Rey de la gula (Pecados 6) 23. Jou, jou, jou, Joe
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23. Jou, jou, jou, Joe

JOU, JOU, JOU, JOE

Joey

—¿A quién le apetece chino? —anunció mi padre en tono jovial cuando entró tranquilamente en la cocina el sábado a última hora de la tarde con dos bolsas de papel marrón en los brazos—. He ganado en las apuestas y hay suficiente para todos.

Con el film de plástico de una lasaña congelada del súper en las manos, contemplé cómo mi madre y mis hermanos iban pasando a la cocina detrás de él.

—Venga, chaval —dijo dejando de golpe las bolsas sobre la mesa mientras mi madre se acercaba con una pila de platos—. Tira esa mierda —ordenó agitando una mano en el aire hacia donde yo me encontraba—. Aquí también hay un pollo al curri para ti.

Hice justo lo contrario y me acerqué hasta el cubo de la basura, tiré dentro el plástico y luego volví para meter la lasaña en el horno, tratando de ignorar la amargura que me invadió al ver al resto de mi familia, Shannon incluida, haciendo cola con un plato en las manos como si fuera una escena sacada de la Irlanda de 1840.

«No seáis tan flojos —quise gritar—. Su comedor social no os va a salir gratis».

—¿No me has oído, chaval? —bramó papá mientras todos se colocaban alrededor de la mesa como una gran familia feliz.

—Te he oído.

—Entonces ¿a qué esperas? —Sacó una silla de una patada para que me uniera a ellos—. Coge un plato y siéntate.

—No quiero de eso.

—Venga ya. Tienes que engordar un poco, chaval.

—He dicho que no quiero tu comida.

—¿Por qué no?

—Porque no lo haces de forma desinteresada, y antes me muero de hambre.

—Joey. —Mamá dejó el tenedor sobre la mesa y suspiró—. Por favor. No des problemas. Tu padre lo está intentando.

«Sí, eso es lo que me temía».

Me crucé de brazos y miré a mi padre mientras decía:

—No sé qué estás tramando, viejo, pero a mí no me la cuelas con tus gilipolleces.

—Si no quieres comer con tu familia y no eres capaz de comportarte de forma civilizada con tu padre, puedes irte —ordenó mamá alargando el brazo por encima de la mesa para poner una mano tranquilizadora sobre el puño de mi padre.

Los otros cuatro permanecían rígidos en sus asientos, con la cabeza baja y tratando de centrarse en lo que fuera menos en nuestro padre.

—Me iré en cuanto se acabe de hacer mi comida —solté con la mandíbula apretada.

—Déjalo, Marie. Es imposible complacer a ese chico. Come —exigió papá.

Como un soldado bien entrenado, mi madre obedeció sus órdenes bajando la mirada y metiéndose el tenedor lleno de arroz en la boca.

Con los hombros encogidos por la tensión, les di la espalda y me concentré en la comida que tenía en el horno.

Veinte minutos después, alguien llamó a la puerta, y sentí que mi cuerpo se tensaba de ansiedad y a la vez se hundía de alivio.

Se suponía que esa noche Molloy se quedaba a dormir.

Yo no la quería allí, pero me estaba esforzando mucho por mantener abiertas las líneas de comunicación y hacer que no se sintiera desplazada.

Tan solo quería eso. No me había pedido nunca nada más que sinceridad.

Además, la verdad es que era algo que también parecía jugar a mi favor. Cuanto más me abría a ella, más me recompensaba. A veces me sentía como un puto perro que le traía un palito solo para que le frotaran la barriga, pero me había enganchado demasiado a su cariño como para pisar el freno.

Sabiendo que había un noventa y nueve por ciento de posibilidades de encontrármela al otro lado de la puerta principal, reaccioné antes que nadie y crucé el pasillo a toda prisa para abrirle.

—Chisss… —Se apretó un dedo sobre los labios cuando fui a saludarla. Sonriendo con malicia, se desabrochó el cinturón del largo abrigo negro que lucía, lo abrió tirando de las solapas y me guiñó un ojo.

Mis ojos recorrieron su cuerpo como locos, deleitándose en lo que llevaba puesto (o quizá debería decir en lo que no llevaba puesto): unas medias hasta los muslos, un liguero con volantes, un tanga de encaje que apenas se veía y un sujetador a juego, todo de color carmesí, me dieron la bienvenida sobre la que era, de lejos, la creación más perfecta que había llevado a cabo el de arriba.

Sus curvas eran el sueño húmedo de cualquier tío, con esa cinturita estrecha que se ensanchaba en un buen par de caderas y un magnífico culo redondeado.

Sus piernas, que ya de por sí eran increíbles, se veían realzadas por las medias rojas.

Tenía el pelo suelto y liso como una tabla, y le llegaba hasta el liguero con volantes, que se le ceñía como un guante.

¿Y sus tetas? Joder, si empiezo a hablar de su doble D no termino… Estaban embutidas en un minúsculo sujetador que apenas podía contenerlas.

De punta en blanco, perfectamente maquillada y con los labios pintados de rojo carmesí, parecía sacada de la portada de una puta revista, no de una puerta de Ballylaggin. El gorro de Papá Noel en miniatura que se había puesto en la cabeza era la guinda del pastel.

Yo sacudí la cabeza muy confundido.

—Qué. Cojones.

Sonriéndome, levantó las cejas y susurró:

—Jou, jou, jou, Joe.

—Molloy, la Navidad fue hace dos meses.

—Lo sé. ¡Pero lo he encontrado en una sección de saldos en la ciudad y estaba deseando probármelo!

—exclamó claramente satisfecha mientras hacía un bailecito sobre sus tacones de aguja negros.

Subiéndose el abrigo, se giró para ofrecerme una vista de trescientos sesenta grados, sin importarle una mierda que alguien la viera—.

Quince euros, Joe. ¡De ochenta y cinco que valía! ¿Te lo puedes creer?

Lancé un suspiro de estupefacción que nada tenía que ver con el precio que me comentaba, mientras la polla se me ponía tan dura que hubiera podido cortar diamantes con ella.

—Madre de Dios…

—¿Y bien? —dijo efusivamente ofreciéndome a mí y a media calle otra vueltecita—. ¿Qué te parece, eh?

—Ahora mismo solo hay una cabeza pensando por mí, Molloy, y no es la que llevo sobre los hombros.

Echó la cabeza hacia atrás y se puso a reír.

—Esa es justo la reacción que quería.

—Por Dios.

Di un paso hacia fuera, agarré rápidamente las solapas de su abrigo y las cerré de golpe antes de echar un vistazo por encima de su hombro para ver si algún mamón de mi calle andaba merodeando por allí. Si así era, mi chica le acababa de hacer el mejor cucutrás-quién-hay-detrás de su vida.

—Estoy dispuesta, depilada y ansiosa por empezar —declaró pasándome un brazo por el codo y tirando de mí para darme un beso—.

En serio, he venido escuchando «Fade Into You», de Mazzy Star, de camino hacia aquí; por cierto, que sepas que es nuestra segunda canción, y ahora tengo ganas de desnudarme contigo.

—¿Te has metido algo?

Volteó las pupilas y me miró con cara de «ya te gustaría».

—Estoy contenta, ya está. Hoy me lo he pasado genial comprando con mis amigas y ahora estoy aquí contigo. Además, al final no pudimos practicar aquel sexo tan poco virginal por tu cumpleaños.

—Tienes razón.

Me volvió a besar, esta vez más profundamente, con los dedos anudados en mi pelo.

—Pero primero me tendrás que dar de comer.

—¿Te refieres a mi polla?

—Eso luego —se rio contra mis labios—. Primero dame de zampar porque me muero de hambre.

—Estoy cocinando algo dentro.

—¿El qué?

—Lasaña.

—Me encanta la lasaña.

—Lo sé.

—¿De dónde es?

—Del SuperValu.

—¿La de su propia marca?

—Es la única que me puedo permitir.

—¡Pues es la que más me gusta!

—Sí, Molloy, lo sé.

—Así que cocinas, limpias, cambias pañales, me arreglas el coche, me provocas orgasmos ilimitados… —bromeó. Dio un paso atrás, se sacó el gorrito de Papá Noel y se lo metió en el bolsillo del abrigo—. Si sigues así, puede que tenga que quedarme contigo, Joey Lynch.

—Lo que tú digas, Molloy —me reí, moviendo la cabeza hacia los lados—. Venga. —Cogí la bolsa de viaje que estaba en el suelo, me la eché al hombro y la conduje hacia dentro—. Déjame advertírtelo: mi padre está un poco raro.