16. La misma mierda, pero en otro instituto
LA MISMA MIERDA, PERO EN OTRO INSTITUTO
Joey
El día había consistido en siete horas de instituto, un partido y otras cuatro horas más en el taller.
Cuando entré por la puerta, poco después de las once de la noche, estaba exhausto y necesitaba un colchón sobre el que desplomarme.
Sin embargo, por la cara que tenía mi madre, era evidente que dormir era lo último que iba a conseguir.
—¿Qué pasa? —pregunté dejando la mochila, la bolsa de deporte, el hurley y el casco en el recibidor antes de irme derecho hacia la cocina—. ¿Mamá?
—Ha vuelto a ocurrir —dijo sofocada con el rostro cubierto de lágrimas mientras dejaba caer la cabeza sobre las manos—. Shannon está en el hospital.
El corazón me dio un vuelco.
—No.
Mamá asintió para confirmármelo, y yo pensé que iba a explotar por el repentino torrente de sangre que se me había subido a la cabeza.
—¿Por qué? —Me quedé sin respiración—. ¿Qué ha pasado?
—Le han dado un golpe en la cabeza —explicó mamá hundida en la silla de siempre—. Va a pasar la noche en observación.
—¿Un golpe? —Me quedé boquiabierto—. ¿Cómo? ¿Dónde? ¿Qué cojones…?
—Un chico de bachillerato le ha dado con un balón de rugby durante el entrenamiento y sufrió una caída espantosa en el instituto.
—Sorbiéndose la nariz, alcanzó la tela desgarrada que tenía delante y la sujetó para mostrármela—.
Al parecer también le ha roto la falda —añadió con voz ahogada—.
Pero era un chico mayor, más o menos de tu edad.
—¿A propósito? —La ira comenzaba a apoderarse de mí—. Mamá, ¿lo hizo a propósito?
—Le juró y le perjuró al director que no tenía intención de hacerle daño —contestó en un tono lleno de desdén—.
Fue él quien la llevó adentro cuando se desmayó y estaba acompañándola fuera del despacho cuando llegué, pero ya sabes cómo es esa gente —dijo mamá entre sollozos—.
Pensé que esta vez iba a ser diferente para ella.
Mejor. Es lo que necesita, Joey. Necesitaba empezar de cero y ahora todo se ha fastidiado.
—¿Qué dice Shannon al respecto?
—Ella también jura que fue un accidente —repuso mamá con aire cansado—. Pero ya sabes que a veces miente.
—Bueno, entonces igual lo fue —sugerí permitiéndome ser optimista por una vez en la vida—. El chico la llevó al despacho y se quedó con ella hasta que llegaste.
—Me espero ese tipo de ingenuidad de ella y de tus hermanos, pero no de ti —espetó mamá—. Tú sabes cómo son las cosas.
Sí, lo sabía, pero por una vez no quería que así fuera. Por una vez en mi vida, quería que mi madre se mostrara igual de considerada conmigo que con el resto de mis hermanos. Eso no iba a pasar, claro. Porque se suponía que mis sentimientos no debían aflorar.
Se suponía que debían ser de hierro.
«O inexistentes».
—¿Qué dice papá?
Sus hombros se desplomaron, pero ella no contestó.
—¿Qué opina de todo esto, mamá? —insistí.
—Que le está bien empleado por pensar que era mejor que el resto de vosotros.
—Qué capullo —murmuré frotándome la mandíbula—. No tiene ni puta…
—No empieces, por favor —me interrumpió con un sollozo—. Esta noche tu padre ya ha soltado por la boca más de lo que puedo soportar.
—Mamá… —empecé a decir, pero ella sacudió la cabeza y su repulsa me hizo callar.
Resoplando, se levantó de la mesa, se colocó una mano sobre el vientre, que no paraba de crecer, y pasó por mi lado dejando a sus espaldas una estela de decepción y menosprecio.
La puerta de la cocina se cerró tras ella, y sentí cómo crecía en mi interior esa familiar oleada de frustrada desesperación. Era el mismo sentimiento que no lograba saciar hasta que lo alejaba a la fuerza con lo que tuviera a mano.
Desamparado, me quedé inmóvil en la cocina, con las manos colgando muertas a los lados mientras absorbía las horribles sensaciones y sentimientos que me atravesaban con violencia.
Determinado a no destensar los músculos por miedo a lo que era capaz de hacer, y aún más determinado a no accionar el botón de la autodestrucción de la vida que apenas había logrado recuperar, agaché la cabeza y respiré de forma lenta y profunda.
«No importa —intenté recitar mentalmente para tranquilizarme—, nada de esto importa porque te da igual, ¿recuerdas?».
«Te da igual».
«Te da igual».
«¡Te la pela!».