14. De vuelta a la jodienda… O sea, al Ballylaggin
DE VUELTA A LA JODIENDA…
O SEA, AL BALLYLAGGIN
Joey
Estaba echo un puto manojo de nervios.
Apenas podía respirar de lo que me preocupaba la chica que había en el baño.
Era el primer día de Shannon en el Tommen y llevaba tanto rato encerrada ahí dentro que empezaba a plantearme la posibilidad de que se hubiera escurrido por el sumidero.
A ver, para ser sincero, tampoco es que ella fuera gran cosa.
No era tan difícil de imaginar.
Incapaz de estar ni un segundo más sin saber qué pasaba, abrí mi puerta, salí al descansillo lentamente y toqué a la puerta del baño con los nudillos.
—¿Shan? Date prisa, ¿vale? —Volví a llamar y mentí como un bellaco al añadir—: Me estoy meando.
—Dos minutos, Joey —contestó; yo apoyé una oreja contra la puerta y la escuché murmurar afirmaciones positivas para sí misma del otro lado.
«Pobre cría».
—Puedes hacerlo —la oí decir una y otra vez.
Joder, esperaba que así fuera, porque yo ya tenía más de dieciocho, un adulto ante la ley, lo que significaba que la próxima vez que me viera obligado a interceder por ella me iría directo a la cárcel de Cork.
Cuando por fin se abrió la puerta y me encontré frente a frente con mi hermanita, que vestía un uniforme de colegio privado, tardé unos instantes en procesar mis pensamientos.
—Estás…
Dejé que mi voz se fuera apagando y moví la cabeza hacia los lados al ver la americana. ¿Una americana? ¿Quién coño se pone una americana si no es para ir a una boda o a un entierro? Yo no entendía nada. Mi hermana se iba a adentrar en un mundo del que yo nunca podría formar parte.
—… preciosa —me forcé a decirle. Tampoco es que fuera mentira. A pesar de que parecía inquieta y aterrada, realmente estaba a la altura—. El uniforme te queda estupendo, Shan.
—¿Crees que me va a ir bien? —preguntó con un hilo de voz, los ojos como platos y un miedo apenas contenido—. ¿Crees que voy a encajar, Joey?
«No lo sé, pero espero que sí».
«Joder, de verdad que lo espero, Shan».
—Estoy la hostia de orgulloso de ti —respondí luchando para mantener a raya las emociones—. No sabes lo valiente que eres.
Era verdad.
Donde ella veía debilidad, yo veía fortaleza.
Donde ella veía miedo, yo veía resistencia.
A diferencia de mí, Shannon no necesitaba adulterar su mente para sobrevivir a nuestro mundo. Ella pensaba que era el eslabón más débil de la familia, pero nada más lejos de la verdad. Mi hermana era de titanio.
—Espera —dije volviendo a toda prisa a mi cuarto—. Tengo algo para ti. —Saqué mi cartera de los vaqueros que había tirados en el suelo, cogí dos billetes de cinco y volví al descansillo para dárselos—. Toma.
—No, Joey —se apresuró a protestar mirando hacia su mano horrorizada—. No puedo…
—Coge el dinero, Shannon —ordené—. Son solo diez pavos. Ya sé que la tata te dio dinero para el autobús, pero mejor que lleves algo más en el bolsillo. —Encogiéndome de hombros, añadí—: No sé cómo mierda funcionan las cosas en ese sitio, pero no quiero que vayas sin algo de pasta.
Me miró dubitativa.
—¿Estás seguro?
—Ven aquí. —Le pasé un brazo por sus huesudos hombros y tiré de ella para darle un abrazo—. Te va a ir genial —le aseguré sin saber si intentaba convencerla a ella o a mí.
Temblando, me devolvió el abrazo con todas sus fuerzas.
—Si alguien te da el más mínimo mal rollo, me envías un mensaje y yo iré y reduciré a cenizas ese instituto y a todos los pijos obsesionados con el rugby que hay en él.
—No habrá ningún problema —contestó con voz ahogada aferrándose a mí con todas sus fuerzas—. Pero voy a llegar tarde si no salgo ya, y eso es lo último que necesito el primer día.
Retiré el brazo que tenía sobre sus hombros, pero ella no se movió.
Siguió enganchada a mí como un monito a su madre.
«Tiene que hacerlo —recité mentalmente—, y tú tienes que dejarla».
Entré en pánico cuando por fin se armó del valor necesario para soltarme y ponerse el abrigo, así que me entretuve rascándome el pecho… Lo que hiciera falta para evitar echármela al hombro y encerrarla en su cuarto, donde podría mantenerla a salvo.
Shannon cogió la mochila, se la colocó sobre sus minúsculos hombros y me dedicó una esperanzadora sonrisa antes de lanzarse a correr escaleras abajo.
«Deja que se vaya —me exigí para mis adentros—, estate quieto y déjala hacer».
—Envíame un mensaje —no pude evitar decir mientras salía disparado tras ella. Me detuve a mitad de la escalera y contemplé impotente cómo abría la puerta principal—. Lo digo en serio. Si algo te huele a chamusquina, me avisas e iré a solucionarlo.
—Puedo con esto, Joe —repuso girándose para mirarme—. De verdad.
—Eso ya lo sé. —Me obligué a devolverle la sonrisa—. Es que… —Tras una impaciente exhalación, apunté—: Estoy aquí para lo que necesites, ¿vale? Siempre estaré aquí.
El rostro que me había pasado la mayor parte de mi vida protegiendo me miró con unos ojos tan inocentes que casi se me parte el corazón. Tras asentir ligeramente con la cabeza, dio media vuelta y se fue, cerrando la puerta principal tras de sí.
De inmediato, oí cómo el aire salía silbando de mis pulmones.
—Joder.
Con una mano sobre el pecho, me apoyé en la barandilla y me dejé llevar por la ansiedad durante unos segundos, sopesando los problemas con los que mi hermana podría encontrarse y una infinidad de «y si…» hasta que sentí que iba a explotar.
Entonces me di la vuelta y subí corriendo las escaleras.
—¡¿Tadhg, Ols?! ¡Vamos, chicos! ¡Hay que ir al colegio! —grité mientras me ponía en modo papi y organizaba al resto de mi prole.