6. Una rubia sin miedo a morir
UNA RUBIA SIN MIEDO A MORIR
Aoife
Acicalada hasta decir basta y con tres cuartos de botella de prosecco en el cuerpo, me recosté en el sofá del salón del novio de Katie con la sensación de haber viajado hacia atrás en el tiempo.
No sé quién estaba pinchando, pero era evidente que le flipaba la música de los noventa, porque «The Bad Touch», de Bloodhound Gang, era solo la última canción que sonaba de una larga lista de hits de la década anterior.
Mareada, observé cómo Casey apoyaba el culo contra un chico moreno del Tommen y fingía que se iba hacia los lados.
No pude más que voltear las pupilas cuando vi que él la agarraba por las caderas para estabilizarla, tal como ella quería.
Mi amiga era muy predecible.
—Gracias —dijo Casey con su mejor sonrisa.
—No hay de qué.
—¿Cómo te llamas? —preguntó acercándose a él.
—Patrick —contestó él sonriendo tímidamente—. ¿Y tú?
«¡Corre, Patrick, corre! —quería gritar—, se te va a comer vivo, pobre idiota inocentón».
—Soy Casey. —Con una mano enroscada a su cuello y agarrándolo por la camisa con la otra, atrajo su enorme cuerpo hacia ella—. Dime, Patrick. —Deslizó la mano del cuello a la mejilla, acercó la cara del chico a la suya y le sonrió—. ¿En qué curso estás?
—En quinto, ¿y tú?
—En sexto.
—¿En el Ballylaggin?
—Ajá. ¿Juegas al rugby, Patrick?
Dijo que sí con la cabeza.
—Soy centro.
—Fantástico.
Sí, mi mejor amiga era la personificación del dicho «pequeña pero matona».
Necesitaba ayudante lo mismo que un pez patines en línea.
—Ese es Patrick Feely —me dijo Katie al oído—. Es muy amigo de Hugh.
—Y esa es la hermana pequeña de Hugh, ¿verdad? —pregunté señalando a la impresionante rubia con unos rizos para morirse que estaba sentada al otro lado del sofá vestida como la Baby Spice.
Me la quedé mirando, absorta por completo en la animada conversación que mantenía con un rubio igual de guapo que ella disfrazado del muñeco Ken Malibú que yo tenía de niña. Ambos eran todo sonrisas y manos que se agitaban mientras hablaban, se reían y se tocaban.
—Sí, esa es Claire —respondió Katie—. Probablemente una de las chicas más majas que existen.
Entrecerré los ojos en cuanto supe quién era el chico.
—Espera un momento. Creo que conozco al tío con el que habla.
—Todo el mundo conoce a Gerard Gibson —se rio Katie entre dientes.
—Una vez le ofreció un condón a Joey en el Biddies.
—No me extraña nada viniendo de él… —Katie intentó no partirse de risa—. Digamos… Bueno… Digamos simplemente que es único. Vive en su mundo.
Comenzó a sonar «C’est la Vie», de B*Witched, y juro por Dios que al tal Gibsie le faltó levitar del sofá de la emoción, arrastrando a Claire con él.
—Está claro que ella también vive en ese mundo —reflexioné sintiendo cómo se me dibujaba una sonrisa por primera vez en semanas mientras los contemplaba.
Saltando y moviéndose como si nadie los estuviera mirando, Gibsie y Claire bailaban por todo el salón al ritmo de la que sin duda era una de sus canciones favoritas; él la hacía girar y luego tiraba de ella hacia su pecho mientras se meneaban a trompicones al ritmo de la música.
—Supongo que llevan juntos desde siempre, ¿no?
—En realidad no son pareja.
—Anda ya. —Señalé hacia el espacio que ocupaban en medio de la improvisada pista de baile—. Mira a ese chico. Es evidente que está coladito por ella, y ella no deja de hacerle ojitos como si él fuera el no va más. —Moví la cabeza hacia los lados—. No, K, se tienen que estar liando seguro.
—¡Te juro que no! —se rio Katie—. De verdad.
Incrédula, levanté una ceja al ver cómo se lanzaban a bailar una impactante danza irlandesa. Con sus cuerpos en total sincronía y centrados completamente el uno en el otro, se reían y bailaban al compás, indiferentes al hecho de que gran parte de sus compañeros de clase los estuvieran mirando.
—No puede ser. —Ahogué una carcajada—. El tío se mueve como los de Lord of the Dance .
—Seguro que su madre lo apuntó a clases de baile irlandés en primaria. —Katie soltó una risilla—. Hay un montón de medallas expuestas en una vitrina en la habitación que está frente a la de Hugh de todos los festivales en los que han competido.
—¿Quién? ¿Gibsie y Claire?
Hizo un gesto afirmativo con la cabeza.
—Ufff, ¿bailaban juntos?
—Ajá —dijo Katie riéndose—. Hasta que él cambió los zapatos de baile por las botas de rugby.
—¿De verdad intentas hacerme creer que esos dos no están enamorados?
—Yo nunca he dicho que no estén enamorados. —Soltó una risita y agregó—: Lo que he dicho es que no son pareja.
—Hum… —Dirigí la vista hacia ellos, plenamente convencida de que lo estaban—. Pues harían una pareja monísima. Y me encanta el color de pelo de esa chica —añadí ocultando mi envidia—. Tiene unos rizos espectaculares.
—Tanto el color como los rizos son naturales —apuntó Katie, que parecía tan nostálgica como yo—. El pelo de Hugh es igual.
—Joey también tiene rizos, pero no se los deja crecer.
Siempre lleva los lados y la parte de atrás de la cabeza bien afeitados, y mantiene un poco más de pelo por arriba, pero, si no se lo corta durante unas semanas, le crece salvaje y rizado en la parte superior, como al pequeño Seany.
Es adorable —me oí decir a mí misma antes de arrugar la nariz con desesperación—. Lo siento.
—No lo sientas, Aoife —contestó con dulzura—.
La verdad es que me sorprende que hayas venido esta noche.
Ya sé que Casey prácticamente ha tenido que traerte a rastras, pero no te hubiera culpado si no hubieras salido.
—Lanzó un intenso suspiro, engarzó su brazo con el mío y dijo—: Sé que siempre has estado enamorada de él, y los sentimientos no cambian de un día para otro, así que, si esto se te hace demasiado cuesta arriba o quieres volver a casa en algún momento, no tienes más que decírmelo y haré que uno de los amigos de Hugh te lleve en coche.
—Gracias, Katie —contesté apoyando la mejilla en su hombro—. Entonces ¿de veras no son pareja? —pregunté señalando con la barbilla a Gibsie y a Claire, que ahora parecían salidos de un tributo a Gene Simmons mientras improvisaban al ritmo de «Kids», de Robbie Williams y Kylie Minogue.
Él estaba tumbado de espaldas, cantando a voz en grito con su micrófono imaginario, y ella, sentada a horcajadas sobre sus caderas, cantaba con él.
—Oh-oh —bromeó Katie viendo cómo su novio se dirigía hacia ellos como una bala—. Hughie se va a rayar.
Tras alzar una mano para evitar que su hermano se acercara, Claire siguió sacudiendo la cabeza y marcando el ritmo de la música con la mano que le quedaba libre, mientras Gibsie cruzaba los brazos detrás de la cabeza y le sonreía a Hughie como un corderito.
—Ay, mierda —gimoteó Katie entonces atrayendo de nuevo mi atención hacia ella.
—¿Qué pasa? —le pregunté—. No creo que pierda los nervios porque su hermana baile con un colega.
—No lo digo por él —declaró Katie sofocada señalando hacia la puerta que daba a la cocina—. Sino por él.
Girando el cuello, fui recorriendo su línea visual hasta que todos y cada uno de los músculos de mi cuerpo se tensaron con fuerza cuando mis ojos se posaron sobre Joey.
—Dios mío… —Me quedé sin aire en los pulmones tras una brusca exhalación y enseguida aparté la vista—. ¿Qué está haciendo aquí? —Presa del pánico, miré a mi amiga en busca de ayuda—. Katie, ¿qué hace él aquí?
—No lo sé —contestó agobiada moviendo la cabeza hacia los lados—. No tengo ni idea.
—Ay, Señor… —Dejé caer la cabeza entre las manos y gimoteé en voz alta, mientras el estómago se me hacía un nudo y las rodillas me rebotaban nerviosamente—. Dijiste que él no iba a estar.
—No debería —protestó—. Sabía que Claire era amiga de su hermana, pero no me imaginaba que él y Hugh fueran amigos.
—Por Dios… —Se me revolvió el estómago y sentí que me desmayaba—. Tengo que salir de aquí.
—No tienes por qué hacer eso —dijo enseguida pasándome un brazo por los hombros—. Todo va bien. Tú cálmate y respira hondo.
Justo en ese momento, Casey salió de entre la multitud chillando:
—¡Está aquí! ¡Está aquí! ¡Dios mío! ¡Está aquí!
—¿Tiene buen aspecto? —me oí decir con un hilo de voz mirando a mis amigas por entre los dedos de las manos—. ¿Se está peleando? —El corazón me dio un vuelco y logré pronunciar las siguientes palabras—: ¿Va colocado?
—No estoy segura —repuso Casey con voz entrecortada—.
Desde luego no se está peleando, pero está demasiado lejos como para saber si va puesto o no.
—Estiró el cuello para ver mejor y unos segundos después soltó un gruñido de cabreo—.
Pues parece que Dolly Parton se equivocaba cuando dijo que Jolene era pelirroja.
—Inclinando la cabeza sobre la cocina, espetó—: Resulta que más bien es una rubia sin miedo a morir.
—Ay, mierda —gimoteó Katie con tono descompuesto—. Por favor, dime que no están…
El corazón me martilleaba con violencia en el pecho, así que me obligué a inhalar unas cuantas bocanadas de aire para tranquilizarme y ser capaz de mirarlo de nuevo.
Ataviado con unos vaqueros oscuros y una camisa azul marino entallada con las mangas remangadas hasta los codos, Joey se apoyaba contra la isla de la cocina.
Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y miraba hacia el suelo con aire más o menos divertido mientras la rubia, que estaba sentada a su lado sobre la isla, balanceaba los pies de un lado a otro y hablaba con él.
Dolor.
Me pegó con tanta fuerza y velocidad que, sinceramente, pensé que iba a partirme en dos.
—Ah, tranquilas, chicas, es Lizzie —se apresuró a señalar Katie —. Va al Tommen, a tercero. Es la mejor amiga de Claire.
—Hasta ahora, al menos —la corrigió Casey con desbordante pasión—. Porque pronto se la conocerá como la chica por cuya muerte me metieron en la cárcel.
—Vas pedo, Casey. Guarda esas uñas —le soltó Katie antes de centrarse de nuevo en mí—. Seguramente también es amiga de la hermana de Joey y por eso él está hablando con ella —sugirió con calma—. Solo están charlando, Aoife. Parece del todo inocente.
—Ay, por favor —balbuceó Casey abofeteando al aire como si este la hubiera ofendido—. No seas tan ingenua, Katie. No hay nada inocente en esa aspirante a Mischa Barton.
—Sé que tus intenciones son buenas, pero ahora mismo estás haciendo más daño que otra cosa —farfulló Katie—. Aoife no necesita esto. No le hace falta oír tu incesante monólogo interno, Case.
—Tal vez a ella no —declaró Casey antes de salir corriendo hacia la cocina—. Pero él me va a oír.
—Ufff, Katie, de aquí no va a salir nada bueno. —Me puse de pie tambaleándome, me presioné las sienes con los dedos y vi horrorizada cómo Casey acorralaba a Joey en la cocina—. Ya sabes cómo se pone. Con suerte, no pasará de ser una borracha desagradable.
—Entonces tienes que ir.
—No puedo —dije ahogada sintiendo que me faltaba el oxígeno ante la sola idea de tener que hacerle frente de nuevo—. Ni de lejos voy lo suficientemente taja como para volver a saltar al cuadrilátero con él.
—Pues debes hacerlo —insistió mientras me empujaba hacia la puerta—. Están discutiendo sobre ti. Tienes que entrar ahí y poner paz.
—No.
—Ve y tráete a Casey; yo voy a buscar a Patrick Feely. Esta noche no ha bebido y os llevará a casa.
—No puedo entrar ahí.
—No te queda otra.
—No.
—Sí, Aoife.
—¡Vale, vale, de acuerdo!
Después de lanzar un trémulo suspiro, sacudí las manos y tomé una profunda y calmante bocanada de aire antes de obligarme a entrar en la cocina para enfrentarme a él.