7. El infierno está empedrado de buenas intenciones
EL INFIERNO ESTÁ EMPEDRADO DE BUENAS INTENCIONES
Joey
—Y luego está Ronan McGarry. Es un mierdecilla, pero relativamente inofensivo —dijo Lizzie recitando el último nombre de la lista de tocapelotas con los que Shannon podría toparse en su nuevo instituto—.
Sin embargo, la verdad es que, aparte de algún que otro cotilla o de la típica abeja reina, el Tommen es bastante apacible.
Bueno, hay que lidiar con Bella Wilkinson.
—¿Quién es? —pregunté de pie a su lado en la cocina mientras iba tomando notas mentales—. ¿La conozco?
—No creo —respondió—. Estás bueno, pero te falta pedigrí para que te tenga fichado.
Alcé una ceja.
—Vaya, gracias.
—Lo siento, es así. —Se encogió de hombros de forma poco entusiasta—.
Vas al instituto público de Ballylaggin y vives en un barrio marginal, y ella es una zorra sedienta de dinero y fama —me explicó arrugando la nariz, asqueada—.
Puede que seas la gran esperanza de la asociación de hurling, pero, si no vienes con el resto de los accesorios (me refiero a dinero, un cochazo de escándalo y un futuro como jugador profesional de rugby), ella ni te mirará al pasar junto a ti.
—Estoy consternado.
—Ya me lo parecía —se rio Lizzie dándome un manotazo en el brazo—.
Digamos que esa chica se subiría a una cuchilla de afeitar si esa cuchilla tuviera la forma de alguno de los chicos de la Academia.
Pero está en sexto y en realidad pasa de la gente de tercero, así que Shan no debería tener ningún problema con ella.
Además, los chicos de nuestro curso no son tan espectaculares como para que ella les preste atención.
Le interesan más los tíos mayores, los grandes jugadores de rugby con estatus de dioses.
—¿Como Johnny Kavanagh?
—Exacto. —Lizzie asintió con la cabeza—. O Cormac Ryan. Los dos están en la Academia.
—Los he visto jugar —comencé a reflexionar frotándome la mandíbula—. Kavanagh es un fuera de serie, pero ese chaval, Ryan, ha tocado techo con la Academia.
—¿Quieres oír un chisme gracioso que circula por el mundillo del rugby?
—La verdad es que no.
—Bueno, yo tuve que oírlo, así que tú también.
—No, por favor.
—Al parecer, Bella se acuesta con Cormac desde antes de Navidad, pese a que debería estar con Johnny Kavanagh, que se encuentra lesionado.
—Ufff, escandaloso —repuse sin emoción—. He recibido una información vital sobre unas personas que me importan tres pares de cojones. No sé si podré contener el entusiasmo.
—Eres sarcástico y directo hasta el punto de la crueldad. —Echó la cabeza hacia atrás y se rio—. Me encanta.
—Vaya, qué poco has tardado en volver a las andadas —dijo en tono burlón una voz familiar. Cuando giré la cabeza, vi a Casey Lordan fulminándome con la mirada—. ¿Te lo estás pasando bien con tu nueva chica, gilipollas?
Entorné los ojos.
—¿De qué coño hablas?
—De ti —espetó Casey señalando con un dedo entre los dos— y de esta putita.
—¿En serio me acabas de llamar «putita»? —intervino Lizzie—. ¿Se te ha ido la olla?
—Cariño, dicen que si hay pelito… —se burló Casey lanzándole a la amiguita de Shannon una de sus miradas asesinas y derramando parte de su copa de vino—. Y desde luego diría que en tu caso lo hay.
—No me llames «cariño», zorra —le advirtió Lizzie bajándose de la isla de un salto—. Porque no sabes con quién coño estás hablando.
—Quieta parada —intervine mientras me situaba entre la amiga de mi hermana y la de mi novia—. No sé qué crees saber, pero te equivocas —afirmé dirigiéndome a Casey—. Es una amiga de mi hermana.
—Ya, seguro.
—Ya, pues es verdad —alegó Lizzie detrás de mí.
—Tú —ordené dándome la vuelta para mirar a Lizzie—. Lárgate.
—Pero…
—¡Que te largues! —grité a la espera de que Lizzie se fuera a paso ligero antes de centrarme de nuevo en Casey—. En cuanto a ti, Case —solté con cierta repulsión—, no sé qué te ha dado, pero no puedes tener la mente tan calenturienta.
—¡Estabas ahí dale que te pego con ella!
—Es una cría —le espeté—. Ten dos dedos de frente, ¿vale? ¡Joder! Y ya de paso deja de meterte en mis asuntos.
Haciendo justo lo contrario, levantó una mano y me dio una bofetada en la mejilla que me escoció de cojones.
—O si no qué, ¿eh? —Me empujó el pecho con una fuerza sorprendente teniendo en cuenta que apenas me llegaba hasta ahí—. ¿Qué vas a hacer si no lo hago, imbécil?
—Casey —le advertí retrocediendo unos pasos, los mismos que ella volvió a avanzar hacia mí—. Basta.
—¿Por qué lo hiciste, Joey? —exigió dándome empujones en el pecho hasta que me tuvo acorralado sin posibilidad de escape—. Podrías haberla dejado en paz —dijo arrastrando las palabras, tambaleándose sobre los tacones; y yo, por algún motivo que desconozco, extendí una mano para sujetarla.
En efecto, fui ese tipo de idiota que evita que la chica que le está atacando se caiga. Para agradecérmelo, ella me abofeteó de nuevo.
«Todo un encanto».
—Mira, buenorro hijo de puta —balbuceó mientras me clavaba un dedo en el pecho—. Me la pela lo hábil que seas moviendo las caderas en el campo (o en la cama, por lo que a mí respecta); ambos sabemos que mi chica juega en una liga muy superior a la tuya.
—¿De qué cojones hablas? —pregunté sintiendo cómo me iba calentando—. Pareces una chiflada.
—Hablo de romperle el corazón a mi mejor amiga —me soltó hincándome de nuevo el dedo—. Aoife vale diez veces más que cualquiera de las chicas que hay en esta fiesta y si no lo ves es que eres imbécil.
—¿Crees que he venido a pillar cacho? —La miré boquiabierto—. ¿Estás mal de la cabeza?
—Sé que has venido a eso. Te acabo de pillar in fraganti.
—Sí, hablando —contrapuse—. Me has pillado in fraganti hablando con la amiga de la infancia de mi hermana.
—Puedes negarlo todo lo que quieras. Sé lo que he visto.
—No inventes.
—No seas gilipollas —continuó despotricando—.
Aoife estaba bien con Paul. No tenía problemas.
Su vida era estable. Coherente. Él era bueno para ella.
Pero tú no podías dejarla en paz, ¿verdad?
No, tenías que seguir desmenuzándole el corazón hasta conseguir que lo mandara todo a la mierda por ti. Y ya ves cómo le ha ido.
—Ahora me vas a escuchar tú a mí —repuse furibundo—. Si se te ocurre intentar clavarle tus tóxicas garras a Aoife y convertir esto en algo que no es, Case, te juro por Dios que no respondo de mis actos.
—Eso fue lo que hiciste cuando decidiste romperle el corazón a mi mejor amiga —espetó—.
Aoife Molloy es lo mejor que te ha pasado en la vida, Joey Lynch, y todo el mundo lo sabe.
Ella te quiere, gilipollas, a pesar de tu reputación y de todas las cosas horribles que has hecho, y, en vez de tratarla con el amor y el respeto que se merece, le tiras encima toda tu mierda.
—Qué coño sabrás tú —gruñí furioso—. No tienes ni idea de lo que pasa entre nosotros, así que no empieces a darme la vara con temas que no te incumben.
—Sé que le soltaste no sé qué rollo de que necesitabas espacio y luego te fuiste de rositas sin mirar atrás —contestó con una furia similar.
—¡Casey, déjalo ya! —La voz dolorosamente familiar de Molloy resonó en mi cabeza haciendo que se me erizaran todos los pelos del cuerpo—. Para ahora mismo —ordenó arrastrando a su amiga lejos de mí—. No lo hagas.
—Se lo merece.
—No sabes de qué va esta historia. Así que para ya.
—Te ha hecho daño, eso es lo que sé.
—¡Casey! Lo digo en serio. Vámonos.
Me quedé sin palabras al ver a Molloy con un vestido rojo ceñido y sin espalda, y no pude más que contemplarla mientras me ignoraba por completo y se centraba en su amiga.
—Pero te ha hecho daño —seguía balbuceando Casey señalando hacia donde yo me encontraba—. Estás muy triste y comes muchísimo chocolate, y todo es culpa de él.
—Eso no importa —le dijo Molloy pasándole un brazo a Casey por la cintura y conduciéndola hacia la puerta, sin mirarme en ningún momento—. Venga —prosiguió mientras persuadía a la bruja de su amiga—. Haré que nos lleven a casa.
—¿Molloy?
—Ahora no, Joe.
El corazón me dio un vuelco en señal de protesta.
—Molloy.
—No —sentenció con voz ahogada saliendo a toda prisa de la cocina con Casey abrazada a ella—. No puedo hacer esto ahora, ¿vale?
Claro que no me valía. No me valía en absoluto.
Mis piernas se movieron tras ella antes de que mi cerebro llegara siquiera a procesarlo.
—Patrick Feely está fuera con el coche —le dijo su vecina mientras rodeaba a Casey con un brazo y ayudaba a Molloy a llevarla hasta un coche en marcha que estaba cerca—. Se asegurará de que lleguéis bien a casa. Es buen chico, Aoife. Puedes confiar en él.
—Gracias, Katie —le oí responder a Molloy mientras abría la puerta de atrás y se las arreglaba para meter a Casey—. Siento lo que ha pasado.
—Tranquila, nena —contestó Katie dándole un abrazo de lado—. No has hecho nada malo.
—No me quiero ir a casa —farfulló Casey dejándose caer en el asiento de atrás—. Me lo estoy pasando bien.
—Sí —refunfuñó Molloy—. Jodiéndome la vida.
—No te enfades conmigo —lloriqueó su amiga—. Solo intento cuidarte.
—Puedo cuidar de mí misma, Case.
—Pero ha hecho que estés muy triste.
—Hazte a un lado y déjame entrar. Ya hablaremos de esto.
—Molloy —interrumpí agarrando la puerta cuando ella trataba de subir al coche junto a su amiga—. No te vayas todavía.
—Debo hacerlo.
—¿Por qué?
—Intento jugar según tus reglas, Joe —dijo con un hilo de voz aún evitando mirarme—. Tú te centras en lo tuyo y yo en lo mío, ¿recuerdas?
—Eso —farfulló Casey desde el asiento de atrás—. Déjala en paz, gilipollas.
—Casey, todo está bien, para ya —murmuró Molloy con rubor en las mejillas—. Cállate, ¿vale?
—No te vayas —repetí haciendo caso omiso de la mirada asesina que me estaba echando su amiga—. No te marches, Aoife.
—Debo hacerlo —repuso con tranquilidad—. Está borracha y debo asegurarme de que llegue bien a casa.
—Ya la llevo yo, Aoife —ofreció Katie haciéndome saber de inmediato a cuál de sus amigas prefería—. Si te quieres quedar y…, no sé…, hablar las cosas o lo que sea, estaré encantada de acompañar a Patrick y dejarla en su casa.