9. A corazón abierto
A CORAZÓN ABIERTO
Joey
Nadie había colaborado tanto con el karma como Molloy.
Verla hacer algo tan mundano como darle una calada a un porro me había puesto el puto corazón del revés. Porque ella no hacía esas cosas. No le daba a la hierba.
Joder, si la única vez que la había visto llevarse un cigarro a la boca en los seis años que habían pasado que nos conocíamos había sido en primero, en una discoteca, cuando le dio una calada al porro de Rambo en la parte de atrás del Pav y acabó vomitando sin contemplaciones todo lo que llevaba en el estómago.
En esa relación, el que estaba hecho mierda era yo, no ella.
Sin embargo, esa noche Molloy se había sacado un as de la manga y había conseguido doblegarme, dejando nuestros corazones a la vista de todos.
—Bien hecho, nena —suspiré lleno de frustración, le puse una mano en la cadera y la acerqué hacia mí—. Este asalto lo has ganado tú.
Mi vida era impredecible y mi futuro fúnebre, pero no me cabía la menor duda de que, dondequiera que acabara, esa chica siempre iba a influir en mí.
—¿Cómo que este asalto? —Desafiante como de costumbre, me miró con esos ojos verdes tan disparatadamente sexis y arqueó una ceja delineada a la perfección—. Yo siempre gano, Joe.
Sí, era cierto, incluso cuando no le hacía ningún bien.
Tenía el cuerpo apretado contra el mío, de modo que sus tetas me rozaban el pecho cada vez que respiraba.
En ese momento aquello era demasiado para mí y me estaba costando mucho mantener la cabeza en su sitio.
Oía a la gente murmurar a nuestro alrededor, pero era incapaz de entender una sola palabra de lo que decían, porque toda mi atención estaba puesta en la chica que llevaba dándome guerra de una forma tan acertada desde el día que nos conocimos.
Porque la amaba con todo mi ser.
Lo bueno, lo feo y lo malo.
Me deleitaba en todas esas cosas.
Tenía el corazón enmarañado y la cabeza del revés.
Sin apartar sus ojos de los míos ni un solo segundo, me recorrió el estómago con sus largas uñas rojas hasta llegar a la hebilla del cinturón y luego tiró de mí para acercarme a ella.
«Joder…».
Sabía perfectamente lo que hacía cuando cogió la mano que yo le había puesto en la cadera y la colocó sobre su magnífico trasero. Poniéndose de puntillas, me rodeó el cuello con una mano y acercó mi cara a la suya.
—Eres gilipollas.
—Ya lo sé.
—Me has destrozado.
Dolor. Me golpeó de lleno en el pecho.
—Ya lo sé.
—Chico malo. —Su aliento impregnado de alcohol y cálido de la hostia me dio en la cara cuando susurró—: Dime que lo sientes.
Me rendí sin luchar; estaba demasiado cansado y enamorado como para oponerme a mis sentimientos.
—Lo siento.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—Buen chico. —Me había metido la lengua en la oreja y estrechaba su cuerpo contra el mío—. Ahora dime que me quieres.
—Te quiero.
Las palabras salieron de mi boca en un tiempo récord.
—Dilo otra vez.
—Te quiero.
—¿Cuánto?
—Mucho.
—Mmm…
Tomó mi mano entre las suyas y me condujo hasta la pista de baile. Yo la seguí, como si fuera una costumbre de toda la vida, consciente de que esa chica era, con diferencia, mi mayor adicción.
—¿Qué haces?
—Me rompiste el corazón —dijo llevando mis manos a sus caderas mientras me rodeaba el cuello con los brazos y se acercaba aún más—. Lo mínimo que puedes hacer es bailar conmigo.
Estaba demasiado cansado como para ponerme a discutir y era demasiado débil como para resistirme, así que tiré de ella hacia mí, agradecido por el vodka que contenía mi estómago, pues no me sentía nada cómodo bailando. El caso es que esa chica… Bueno, al parecer yo hacía todo lo que me pedía.
Ebrio de vodka y arrepentimiento, me aferré con las manos a sus caderas, sintiendo su voluptuoso cuerpo contra el mío y a nuestro alrededor flotaba el melancólico sonido de «Lightning Crashes», de Live.
A medida que mi cerebro iba procesando la letra de la canción, una horrible y pesada energía se asentaba sobre mis hombros.
—¿Qué pasa? —preguntó Molloy, que había percibido mi malestar al instante.
—Nada.
—¿Joe?
—Es que… —Volví a sacudir la cabeza y exhalé un suspiro dolorido—. Es la canción.
—¿Qué pasa con la canción?
—Me recuerda a ella.
—¿A quién? —Sus ojos verdes se suavizaron—. ¿A tu madre?
Apretando con fuerza la mandíbula, me esforcé en asentir.
—Estoy fatal, ya lo sé.
—No estás fatal. —Alzó las manos, me cogió la cara y la acercó a la suya—. Mírame.
Me dolía mirarla. Sentir tanto como sentía y saber que yo no era bueno para ella.
—Mírame —repitió atravesándome con esos preciosos ojos verdes mientras la canción sonaba a nuestro alrededor—. No apartes la vista de mí. —Temblando, me mantuvo cerca y dijo—: Haz que esta canción trate sobre nosotros.
Con un dolor sordo en el pecho, me obligué a obedecer. A darle a esa chica lo que me pidiera.
—Te quiero.
—Ya lo sé.
—No quiero hacerte daño.
Me acarició la mejilla.
—Eso también lo sé.
Exhalando un suspiro de dolor, dejé caer mi frente sobre la suya.
—Eres todo lo que quiero, Molloy.
—Demuéstramelo —susurró deslizándome los dedos sobre la piel—. Porque no puedes tenerme en este limbo.
—No es lo que intento.
—Puede que no, pero lo estás haciendo.
El dolor rompió contra mi pecho.
—Intento protegerte.
—Pues deja de hacerlo y empieza a intentar hacerme feliz —argumentó con los ojos clavados en mí—. Porque ha llegado el momento de que elijas veneno, Joey Lynch.