—¿Quieres saber otra cosa?

—¿Mmm?

—Eres un tesoro, Joey Lynch. —Le cogí la cara entre mis manos ahuecadas, me incliné hacia él y lo besé con ternura—. Uno entre un millón.

—Ay, Dios. —Entre dientes, se rio contra mis labios mientras se levantaba y me entrelazaba la mano en el pelo—. ¿Debería preocuparme de hacia dónde nos lleva esto?

—No. —Negando con la cabeza, lancé un suspiro contenido y lo empujé hacia atrás por los hombros hasta que quedó tumbado boca arriba—. Solo quería que supieras que eres la persona favorita del mundo de alguien.

—No te me pongas tierna, Molloy —se burló, aunque su voz destilaba toda la emoción que intentaba ocultar.

Sonriendo, me incliné más hacia él y lo volví a besar. Esta vez, me dejé llevar sin reservas por la sensación de sus labios sobre los míos, de sus manos en mi cuerpo, piel con piel.

—Tú también eres la persona favorita de alguien —susurró un poco después mientras me ponía boca arriba y se acomodaba entre mis piernas.

—No me digas…

Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—No quiero ir por la vida sin ti, Molloy.

—No tendrás que hacerlo —contesté introduciendo la mano entre nuestros cuerpos para liberar su erección—. Siempre seré tuya, Joe.

—Y yo haré que quieras serlo —murmuró entrando muy dentro de mí.