15. Lo necesito como el agua
LO NECESITO COMO EL AGUA
Aoife
La relación había vuelto a su cauce, mi pelo estaba impecable, no llovía y esa noche no tenía que trabajar. En términos generales, parecía que el primer día de instituto después de las vacaciones había sido un triunfo.
Mi mundo volvía a marchar a la perfección, y esa fría tarde de enero disfrutaba contemplando cómo unos treinta chicos vestidos con los colores del Ballylaggin y del St. Colum’s, un equipo vecino, se daban de hostias entre ellos con sus hurleys.
Suspirando de felicidad, me recliné contra la pared del instituto que tenía detrás haciendo equilibrios con el culo sobre mi mochila mientras observaba cómo Joey conquistaba el campo y a todos los que había en él.
El nivel de talento que demostraba solo podría describirse con la palabra «prodigio».
Rezumaba habilidad y clase a raudales sin realizar apenas ningún esfuerzo.
Jugaba de defensa central en el equipo y llevaba el dorsal número seis, pero la verdad es que podría jugar en cualquier otra posición y seguir destacando.
Como mucho, en ese partido se estaba esforzando al sesenta por ciento, y aun así era mejor que el resto de los tíos del campo y había marcado ya tres goles y seis puntos para nuestro instituto.
La velocidad a la que se escapaba del número que lo marcaba y salía zumbando por el campo corriendo en solitario, esquivando y haciéndole quiebros a la defensa del St. Colum’s, era algo inigualable.
Me sabía fatal por Joey el hecho de que varias de las fotos de la época de Teddy Lynch en el equipo, las que iban de 1976 a 1981, siguieran colgando con orgullo en las paredes del instituto, pero no tanto como las comparaciones que se veía obligado a soportar.
Durante seis años a finales de los setenta y principios de los ochenta, su padre había estado al mando del equipo de hurling del Ballylaggin, lo que le había hecho granjearse una adoración eterna por parte del profesorado del centro, tanto de los miembros antiguos como de los actuales.
Fui testigo de esa mierda durante años. Daba igual lo que Joey consiguiera o cuántos campeonatos, títulos y medallas ganara para el instituto, porque su padre ya lo había hecho antes, y anda que no había gente más que dispuesta a recordárselo.
Las comparaciones le llegaban a Joey con frecuencia y de viva voz, y, cada vez que eso ocurría, su salud mental sufría un nuevo golpe irreparable, porque la voz de la paranoia con la que convivía a diario, esa que le aseguraba que era igualito que su padre, lo empujaba de nuevo a un lugar en el que se había pasado toda su juventud.
La adicción era consecuencia de haber sido criado por matones y camellos, en un entorno en el que el único sustituto disponible para el amor de una madre venía en forma de raya de cocaína o, peor, de aguja en el brazo.
De algún modo, Joey había logrado sobrevivir a su infancia y primera adolescencia reemplazando la falta de cariño de su madre por el cálido y envolvente abrazo del éxtasis, y el constante flujo de luz de gas mental y abuso físico de su padre por la capacidad adormecedora de los opiáceos.
No estaba bien, todo lo contrario, pero era fácil de entender. Era fácil entenderlo a él.
Joey Lynch llevaba desde la tierna edad de los nueve o diez años llamando a la puerta de Shane Holland, tratándolo como si fuera su médico personal, buscando ayuda en él y encontrándola en la peor de sus formas.
Y, como buen farmacéutico del mercado negro, Shane había estado más que dispuesto a aprovecharse de un niño vulnerable procedente de un hogar roto.
El simple hecho de que Joey estuviera intentando librarse del poder que las drogas ejercían sobre él, del manto de seguridad que le proporcionaban, no hacía más que demostrarme que ese chico valía todas y cada una de las noches en vela que me había hecho pasar, y todas y cada una de las lágrimas que había derramado por él.
—No veas qué velocidad… —dijo Casey uniéndose a mí.
—Ya —musité con los ojos clavados en Joe—. Parece una bala, ¿verdad?
—Y que lo digas. —Casey dejó su mochila en el suelo, a mi lado, se sentó encima de ella y estiró las piernas—. Seguro que folla igual de rápido —bromeó chocando su hombro contra el mío—. O, mejor aún, igual de duro que como juega.
—Te has pasado, Case —suspiré moviendo la cabeza hacia los lados—. Tres pueblos.
—¿En serio? —se rio—. Pues es una pena, porque al principio había pensado decir: «¿En la cama también dura sus buenos sesenta minutos, como en el campo?», pero decidí bajar un poco el tono.
—Tienes mucha personalidad para un cuerpo tan pequeño.
—Cierto —constató con una risita—. A ver, en una escala del uno al diez, ¿cómo de enfadada estás conmigo por la monumental equivocación que cometí el viernes por la noche?
—¿Yo? —apunté—. Un tibio uno y medio, pero no fue a mí a quien abofeteaste.
—Ya… —Sonrió dócilmente—. ¿Crees que está muy enfadado conmigo?
—¿Después de agredirlo y acusarlo de haberse acostado con una chica de la edad de su hermana pequeña?
Asintió con la cabeza.
—Ya han pasado tres días, así que creo que andará por un árido siete.
Arrugó la nariz.
—Me pasé un pelín, ¿no?
—Una pizquita de nada —repuse con una sonrisa—. Se te fue la pinza y te pasaste de la raya, pero me estabas cubriendo las espaldas, y por eso te quiero.
—Guay, porque no lo siento.
—Case.
—¿Qué? Es verdad. Puede que las formas no fueran las mejores, y no debería haberle pegado, pero se merecía una llamada de atención.
—Bueno, con llamada de atención o sin ella, no lo vuelvas a hacer.
Se rio.
—Vale, mamá.
—Te lo digo en serio. —Le eché una elocuente mirada—. Case, no vuelvas a ponerle la mano encima.
—Vale, Aoife —contestó en respuesta a mi tono de súplica (y de advertencia) mientras alzaba las manos—. No volverá a pasar.
—Nunca, ¿vale?
Hizo un leve gesto afirmativo con la cabeza.
—Vale.
Con una exhalación, volví a centrarme en el partido.
—Parece que las cosas han vuelto a su sitio entre vosotros —señaló—. Hace un rato en el insti no paraba de toquetearte.
—Así es —confirmé aliviada por el peso que me había quitado de encima—. Todo marcha bien.
—Parece mucho más estable que antes de las vacaciones de Navidad —añadió con cautela—. ¿Está mejor?
—Sí. —Asintiendo, lancé un hondo suspiro—. Gracias a Dios.
—¿De verdad no vas a decirme nada más? —gimoteó—. Venga, Aoife. Quiero detalles. Siempre me has contado todo lo que te pasaba, pero, cuando toca hablar de él, eres como un libro cerrado. Tía, ni siquiera me dijiste que habíais roto.
—Bueno, ahora ya lo hemos arreglado —respondí—. Así que no hay mucho más que decir.
—Aoife.
—Casey.
—Sé que lo quieres —afirmó—. Y me alegro por ti, Aoife. Te lo digo de corazón. Pero no dejes que se convierta en el centro de tu vida, porque ya has visto que, si la cosa se tuerce, no tendrás nada a lo que aferrarte.
—No estoy haciendo eso.
—¿Ah, no?
—No es que no quiera contarte mis cosas —traté de explicar—. Es que… Yo… Y él es tan… Tenemos una relación tan…
—¿Intensa? —propuso con cariño.
—Uy, es superintensa —convine al tiempo que dejaba escapar un suspiro—. Pero también es supercomplicada y privada y…
—No tienes ganas de discutir, ¿eh? —Me guiñó un ojo—. Lo pillo.
—Sabes que te quiero —dije para apaciguarla agarrándome a su brazo—. Eres mi mejor amiga.
—Y él es tu mejor amigo.
Encogí los hombros con impotencia.
—¿Es eso tan malo?
—Es maravilloso —respondió en tono triste—. Si no se le va la olla.
—Casey.
—Ten cuidado, ¿vale? —se apresuró a decir—. Ya sé que lo quieres, Aoife, y sé que lo que hay entre Joey y tú no puede ser más real, pero también lo son sus problemas.
—Está mejor —me oí defenderlo.
—De momento.
—Te digo que está mejor, Casey —reiteré con voz emocionada—. No veo el futuro en una bola de cristal, así que «de momento» me suena a triunfo.
—Como quieras —suspiró profundamente y agregó—: Pero no vuelvas a dejarte engullir por él.
El árbitro pitó el final del partido antes de que pudiera responderle, así que volví a centrarme en el campo justo en el momento en el que Joey se arrancaba el casco de un tirón.
Respirando de forma rápida y agitada, se limpió la cara con la parte inferior de la camiseta, lo que me permitió entrever su tonificado abdomen mientras sus compañeros de equipo celebraban la victoria.
En cuanto se dio cuenta de que lo observaba, se le comenzó a dibujar una sonrisa.
Me coloqué las manos alrededor de la boca para amplificar el sonido y grité:
—¡Bonitos abdominales!
—¡Bonitas piernas! —gritó él guiñándome un ojo.
Y ya está. Ahí volví a perderme.
—Pero ¿qué estoy diciendo? —se preguntó Casey riendo con resignación—. Pues claro que vas a volver a dejarte engullir por él.