21. Un revolcón sobre el heno
UN REVOLCÓN SObrE EL HENO
Joey
Era casi la medianoche de un viernes y, en lugar de hacer algo productivo, como dormir en una cama de verdad, estaba sentado sobre una pila de balas de heno con mi novia acurrucada entre las piernas y una suave manta rosa cubriéndonos a los dos.
La lluvia caía a mares sobre el tejado de hojalata, la bebida volaba, las canciones sonaban a todo volumen en el radiocasete a pilas de Neasa Murphy y nos lo estábamos pasando teta.
La mayoría de los allí presentes llevábamos aguantándonos cinco días a la semana durante casi seis años, de modo que entre nosotros había un claro sentimiento de camaradería.
Habíamos crecido juntos, sufriendo todas las gilipolleces, broncas, putadas y dificultades típicas de la adolescencia. Joder, buena parte de los asistentes se conocían a un nivel íntimo, pero estar ahí en ese momento casi nos hacía sentir que habíamos cerrado el círculo.
El hecho de saber que en un par de meses cada uno seguiría su camino debería haberme provocado algo parecido a la tristeza y la ansiedad, pero no fue así.
El resto de la clase podía salir pitando en la dirección que quisiera después de los exámenes de acceso a la universidad siempre que esa chica no se fuera de entre mis brazos.
—¿A que nunca te habías pasado un viernes por la noche revolcándote en el heno, Tetas de diablesa?
—Te sorprendería saber lo que hago los viernes por la noche, Al —dijo Casey reajustándose el gorro de lana antes de aceptar el trago de vodka que él le ofrecía.
—Joder, tío, ¿cómo te has puesto esa parafernalia? —apuntó Podge señalando el abrigo reflectante que llevaba Alec—. No estás en el trabajo de los sábados, Al. Podías haberte dejado la chaqueta de albañil en casa.
—Mira este, con sus palabras difíciles —farfulló Alec encendiéndose un cigarro de liar—. Que te den, empollón. No tengo ni idea de qué me hablas.
—Ha dicho «parafernalia», Al —intervino Neasa con una risita—. Significa que no estás siendo muy discreto.
—¿Discreto sobre qué?
—Sobre el hecho de que se supone que no estamos aquí —razonó Podge—. Y tampoco deberías fumar. Las balas están secas, tíos. Una chispa descontrolada y este lugar prenderá como un árbol de Navidad.
—Déjame en paz con tus palabras difíciles y esa manera de imponer tus leyes, puto granjero tocapelotas. Si quiero echarme un piti, me lo echo.
—No se puede ser más garrulo…
—Prefiero ser un garrulo que un granjero paleto como tú.
—Oye, que no hay nada de malo en ser granjero —metió baza Casey guiñando un ojo—. Tienen un montón de dinero debajo del colchón.
—Y también un montón de ovejas.
—En realidad somos agricultores y ganaderos.
—¿Y?
—Pues que engordamos terneros, imbécil, no ovejas.
—Joe, me estoy poniendo mala —anunció Molloy distrayéndome de las gracietas de nuestros amigos. Me encajó su lata medio vacía de Dutch Gold en la mano y gimoteó—: En serio, se me está revolviendo el estómago.
—Bueno, tómatelo con calma —contesté pasándole un brazo por la cintura y atrayéndola hacia mí—. No te preocupes por lo que hagan estos gilipollas. —Le rozaba la oreja con los labios al hablar—. Es un maratón, no un esprint.
Estaba la hostia de adorable con su anorak blanco y su gorrito rosa con borla, su bufanda y sus guantes a juego, y llevaba su larga melena rubia recogida en dos trenzas que le llegaban hasta la mitad de la espalda.
La personificación de la moda, allá donde fuera, se había puesto un chándal azul claro al que se refería como su «Juicy falso» (a saber qué coño significaba eso) y un par de botas de agua negras.
—No se me está revolviendo por la bebida —regruñó girándose para mirarme—. Se me revuelve por tener que ver a esos dos.
Desvié la mirada hacia donde me señalaba y un profundo escalofrío me atravesó el cuerpo.
—Por Dios.
Desde donde estábamos sentados, podíamos ver perfectamente a Ricey y a Danielle.
—No sé si intenta besarla o comerse sus labios —dije en tono reflexivo ignorando el teléfono, que me vibraba en el bolsillo.
—Las dos cosas —confirmó Molloy riéndose—. Ufff, Joe, es horrible, ¿no?
—Sí, bastante, Molloy.
—Él tiene la lengua muy ancha —continuó diciendo como si fuera importante que esa información sobre su ex la tuviera su novio actual—. Lo cual sería una gran ventaja si supiera usarla. —Sonriendo, agregó—: Pero es de los que te dan tres lengüetazos en la pepitilla y se quedan tan panchos.
—Qué imagen tan maravillosa me has hecho visualizar —dije arrastrando las palabras en tono sarcástico—. La anchísima lengua de Ricey en el coño de mi novia.
Echó la cabeza hacia atrás y se partió de risa.
—Créeme, nunca fue una experiencia placentera.
—¿Quieres que eche las rabas? —pregunté en tono acusador—. Porque voy a acabar haciéndolo, Molloy.
—¡Anda ya! —resopló ella dándome un codazo—. Como si tú no les hubieras metido la polla a la mitad de las tías que hay aquí esta noche.
—¿A quién?
—A las de nuestro curso.
—¿A qué chicas?
—Hay para elegir. Has estado con la mayoría.
—¿Cuándo?
—Joey. —Me miró duramente—. No me mees encima y me digas que está lloviendo.
¿Qué iba a decirle? Desde luego nada que la hiciera ponerse en modo reina del drama conmigo, así que tuve la delicadeza de mantener la boca cerrada y le di un trago a su lata.
—Ja. ¿Lo ves? Ni siquiera puedes negarlo.
Eres un putón —dijo metiéndome la mano por debajo de la sudadera para pellizcarme un pezón—.
¿Se lo has comido, Joe? —Entornó los ojos—.
Pero ¿qué estoy diciendo? Pues claro que lo has hecho.
Nadie se amorra al pilón tan bien sin haberle dedicado unas cuantas horas de vuelo.
Recuerdo muy bien cómo reaccionó Molloy cuando reconocí haberme acostado con Danielle en tercero. Estuvo semanas sin hablarme y por aquel entonces solo éramos amigos.
Aprendí lo bastante rápido como para saber que arrancarme el brazo a mordiscos dolería menos que adentrarme de forma voluntaria en un terreno tan peligroso. Era una trampa, y nada de lo que dijera iba a beneficiarme, así que hice voto mental de silencio y le di un beso en la mejilla.
—Mmm. —Exhalando un suspiro, Molloy me puso su mano enguantada en la mejilla y me lanzó una mirada severa—. Menos mal que te quiero.
Sí, menos mal.
Entonces esbozó una sonrisa y se inclinó para besarme, embadurnándome los labios con su pegajoso brillo labial.
—Odio esa cosa —refunfuñé recorriéndome el labio inferior con la lengua y saboreándola—. No necesitas ponerte nada. Ya tienes buen aspecto, nena.
—Eso ya lo sé. —Me sonrió y me dio un toquecito en la nariz con el dedo, todavía cubierto por el guante—. Lo llevo por mí, no por ti.
Me encogí de hombros.
—Bien visto.
—Entonces ¿todo en orden? —Molloy se giró para sentarse a horcajadas sobre mí, me rodeó el cuello con un brazo y se acurrucó en mi pecho—. ¿Estás bien, semental?
Sabía a qué se refería y asentí lentamente.
—Estoy bien, reina.
—¿Vas a contestar? —preguntó aludiendo al teléfono, que seguía vibrándome en el bolsillo—. Lleva sonando toda la noche.
No hacía falta ser un genio para saber que la que llamaba era mi madre, y por supuesto tampoco había que darle muchas vueltas para adivinar lo que quería.
—No —respondí consciente de que, si contestaba la llamada, lo más probable era que tuviera que salir pitando de allí.
La sorpresa se reflejó en sus ojos.
—¿No?
—No —confirmé estrechándola entre mis brazos—. Ahora estoy aquí contigo.
—Ah. —Me brindó una amplia sonrisa—. Definitivamente, esta noche me voy a poner muy cariñosa contigo.
—¿De verdad?
—Ajá. —Me pasó un brazo por el cuello, me acercó hacia ella y acarició su fría nariz contra la mía—. ¿Qué dirías si te propusiera que nos diéramos un pequeño revolcón en el heno?
—Que ejerces una mala influencia sobre mí —contesté riéndome contra sus labios.
—¿En serio? —ronroneó—. Porque yo diría que la influencia que ejerzo cuando estoy sobre ti y tú estás dentro de mí es de lo mejorcito.
—Si intentas ponérmela dura, misión cumplida, Molloy.
—Lo que intento es que me la metas.
—Joder, vaya boca tienes.
—¿Cómo dices? —bromeó con destellos de picardía en los ojos mientras se bajaba de mi regazo y me cogía la mano para tirar de mí hacia arriba—. ¿Que quieres hacerle qué a mi boca?
Sonriendo como un tonto, me bajé de la bala en la que habíamos estado sentados e, ignorando los silbidos de nuestros compañeros de clase, la seguí mientras me conducía detrás de una pila de balas, fuera de la vista de los demás.
—A ver. —Con la espalda apoyada en las balas, apretó mi cuerpo contra el suyo y me dedicó una enorme sonrisa—. ¿Por dónde íbamos?
—Yo me estaba portando bien. —Llevé las caderas hacia ella, le puse las manos ahuecadas alrededor del cuello y acerqué su cara para besarla—. Tú intentabas llevarme por el mal camino.
—No te portes bien, Joe —dijo respirando contra mis labios mientras se quitaba los guantes y buscaba la cinturilla de mis pantalones de chándal—. Me gustas mucho más cuando eres malo.
—Siempre soy malo, Molloy.
—Y por eso estoy tan enamorada de ti. —Deslizó la mano hacia el interior de mis calzoncillos para cogérmela—. Bueno, por eso y por la polla tan grande que tienes.