11. Basta de muros
BASTA DE MUROS
Joey
Molloy había puesto las cartas sobre la mesa. Me había dado un ultimátum, y yo nunca había estado más agradecido. Nunca había sido de esas personas que se toman bien que las acorralen o les digan qué hacer, pero no sentí la necesidad habitual de enfrentarme a ella.
Había tardado años en pasar, pero mi cuerpo y mi mente ya no entraban de repente en modo de ataque cuando ella me decía que había hecho alguna gilipollez. Tampoco me ponía a la defensiva, porque había algo en mi interior que la reconocía como aliada.
Una compañera de equipo.
Nunca me había pasado algo así.
Con ningún otro ser humano del planeta.
Ni siquiera con mi hermana.
Pero esa chica tenía algo que hacía que ciertas partes de mi interior se calmaran.
No podía entenderlo, y menos aún explicarlo, pero, cuando estaba con ella, sentía como si me ahogara y respirara a la vez. Sentía que cabalgaba una ola electrizante y que daba igual si me caía o no, porque el golpe siempre sería sobre algo blando.
Esta vez no me iba a doler.
Porque Aoife Molloy no me haría daño. Había tardado seis largos años en aceptarlo. Cuando me dijo que me quería, lo decía de verdad, y era tan desconcertante como adictivo, porque, tan solo con que sintiera una quinta parte de lo que yo sentía por ella, era un cabrón con suerte.
—¿Sabes qué día fue ayer? —preguntó Molloy varias horas e incontables copas después. Seguíamos en la fiesta, en la misma posición que durante la última hora: con mi espalda pegada a la pared del salón y su cuerpo bien cerca del mío.
—¿Qué día fue, Molloy? —contesté con indulgencia sin separar una mano de su cadera mientras con la otra le daba un trago a mi botella.
Ella estaba borracha, pero yo, de algún modo, había logrado controlar mi naturaleza impulsiva.
Después de nueve botellas, iba con el puntillo, pero había desarrollado el nivel de tolerancia de un caballo.
A diferencia de mi ligera compañera de copas, para tumbarme a mí se necesitaban más que unas cervezas.
—Ayer fue siete.
—¿Siete?
—Ajá. Nuestro aniversario —anunció con las mejillas teñidas de ese tono rosado tan adorable que le salía cuando estaba piripi—. Ayer hizo un año de nuestro primer beso.
«Me cago en la leche».
—No lo sabía.
—Pues sí —ratificó con una exhalación mientras se apoyaba con fuerza sobre mí—. Ayer hizo justo un año que me metiste por primera vez la lengua hasta la garganta.
—Eso no es del todo cierto —bromeé sonriéndole—. Si la memoria no me falla, fue tu lengua la que se metió en mi boca.
—Pero porque eras demasiado cobarde como para dar el primer paso.
Me reí.
—Estaba preparando el terreno.
Arqueó un ceja.
—¿Durante cinco años?
—No sé. —La acerqué más hacia mí—. Tenía que estar seguro.
—¿De qué?
—De que no ibas a salir corriendo.
—¿Y ahora estás seguro? —Me observó con atención—. ¿Ahora confías en mí?
—Sí, Molloy. —Asentí lentamente con la cabeza, me incliné y rocé mis labios contra los suyos—. Confío en ti.
—Vaya… —Expulsó un vibrante suspiro—. Creo que para mí eso significa más que cuando por fin reconociste que me querías.
—¿Cómo lo supiste?
—Venga ya. Siempre has estado enamorado de mí. Era muy evidente —repuso sin un ápice de duda o timidez, lo cual me encantó—. Pero nunca estuve segura de si alguna vez ibas a ser capaz de abrirte así con alguien.
—No con cualquiera, Molloy —le dije—. Solo contigo.
—Sabes que yo voy a guardarte las espaldas, ¿no?
—indagó mientras me metía las manos por debajo del dobladillo inferior de la camisa y me acariciaba el vientre desnudo.
Me arañó suavemente la piel con las uñas, lo que provocó una respuesta inmediata de mi polla mientras ella se ponía de puntillas y me daba un beso en la línea de la mandíbula—. Me tienes loquita, Joey Lynch.
Serpenteó hacia arriba con una mano para cubrir el tatuaje de mi pecho y, con la otra, desplazó la mano que yo le había colocado en la cadera hasta el tatuaje de su nalga. Inclinándose hacia atrás, me miró a los ojos y susurró:
—Juntos hasta el final, Joe.
«Hostia puta…».
Me atravesó un escalofrío y no pude evitar cogerle el culo y atraer su cuerpo bruscamente hacia mí.
—Juntos hasta el final, Molloy.
Estrelló sus labios contra los míos y en ese preciso momento supe que nunca iba a poder separarme de esa chica.
«Al menos en esta vida».