20. Flores tardías
FLORES TARDÍAS
Aoife
Las visitas nocturnas y los encuentros furtivos se convirtieron en la norma y, a medida que los días se transformaban en semanas y el invierno abría paso a la primavera, el altísimo muro que Joey llevaba toda la vida erigiendo alrededor de su corazón seguía descendiendo.
No es que la vida en su casa se hubiera vuelto más fácil; en realidad era al contrario. Las broncas con su padre habían empeorado significativamente y le provocaban cambios de humor más profundos y moratones más oscuros, pero seguía teniendo los ojos cristalinos y la cabeza en su sitio.
La mayor parte del tiempo, ese sitio alrededor del cual gravitaba con tanta intensidad lo ocupaba yo, y la verdad es que no podía quejarme.
Pasaba cada minuto de su tiempo libre conmigo, y tenerlo cerca me calmaba la ansiedad.
Porque, cuando estaba conmigo, podía mantenerlo a salvo.
Cuando estaba conmigo, permanecía sobrio e ileso.
—¿Qué coño haces? —preguntó mi hermano cuando entró en la salita el domingo por la noche.
Mamá y papá habían salido a tomar algo, y Joey y yo estábamos tirados en el sofá viendo You’re A Star en la tele pública y discutiendo sobre quién pensábamos que debería ganar el concurso musical.
Yo esperaba que ganaran los hermanos de Westmeath, mientras que Joey esperaba tener un aneurisma que acabara con su sufrimiento, o eso decía todo el rato. Para sus adentros, yo creo que también le gustaban los hermanos.
—¿Qué? —dije confundida mirando a Kev antes de echarme un vistazo a mí misma. Llevaba unos pantalones de chándal y una camiseta holgada, y había puesto las piernas sobre el regazo de mi novio: no se me podía acusar de ir provocando—. ¿Qué he hecho ahora?
—No es lo que has hecho —regruñó Kev señalando el plato de comida que sostenía en mi regazo—.
Es lo que estás comiendo. —Negó con la cabeza en señal de repulsa—.
¿Nachos y chocolate para untar? —Me contempló horrorizado desde la otra punta de la salita—.
Dios, ¿estás mezclando el chocolate con mayonesa?
—Hay que probar antes de hablar —contesté tragándome la delicia que tenía en la boca—. Qué… rico…
—Estás enferma. —Miró a Joey—. ¿Tú tienes algo que ver?
—A mí ya no me sorprende nada de lo que haga tu hermana, tío —observó Joey estirando las piernas sobre la mesa de centro.
—¿Entonces no crees que lo que está haciendo es una guarrada?
—Mira. —Joey se encogió de hombros con gesto evasivo—. Que se meta en la boca lo que le dé la gana.
—Claro, por ti genial —repuso Kev reprimiendo un escalofrío.
Solté un bufido.
—No seas cínico, Kev. Estoy comiendo nachos, no chupándole la polla.
—Por mí, lo que tú quieras —intervino Joey con sonrisa burlona.
—Estáis enfermos —murmuró Kev dando media vuelta y largándose con aire ofendido—. Os lo digo en serio.
—Chócalos. —Levanté un pie descalzo y Joey frunció el ceño durante un buen rato hasta que cedió y me hizo el favor de chocar los cinco con él.
—Oye, no te vas a creer lo que pasó ayer mientras estaba en el campo con los niños.
—Uuuh, cotilleo —sonreí con malicia—. ¡Cuenta!
—Shannon salió con unas amigas.
—¿En serio?
—Sí. —Asintió con la cabeza—. Al parecer, se fue ayer por la tarde y no volvió hasta la noche. Pasó el día con Claire y Lizzie.
—Supongo que no es algo que ocurra a menudo.
—Más bien nunca —repuso cogiendo el mando a distancia y poniéndose a zapear—. Al viejo se le fue la pinza cuando la vio llegar a casa por la noche. Creo que justo acababa de entrar por la puerta cuando yo volvía de trabajar.
—Lo que explica esto —susurré con tristeza acariciándole el nuevo moratón que lucía en el cuello.
—No te preocupes —repuso enseguida quitándole importancia—. Controlé la situación. Shannon está genial.
—No estaba preocupada.
«Por ella, al menos».
—Tiene amigas, Molloy —dijo entonces en el tono más alegre que le había oído hasta la fecha—. Una vida social de verdad. Ya no se esconde en su cuarto a escuchar música y meter la nariz entre los libros. Sale por ahí.
—Así que le va bien en el Tommen… —sonreí—. Tanto preocuparte para nada.
—Ya veremos —respondió echándome una rápida mirada antes de volver a centrarse en el partido que con tanta sutileza había puesto en la tele—. Lleva poco tiempo.
—O a lo mejor es que tu hermanita ha empezado a sacar las uñas.
—Dios, espero que así sea.
—Sí. —«Yo también»—. Recuerda que tiene casi dieciséis años, Joe —señalé—. Con sus hormonas, sus sentimientos y sus propias ideas. —Le revolví el pelo y sonreí—. Tenía que suceder tarde o temprano.