Rey de la gula (Pecados 6) 3. Disputa territorial #2
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3. Disputa territorial #2

—Sí —asintió vivamente con la cabeza—. Como los T-Birds y los Scorpions en Grease .

— ¿Grease? —Me lo quedé mirando boquiabierto—. ¿De qué coño estás hablando?

—No hagas caso a Gibsie —intervino otro de ellos. Este me resultaba muy familiar—. Es bastante disfuncional.

—¿De qué te conozco? —pregunté mirándolo con recelo.

—Soy Hughie Biggs —dijo enseguida con los brazos levantados, el símbolo universal de la paz—. Nuestras hermanas son amigas.

—Sí —añadió el grandote sonriendo mientras agitaba un pañuelo delante de él—. Venimos en son de paz.

—Cállate, Gibs —murmuró Hughie moviendo de un lado a otro la cabeza—. Joder, tío.

Atónito, aflojé los puños y me obligué a calmarme. Ahí no había ninguna amenaza. Tenía que conseguir que mi cuerpo se diera cuenta.

—¿Qué haces aquí, Biggs? —pregunté dirigiéndome a Hughie e ignorando al musculado gorila que estaba plantado a su lado—. ¿Qué quieres?

—La verdad es que te estaba buscando.

Eso hizo que volviera a ponerme en estado de alerta.

—¿Por qué?

—Necesito que me hagas un favor.

—No hago favores a desconocidos.

—Nuestras hermanas son amigas —repitió en tono optimista—. Así que podría decirse que nosotros también somos amigos… o conocidos, quizá…, ¿no? Bueno, vale.

—No soy de hacer amigos —dije fríamente estudiando a todos esos cabrones enormes, con su ropa de diseño y sus cortes de pelo caros—. Ni tampoco favores.

—¡Oye! —resopló Alec cruzando los brazos sobre el pecho en señal de indignación—. Muchas gracias, amigo. ¿Y yo qué soy? ¿Mierda de perro?

—Calla, idiota —refunfuñó Podge—. Deja que Lynchy se encargue de esto.

—De acuerdo —replicó Hughie moviendo la cabeza—. Está claro que venir aquí no ha sido buena idea.

—Clarísimo —le espeté mirándolo con desdén hasta que apartó la vista—. Nos vemos.

—¿Cómo? —exigió el grandullón—. No, no, ha sido una ideal genial, y yo no me pienso ir hasta que consiga lo que he venido a buscar.

—¿Y qué es exactamente?

—Queremos hacer una excursión a los acanutilados de Moher… No sé si me entiendes… —se rio mientras subía y bajaba las cejas.

Me lo quedé mirando.

—Necesitamos drogas.

—Hostia, Gibs —farfulló Hughie dejando caer la cabeza entre las manos—. Un poco de tacto, tío.

—¿Drogas? —Levanté una ceja—. ¿Y por qué habéis acudido a mí?

—Hemos oído rumores —dijo otro.

Arqueé una ceja.

—¿Rumores?

—De Hughie —señaló el armario empotrado.

Hughie gruñó en alto.

—Madre mía, Gibs.

—Dice que te flipan las drogas y necesito pillar algunas, en serio.

—Muchas putas gracias, Gibs —murmuró Hughie dando un paso hacia atrás, por si acaso.

Le clavé la mirada al gorila.

—¿Y pensaste que yo te podría ayudar?

Asintió alegremente con la cabeza.

—Mírame, gilipollas. —Señalé mi equipo de entrenamiento—. ¿A ti te parece que tengo pinta de camello? —Como no respondió que no de inmediato, entorné los ojos—. No soy un puto camello.

—Pero tienes contactos, ¿verdad? —repuso con tono persuasivo—. Ya sabes, amigos en los bajos fondos y todo eso. Eres de la urbanización Elk, ¿no?

—Uno: no soy amigo tuyo. Dos: el hecho de que me insultes en mi propia cara insinuando que soy de un barrio más bajo que el tuyo se merece una buena hostia. Y tres: no voy a hacer una mierda por ti. Así que pírate.

—Acepto esas tres razones como justas y ciertas —repuso el grandullón—. Y, sinceramente, te haría el favor de pirarme, pero de verdad que necesito esas drogas; son para mi capitán.

—Tu capitán.

—Sí, para mi capitán. —Asintió con ganas—. Lo está pasando mal ahora mismo…, pero mal de la hostia. Tuvieron que operarlo antes de Navidad, ¿sabes?, y el pobre se ha quedado tieso como una estatua. Solo busco algo que lo ayude a relajarse.

—Gus, ¿no? —pregunté con tranquilidad—. ¿Te llamas así?

—Gibsie —me corrigió con una tímida sonrisa—. Pero mi madre me llama Gerard…

—Me importa una mierda cómo te llama tu madre —lo interrumpí dirigiéndole una mirada de advertencia—.

Y en cuanto a la intervención de tu capitán…

Dile que vaya al médico y consiga una receta como hace todo el mundo.

—Luego me giré de nuevo hacia Hughie y añadí—: No volváis por aquí, Biggs.

—Señalé al inmenso gorila que tenía al lado y dije—: Y menos aún con él.

—¡Pero el médico no me puede recetar maría! —se quejó el mastodonte—. Por favor… Venga, tío. Es solo un poco de hierba.

—¿Qué parte de «no soy un camello» es la que no entiendes?

—Que sí, que sí. Que no eres un camello y bla, bla, bla. Ya te he oído —soltó—. Pero si pudieras hacer una excepción, solo por hoy, de verdad que te debería una.

—Ya me debes una —mascullé—. Por los últimos cinco minutos de mi vida que nunca voy a recuperar.

—Vente esta noche a nuestra fiesta —ofreció—. Es en casa de Hughie. Con temática de los noventa…

—No es verdad, Gibs.

—Sí que lo es —contrapuso el tiarrón antes de girarse otra vez hacia mí—. Sus viejos están en Portugal. Bebida gratis toda la noche. ¡Ah, y rollitos de salchicha!

—¿¿¿Rollitos de salchicha??? —Fingí estar entusiasmado—. ¡Haberlo dicho antes! ¡Contad conmigo!

Abrió los ojos de la emoción.

—¿¿¿En serio???

Puse los ojos en blanco.

—No, claro que no, idiota.

—Podemos pagar —dijo otro de pelo oscuro—. Tenemos dinero —añadió desde atrás del todo—. Lo que quieras. Por eso no te preocupes.

—Joder, Feely, tío, no digas eso —gruñó Hughie—. Solo tenemos doscientos.

De repente les presté atención.

—¿Doscientos?

—Sí —contestó sacándose un fajo de billetes de veinte del bolsillo de los vaqueros—. ¿Es suficiente?

Miré a Alec, que intentaba con todas sus fuerzas no partirse de risa. Puede que fuera un memo integral, pero tenía calle suficiente como para saber que con ese dinero sobraba para abastecer no solo a su equipo de rugby, sino también al nuestro de hurling.

—¿Cuánto quieres? —me oí preguntar.

—Lynchy, ¿podemos hablar un segundo? —interrumpió Podge antes de arrastrarme lejos de ellos.

—¿Qué haces? —protesté mientras me zafaba de su brazo.

—¿Yo? ¿Qué haces tú? —exigió cuando ya no podían escucharnos—. Creía que pasabas de Shane Holland y de toda esa mierda.

—Y así es —solté con los ojos clavados en él—. No necesito acercarme a Holland para esto.

—¿Entonces?

Me encogí de hombros.

—Tengo unos gramos en casa.

—Pero ¿no decías que querías dejar eso atrás?

—Y es verdad —repetí ya cabreado—. No me he metido nada.

Se quedó ojiplático.

—Fumar maría es meterse.

Le respondí entrecerrando los ojos.

—No es verdad.

—Sí lo es.

—No lo es.

—El cannabis es una droga.

—El cannabis es una planta.

—En este país es ilegal.

—Igual que mear en la calle —contraargumenté—. Las leyes son estúpidas. ¿Adónde quieres ir a parar?

—Joder, Joey —masculló Podge frotándose la cara con la mano—. Das dos pasos hacia delante y diez hacia atrás.

—Gilipolleces. Lo prescriben médicos de medio mundo para el dolor.

—Ya, y la oxicodona y las decenas de fármacos con receta que te he visto tragarte desde primaria. También son para el dolor, Joe, pero tú sabes bien lo que pasa cuando caen en malas manos.

—Ya te he dicho que llevo semanas sin probar nada.

—Excepto hierba —me recordó con tono exasperado.

—No te pases de listo —dije poniéndome a la defensiva—. Tú también has tenido tu época de fumeta.

—Hay una gran diferencia entre fumarse un peta y desplumar a un puñado de ricachones ingenuos.

—Joder, ni se te ocurra juzgarme —le advertí entornando los ojos—.

Son doscientos pavos, Podge. ¡Doscientos!

Los van aireando por ahí como si fueran billetes del Monopoly .

Para ellos es una miseria, pero para alguien como yo es un pastizal.

—Levanté las manos con gesto de frustración y solté—: Igual tú eres lo suficientemente privilegiado como para darle la espalda a algo así, pero te aseguro que yo no puedo permitírmelo.

¿Tienes idea de lo que ese dinero podría hacer por mí?

Por mi madre.

Por mis hermanos.

Marcaría la diferencia entre que la semana que viene mis hermanos se alimentaran a base de alubias con tomate y sándwiches de mantequilla mientras se pelaban de frío en invierno, hasta que nos pagaran a mamá o a mí, y que tuvieran una comida caliente en el estómago y un fuego que los calentara antes de irse a la cama.

Esta vez no tenía elección.

—¿Y qué me dices de Aoife? —inquirió dándome donde más dolía: justo en el corazón—. ¿Crees que se va a alegrar cuando se entere…?

—A ella no la metas en esto —le advertí—.

No te atrevas a echarme eso en cara. —Negando con la cabeza en señal de aviso, levanté una mano y di un paso atrás, arrepintiéndome incluso de haber confiado en él.

No podía fiarme de nadie—. Sabes perfectamente por qué no puedo rechazar esto, joder, Podge; tú lo sabes, así que deja de meter el dedo en la llaga.

La culpa se reflejó en sus ojos y movió la cabeza hacia los lados.

—Si necesitas dinero para tu familia, yo puedo…

—No quiero limosnas —le espeté temblando debido a lo terriblemente expuesto que me sentía—. Me las puedo arreglar solo.

Se me quedó mirando durante mucho tiempo antes de rendirse.

—Como quieras. —Alzó las manos en señal de derrota—. No pienso decir nada más, salvo que creo que es mala idea.

—Eso te lo acepto —repuse asintiendo con frialdad—.

Y ahora puedes quedarte aquí juzgándome desde tu atalaya o venirte conmigo a esa lujosa fiesta de los cojones y comerte tu peso en rollitos de salchicha.

—Me di la vuelta y, dando zancadas, fui hacia los chicos del Tommen—. Sea o no una mala idea, voy a hacerlo.