Rey de la gula (Pecados 6) 7. El infierno está empedrado de buenas intenciones #2
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7. El infierno está empedrado de buenas intenciones #2

—Gracias, Katie, pero entonces tendrías que irte de la fiesta.

—No me importa —repuso Katie enseguida—. Creo que deberías quedarte y hablar con él. —Me dedicó una sonrisa… de advertencia—. Pero de buen rollo.

—Claro —dije alzando las manos para que supiera que estaba más que dispuesto a cumplir sus deseos.

—No… —gimoteó Casey—. No lo hagas, Aoife. Te va a meter un montón de mierda en la cabeza.

—¡Tú cállate! —soltó Katie subiéndose rápidamente al asiento de atrás con Casey antes de cerrar la puerta a toda velocidad.

El coche no tardó en alejarse por la carretera, dejándonos en un silencio forzado y tenso.

—¿Así que ibas a irte sin hablar conmigo?

—No quiero peleas, Joe —susurró Aoife envolviéndose la cintura con los brazos en gesto protector—. Estoy demasiado cansada.

—Yo tampoco quiero eso.

Asintió rígidamente con la cabeza sin apartar la vista de sus pies, realzados por unos tacones de aguja.

—¿Vas a mirarme?

—Ahora mismo no.

—¿Por qué?

—Porque duele demasiado.

Se me encogió el corazón.

—Nena…

Cambió de tema de inmediato y preguntó:

—¿Y qué haces en una fiesta del Tommen, Joey Lynch?

—No te lo vas a creer, pero me han invitado.

—¿Quién?

—Hugh Biggs —contesté antes de darle un rápido giro a la conversación—. ¿Qué haces tú en una fiesta del Tommen, Aoife Molloy?

—Me han invitado.

—¿Quién?

—Katie Wilmot.

Tuve que pensarlo un momento antes de darme cuenta.

—Espera, ¿Katie, tu vecina de al lado, está con Hugh Biggs?

—Sí —murmuró—. Ya te lo había dicho.

Recordaba vagamente a Molloy contándome que su amiga tenía un novio en el equipo de rugby del Tommen, pero en aquel momento estaba demasiado colgado como para prestarle mucha atención a lo que me explicaba.

—No, no, no, tú me dijiste que se llamaba Katie Horgan.

De eso me acordaba.

—Se llama Katie Horgan-Wilmot —contestó Molloy—. Sus padres no están casados, ¿te acuerdas? Su madre se apellida Horgan, y su padre, Wilmot. Tiene un apellido doble, aunque suele usar más el de su padre.

—Así que Katie está con Hugh.

—Sí, hace ya algún tiempo.

—Vale, entiendo.

Se me vino a la cabeza la charla que había tenido con Lizzie y una punzada de compasión me atravesó el pecho antes de deshacerme abruptamente de cualquier recuerdo que mi mente conservara al respecto.

«Nadie me ha dado vela en ese entierro».

—¿Y por qué decías que iba al Tommen? —pregunté buscando en mi cabeza y yéndome de vacío—. Es de Rosewood. Tampoco es que a sus padres les sobre el dinero. —Intentando no sonar demasiado como un imbécil, dije—: ¿No debería ir con nosotros al Ballylaggin?

—Joe, sabes por qué va al Tommen —musitó dándole una patada a una piedra con el pie—. Ya te lo he contado, ¿no te acuerdas?

«Sí, pero yo estaba en otro planeta y no podía oírte».

—Ah, sí —mentí sintiendo asco de mí mismo por la cantidad de formas que había encontrado de defraudar a esa chica—. Ya me acuerdo.

—¿Has bebido?

—Solo una copa en toda la noche.

—Vaya —dijo con suavidad—. Debe de ser todo un récord para ti.

«Esa ha dolido».

—Me lo merezco.

—No lo he dicho para hacerte daño —repuso moviendo la cabeza hacia los lados.

—Tampoco es que fuera a culparte si lo hicieras.

—Ya.

Se hizo otro tirante silencio entre nosotros y me sentí incómodo.

—Sabes que Casey se ha pasado como siete pueblos, ¿no? La chica con la que hablaba es una amiga de Shannon —me apresuré a explicarle mientras el corazón se me aceleraba—. Eso ha quedado claro, ¿verdad?

—Sí. —Su voz era apenas un susurro cuando dijo—: Katie mencionó algo de eso.

—Entonces ¿estás bien? —insistí con delicadeza—. Ya sabes que no estaba pasando nada.

—No, no estoy bien —contestó sofocada con la voz cargada de emoción—.

Llevo semanas sin estar bien. —Esta vez sí que me miró, y el dolor que sentí al ver sus ojos llenos de lágrimas me atravesó como un cuchillo—.

Pero parece que tú estás mucho mejor que antes, así que está claro que a uno de los dos le está funcionando esta ruptura.

—¿Lo dices en serio? —Di un paso atrás; sentía como si acabara de clavarme un puñal en las tripas—. ¿Crees que yo no estoy sufriendo?

—Yo ya no sé lo que sientes.

—Amor —reconocí—. Hacia ti.

—No…

—Para mí no ha cambiado nada, Molloy —la interrumpí desesperado por que lo supiera—. Nada.

—No puedo hacerlo —admitió con la voz rota—. No puedo.

—¿Hacer el qué? —pregunté presa del pánico—. ¿Hablar conmigo?

—Estar aquí contigo, pero sin estar contigo —dijo emocionada llevándose una mano a la frente—. Es demasiado. Demasiado duro. —Negando con la cabeza, se giró para irse—. No puedo.

—Aoife. —Una combinación jodidísima de culpa y miedo recorrió mi cuerpo mientras la veía marcharse—. Tan solo intento protegerte.

—No… —Se dio la vuelta y vino hacia mí como una loca—.

No —repitió con los dientes apretados señalándome con el dedo—.

Esto no es protegerme, Joey. Largarte no es protegerme.

¡Joder, dejarme no es protegerme! —Furiosa, parpadeó para deshacerse de las lágrimas y me fulminó con la mirada—.

Así no se trata a la persona a la que amas, lo que demuestra que nunca me has querido como yo te he querido a ti.

—¿Que nunca te he querido? —La miré boquiabierto—. ¿Cómo coño puedes decir eso? ¡Eres la única persona del planeta a la que quiero!

—No —respondió sacudiendo la cabeza—. No puedes hacer eso.

No puedes volver y destrozarme. —Me puso las manos en el pecho y me empujó cuando intenté atraerla hacia mí—.

¡No puedes decirme que me quieres y luego volver a romperme el corazón!

—Lanzó otro angustioso gemido cuando tomé sus mejillas entre mis manos—.

Tú no me quieres, Joey. —Agitando los párpados, se inclinó hacia mí y empezó a sollozar—. Tú no sabes querer a nadie.

—Tal vez no lo haga bien —dije con voz ahogada mientras se me hacía pedazos el corazón—. Pero sí que te quiero.

—Eres un cabrón.

—Ya lo sé.

—No puedo vivir así.

—Ya lo sé.

—No, Joey, de verdad. —Dejó escapar un suspiro y se apartó de mí con un escalofrío—. No aguanto ni un segundo más.

Acto seguido, giró sobre sus vertiginosos tacones y se dirigió hacia el interior de la casa murmurando las palabras «Duele demasiado» por encima del hombro mientras se iba.

Sabía que debía girar en dirección opuesta y alejarme de ella, pero no fue eso lo que hice.

No, lo que hice, como el cabrón enfermo y masoquista que era, fue seguirla hasta la casa de los Biggs, consciente de que Molloy no era de las que se quedaban de brazos cruzados cuando la menospreciaban.

No me cabía la menor duda de que su intención era hacérmelas pagar por no darle lo que quería, que casualmente era justo lo mismo que quería yo.

«Puta mierda de vida».