Rey de la gula (Pecados 6) 13. Me tocaba a mí cuidarte
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13. Me tocaba a mí cuidarte

ME TOCABA A MÍ CUIDARTE

Aoife

Cuando abrí los párpados a la mañana siguiente, tenía una resaca de campeonato y una mano me palpaba la cara.

Ya despierta tras la pegajosa intromisión, analicé de un vistazo el entorno y me encontré enroscada entre las sábanas de una cama que me resultaba familiar mientras un pequeñajo igualmente familiar me toqueteaba con sus deditos pringosos.

El cuerpo se me tensó durante el más breve de los instantes cuando mi soñolienta mirada tomó consciencia del niño de ojos enormes que me observaba y el regazo en el que estaba sentado.

Sin camiseta y recostado contra la pared a la que estaba pegada su cama, Joey dormía con la cabeza inclinada hacia un lado.

Tenía una mano en un costado formando un puño, mientras la otra le colgaba flácidamente alrededor de la cintura de su hermano.

Protegiéndolo incluso mientras dormía.

—Hola, Sean —susurré con voz ronca intentando dibujar una sonrisa para él, una hazaña bastante difícil, teniendo en cuenta que me dolían hasta los labios.

—I-fa —dijo él con un hilito de voz; luego volvió a trepar tímidamente a la seguridad de los brazos de su hermano—. O-ui. —Rodeó el cuello de Joey con su bracito, se acurrucó junto a él y enterró la cara bajo el mentón de su hermano—. O-ui.

—Todo está genial, te lo prometo —musitó Joey con los ojos todavía cerrados mientras apretaba el brazo alrededor del pequeñín y mi corazón se encogía ante la escena—. Cierra los ojos, renacuajo.

—O-ui, cacas.

Al oír esas dos palabras, Joey prácticamente salió catapultado de la cama con su hermanito bajo el brazo.

—Me cago en todo —murmuró acercándose a la puerta del dormitorio y arrastrando con una sola mano la cómoda para quitarla de en medio antes de girar la llave y abrir de un tirón—.

Esta vez te vas a limpiar el culo tú solo —le advirtió al crío que llevaba en brazos mientras desaparecía hacia el descansillo—. Pero muy bien por decírmelo, chaval.

Yo estaba paralizada; las palpitaciones que sentía en la cabeza me aseguraban que no podría moverme ni aunque quisiera.

Poco después, Joey volvió a su cuarto, esta vez sujetando una lata de Coca-Cola en lugar de a su hermano.

—Buenos días. —Sus ojos bailaban risueños mientras cerraba la puerta de la habitación a sus espaldas—. ¿Qué tal la cabeza?

—Buenos días —contesté con voz ronca al tiempo que hacía un lamentable intento de sentarme—. Horrible. —Solté un gemido y me apreté la sien—. Creo que de esta no salgo.

Se acercó a la cama y se hundió en el borde.

—Qué va, fijo que vives —dijo riéndose entre dientes y encajándome la lata helada en las manos—. Bebe.

—No puedo —me quejé; y luego me entraron arcadas ante la sola idea de meter otra gota de líquido en mi pobre estómago—. En serio, creo que me voy a morir.

—No te vas a morir, pero te has metido en un lío.

—¡Puah! —gimoteé—. ¿Por qué? ¿Qué he hecho?

—Fumar. —Me miró con dureza—. Muy mal, Molloy.

—Ya, claro —resoplé—. Mira quién fue a hablar.

—Te lo digo en serio. —Sus verdes ojos rebosaban sinceridad y preocupación—. Sé por qué lo hiciste, y funcionó, pero no vuelvas a hacerlo, ¿vale?

—No te preocupes —dije con un hilo de voz—. Ni se me pasa por la imaginación.

—Bien. —Moviendo la cabeza hacia los lados, alcanzó la lata, la abrió y me la acercó dulcemente a la cara—. Ahora, bebe o te sentirás peor.

A regañadientes, le di un sorbito a la lata y, cuando vi que eso no me mataba, le di otro sorbo mayor.

De pronto me percaté de lo sedienta que estaba, así que me bebí media lata de un trago sin dejar de mirarlo a los ojos en ningún momento.

Asintiendo en señal de aprobación, Joey se metió la mano en uno de los bolsillos de su chándal gris y sacó una cajita de paracetamol, y, del otro bolsillo, extrajo una bolsa de patatas fritas con sal y vinagre.

—Confía en mí —se apresuró a convencerme cuando lo miré con escepticismo—. Funcionará.

—Vale. —Con un suspiro de resignación, me tragué dos analgésicos y engullí rápidamente el resto de la lata antes de alcanzar las patatas—.

Pensaba que íbamos a ir a mi casa —señalé incapaz de unir las piezas de lo que había ocurrido la noche anterior a través de la neblina de mi cerebro mientras masticaba las patatas.

—Yo también —afirmó—. Pero insististe en que volviéramos a la mía.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Mmm. —Mientras engullía el manjar de sal y vinagre, ladeé la cabeza y me paré a analizar el remedio sintiendo cómo el estómago se me asentaba por momentos—. ¿Azúcar, sal y paracetamol? Joe, déjame decirte que no es la manera más habitual de curar una resaca, pero sienta de maravilla.

—Es una receta familiar —fue su irónica respuesta—. Ventajas de criarse con un padre alcohólico y una madre aficionada a las benzos.

—Y de tener una novia borrachuza —propuse haciendo una mueca cuando mis ojos se detuvieron en el gran cubo para vomitar que había junto a mi lado de la cama—. Supongo que eso era para mí, ¿no?

Joey dibujó una sonrisa de medio lado y yo dejé caer la cabeza entre las manos.

—Ay, Dios —farfullé—. Has tenido que limpiar mi vómito.

—Fue el champán —contestó con una risilla—. O eso me dijiste entre potada y potada mientras nos salpicabas a los dos con tropezones en el coche de ese tal Feely de camino a casa.

—No me digas…

—Sí. —Señaló con la cabeza la camiseta que yo llevaba puesta; una de las suyas—. Tuve que meterte en la ducha en cuanto llegamos.

—¡Madre del amor hermoso! —sollocé avergonzada—. Deja de reírte, Joe. No tiene gracia. Es horrible.

—No es para tanto —afirmó entre risas retirándome las manos de la cara—. Tú ya lo habías hecho por mí unas cuantas veces. —Encogiéndose de hombros, añadió—: Me tocaba a mí cuidarte.

—Pero no es lo mismo.

—¿Por?

—Porque eres mi novio.

—¿Y? Tú eres mi novia.

—Se supone que las novias son sexis.

—Molloy, te garantizo que eres increíblemente sexy.

—¿De verdad?

—Por supuesto —repuso justo antes de ahogar otra carcajada—. Sobre todo cuando te salen burbujitas de champán por la nariz.

—Ay, vete a la mierda —le solté cogiendo la almohada que tenía en la espalda y estampándosela en la cabeza.

—Me lo curré mucho con el pelo —prosiguió—. Pero nunca había lavado una melena tan larga como la tuya, así que si la cagué no me lo tengas en cuenta.

Se me encogió el corazón.

—¿Me lavaste el pelo?

—No me quedó otra —respondió—. También te habías llenado la coleta de tropezones.

—Ay, Dios… —Me cogí la húmeda melena y me la pasé por encima del hombro para olerla, reconociendo al instante el aroma del champú que él usaba—. Puede que esa sea la cosa más románticamente asquerosa que nadie haya hecho por mí.

—Venga —dijo moviendo la cabeza hacia los lados—, que te hago un café.

—¿No va eso contra tus propias reglas? —le recordé mientras retiraba las sábanas y salía de la cama—. Quiero decir, ¿no prefieres que nos quedemos en tu cuarto cuando estamos aquí?

—Sí, bueno, eso era antes.

—¿Antes de qué?

—Antes de anoche —respondió en tono serio—. Antes de abrir los oídos y escuchar de verdad, para variar.

—Así que los chicos pueden escuchar… —rumié reajustándome la goma de los bóxers que sin duda él mismo me había puesto la noche anterior—. Creía que no era más que una leyenda.

—Te escucho, Aoife. —Me cogió la mano y tiró de mí—. Y lo que dije de confiar en ti iba en serio.

—¿Sí?

—Sí. —Hizo un gesto afirmativo con la cabeza—. Este es mi mundo. Es una puta mierda, pero quiero enseñártelo, si estás dispuesta a quedarte.

—Para siempre, Joe —susurré envolviéndole los brazos a la cintura—. Para siempre.

Sin sujetador bajo su camiseta blanca y tapándome el culo solo con sus calzoncillos negros, me hice un moño improvisado en la parte superior de la cabeza y seguí a Joey escaleras abajo, demasiado hundida en mi resaca como para que me importara que mi aspecto fuera el de algo que el gato había arrastrado hasta la casa.

—Joey —saludó su madre desde su sitio habitual en la mesa. Luego me miró a mí y noté que le cambiaba el humor de golpe—. Aoife.

—Buenos días —contestó él.

Joey nos guio a ambos hasta el hervidor, sin separar la parte frontal de su cuerpo de mi espalda mientras se ponía a hacer café.

Estaba claro que la necesidad de ocultar la erección que me estaba perforando la espalda era el motivo de mantenerme tan cerca.

—Anoche despertasteis a media casa, con todo ese jaleo que hicisteis al entrar.

—Hola, Marie —contesté con una sonrisa, a pesar de que ella no parecía contenta de verme—. Lo siento.

—Vale —dijo Joey por encima del hombro mientras me clavaba el miembro entre las costillas—. La próxima vez potará más en silencio.

—Gilipollas —farfullé entre dientes mientras intentaba inútilmente hundirle un tacón en el pie, puesto que el cabrón tenía unos reflejos felinos.

—Ay —dijo su madre observándonos con recelo desde la mesa—, al no traer a Aoife por Navidad, pensé que quizá vosotros dos habíais partido peras.

«Ya te gustaría, zorra».

—Me temo que estoy aquí para quedarme. —Le brindé mi mejor sonrisa mientras echaba azúcar en la taza—. ¿Un café?

—No. Gracias. —Volvió a centrarse en su hijo—. He aceptado hacer el turno de limpieza de Betty Murphy en el hospital esta tarde. Estarás aquí para vigilar a Sean, ¿verdad?

—No.

—¿No? —Sus ojos azules se llenaron de confusión—. ¿Qué quieres decir?

—Pues que no. —Pasando a mi lado ahora que había conseguido controlar su tienda de campaña, Joey fue hasta la nevera y cogió la leche—. Tengo planes.

—¿Qué planes?

—Planes, mamá —respondió Joey echando una cucharada de leche en cada una de nuestras tazas.

—¿Con quién?

—Con Aoife —dijo guiñándome un ojo cuando me tendió la taza.

El corazón me palpitó victorioso.

—¿Puedes cambiar de planes? —presionó su madre—. Ya le he dicho a Betty que le iba a cubrir el turno.

—No, no puedo —repuso Joey lentamente—. El domingo es mi único día libre y voy a pasarlo con mi novia.

«¡Ja, ja, ja, ja!».

Le dediqué una dulce sonrisa que decía: «Jódete», me puse de puntillas y le di un beso en la mejilla a su hijo.

—Necesitamos ese dinero.

—No sé qué decirte, mamá.

—Bueno, ¿y qué se supone que voy a hacer con Sean?

Joey se encogió de hombros, pero no respondió.

—Shannon está en casa de la tata arreglándose el uniforme y tu padre ha llevado a Ollie y a Tadhg a ese torneo de hurling que hacen en el pabellón.

—Es tu hijo —fue la calmada respuesta de mi novio.

—Eso ya lo sé, Joey, pero te necesito.

—Mamá.

—Tienes responsabilidades.

Se le abrieron las fosas nasales.

—Lo sé muy bien.

—Podemos quedarnos aquí y ocuparnos de Sean por ella, Joe —decidí decir, emocionada por que me priorizara, pero consciente de que después se iba a sentir tan culpable que iba a estar todo el día con un humor de perros—. Tampoco es que tengamos nada mejor que hacer.

—¿Estás segura? —Unos ojos verdes dubitativos se posaron en los míos—. Molloy, no te has metido en esto para pasarte el domingo haciéndole de canguro a mi hermano.

«No, pero tengo claro que me he metido para estar contigo».

—Estoy segura. —Asentí con entusiasmo antes de girarme hacia su madre—. Cuidaremos de su hijo.

A la madre de Joey yo no le caía bien, no me quería cerca de ninguno de sus hijos, pero la tenía entre la espada y la pared, y no pudo hacer otra cosa que asentir rígidamente con la cabeza y decir:

—Gracias.

—De nada. —Sin perder la sonrisa, le agarré la mano a Joey y lo arrastré fuera de la cocina—. Vamos.

—¿Has visto la cara que ha puesto? —se rio entre dientes mientras me seguía escaleras arriba, intentando no verter el café de las dos humeantes tazas que llevaba en las manos—. Está cabreadísima.

—Porque no me quiere en su casa. —Cerré la puerta de su cuarto detrás de nosotros, giré la llave en la cerradura y me acerqué a él contoneándome—. Distraigo a su abejita obrera, entrenada a la perfección.

Joey dejó las dos tazas sobre el poyete de la ventana, se volvió hacia mí y me echó una ardiente mirada.

—Si me vuelves a llamar «abejita», voy a tener que clavarte el aguijón.

—Tentador…

Me agarré la camiseta, me la saqué rápidamente por la cabeza y no pude evitar reírme cuando gruñó:

—Joder.

—Venga, Joe. —Metí los dedos por dentro de la cintura de los bóxers que llevaba puestos y me bajé el tejido por los muslos—. Tengo el sitio perfecto para que claves tu aguijón.

—Lo que tienes es una mente muy retorcida —dijo entre risas bajándose el pantalón del chándal—. Eres capaz de hacer que todo sea sucio, Molloy.

—Te encanta mi mente calenturienta.

—La verdad es que sí —admitió mientras se acercaba a mí para hacerse con mi cuerpo—. Y me encanta tu culo. —Me levantó, me empotró la espalda contra la puerta y se inclinó hacia mi cara—. Y esos labios…

Me besó con intensidad, gruñéndome en la boca y rozándose contra mí hasta que la gruesa punta de su polla me sondeaba el clítoris.

—Hazlo ya, Joe —lo animé enganchándole las piernas alrededor de la cintura mientras deslizaba una mano entre nuestros cuerpos y le agarraba la polla—. Entra en mí.

—Tómame tú —susurró entre mis labios mientras se mecía suavemente al ritmo de mis caricias—. Méteme dentro de ti.

«Dios bendito…».

Estremeciéndome contra sus labios, incliné la pelvis, alineé mi cuerpo con el suyo y lo introduje poco a poco en mi interior, respirando con dificultad mientras me colmaba hasta el punto del dolor.

—Me lo agrandas tan bien…

—Como sigas hablando, se acabará antes de empezar —me advirtió haciendo girar las caderas contra las mías para crear lentamente un delicioso ritmo que implicaba hacer el mínimo ruido contra el marco de la puerta al tiempo que buscaba el máximo impacto en mi cuerpo.

—¿Te gusta mi coño, Joe?

—Me encanta tu coño.

—¿Cuánto?

—Molloy.

—Venga, Joe. Háblame.

—No puedo. —Lanzó un amargo gruñido y dejó caer la cabeza sobre mi hombro—. Mi madre está abajo.

—¿Y qué? —suspiré y atraje su cara hacia la mía para besarlo con fuerza—. ¿Desde cuándo nos preocupa lo que piense?

—No es eso… —convino uniendo sus labios a los míos en un glorioso beso mientras se mecía dentro de mí—. Pero estamos en su casa…

—Estamos en tu cuarto —lo interrumpí apretándome contra él—. Y en tu cuarto me puedes follar, Joey. —Los ojos se le incendiaron—. Soy tuya —susurré entregándome a él por completo—. Puedes tenerme cuando quieras y donde quieras, porque te pertenezco.

—Dios…

—Cada centímetro de mi cuerpo —jadeé agitando el pecho contra el suyo mientras nuestros cuerpos chocaban—. Así que coge lo que es tuyo.

Soltando un bramido feroz, Joey reclamó mis labios con los suyos e hizo justamente eso.