10. No lo digas si no lo sientes
NO LO DIGAS SI NO LO SIENTES
Aoife
—Ha llegado el momento de que elijas veneno, Joey Lynch.
Temblando, de pie frente al único chico al que había amado, el ultimátum se cernía sobre nosotros como una losa.
Lo que había dicho era verdad.
Realmente era incapaz de seguir viviendo así.
Necesitaba saber a qué atenerme con él.
No sabía enfrentarme a lo desconocido.
Me aterrorizaba.
—No hace falta que tome ninguna decisión —contestó con sus verdes ojos en llamas—. Ya sabes que te elijo a ti.
Su respuesta hizo que mi cuerpo se estremeciera de placer, pero mi corazón seguía desconfiando.
—No, no lo sé —dije con voz ahogada y el corazón a mil por hora. «Porque, si lo supiera, no estaría aquí poniendo en riesgo mis sentimientos y mi orgullo»—. No lo sé, Joey.
—Entonces deja que sea muy claro al respecto —contestó sosteniendo mi mejilla en el hueco de su mano—. Te elijo a ti, Molloy. —Me levantó la barbilla para que lo mirara—. A ti.
—No lo digas si no lo sientes.
—A ti —repitió bruscamente con los dedos anclados a mi cintura—. Te elijo a ti. Siempre.
—Va en serio —le advertí haciendo un gesto de negación con la cabeza—.
Ya soy mayorcita y sabía lo que hacía cuando te besé aquel día frente a tu casa.
Estás obsesionado con esa absurda idea de protegerme de tu vida, cuando en realidad no hay nada en ella que me haya sorprendido.
Me metí en esta relación con los ojos bien abiertos, y ¿sabes qué?
Todavía los tengo abiertos y todavía quiero seguir.
—Yo también quiero seguir —respondió en tono grave—.
Es solo que… —Dejó escapar una trémula exhalación—.
Lo eres todo para mí —confesó con la voz cargada de dolor—.
Ya sé que mi forma de expresarme es una mierda y que no lo demuestro como debería.
Pero así es. No quiero hacer nada que te haga daño, aunque eso es justo lo que acaba pasando la mayoría de las veces.
Sus palabras, su tacto, su aroma… Se me hizo demasiado.
—Joe.
—Esta vez voy a quererte como es debido —susurró acariciándome la mejilla con su aliento—. Si me dices cómo.
Mi mano salió disparada a su antojo, lo agarró por la parte delantera de la camisa y lo acercó cuando debería haberlo apartado.
—Joe.
—Lo que hice en Navidad… Llegar hasta ese punto…
Me hizo cagarme de miedo, y solo podía pensar que, si no te alejaba de mí, acabaría destruyendo mi mundo, porque eso es lo que eres para mí, Aoife.
Eres todo mi puto mundo en el cuerpo de una sola chica.
Así que, vale, puede que lo haya hecho todo mal, pero lo único que intentaba era protegerte.
—Exacto, Joe, y eso es buena parte del problema, porque nunca he necesitado tu protección —dije con un hilo de voz—.
No soy tu madre, ni tu hermana. No soy otra chica más que necesita algo de ti.
Soy la chica que te desea incondicionalmente.
Que te ama incondicionalmente. Al hurler.
Al mecánico. Al chico. Al protector. Al gilipollas.
Al amante. Al adicto. —Sorbiéndome la nariz, añadí—: A todas tus versiones.
En todas tus formas y colores. Las acepto todas.
Así que me da igual lo mal que estés de la cabeza o lo mucho que te empeñes en que no eres bueno para mí.
Si no puedes estar conmigo, con lo bueno y con lo malo, vete ahora mismo, porque no voy a volver a pasar por esto contigo.
—Lo entiendo, Molloy —respondió con tono forzado mientras reposaba ambas manos en mi cintura.
—¿Sí? —Le imploré con los ojos que fuera sincero—. ¿De verdad lo entiendes, Joe?
Asintió lentamente con la cabeza.
—Lo entiendo, nena.
—Perfecto. —Temblando, cerré los ojos con fuerza, perdiendo la batalla contra mis emociones y contra mi orgullo mientras dejaba caer la frente para apoyarla en su pecho—.
Porque esta vez no hay vuelta atrás, Joe.
¿Me oyes? No puedes volver a largarte por ninguna otra razón que no sea que no quieres estar conmigo y debes confiar en que yo haré lo mismo.
—Vale. —Me deslizó las manos de la cintura a los hombros y luego me rodeó la cara con ellas, enredándolas en mi pelo y evocando un escalofrío de placer como solo él era capaz—. Puedo hacerlo.
Un montón de sensaciones y sentimientos ilícitos salieron en estampida hacia la superficie cuando rozó su nariz contra la mía con la clase de afecto que sabía que guardaba solo para mí. Era igual de empoderante que aterrador.
—Te quiero.
Lo dijo con tanta facilidad que se me hizo extraño.
Se me escapó un trémulo suspiro de entre los labios.
—Te quiero —repitió despacio inclinándose para darme un dulce e inocente beso de los que llegan al alma.
—Basta de muros, Joe. —Le rodeé la cintura con los brazos y le clavé los dedos en la tela de la camisa mientras me aferraba a él como a una plegaria—.
Basta de secretos y cortinas de humo, ¿vale?
Ya estamos por encima de eso. Porque yo nunca he sido tu enemiga —logré decir—. Siempre he estado en tu equipo.
Se quedó rígido unos segundos antes de soltar un profundo suspiro.
—Entonces, para ser del todo sincero, supongo que debería decirte que no he venido aquí solo porque me hayan invitado.
—Vale… —Entrecerré los ojos, sospechando al instante—. ¿Qué has hecho?
Negando con la cabeza, me cogió de la mano y me llevó afuera, a una zona tranquila del jardín.
—No te pongas como loca.
Crucé los brazos sobre el pecho y lo fulminé con la mirada.
—No me des ninguna razón para ello y no lo haré.
Arrugó la nariz y murmuró:
—Le he vendido unos gramos a Biggs.
—¿De alegría?
Se retorció de incomodidad.
—De hierba.
—¡Por Dios, Joey!
—¡No he ido a ver a Shane! —se apresuró a contar—. No me he acercado a él desde aquella noche.
—Entonces ¿de dónde la has sacado? —pregunté—. ¿De tu alijo personal?
Se encogió de hombros avergonzado.
—¡Virgen santa! —Moví la cabeza hacia los lados—. ¿Qué estoy diciendo? Pues claro que tienes un alijo personal.
—Eso era todo lo que tenía, lo juro.
—No me mientas…
—No lo hago —me interrumpió—. Era todo lo que tenía. No hay más, Molloy. Lo juro.
—¿Por qué?
—¿Por qué qué?
—¿Que por qué has hecho algo tan increíblemente estúpido como venderles droga a chavales de un colegio privado?
Me observó con recelo, pero no respondió.
—¿Por qué? —repetí sin achantarme.
—Porque me lo pidieron.
Le eché una mirada que decía: «Respuesta equivocada».
Gruñó de desesperación y lo intentó de nuevo.
—Porque necesitaba ese dinero.
Por fin llegábamos a alguna parte.
—¿Para qué?
—Para mi familia.
—¿Por?
Miró al cielo y negó con la cabeza antes de decir:
—Porque mi viejo se gastó hasta el último céntimo que tenía mi madre y, cuando acabó de fundirse su dinero, ella le dio el mío.
—¿Lo dices en serio?
—Es culpa mía —afirmó en tono resignado—.
Siempre le doy a mi madre la mitad de mi sueldo a finales de semana para ayudar con las facturas y algunos pavos más por Navidad para que les compre a los niños lo que necesiten.
—Frunciendo el ceño, añadió—: Este año tu padre metió un par de billetes de cien extra en la paga de Navidad y, por imbécil o por ir colocado, no tuve en cuenta las consecuencias de dárselos a ella.
—¿Le diste todo tu dinero?
—Hasta el último céntimo —admitió antes de retractarse a toda prisa con gesto constreñido—: Bueno, primero te compré esas botas caídas que querías para Navidad. Las tengo debajo de mi cama.
Mi corazón se contrajo.
—Joe…
—No me he metido en líos, Molloy. De verdad que no —insistió—.
Fue Hughie Biggs quien se acercó a mí. Él y sus amigos querían hierba y les sobraba más dinero que sentido común.
—Se encogió de hombros antes de agregar—: Aproveché la oportunidad sin pensármelo y no pienso pedir perdón.
Necesitaba el dinero para mi hermana y los chicos.
Para el bebé. Seany no podía pasar sin él.
—Sacudió la cabeza; para ser alguien que se negaba a disculparse tenía los ojos terriblemente llenos de arrepentimiento—.
No soy un camello, Molloy. Sabes que no.
Pero no podía hacerle ascos a una oferta única como esa. No me lo podía permitir.
—¿Por qué? —La curiosidad me pudo y pregunté—: ¿Cuánto te ofrecieron?
—Doscientos euros por una bolsa que me había costado sesenta.
—¿En serio? —Me quedé boquiabierta—. ¿Sabes cuántas horas tengo que trabajar en el pub para sacarme ese dinero?
—Lo sé. —Asintió con los ojos como platos—. Me pasa lo mismo en el taller. Yo pensé eso mismo. ¿Ves? Por eso te quiero. Tú lo pillas.
—Ya, lo pillo, pero esa no es la cuestión —me apresuré a añadir echándole una mirada de advertencia—. Se acabó toda esa mierda. —Entorné los ojos y dije—: Nunca más, ¿me oyes? Si tan siquiera te planteas…
—No te preocupes —intervino enseguida—, cometí el error de darle mi sueldo a un zángano por última vez.
Era mentira. En cuanto el siguiente sueldo cayera en sus manos, Joey iría otra vez directo a entregárselo a su madre. Ese era uno de los motivos por los que lo quería tanto. Y un buen motivo para despreciar a su madre.
—Bueno, me estoy pelando de frío aquí fuera —comenté señalando a nuestro alrededor.
—Hostia, claro —murmuró llevándose la mano al cuello de la sudadera, solo para darse cuenta de que esa era una de las pocas veces que no llevaba esa prenda—. ¿Tienes abrigo? —preguntó acercándome a él y frotándome su enorme mano por la espalda, que tenía descubierta.
—No, pero no lo necesito —contesté ya algo harta de tanta intensidad—. Porque tengo un suministro ilimitado de alcohol calentándome el estómago y a un gilipollas del que estoy más o menos enamorada para que me caliente el resto.
Sonrió satisfecho.
—¿Ah, sí?
—Ajá. Venga, Tony Soprano. —Envolviéndole el brazo alrededor de la cintura, le deslicé la mano en el bolsillo de atrás y me recliné contra su cálido cuerpo—. Esta vez, voy a dejar que me cuides.