22. Pillados in fraganti
PILLADOS IN FRAGANTI
Aoife
—¡Aoife Christina Molloy! ¡Sé que estás aquí, zorra! ¡Estoy viendo tu mochila en el suelo!
—¡Mierda! —Horrorizada, abrí los ojos de par en par y me puse derecha de golpe, chocándome con el volante que tenía enfrente—. ¿Es Casey…?
—Chisss… —Una mano cálida me tapó la boca y mi novio tiró de mí hacia atrás para que me apoyara contra su pecho desnudo—. Menos hablar y más follar, Molloy.
—Pero está justo…
Mis palabras se interrumpieron cuando reclamó mi boca y siguió penetrándome desde atrás, rápido y profundo.
—Dios… —gemí apartando mis labios de los suyos mientras me dejaba caer sobre el volante, agarrándolo con fuerza, y movía las caderas sin descanso encima de su regazo—. No pares.
Metió una mano entre mis muslos, me localizó el clítoris, como el campeón que era, y me lo acarició con el pulgar aplicando la presión necesaria para que se me curvaran los dedos de los pies. Ese chico sabía justo dónde tocarme y cuánta fuerza debía hacer.
—Hey, imbéciles, aunque este lujoso Range Rover tenga los cristales tintados, se mueve igualmente.
—Vete, Case —grité sin aliento—. Estoy… ocupada.
—Sí, ocupada follando, guarrilla —refunfuñó mi mejor amiga—. Habíamos quedado para ir de compras después del insti, ¿te acuerdas? Llevo una hora esperando en la parada del autobús…
—¡Que te pires, Case! —vociferó Joey mientras me cogía una teta con la mano que le quedaba libre y aceleraba el ritmo—. Joder, nena. Tu amiga es un puto desastre.
—¡Ignórala! —dije gimiendo.
—¿Cómo la voy a ignorar? —preguntó. Le temblaban los muslos, lo que quería decir que estaba a punto, y mi cuerpo recogía las vibraciones que él enviaba—. Ha puesto la cara contra la ventana.
—¡Madre de Dios, Casey, lárgate! —chillé persiguiendo el clímax mientras la necesidad hacía que mi cuerpo se moviera de un modo cada vez más frenético—. ¡Por favor!
—Vale, me voy —la oí responder—. Tony acaba de llegar con la grúa, pero como quieras.
—¡No, mierda!
Joey no tardó ni un segundo en salir de mí y me apartó de su regazo lanzándome hacia el asiento de cuero del copiloto mientras intentaba a duras penas volver a ponerse la ropa.
—Tu viejo había ido a Skibbereen a por un catalizador para el Subaru de Johnny Crowley —explicó jadeando y sin aliento—. Se supone que iba a tardar en volver por lo menos una hora más.
—Podías haber acabado —me reí mientras me ponía el sujetador y luego me abroché torpemente los botones de la camisa del uniforme antes de coger la falda—. Está de coña, Joe. Mi padre no está fuera.
—Hola, Casey, cielo —oí que decía mi padre—. Qué raro verte por el taller.
Los dos nos quedamos congelados.
Clavé los ojos en Joey.
—Uy…
—Mierda —soltó acabando la frase por mí con los ojos como platos.
—Hola, papi T. Solo he venido a buscar a Aoife.
—Ah, pues a estas horas de la tarde estará en el Dinniman. ¿Has visto por aquí al jovencito Joey?
—Virgen santísima… —dijo Joey casi gimoteando mientras volvía a meter apresuradamente los brazos en el mono, salía a toda prisa por la puerta del conductor y la cerraba enseguida tras de sí, manteniéndome oculta tras los cristales tintados—. Estoy aquí, Tony.
—¿Qué haces dentro de la niña de los ojos de John Kavanagh, chaval?
—Nada… Eh… Solo quería saber qué se siente. —Hizo una pequeña pausa antes de añadir—: Es lo más cerca que voy a estar nunca de sentarme al volante de un Range Rover.
—Te entiendo, chaval.
—Has vuelto pronto.
—Es que me he olvidado la cartera, ¿te lo puedes creer?
—Qué desastre.
—No creas. Ven a la oficina a tomarte un café conmigo y te cuento la monería que he visto averiada a un lado de la carretera.
Unos instantes después, la puerta del pasajero se abrió de golpe y me encontré frente a frente con la sonriente cara de Casey.
—No hay moros en la costa. Tu papi se ha llevado a tu otro papi a la oficina.
—¿A mi otro papi?
—Era una broma, tía. Relájate.
—No tiene gracia, Case.
Lanzando un vibrante suspiro, me reajusté la falda y salí como pude del coche, encorvándome a medida que me arrastraba hacia la puerta y reprimiendo el impulso de tirarme al suelo y ponerme a rodar como plan de escape. Cuando llegamos al camino, se me escapó una risa de alivio.
—Dios, ha faltado poco.
—Mira —planteó Casey caminando a mi lado—. Debería estar mosqueadísima contigo por no hacerme caso por pasártelo a él por la piedra, pero por esta vez voy a dejar que te vayas de rositas porque pone una cara muy mona cuando se corre.
—No has visto la cara que pone al correrse.
—Puede que no, pero, viendo el rubor de sus mejillas, me imagino el resto.
—Casey —le advertí—. No lo mires así.
—¿Así cómo? —se rio levantando las manos—. ¿Como si fuera la encarnación del sexo? Porque, déjame que te diga, Aoife, que ese chico es divino.
—Pues es mío —le espeté—. Así que búscate a otra encarnación a la que admirar.
—Oye, guárdate esas uñas. —Me enganchó un brazo al cuello y tiró de mí para darme un medio abrazo—. Sabes que no haría eso ni en un millón de años.
—Hummm. —Me saqué una piruleta del bolsillo de la falda y le quité el envoltorio—. A veces me pongo de los nervios, ¿sabes? —Me la metí en la boca, dejé caer la cabeza sobre la suya y musité—: Ha estado con un montón de chicas del insti, Case. Pero con un montón de verdad.
—O sea, que se lo ha pasado bien —dijo—. Dime a un tío de nuestro curso que no lo haya hecho.
—Case, una cosa es pasártelo bien y otra intentar abarcar demasiado.
—Cariño. —Se puso seria y me miró con comprensión—. No des cabida a ese tipo de pensamientos. Solo conseguirán joder tu feliz burbujita de amor.
—Sí, ya lo sé.
—¿De verdad?
Encogí los hombros.
Ella puso los ojos en blanco.
—Eres tonta.
—¿Cómo lo sabes? —dije entre risas.
—Porque deberías estar como loca de contenta —explicó—.
No preocupándote de con quién ha estado antes de ti.
Hay un motivo por el que esas chicas ya no están en su vida, Aoife.
—Subiendo y bajando las cejas, añadió—: Además, dudo mucho que Danielle Long le haya hecho ver las estrellas en el asiento de delante de un Range Rover.
Sonreí con gesto satisfecho.
—Eso es cierto.
—Y puede que Danielle fuera su primer polvo, pero tú eres su primer amor —siguió diciendo mientras me daba un golpecito con la cadera—. Créeme, eso marca a fuego a un chico.
—Bueno, él también me ha dejado marca, Case.
—Ya… —acordó mi mejor amiga echándome una extraña mirada.
—¿Qué? —pregunté desconcertada por cómo me miraba—. ¿Por qué pones esa cara?
—Por nada, pensaba que ibas a añadir algo más —respondió todavía observándome con atención—. Sabes que puedes contármelo todo, Aoife.
—Ya lo sé —sonreí—. Lo mismo digo, Case.