Rey de la gula (Pecados 6) 12. Como Bambi
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12. Como Bambi

COMO BAMBI

Aoife

—Ya… hemos… hablado… de… esto.

—Lo sé, lo sé… —Entre gemidos, trataba inútilmente de no cerrar las piernas mientras mantenía un precario equilibrio sobre el borde de una lujosa bañera de hierro fundido y forma ovalada, con la espalda arqueada y el brazo estirado para agarrarme al borde del otro lado—. Perdona, es que… ¡Ah! ¡No puedo!

—Pues tienes que hacerlo. —Joey estaba arrodillado en el suelo, con la cara enterrada entre mis muslos y una de mis piernas sobre el hombro—. Porque vas a… estrangularme.

—¡No hables, Joe! ¡Ya casi estoy! —grité con voz ronca arqueando la espalda cuando noté su lengua en mi clítoris—. ¡Dios!

—Molloy —farfulló alzando la mano y retirando mi muslo de su cara—. Abre esas putas escaleras que tienes por piernas.

—¡No! —gemí desesperada al notar que se me escapaba la sensación que había estado persiguiendo—. ¿Por qué me haces eso? ¿Por qué paras?

Me fulminó con la mirada.

—Bueno, a lo mejor porque necesito oxígeno para respirar y tú estás ahogando la esencia misma de mi ser con tus piernas.

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

—No les hagas caso —ordené respirando con dificultad mientras alguien llamaba a la puerta—. Esta casa tiene más de un baño. —Arrugando el entrecejo, añadí—: Y creía que te gustaban mis piernas.

—Adoro tus piernas —confirmó Joey con el pelo despeinado y sexy mirándome desde abajo—. Pero, si no empiezas a acordarte de mantenerlas abiertas cuando tengo la cabeza entre ellas, van a ser responsables de mi muerte.

—Es culpa tuya —dije resoplando, entre excitada y a la defensiva—. Y de esa lengua del demonio que tienes.

—Mantén las piernas abiertas, ¿vale? —me advirtió señalándome con un dedo—. Último aviso.

—¿O si no qué? ¡Oh, Dios mío! —Agitando los párpados, llevé una mano entre mis muslos y lo agarré del pelo—. Lo haces tan bien…

—¡Molloy!

—Perdona —dije sofocada obligándome a abrir las piernas—. ¡No pares!

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

—¡Lárgate! —le vociferé al cabrón desconsiderado que golpeaba la puerta del baño.

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

—¡Ha dicho que te largues! —bramó Joey muchísimo más fuerte que yo.

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

—¡Se acabó! —soltó furibundo mientras se ponía de pie y se dirigía hacia la puerta—. Como abra la puerta y esté ese rubio anormal, ¡le voy a dar lo suyo!

—Pero has sido tan bueno… —contesté reprimiendo una carcajada mientras me apresuraba a interceptarlo antes de que pudiera abrir la puerta—. No le des a él lo suyo… —dije con un ronroneo interponiéndome entre él y la entrada— cuando me lo puedes dar a mí.

Sus ojos echaban chispas.

—Molloy.

—Te prometo que será mejor conmigo. —Me alcancé las mangas del vestido y las deslicé por mis brazos, dejando que la tela me cayera sobre la cintura. Entonces me levanté la falda para que se uniera al resto de la pieza—. ¿Qué prefieres, Joe?

—Virgen. —Su abrasiva mirada se fue derecha a mis pechos desnudos y no pudo evitar lanzar un ronco gruñido—. Santa.

Me sentía poderosa. Lo guie hasta el lavamanos a toda prisa.

—Buen chico.

Elevó una ceja.

—No te burles de mí.

Con una sonrisa de satisfacción, le desabroché el botón de los vaqueros y luego le abrí la cremallera antes de bajarle los pantalones y los bóxers de un tirón hasta las caderas para liberar su durísima erección.

—Vaya un tiarrón.

—¡Molloy!

—Ya me callo —susurré llevando una mano entre nuestros cuerpos para acariciarlo.

—Hace algún tiempo que no lo hacemos —apuntó acercándose a mí mientras me agarraba por la cintura—. Puede que acabe enseguida.

—No pasa nada. —Le di la espalda, me recliné sobre la pila y me agarré a ella sin dejar de mirarlo a través del espejo que tenía delante—. Tú no apartes la vista de mí.

—Joder…

Sacudiendo la cabeza, se acercó y me invitó a abrir las piernas mientras me deslizaba suavemente una mano por la espalda y la instalaba en mi cadera. Con la otra mano fue introduciendo poco a poco su enorme polla dentro de mí, centímetro a delicioso centímetro.

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

Esta vez, cuando el intruso aporreó la puerta, Joey estaba demasiado concentrado en aporrearme a mí como para que le importara.

—¡No pares! —chillé con voz quebrada aferrándome a la pila de porcelana como si me fuera la vida en ello mientras intentaba mantener firmes las piernas frente a sus deliciosamente adictivos envites—. ¡Dame duro!

—Hostia puta, Aoife —dijo con la respiración entrecortada. Mantenía sus ojos clavados en los míos a través del espejo y no dejaba de mover las caderas a un ritmo frenético—. Estás tan prieta…

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

—Pues aflójame —gemí luchando por mantener el contacto visual mientras todo mi cuerpo se agitaba y temblaba—. Hazme tuya.

—Ya eres mía —respondió metiéndome una mano entre las piernas para acariciarme el clítoris con el pulgar—. Cada centímetro de ti.

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

Estaba tan mojada que podía sentir cómo se deslizaba más y más adentro con cada empujón.

La tenía tan grande, entraba tan dentro de mí, que casi dolía, pero, cuando esa palpitación familiar de placer y calor fue creciendo con cada envite de sus caderas, me encontré suplicándole que me penetrara con más fuerza.

«¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!».

Solo cuando Joey se inclinó hacia mí y me cubrió la boca con la mano, me di cuenta de que estaba gritando.

—Chisss, Molloy —me advirtió sin apartar sus ojos de los míos en el espejo—. Calla, nena…

«Ah, Dios…».

No pude soportarlo. Mi cuerpo no podía hacer frente a otra descarga de presión. Él amortiguaba mis gritos con su mano mientras el orgasmo me desgarraba, golpeándome tan adentro que mi cuerpo se tensó y las piernas amenazaron con ceder debajo de mí.

—¡Joder! —Con respiración rápida y entrecortada, Joey se hundió contra mí mientras su erección me palpitaba por dentro, inundándome de calor—. ¿Estás bien?

—Ajá —contesté riéndome, sin aliento, mientras me dejaba caer sobre el lavamanos—. ¿Tú?

—Sí, Molloy. —Con una sonrisilla, me apretó la cadera, salió de mí lentamente y se alejó para limpiarse—. Estoy bien.

—Creo que me has roto un poco casi al final. —Tambaleándome sobre mis pies, me lavé como pude y me recoloqué el vestido antes de hacer balance de mi desaliñado aspecto—. Mira cómo tiemblo —dije señalando la visible agitación que me recorría las piernas—. Me has dejado como a Bambi.

—¿Qué te parece? —Del todo encantado, Joey se acercó y se arrodilló a mis pies—. Venga, Bambi. —Soltó una risita y me ayudó a meter los pies en el tanga y a subírmelo por los muslos—. Vamos a adecentarte.

Unos segundos después, cuando Joey abrió la puerta del baño para que pudiéramos salir, nos recibió una estrepitosa ovación.

—¡Puto semental! —declaró un chico al que no conocíamos mientras levantaba una mano para que Joey le chocara los cinco—. ¡Por Dios, hubo un momento en el que pensé que íbamos a tener que llamar a una ambulancia para tu amiga!

Joey le echó una mirada tan fulminante que el muchacho se encogió delante de él, retirando al instante la mano que le tendía.

—¿Qué coño le pasa a esta gente? —murmuró pasándome un brazo por encima del hombro—. No pueden ser más raros.

—Qué más da —respondí despreocupada—. Yo voto por comernos y bebernos sus generosas ofrendas hasta reventar.

Joey asintió con la cabeza en señal de aprobación.

—He visto una botella de champán carísima en la nevera.

—Sí, yo también.

—Nunca he probado el champán.

—Yo tampoco —le dije—. Pero tengo un bolso en el salón lo suficientemente grande como para llevarnos una botella de contrabando a mi casa.

Se detuvo en el pasillo y se volvió hacia mí.

—¿Crees que deberíamos hacerlo?

—Alguien acabará bebiéndosela. —Me encogí de hombros—. ¿Por qué no nosotros?

Analizó mi cara un buen rato antes de tomar la decisión.

—Coge el bolso —ordenó—. Ya traigo yo la botella.

—Estoy en ello —respondí chocando mi puño contra el suyo antes de irnos en direcciones opuestas.