Rey de la gula (Pecados 6) 4. Al borde de la locura
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4. Al borde de la locura

AL BORDE DE LA LOCURA

Aoife

—Esto es una intervención —anunció Casey algo más tarde esa misma noche abriendo la puerta de mi habitación y entrando tranquilamente como si estuviera practicando para desfilar por una pasarela.

Vestida para matar con unos minishorts vaqueros, tacones de aguja y una preciosa blusa blanca de hombros descubiertos que le había regalado por Navidad, puso las manos en jarras y me fulminó con la mirada—.

¡Ese cabrón te deja el día de Navidad y ni siquiera me llamas!

—Frena, Casey —intervino Katie más apocada siguiéndola hacia el interior de mi cuarto—. Tu madre nos ha llamado —se apresuró a aclarar en tono compasivo—. Está muy preocupada por ti, Aoife.

—Todos lo estamos.

—Ufff… —protesté mientras me dejaba caer sobre la espalda y abría los brazos y las piernas en la cama como si fuera una estrella de mar, tirando con ello al suelo innumerables envoltorios de dulces vacíos.

—Vale, tienes que quitar esa canción —ordenó Casey dirigiéndose hacia mi equipo de música—. Y dejar de amargarte.

—No, esta es la mejor parte —dije con voz ahogada ululando la letra de «The Closest Thing to Crazy», de Katie Melua—. Estoy bien —sollocé—. De verdad.

—Sí, seguro —repuso Casey arqueando una ceja—. Por eso tienes la barbilla embadurnada de chocolate.

—Es mi manera de intentar procesarlo —balbuceé patéticamente con la boca llena de M&M’s—. Por Dios, ¿tan terrible es?

—Pues procésalo cabreándote —ordenó mientras se acercaba para arrancarme de las manos el paquete medio vacío—. Joder, véngate. Pero no te pongas como una vaca.

—Casey —murmuró Katie—. Esas cosas no se dicen.

—Bueno, pues ya me puedes demandar, porque lo he dicho —repuso Case sin complejos—. Y no voy a quedarme sentada viendo cómo mi mejor amiga se autodestruye porque el gilipollas de su ex la dejó en Navidad. ¡En Navidad! —Su tono era de incredulidad—. ¡Después de un año juntos! ¿Quién coño hace eso?

—Por favor, Casey —le espetó Katie—. Baja el tono.

—Vales diez veces más que ese imbécil —siguió refunfuñando Casey mientras colocaba su bolsa de deporte sobre la cama y abría la cremallera—. Y me voy a encargar de recordártelo.

Miré la bolsa con recelo.

—¿Qué haces?

—Pregunta más bien qué hacemos —respondió sacando una montaña de ropa, maquillaje, CD y una botella de ese prosecco barato que tanto nos gustaba a las dos—. Y lo que hacemos, mi más querida, antigua y maravillosa amiga del mundo mundial, es ir a una fiesta en una casa.

—No, no, no. —Negué con la cabeza—. Tú vas a una fiesta. Yo no voy a ninguna parte.

—Claro que sí —dijo en tono cantarín ignorando mis protestas—.

El churri de Katie tiene la casa libre y da un fiestón antes de que vuelva a empezar el instituto.

Va a pinchar un DJ de verdad y habrá toneladas de priva gratis.

Estará lleno hasta los topes de esos amigos suyos del equipo de rugby, y tú te vienes con nosotras.

—No —protesté con vehemencia—. Ni de coña.

—¿Es que no me has oído? —Me miró como si yo hubiera perdido la cabeza—. Aoife, he dicho que estará lleno de jugadores de rugby. Grandes, buenorros, sudorosos y sexis.

—Me da igual.

—Y lo mejor de todo es que la fiesta es del Tommen, así que no tienes que preocuparte por encontrarte con nadie del instituto público de Ballylaggin —prosiguió rápidamente obviando por completo mis deseos—. Y cuando digo nadie me refiero al puto inútil ese.

—Casey, no iría ni aunque me dijeras que va a estar presente todo el equipo de rugby irlandés.

—Alcancé una almohada, la estreché contra mi pecho y suspiré hondo—.

¿Te acuerdas de aquel anuncio de Cadbury que ponían por la tele cuando éramos pequeñas?

¿El de la mujer que devoraba una onza de Dairy Milk mientras de fondo sonaba «Show Me Heaven»?

—Sí, ¿y qué?

—Pues que yo soy la mujer del anuncio y Joey es la tableta de chocolate.

—¿Me estás diciendo que no quieres probar otro sabor, además de él?

—Hizo un gesto de negación con la cabeza—.

Vaya estupidez, porque él ha sido el único sabor que has probado.

Rompió contigo, Aoife. Te cortó el suministro de chocolate.

Así que arriba ese culo y vente conmigo a probar un menú de lujo.

—No me interesa.

—Levántate.

—Estoy demasiado triste.

—Por eso mismo no pienso salir de este cuarto sin ti. Venga, Katie, ve a encender la ducha para nuestra amiga —indicó—. Y pon esto —añadió lanzando a las manos de Katie el disco Stripped de Christina Aguilera—. La segunda canción.

—¿Así que es ese tipo de intervención? —preguntó Katie apresurándose a poner el CD en el equipo—. ¿Vas a sacar la artillería pesada?

—Creo que debería cortarme el pelo —musité tirando de mi larguísima trenza—. Necesito un cambio.

—Ay, Dios, sí que lo es —aulló Katie cambiando los discos a toda velocidad.

—Ya lo puedes jurar —replicó Casey. El «Can’t Hold Us Down» de Christina retumbó en los altavoces un segundo después, y Casey asintió dando su aprobación antes de volver a centrar su atención en mí—. Si te cortas ese pelazo, te estrangulo con tus propios mechones. Venga, levántate ya.

Moví la cabeza hacia los lados.

—No.

Entrecerró los ojos.

—Molloy, levanta ese culo.

—Nunca.

—No me hagas ir a cogerte.

—No serías capaz.

—Ponme a prueba.

Tras mirarnos fijamente durante diez segundos, ambas nos lanzamos a por el edredón a la vez, agitando los brazos y las piernas.

—Si no estás preparada para superar lo de tu ex abriéndote de piernas con uno de esos sofisticados jugadores de rugby, ya me sacrificaré yo por el bien común y lo haré por ti —gruñó Casey arrebatándome la manta de las manos mientras se ponía a horcajadas sobre mí—.

Pero aun así te vas a venir conmigo a hacerme de ayudante.

—Ni lo sueñes —protesté tratando en vano de quitármela de encima moviendo las caderas—. ¿Cómo es que tus muslos son tan anormalmente fuertes?

—Porque uso el ThighMaster de mi madre, cabrona —contestó sujetándome los brazos contra el colchón—. ¿Te rindes ya o voy a tener que patearte el culo un rato más?

—Case…

—¿Te rindes?

—Vale. —Derrotada, solté un amargo gemido y dejé de oponer resistencia contra ella—. Me rindo.