18. Clase de ingeniería
CLASE DE INGENIERÍA
Joey
—¡Madre de Dios! —Alec se quitó el casco protector y lo tiró encima de mi proyecto de acceso a la universidad, lo que hizo que le quemara el casco hasta abrirle un puto agujero—. ¿Estoy muerto? ¿He ido al cielo?
—No sé si estás muerto, pero gilipollas ya te digo yo que sí —le solté cerrando la válvula del soldador que tenía en las manos y apagando la llama mientras el tufo a plástico quemado penetraba en mis sentidos—.
Podría haberte arrancado la mano de cuajo.
Vuelve a ponerte el puto casco antes de que te quedes ciego, imbécil.
—Ya estoy viendo las estrellas —repuso señalando hacia la parte delantera del aula cuando me quité la capucha de soldador.
Con una bata de laboratorio blanca sobre su minúscula falda del uniforme escolar y unas gafas protectoras colocadas en la parte superior de la cabeza, Molloy parecía salida de una película porno de médicos.
Llevaba desabrochados los dos botones de arriba de la camisa y la corbata le encajaba a la perfección entre las tetas.
—Da hasta rabia la suerte que tienes.
—Ya —admití sin reservas—. Es verdad.
Se deshacía en sonrisas y bromas coquetas con nuestro profesor, Ballsy Goggin, que estaba encantado con la atención que recibía. Al cabrón no le importaba tener edad suficiente para ser su padre. La miraba igual que el resto de los capullos de la clase.
—Joder —gimoteó Alec a mi lado—. Ya sé que vas a matarme por decir esto, pero haría lo que fuera por meterme entre sus…
—Tienes razón. Acaba esa frase y eres hombre muerto.
Dejé el soplete en el suelo, me quité los guantes protectores y me fui derecho hacia ella mientras con la mente iba tomando nota de todos los babosos que le lanzaban silbidos. Ya me encargaría de ellos en otro momento.
—Hola, Joe —me saludó cuando llegué adonde estaba—. Le estaba preguntando al señor Goggin si podía dejarme a algún alumno durante veinte minutos para que me ayude con las prácticas de Biología.
«¿Qué coño…?».
Fruncí el entrecejo.
Ella respondió a mi gesto de perplejidad con una sonrisa que decía: «Sígueme el rollo».
—Hoy vamos a diseccionar corazones de vaca.
Todo el mundo tiene un compañero asignado, señor, pero yo estoy sola en mi mesa de trabajo sin nadie que me ayude.
Estoy tan nerviosa por tener que diseccionar algo que la profesora ha dicho que podía llevar a un alumno de otra clase para que me acompañe por si me desmayo —siguió diciendo mientras batía las pestañas de sus enormes ojos verdes en dirección al viejo Ballsy, que se estaba tragando la trola a pies juntillas.
—Claro, Aoife, sin problema —contestó dándome una palmada en el hombro—. Llévate a Joey.
—¿Está seguro, señor? —Molloy le dedicó su mejor sonrisa—. No quiero interrumpir demasiado su clase…
—No te preocupes —repuso dándome otro toquecito en el hombro—. ¿Te va bien él?
—Sí, señor, servirá… —dijo retirándose el pelo hacia atrás de un manotazo mientras me cogía la mano y prácticamente me arrastraba fuera de la sala de metalistería—. Lo traeré de vuelta en cuanto acabe con él, señor.
—¿Qué cojones estás tramando? —me reí en cuanto llegamos al pasillo—. ¿Biología? ¿Desmayarte? —La miré fijamente—. Sería difícil encontrar alguna chica en este instituto a la que le fascinaran las vísceras tanto como a ti, Molloy.
—Ya, bueno, es que hoy tú trabajas por la tarde y yo por la noche.
—¿Y? Te llamaré cuando acabes.
—Yo quiero pasar tiempo contigo ahora.
Volvió a cogerme la mano y me arrastró por el pasillo antes de empujarme a través de una de las numerosas puertas distribuidas por el instituto que supuestamente eran solo para emergencias.
Esa puerta en concreto llevaba a una escalera mal iluminada que, si se seguía hasta el final, conducía al campo de juego.
—¿Aquí o en mi coche?
—¿Qué? —me reí mientras ella me apretaba contra su cuerpo—. Sabes que estaba en medio de algo, ¿no?
—¿Y no preferirías estar en medio de mis piernas?
«Madre de Dios».
Reclamó mi boca con la suya, me empujó bruscamente contra la pared que tenía detrás y llevó sus manos a la hebilla de mi cinturón.
—Estás loca —gruñí acercando las caderas hacia ella sin protestar ni lo más mínimo mientras veía cómo me desabrochaba los pantalones, me bajaba los bóxers y se ponía de rodillas.
—Espera, espera, espera. En tu coche. Es mejor que lo hagamos en tu… —Entorné los ojos parpadeando de gusto cuando me dibujó un círculo con la lengua en la punta de la polla—. Mmm… Da igual.
—Mmm…
Ronroneando como un gatito, me tomó en su boca mientras me acariciaba la polla con la mano.
—Eres un peligro de cojones —dije casi sin habla antes de lanzar un suspiro agudo cuando me apretó los huevos en señal de advertencia—. Eres perfecta de cojones.
—Mmm… —fue el ronroneo de aprobación que soltó mientras me hacía una garganta profunda como la campeona que era, ahogándose y atragantándose sin dejar de venir a por más.
Le entrelacé los dedos en el pelo con una mano y con la otra le limpié una lágrima solitaria que le resbalaba por la mejilla.
—No te vayas a ahogar, nena.
—Mmm… —gimió entre arcadas ejerciendo una presión en mi rabo que era un puta maravilla—. Mmm…
Decidida a no bajar el ritmo, subió la apuesta y me masajeó más fuerte y rápido mientras se atragantaba con mi polla.
—Me voy a correr.
—Mmm…
—Échate para atrás.
—Mm-mm…
—Me voy a correr en tu boca, Molloy.
Me agarró el culo y succionó más profundamente.
—Mmm…
—Ah, jodeeeeeer… —Sentía que todo mi interior se tensaba hasta el punto del dolor, así que eché la cabeza hacia atrás y le follé la boca hasta que la presión de mis pelotas se liberó con un espasmo repentino—. Cuidado con los dientes.
—Mmm.
Agitando las caderas salvajemente, me corrí a lo bestia en su boca mientras mis muslos se sacudían debido al alivio instantáneo.
—Dios…
—Buah… —dijo en una exhalación antes de apoyarse sobre los tacones y tomar varias bocanadas de aire—. He batido mi propio récord. —Limpiándose la comisura de los labios, se puso en pie y se reajustó la coleta mientras me guiñaba un ojo con gesto travieso—. ¿Te sientes mejor, semental?
—Sí. —Tan solo podía reclinarme contra la pared y asentir con la cabeza ante esa poderosa chica que me había chupado la polla como un aspirador—. Eh… ¿Gracias?
—Bah. —Se encogió de hombros y movió una mano en el aire—. Pensé que te debía una.
—Yo… Eh… —Sacudí la cabeza para despejar la confusión de la lujuria, me llevé la mano a la polla y la aparté, sintiendo una oleada de calor al recordar su boca a mi alrededor. Al instante, volvía a estar medio empalmado—. Perdona por el…, eh…, estropicio.
—Anda ya. —Puso los ojos en blanco—. Si no hubiera querido que te corrieras en mi boca, te habría parado, y, si no me lo hubiese querido tragar, no lo habría hecho.
Hostia puta.
¿Qué podía decir ante eso?
—¿Gracias? —Parecía la frase más adecuada, ya que había hecho explotar mi mundo con su lengua—. En serio, gracias.
—Qué educado —se burló dándome una palmadita en la mejilla antes de dirigirse hacia la puerta—. No te preocupes, cielo. Ya me cobraré mi ficha del amor en otro momento.
—¿Ficha del amor? —Riéndome, la seguí hacia el pasillo—. ¿Debería saber qué significa eso?
—Significa que será mejor que te tomes unos cuantos Red Bull antes de venir a mi casa esta noche —respondió chocando su puño contra el mío antes de salir corriendo en dirección al laboratorio—. Porque no vas a dormir mucho, colega.