5. Vida de la otra mitad
VIDA DE LA OTRA MITAD
Joey
Nunca se me habría ocurrido que iba a pasar una noche de sábado dentro de un casoplón en el que fácilmente podrían caber tres cuchitriles como el que me había visto crecer, y además rodeado de un montón de gente del Tommen College.
Lo más cerca que había estado de su elitista colegio privado era cuando pasaba por delante de las enormes puertas de hierro de camino a un partido.
Pero, por alguna razón, en ese momento me encontraba en el puto medio de su círculo más íntimo, viendo cómo un grupo de niñatos privilegiados se colocaba con una hierba de primera.
Esa noche, el capitán al que esos chavales se habían empeñado en relajar no se había molestado en aparecer, pero los ojos rojos de sus amigos y sus expresiones aleladas dejaban claro que cualquier pensamiento sobre él se había desvanecido hacía rato.
Era evidente que estaba dispuesto a rebajarme hasta límites insospechados por un par de cientos de pavos.
«Ya me vale».
Me costaba encajar especialmente el hecho de que mi hermana tuviera que empezar a ir al instituto con esa gente el lunes por la mañana. Sobre todo por ese enorme rubio cabrón aficionado a la droga, el libertinaje y la hermanita de su amigo.
—¡Gerard Gibson, suéltala ahora mismo! —le ordenó Claire Biggs, la amiga de pelo rizado de Shannon, mientras se colocaba en el último peldaño de su impresionante escalera, disfrazada de la rubia de las Spice Girls, y señalaba con un dedo al gigantesco tonto del culo que intentaba que un gato con pinta de consentido bailara al ritmo de «¡Boom, Boom, Boom, Boom!
», de los Vengaboys—. Como le hagas daño a mi…
—¿Cosita? —propuso justo antes de hacer un ridículo ronroneo con la lengua—. Muñequita, ya sabes que nunca le haría daño a tu cosita.
Sí, le faltaban un par de hervores.
—Te tengo dicho que no me llames así en público —protestó ella resoplando.
—Y yo te tengo dicho que no te pongas ese vestido rosa —repuso el grandullón con una sonrisa maliciosa mientras dejaba a la gata en el sofá y se acercaba a ella como si acechara a una presa—. Pero me alegro un huevo de que no me hayas hecho caso.
—Deja de mirar a mi hermana, cabronazo —le advirtió Hughie, que había aparecido como de la nada para interceptar a su amigo antes de que llegara a la escalera—. ¿Qué habíamos hablado sobre lo de dejar la polla al otro lado de la calle?
—Tío, a pesar de los muchos rumores que circulan por ahí sobre la magia de mi polla, todavía no puede desengancharse del resto de mi cuerpo —señaló moviendo las cejas mientras se agitaba y se balanceaba en unos pantaloncitos rosas y una camisa de flores hawaiana—.
Así que, si yo estoy aquí, mi polla también.
—Entonces pírate a tu casa.
—Ni de coña. —Se partió de risa—. Esta fiesta de los noventa para mí es como un hijo muy deseado.
—No tiene nada que ver con los noventa, Gibs. Es solo una fiesta, así que dile al gilipollas de los platos que ponga algo decente.
—No, es mi fiesta y tocará lo que yo quiera.
—Pero la casa es mía.
—Pero la lista de reproducción es mía.
—Al menos vete a casa y cámbiate de ropa. Pareces idiota.
—Pero ¿qué dices? Mírame. Estoy guapísimo de Ken.
—Guapísimamente trastornado, diría yo. Tronco, nadie más va disfrazado.
—Mi amorcito sí.
—¿Tu amorcito? ¿Te encuentras bien? Es mi hermana, no tu amorcito, gañán.
—Retiro lo dicho —balbuceó Podge distrayéndome de las payasadas de aquellos chicos. Se apoyó contra mi hombro, le dio otro trago a su Jameson y sonrió—. Ha sido una idea cojonuda.
—¿Dónde está Alec? —pregunté quitándomelo de encima con un movimiento de hombro.
Odiaba que me tocaran y ese gilipollas cocido lo sabía. También detestaba el olor a whisky. Hacía que la cabeza me jugara malas pasadas. Me llevaba al límite.
—Se ha ido arriba con una pija que tenía unos melones enormes —contestó Podge con una amplia sonrisa todavía reclinándose pesadamente contra mí—.
Tío, estos obsesos del rugby sí que saben dar fiestas.
—Hizo un gesto con la mano hacia la multitud de cuerpos que nos rodeaba—.
Es como un sueño, Joe. —Señaló a un chico algo mayor que, en la esquina más alejada de la sala, entre altavoces y platos, había cambiado la canción a «Changes», de 2Pac—.
Nunca había visto tanta comida y bebida junta en toda mi vida.
—Para ellos es fácil tener todo esto —repuse con amargura sujetando la misma botella de cerveza que me habían dado al entrar por la puerta—. Lo pagan con la cartera de sus padres.
—Joe, afloja un poco. No es culpa de ellos que estén forrados. —Podge soltó una risita; parecía salido de una película de Drácula de Christopher Lee, con unos ojos enormes inyectados en sangre—. Lo que has hecho esta noche ha estado guay.
No, he hecho lo que tenía que hacer para alimentar a mi familia.
—Fúmate un canuto y relájate —me animó a que hiciera mientras me pasaba otra botella de cerveza de una mesa cercana—. Unas copas y un peta no le hacen daño a nadie.
Arqueé una ceja y volví a dejar la botella en el suelo.
—Y me lo dice el tío que casi se mea encima cuando le dije que todavía fumaba.
—Ya, bueno. —Me sonrió y se encogió de hombros—. He recordado las ventajas de ser tu mejor amigo.
—Ya. —Hice un gesto de suficiencia—. Pues eso, gilipollas.
—Pero no te acerques al botiquín de esta gente, ¿eh? —me advirtió con un dedo en alto—. Y que no se te vaya la flapa. —Se acercó a mí y me dio una palmada en el pecho—. Si te entran ganas de mojar el churro, tan solo piensa en la chica cuyo nombre llevas tatuado sobre el corazón…
—Me da igual que seas mi mejor amigo. Si me vuelves a poner las manos encima, te arranco el brazo —le advertí apartándole la mano—.
Y, si quisiera estar a tono, eso es justo lo que estaría haciendo, pero no es el caso.
Así que no necesito que me des ni sermones ni consejos, ni tampoco que me recuerdes lo que está en juego.
Ya soy mayorcito, Podge. Puedo encargarme de mis propias mierdas.
Lo llevo haciendo toda la vida, así que no vayas de madre conmigo, ¿vale?
—De acuerdo, Joe —se rio de forma amistosa y retrocedió con las manos levantadas—. Lo entiendo, tío.
Apretando la mandíbula, lo observé mientras desaparecía entre la muchedumbre.
La situación no era fácil para mí, y necesitaba que él me lo recordara tanto como que me abrieran la cabeza.
«Joder».
Me acabé la botella y la dejé a un lado, sin intención de hacerme con otra. No quería enfrentarme a las complicaciones que sabía que eso me iba a traer.
—Porque solo te está usando —le oí decir a alguien, y presté atención hacia el lugar en el que Hughie discutía acaloradamente con otra rubia que me resultaba familiar.
No era su hermana Claire.
Se trataba de la otra amiguita de Shannon.
No recordaba su nombre, pero tenía la sensación de que era Lilly.
O quizá Izzy.
En cualquier caso, la chica estaba junto a la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho y la mirada clavada en Hughie Biggs, que también la miraba fijamente mientras agitaba los brazos con evidente desespero.
—No puedes estar considerando en serio subir ahí con él.
—Como si te importara una mierda —dijo ella—. Al menos Pierce no actúa como si yo fuera invisible cuando está con sus amigos.
—Sabes que sí me importa —contraatacó al instante—. Si no fuera así, yo no…
—¿Tú no qué, Hugh? —soltó ella cortándolo—. ¿No me tratarías como si fuera el segundo plato? Porque, entérate, gilipollas, eso es exactamente lo que has estado haciendo.
Viéndolo todo desde la sobriedad, durante un segundo barajé la posibilidad de decirles que, si intentaban disimular que tenían un rollo, lo estaban haciendo fatal, pero entonces recordé que nadie me había dado vela en ese entierro.
Moviendo la cabeza hacia los lados, los esquivé y crucé la impresionante cocina hasta encontrar la puerta trasera.
Cuando salí, ignoré al resto de los gilipollas que había en el jardín de atrás y me dirigí hacia el otro extremo del patio, encendiendo un cigarrillo mientras caminaba. La tentación estaba por todas partes y necesitaba mantener la calma.
—¿Me das uno de esos? —preguntó una voz de chica. Al girarme descubrí que era la amiga de Shannon que hacía un momento se estaba peleando con Biggs—. ¿Te acuerdas de mí?
—Más o menos —contesté frotándome el mentón—. Lilly Young, ¿no?
—Lizzie —me corrigió sin pestañear—. ¿Qué, me das uno?
—¿Un qué?
—Un cigarro.
—No.
Sus ojos azules se entrecerraron.
—¿Por qué no?
—Porque tú no fumas —repuse con frialdad—. Y yo no comparto.
Me miró con severidad, y yo le respondí haciendo lo mismo hasta que cedió con un intenso suspiro.
—Odio las fiestas.
—¿Y por qué has venido?
—Es difícil de explicar.
—Ya veo.
—¿Eso es todo? —Me echó una mirada llena de curiosidad—. ¿No vas a preguntarme por qué?
—No.
—¿Y eso?
Me encogí de hombros.
—Porque no me importa tu respuesta.
—Hum… —Inclinó la cabeza hacia un lado, estudiándome con sus ojos azules—. Tú tampoco perteneces a esto.
—No me digas, Sherlock.
—Entonces ¿por qué has venido?
Sonreí con satisfacción.
—Es difícil de explicar.
De mala gana, sus labios conformaron una sonrisa.
—¿Sabes qué? Cuando era pequeña me gustabas muchísimo.
—Lo dijo sin sonrojarse ni empalidecer. La tía los tenía bien puestos—.
A mí y a todas las chicas de clase. Durante un tiempo casi estabas por encima de Leo DiCaprio, y te estoy hablando de la época de Titanic , cuando era una superestrella.
—Negando con la cabeza, dejó ir otro suspiro antes de añadir—: Pero eso solo prueba que siempre me he sentido atraída por los que menos me convienen.
Frunciendo el ceño, di una buena calada, retuve el humo lo suficiente como para acabar con los aguijones de dolor que sentía en el pecho y luego exhalé lentamente mientras pensaba qué decirle a esa chica, porque, a pesar de su evidente lengua afilada, no parecía capaz de encajar otro golpe.
—Eres muy cínica para ser tan cría.
Entornó los ojos.
—No soy ninguna cría.
—Puede que no. —Hice un gesto de indiferencia y di otra calada—. Pero eres amiga de mi hermana pequeña, así que para mí seguirías siendo una cría aunque tuvieras cuarenta años.
—Si intentas darme calabazas con delicadeza, te lo puedes ahorrar —contrapuso enseguida—. He dicho que me gustabas, en pasado, no actualmente.
—Sabia decisión —dije con una risita—. Mejor quédate con Leo.
—Muy gracioso. —Puso los ojos en blanco; el tono de su voz era apagado—. Además, sé que juegas al hurling para el Cork, y a mí ya no me gustan los deportistas.
—Y aun así vas a una fiesta organizada por el equipo de rugby de tu instituto. —Asentí con la cabeza—. Tiene todo el sentido del mundo.
—Estoy aquí por Claire.
—Y una mierda —la corregí con un bufido—. Estás aquí por su hermano.
Se quedó ojiplática.
—Pero ¿qué…?
—A ver si lo adivino —la interrumpí con tono chistoso—. Te estás follando a Biggs, y él no quiere comprometerse, así que te has ido con uno de los tíos de su equipo para vengarte de él.
—Yo no… No es… —Con la boca abierta, me contemplaba horrorizada.
—Tienes que mejorar esa cara de póquer.
—No has acertado en nada.
—Yo creo que sí.
—Joey, por favor…
—No te preocupes —la interrumpí guiñándole un ojo—. No soy de los que se van de la lengua.
—No hay nada sobre lo que irse de la lengua. —Ahora parecía aterrorizada de verdad—. Porque, como he dicho, no has acertado en nada.
—Ya, claro.
—Ay, Dios. No digas nada, Joey, por favor. —Tragando saliva con ansiedad, se puso una mano en la frente y gimoteó—: Él tiene novia, y yo tengo…
—Vamos a hacer una cosa, Lilly.
—Lizzie.
—Eso, Lizzie. —Apiadándome de ella, saqué un cigarrillo del paquete, me lo puse en los labios y lo encendí antes de ofrecérselo—.
Tú le echas un ojo a Shannon cuando empiece en tu instituto la semana que viene, le cubres las espaldas y mantienes a raya a los que quieran meterse con ella, y yo me olvido de todo eso que dices que no he acertado.
—Tenía pensado vigilar a Shannon igualmente —repuso cogiendo el cigarrillo y llevándoselo a los labios.
—Y yo tenía pensando mantener la boca cerrada igualmente —dije con serenidad—. Así que parece que los dos salimos ganando.
—No soy mala persona —se apresuró a puntualizar en tono defensivo—. Ni tampoco una zorra.
—En ningún momento he dicho eso.
—Ya, pero sé lo que piensas.
Levanté una ceja.
—Lo dudo mucho.
—Piensas que soy una víbora horrible por siquiera plantearme hacer eso con el novio de otra, pero no tienes ni idea de lo que pasa en realidad —murmuró con la cara roja—. Es muy muy complicado. Y confuso. —Lanzó una agitada exhalación antes de musitar—: Y un millón de cosas más.
Encogí los hombros.
—No es cosa mía.
—¿Eso es todo? —Me miró desconfiada—. ¿No vas a decir nada más?
—¿Qué más quieres que diga? —repliqué con indiferencia—. A mi modo de ver, no eres la primera ni la última que se mete en ese lío. De todas formas, tampoco es que yo sea un cura, así que no hace falta que te confieses conmigo. Más que nada porque yo he hecho cosas mucho peores.
Arqueó una ceja, intrigada sin querer estarlo.
—Cuando dices que has hecho cosas peores…
Sonreí.
—Solo se lo confesaría a un obispo.