Rey de la gula (Pecados 6) 17. La visita nocturna
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17. La visita nocturna

LA VISITA NOCTURNA

Aoife

Poco después de la medianoche, me desveló el sonido de la ventana de mi cuarto, que se abrió y luego se cerró de golpe.

El corazón comenzó a latirme más deprisa cuando oí unos pasos amortiguados y noté que el colchón se hundía junto a mí.

En silencio, me di la vuelta sobre la espalda y giré la cabeza para mirar a mi novio.

Porque no tenía ninguna duda de que era Joey.

Totalmente vestido y con el cuerpo rígido, se había echado por encima del edredón con la capucha puesta y las manos sobre el abdomen y miraba el techo de mi habitación. Respiraba demasiado lento y profundo, señal de que algo lo perturbaba y, en lugar de ir corriendo con Shane, había venido aquí.

«Conmigo».

En la oscuridad, iluminados solo por la tenue luna que brillaba a través de la ventana, permanecimos tumbados el uno junto al otro. Mi cuerpo rezumaba calidez, el suyo frialdad.

Como un reflejo de nuestras vidas.

Sin decir una palabra, cogí una de sus enormes manos entre las mías y la acerqué a mis labios. Joey necesitaba procesarlo. Ser él quien diera el siguiente paso. No podía hacerlo yo por él.

Besé con suavidad cada uno de sus castigados nudillos, sostuve su mano contra mi pecho y esperé. Después de lo que me pareció una eternidad, lanzó un suspiro cargado de dolor y entrelazó sus dedos entre los míos.

Giró la cabeza para mirarme, así que yo hice lo mismo.

—Necesitaba que en el Tommen le fuera mejor.

—¿A Shannon?

Asintió rígidamente.

Con el alma en los pies, cubrí nuestras manos con la que me quedaba libre.

—Me miró como si hubiera sido culpa mía.

—¿Tu madre?

Volvió a asentir con la misma tensión.

Se me encogió el corazón. Sabía que no tenía que bombardearlo a preguntas, y mucho menos ofrecerle compasión o consuelo, así que simplemente me lo quedé mirando, observando cómo sus claros ojos verdes se centraban en los míos.

—Me odia —acabó por decir admitiendo sus palabras con amargura—. Deberías ver cómo me mira.

Me invadió el dolor y me puse de lado, frente a él.

—¿Qué ves cuando yo te miro?

Se estremeció.

—Esa no es la…

—Joe, ¿qué ves?

—A ti —susurró de manera entrecortada—. Te veo a ti, Molloy.

—Ves amor —lo corregí dulcemente soltándole la mano para llevarla a su rasposa mejilla—. Aceptación.

Tragó saliva, pero no respondió.

—Somos espejos, Joe —le dije tomándole la mano y poniéndomela en la mejilla—. Todo lo que sientes por mí es recíproco. Lo ves reflejado en mí.

—Molloy.

—Puede que tu madre sea tan tonta como para despreciarte, pero conmigo nunca va a pasar eso —murmuré acercándome hasta que nuestras narices se rozaron—. Yo jamás rechazaré tu amor.

Dejó ir una bocanada de aire y musitó:

—Joder, te juro que me estoy ahogando, Aoife.

—No te preocupes, Joe. Eso no va a pasar —contesté frotando mi nariz contra la suya—. No voy a dejar que tu cabeza se hunda.

—¿Me lo prometes?

Me incliné hacia él y le di un beso en los labios.

—Te lo prometo.

—Te quiero.

—Y yo a ti.

—Voy a hacerlo bien, Molloy.

—Ya lo sé, Joe.

—No vas a largarte, ¿verdad?

—Me temo que no —sonreí en la oscuridad—. Hasta el anillo. El vestido blanco. La valla blanca. El lote completo.

—Joder. —Soltó una risita—. Qué presión.

—Siempre presiono, Joe.

—Por decirlo elegantemente, Molloy.

—Cuando nos comprometamos…

—No vamos a comprometernos.

—Quiero un anillo del tamaño de mi puño.

Dio un bufido.

—Suerte con eso.

—Y cuando nos casemos…

—No vamos a casarnos.

—Quiero un casoplón en el campo, con una cama enorme con dosel y una tele de esas gigantes con pantalla plana que cuelgan de la pared.

—¿Y de dónde quieres que saque el dinero?

Se me dibujó una sonrisa.

—Creía que habías dicho que no íbamos a casarnos.

—Y así es. —Se giró para mirarme—. No podremos porque estaré en la cárcel por haber robado un banco para pagar ese anillo del tamaño de un puño al que le has echado el ojo.

—Y cuando tengamos hijos…

—No vamos a tener hijos.

—Serán rubios y con los ojos verdes, como su padre.

—Estás fatal.

—Estoy enamorada.

—No voy a tener hijos, Molloy —susurró echándome una solitaria mirada—. No puedo ser padre.

—Joe.

—Eso está fuera de mi alcance.

—Vale. —Le brindé una sonrisa tranquilizadora y apunté—: Cero hijos. Mimaremos a una mascota.

—Hummm. —Mientras se giraba para mirar hacia el techo, inspiró profundamente—. Puede que también quieras bajar el listón respecto a la mansión en el campo.

—¿Por qué? —me reí—. ¿Qué tienes en mente?

—Nada —admitió—. Nunca pienso en esas cosas.

—¿En el futuro?

Asintió con la cabeza y dijo:

—Sí.

—Bueno, pues ya puedes ir empezando a hacerlo —bromeé—. Porque tú estás en el mío y siempre consigo lo que quiero.

—Sí. —Me apretó la mano—. Lo sé.

—A ver, ¿quieres seguir hablando? —Me incorporé como un muelle, me agarré la parte de debajo de la camiseta y me la quité de un tirón—. ¿O prefieres que nos desnudemos y nos pongamos a follar?

—Virgen santa. —Riéndose con dulzura, Joey me imitó y se sacó la sudadera y la camiseta por la cabeza—. ¿Pero tú de dónde sales?

—De tus sueños. —Cogí la goma de las bragas, me las bajé rápidamente por los muslos y me subí a horcajadas sobre él—. Hola, semental.

—Hola, reina.

—¿Reina? —Los ojos me hacían chiribitas mientras le alcanzaba la cinturilla del chándal—. Ahora hablamos el mismo idioma.

Levantó las caderas y se bajó el pantalón y los calzoncillos, liberándose a sí mismo y ofreciéndome un primer plano de su enorme pollón.

—Nunca había tenido algo así.

—¿El qué?

—Esto —susurró quitándose la ropa y pasándome un brazo por la espalda para acercarme a él—. Nosotros. —Presionando sus labios contra los míos, metió una mano entre nuestros cuerpos y alineó la punta de su grueso miembro contra mí—. A ti.

—Me alegro. —Temblando, bajé sobre él mientras me deleitaba en la maravillosa forma que tenía de agrandarme hasta el punto del dolor—. Porque soy completamente tuya.

Mis párpados se agitaron cuando subió las caderas y empujó hacia mi interior de la forma más perfecta.

—Yo también soy completamente tuyo. —Esas palabras eran una confesión en voz baja, apenas pronunciada, pero significaban mucho para mí porque sabía que exponerse así lo mataba—. Siempre lo he sido.

—Lo sé, Joe. —Con las mejillas sonrojadas y el cuerpo ardiendo de calor, le envolví los brazos en el cuello y apoyé mi frente en la suya mientras me movía sobre él—. Dios, podría tenerte dentro para siempre y aun así no sería suficiente.

—Te entiendo —soltó con las mejillas tan ruborizadas como las mías mientras me agarraba por las caderas y me penetraba a un ritmo delicioso—. Yo quiero estar dentro de ti constantemente.

—¿Habías sentido eso antes? —pregunté sin aliento mientras nuestros cuerpos se mecían al unísono—. Mmm…

Negó con la cabeza y me besó en los labios.

—Solo contigo.

—No vuelvas a dejarme, Joe.

El ritmo se volvió titubeante.

—Molloy.

—Mmm… No lo hagas.

Apretó las manos sobre mis caderas mientras me embestía más adentro.

—No lo haré.

—Mmm… Bien. —Exhalando un suspiro, reprimí un gemido y le enterré la cara en el cuello—. Porque me veo casándome contigo.

—Joder, nena. —Me tumbó boca arriba con un rápido movimiento y volvió a colocarse entre mis piernas, acercándose a mi interior—. No juegues conmigo.

Sin aliento, me abrí por completo para que me tomara.

—No estoy jugando, Joe. —Le cogí la mano, la apreté contra mi pecho y contemplé su cara ruborizada—. No puedo sentir más por ti.

—Puedes tener lo que quieras de mí —susurró penetrándome muy adentro—. Te lo ofrezco todo. —Apoyándose sobre un codo, se inclinó más hacia mí y estampó sus labios contra los míos—. Porque solo vivo por ti.