19. Básculas y tablas de ouija
BÁSCULAS Y TABLAS DE OUIJA
Joey
—¿Qué coño haces? —pregunté de pie en la puerta del cuarto de Molloy mientras me recreaba viéndola sobre la báscula que su madre tenía en el baño vestida tan solo con un escueto sujetador rojo y unas bragas grises de abuela.
—Ah, qué bien que estés aquí. —Lanzando un suspiro, se acercó hasta la puerta dando fuertes pisotones y me arrastró hacia el interior de su habitación antes de cerrar con llave—. Tengo una crisis.
—¿Que tienes una crisis? —Yo no podía dejar de darle un repaso a su cuerpo con la mirada—. Yo sí que tengo una crisis con solo mirarte.
—Vale, no te vengas arriba, semental, porque tengo un problema de los gordos.
—¿Qué te pasa?
—He cogido peso.
—No es verdad.
—Sí que lo es —alegó retirándose un mechón de pelo de la cara de un soplido—. Se me han roto los vaqueros por el culo.
Tuve que apretar el puño contra la boca para no echarme a reír.
—No tiene gracia. —Entrecerró los ojos y me dio un manotazo en el hombro—. Y no digas nada sobre el tamaño de mi culo.
—Me encanta tu culo —dije para apaciguarla levantando las manos—. Seguramente los vaqueros han encogido porque tu madre los metió en la secadora.
—No, porque se lo he preguntado y me ha dicho que los secó en el tendedero —gimoteó mi novia con tono dramático—. Y luego Kev ha dicho que tengo el culo como la cara de un pez globo.
Entonces sí que me reí.
Con ganas.
—¡Dios, menudo chaquetero! —gritó girando sobre sus talones y volviendo con gesto ofendido a la báscula que tenía en medio de la habitación.
—Oye, venga, Molloy. —Refunfuñando, dejé la bolsa de deporte en el suelo y fui hasta la cama—. No te estarás volviendo una acomplejada, ¿no?
—Peso más, gilipollas —replicó—. No he dicho que no fuera guapa.
—Así me gusta, superficial.
—Tres kilos, Joe —anunció agitando los brazos sin control mientras alternaba la mirada entre mi cara y la báscula mecánica sobre la que estaba subida—. ¡He engordado tres kilos desde Navidad! ¿Lo ves?
Sí, lo veía.
Llevaba con ella el tiempo suficiente como para conocer cada centímetro de su cuerpo, cada peca, cada cicatriz, cada curva… Así que el hecho de que últimamente luciera unos kilos de más no me había pasado desapercibido.
La ropa, cuando decidía llevarla, se le ceñía a las caderas y a los muslos de una forma diferente a la de hacía unos meses, pero ni de coña se me ocurría quejarme, sobre todo porque parecía que esos kilos se le habían ido directamente a las tetas y al culo.
Para ser sincero, la veía más sexy que nunca, pero no era tan kamikaze como para sacar a relucir el tema de la subida de peso. Más aún cuando yo ya pisaba un terreno bastante pantanoso.
Incluso a la hora de echarle un piropo, sabía cuál era mi papel en la relación y me había aprendido algunas respuestas de memoria…
«Oye, Joe, ¿he engordado?».
«¿Dónde? ¿En tu imaginación?».
«Oye, Joe, ¿se me mueve la barriga?».
«Para eso tendrías que tener barriga, y está claro que no es así».
«Oye, Joe, ¿crees que esa tiene mejor tipo que yo?».
«Nadie tiene mejor cuerpo que tú».
Las chicas eran criaturas peligrosas cuyas palabras ocultaban dobles sentidos, y Molloy no era ninguna excepción.
Puede que fuera mi mejor amiga, y últimamente ya casi no le escondía nada, pero todavía conservaba las pelotas suficientes para saber que había dos temas cruciales que debía evitar a toda costa.
El primero era el peso. Su peso, para ser exactos, porque al parecer ella podía comentar mi aspecto a su antojo sin sufrir ningún tipo de consecuencia.
El segundo y más trascendental tema de conversación que no había que tocar bajo ningún concepto eran las relaciones anteriores, en mi caso, las chicas a las que me había follado. Sí, eso era un no como un piano.
Como decía, daba igual que yo tuviera que sentarme en clase con su exnovio, aun sabiendo que en un momento dado él había metido los dedos y la lengua dentro de su cuerpo.
No, que yo me cabreara porque ella hubiera mantenido una relación de cuatro años con otro chico era algo del todo irracional, pero si se enteraba de que yo había estado con una chica, aunque hubiera sido solo un rollo puntual, parecía pecado capital.
«Porque tú a ella le metiste el pene» era la excusa que ponía siempre que yo señalaba el doble rasero.
«¡Y tú te metiste su pene en la boca!», me apetecía responderle a gritos, pero lograba mantener la boca cerrada y no abrir la caja de Pandora.
—No hay nada que ver, Molloy. —Me recliné sobre los codos, disfrutando a conciencia el espectáculo de ver a mi novia pavoneándose en ropa interior—. Eres increíblemente preciosa.
—Sí, eso ya lo sé —dijo resoplando mientras me cogía la mano y me arrastraba hasta la báscula—. Pero ahora voy por ahí con tres kilos extra de preciosidad.
—La báscula se equivoca.
—¿Tres veces?
—¿Te das cuenta de que este suelo tiene desnivel? —apunté—. Aquí nunca obtendrás una lectura exacta, Molloy.
—¿Ah, no?
—No. —Traté de persuadirla con las gilipolleces que necesitaba que le dijera—. Te lo digo yo, joder. Me costó un huevo medir estas habitaciones para hacer los armarios. Toda la casa está torcida.
Me miró con expresión esperanzada.
—¿En serio?
—Claro, claro. —Asintiendo con la cabeza, le enganché un brazo a la cintura y la levanté de la báscula para dejarla en el suelo—. Venga, vamos a deshacernos de esta mierda.
—Voy a probar otra vez…
—No —le advertí cogiendo la báscula y dirigiéndome hacia la puerta—.
Que no te vuelva a ver haciendo el tonto con esta cosa—.
Abrí la puerta con la llave, salí al descansillo y metí la báscula en el estante superior del armario del calentador antes de volver con ella—.
Joder, esos trastos hacen más daño a las chicas que los tableros de ouija.
Molloy se rio.
—¿Cómo vas a comparar una báscula con un tablero de ouija?
—Pues es fácil. —Se encogió de hombros—. Las dos cosas sirven para invocar demonios.
—Sigo siendo muy follable, ¿verdad, Joe? —preguntó con las manos en las caderas—. Todavía crees que soy la repanocha, ¿no? ¿Con kilos de más o sin ellos?
—Eres más que follable —dije en tono persuasivo acercándome a ella—. Y tu panocha es la única panocha a la que le quiero echar el diente.
—Muy agudo. —Sonriendo, me pasó un brazo por el cuello y atrajo mi rostro hacia el suyo—. Dame un beso.
—Hablando de echarle el diente a la panocha… —Bajé la mano hasta el elástico de sus enormes bragas de abuela y tiré de él—. Por favor, dime que no son las que creo que son.
—Me temo que sí —se rio contra mis labios—. Estoy manchando, lo que quiere decir que…
—Te ha venido la regla —refunfuñé dejando caer la cabeza hacia atrás—. Me cago en mi vida.
—Venga, semental. —Me cogió de la mano, tiró de mí hasta su cama y me guiñó un ojo con picardía—. Seguro que nos podemos poner creativos.
—¿Sabes? A veces… —suspiré y la seguí—. Adoro mi vida.